A 30 años de la masacre de Tiananmen: Memoria, verdad y justicia, acá y en la China

Por Pedro Perucca

Pedro Perucca recuerda la lucha heroica de estudiantes y trabajadores chinos por ampliar sus libertades democráticas durante la primavera de 1989, un movimiento que fue clausurado a sangre y fuego por el Partido Comunista Chino, como premisa necesaria para la construcción de uno de los capitalismos más brutales y antidemocráticos del mundo.

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Este 4 de junio se cumplen 30 años de la masacre de Tiananmen, cuando el Ejército Popular, por orden del Partido Comunista Chino (PCCh), desalojó por la fuerza a los miles de estudiantes y trabajadores acampados en la Plaza de la Puerta de la Paz Celestial, la principal de la ciudad de Beijing, ubicada frente a la Ciudad Prohibida. Lejos de cualquier tipo de paz, la represión estatal dejó un número de muertos indeterminado, que van de unos 400 reconocidos oficialmente por el gobierno chino hasta más de 10.000 según otras fuentes, con decenas o cientos de miles de heridos y miles de encarcelados o enviados a campos de “reeducación”.

Por supuesto, los líderes de las democracias neoliberales de entonces, empezando por la primera ministra inglesa Margaret Thatcher y el presidente estadounidense George W. Bush, intentaron presentar las demandas del movimiento estudiantil como una exigencia de derrocamiento del régimen comunista y su reemplazo por una organización parlamentaria occidental. Pero el planteo de los manifestantes era mucho más complejo. En la plaza de los estudiantes y los obreros se construyó una estatua de cuatro metros de la Diosa Democracia, pero también se cantaba La Internacional. Se reclamaba, sí, el fin del partido único, se pedía libertad de prensa, se peleaba por derechos de asociación estudiantil por fuera de las entidades partidarias y se denunciaba la corrupción de muchos líderes del PCCh, pero el objetivo mayoritario no era la restauración capitalista. Se trató de un movimiento por libertades democráticas como el que obligó al comunismo soviético a aceptar la glásnost o deshielo, contrapartida política de la perestroika. Pero el PCCh no estaba dispuesto a conceder ninguno de esos reclamos y denunció a los manifestantes como “agitadores pro occidentales”, como conspiradores contra el régimen. En la primavera de 1989 se iría más allá de la mera denuncia para propiciar la eliminación física de estos “contrarrevolucionarios”.

En los años previos a la crisis de Tiananmen la situación se había tornado caótica, con la reforma económica lanzada por Deng Xiaoping en 1978 (que apuntaba a un parcial restablecimiento de una economía de mercado y a algunas tímidas reformas políticas) haciendo agua, un fuerte brote inflacionario, un creciente déficit comercial y una constante pérdida del valor adquisitivo de los salarios para los trabajadores de las ciudades. A partir de 1985 comenzaron huelgas y motines campesinos y urbanos exigiendo mejoras en las condiciones de vida y al año siguiente se multiplicaron los reclamos democráticos, expresados en cartas abiertas, movilizaciones y dazibaos (periódicos murales). Pero el incipiente movimiento fue reprimido por el gobierno chino, especialmente su componente obrero.

Para 1989, la crisis del PCCh era inocultable y el ala “occidentalista” (que pujaba por acelerar el paso de las reformas) se enfrentaba al sector “conservador” (que buscaba frenarlas para mitigar el recalentamiento económico y social). Cuando el 15 de abril muere el ex secretario general del PCCH Hu Yaobang (un infarto en medio de debates en el buró político, se dijo), miles de estudiantes consideraron llegado el momento para salir a la calle. En el funeral del dirigente, impulsor de las reformas económicas junto a Deng pero que considerado como un ala más democrática del Partido chino, marchó medio millón de personas exigiendo más democracia. Las movilizaciones se extendieron varias ciudades y el 28 de abril se fundó la Asociación Autónoma de Estudiantes de Beijing, que sería un actor clave del movimiento. A mediados de mayo toma el control del movimiento estudiantil un sector más radicalizado y comienza con un masivo acampe y huelga de hambre en la plaza de Tiananmen, exigiendo ser recibidos por las autoridades del partido. La visita del líder ruso Mijail Gorbachov a China le dio difusión internacional a la protesta estudiantil (aunque ya también miles de obreros se habían sumado a los reclamos).

