1917, de Martín Kohan: Una lectura minimalista

Por Mario Castells

Mario Castells leyó 1917, libro de Martín Kohan editado a fines del año pasado, y comparte con Sonámbula una polémica crítica del texto, al que considera casi como una serie de “notas de clase”, una lectura liviana para un lector progresista, más enfocada en las “notas de color” y el anecdotario que en los necesarios balances y perspectivas de la praxis de los líderes bolcheviques.

 

 

“Pensar es producir. Aprender es producir reproduciendo”

Antonio Labriola

Descompensación crítica es exigirle a un libro que cuente lo que nosotros queremos leer. Para eso escribimos nuestros propios libros. Pero cuando el texto se erige como epifita de un hito histórico, pongamos del mayor hito histórico de la humanidad, y lleva por título 1917, no podemos vencer la tentación de exigirlo. Si uno deduce, a partir de los textos que se interpretan, la cocina del libro, debe aceptar que aún siendo un texto menor, vale la pena leerlo. Y vale, justamente, por su destreza didáctica. No es como ese latrocinio que David Viñas dedicó al anarquismo, no. Empero, no hay que entrar con tantas expectativas.

1917 de Kohan vendría a ser un conjunto de notas de clase, una lectura minimalista de los clásicos del bolchevismo: Lenin, Trotsky, y un poco innecesariamente Gramsci. La intención del libro no es por tanto plantear una línea de interpretación global de la primera revolución obrera triunfante, sino aportar unas notas “de color” sobre dirigentes y maestros de la teoría y la praxis revolucionaria, a partir de sus propios textos y de textos satélites (los de Sadoul, Van Heijenoort, las secretarias de Lenin), no necesariamente panegíricos pero sí próximos, con los cuales el autor nos coloca a una distancia que juzga óptima para interceptarnos con sus glosas.

La medida de valoración de estos clásicos está regida por el discurso crítico-académico, vale decir por los intereses del autor; sin embargo, el sujeto de la enunciación, elidido en todo el libro, se nos presenta en un procedimiento interpelador propio de su manejo del discurso. Yo, Martín Kohan, académico, escritor, simpatizante de izquierda, ¿cómo me sitúo ante estos agitadores armados de bolígrafos, lápices de grafito, secretarias, dactilógrafas, traductores y colaboradores varios que son los que imponen tareas a la vanguardia?

Nada de lo social en arte es inmediato, en efecto. Maiacovski, poeta y vanguardista, evoca con sus palabras esas otras palabras, las de Lenin. Lenin habla y el obrero, que no lee, comprende “todo enseguida”; Lenin habla y sus palabras suscitan acciones” al instante. De entre tantas hazañas de Lenin, son estas, las verbales, las que Maiacovski canta con un fervor particular. Porque sus palabras en los versos se disponen para decir lo que ellas mismas no pueden hacer. (1917, pag. 44-45)

Lenin le reclama a Gorki que se acerque, que acuda hasta él; Trotski a Bretón le exige que se aleje, que se aparte. Y sin embargo, las dos historias, contrapuestas al parecer, expresan en verdad una misma cosa: una distancia, un desencuentro. Distancia y desencuentro entre el hombre de acción y el hombre de letras, entre el líder revolucionario y el artista. Que algo tienen de fatales, de inexorables, hasta de insolubles, porque se trata de escritores que adhieren a la revolución, que están ahí para apoyarla (1917, pag. 90)

La pregunta es más retórica que pragmática. Si no fuera de ese modo, como señalé al principio, no habría ausencias tan notables como las de John Reed, Víctor Serge, Isaac Deutscher, etc., que complejizarían la problemática enunciada del escritor, el artista y el revolucionario. La lectura de Kohan insta a flanear por los rincones menos urdidos de estos clásicos; refiere a los géneros que conviven y se auxilian en la autobiografía de Trotsky, en la correspondencia de Lenin, echando mano al anecdotario -un procedimiento que, de modo distinto y distante, también puede apreciarse en Taurus la gran película de Sokurov-, apelando a un ‘discrepeo leve’ en torno a los balances y perspectivas (en minúsculas, como todo en el libro) de la praxis vital de estos personajes.

La marca de Caín del libro de Martin Kohan reside, entonces, en su propia operación crítica, una lectura que se recuesta sobre el tono menor de sucesos que son, inexorablemente, épicos y políticos. La importancia asignada al detalle, -hago referencia más que al tamaño, pues soy fanático de figuras como la sinécdoque que han producido obras de arte sublimes, nada más pensar en El Acorazado Potemkin, al corte crítico- le resta volumen y profundidad al libro. El prólogo de Eduardo Grüner, ininteresante desde todo punto de vista, unge con su firma la importancia de su performance. En 1917 hallaremos un libro bien escrito y generoso con la digestión de un lector medio progresista y marxista que, siguiendo la hoja de ruta de los onomásticos, acompaña sus vacaciones con lecturas suaves.