Ante el temor de que el movimiento creciera y se transformara en una verdadera impugnación del poder del PCCh, el Gobierno chino ya no esperó más y envió al Ejército Popular a la carga contra civiles desarmados. El 3 de junio se produjeron los primeros combates, con parte de la población demorando el arribo de los tanques con barricadas y el 4 la lucha se trasladó a las inmediaciones de la plaza. El 5 de junio el icónico “hombre del tanque” demoró durante algunos minutos el arribo de otra columna de blindada, en una imagen que daría la vuelta al mundo pero que hoy en China no es conocida por la mayoría de la población.

Luego de la brutal represión, donde los muertos se contaron por miles según algunas versiones, continuaron las detenciones, el confinamiento en campos de “reeducación”, las purgas e incluso los fusilamientos contra algunos líderes del movimiento. Nuevamente fueron más duramente castigados los obreros que los estudiantes, a muchos de los cuales se les permitió abandonar el país. Se supone que aún hoy quedan varios detenidos por los hechos de hace 30 años.

Victoria Marconi (autora de China: La larga marcha. De la revolución a la restauración) en un artículo por el 50 aniversario de la revolución de 1949, destacaba que las masas chinas “han luchado por su autoorganización independiente a lo largo de los cincuenta años de dominio estalinista”. Y luego detallaba: “El movimiento de las Cien Flores, en 1957, las movilizaciones antimaoístas a la muerte de Chou en 1976, la Primavera de Pekín en 1978, la preparación de Tiananmen en 1987-88, y finalmente Tiananmen en 1989. En todas esas instancias, las masas chinas salieron a la calle a reclamar el derecho a expresarse libremente, sin los controles establecidos por las organizaciones del Partido Comunista”.

El especialista en la historia del comunismo en Asia Pierre Rousset (en Revolución y contrarrevoluciones en la República Popular de China) piensa en la importancia de movimiento contrarrevolucionario impulsado por la jerarquía “comunista” china para sentar las bases del orden político y económico actual: “Para triunfar, la contrarrevolución burguesa ha debido deshacer todo aquello a lo que la revolución había dado nacimiento. Una conmoción social hacia atrás se ha emprendido, tan radical como la que había sucedido a la revolución de 1949. El sector económico de Estado ha sido en parte desmantelado, privatizado o gestionado según criterios capitalistas. Una nueva clase de empresarios ha nacido, formada por burócratas convertidos al enriquecimiento personal, aliados al capital chino transnacional. La antigua clase obrera con estatus protegido ha sido metódicamente desintegrada para dejar lugar, por una parte, a una capa de técnicos y obreros cualificados y, por otra parte, a un joven proletariado inestable salido del éxodo rural, a menudo privados de derechos”.

“Las desigualdades sociales estallan. Los pobres son de nuevo ignorados; los ricos están de moda. PCC no quiere decir ya Partido Comunista Chino, sino ¡Partido Capitalista Chino! Representa -no sin contradicciones- las aspiraciones de las nuevas élites. (…) Pero el recuerdo de la revolución podría mañana servir de fermento político a las resistencias sociales contra el ascenso de las desigualdades y de la precariedad”, insiste Rousset.

Hoy la contrarrevolución ha triunfado definitivamente en China, instalando un sistema político y social que no cuestiona al capitalismo ni a la existencia de las clases sociales y sólo se propone “superar” a sus rivales occidentales en términos económicos y militares. Por lo que sabemos de China, los nacidos después de la masacre de Tiananmen o no la conocen o la justifican, aceptando la ecuación que propone la renuncia a las libertades civiles y democráticas a cambio de garantías de desarrollo económico (personal y como nación, porque existe un importante “patriotismo” chino que siente orgullo por el nuevo status mundial de su país).

La “guerra comercial” en curso con los Estados Unidos es apenas la más reciente manifestación del fenómeno. Por supuesto, no se trata de dos sistemas en pugna sino de los capitalismos más poderosos de la actualidad disputándose el control del planeta. Con la diferencia de que China hoy ni siquiera trata de embellecer la dominación con la farsa democrática de occidente y apoyando el poder del PCCh en los sistemas de control poblacional más avanzados del mundo: cámaras en todas las esquinas de algunas ciudades, identificación facial más efectiva que en occidente, sistema de puntajes ciudadanos construidos también en base al control de las intervenciones en redes sociales, algoritmos sofisticados que impiden en acceso a informaciones online que el régimen considera peligrosas, etc.

Aunque algunxs pocxs valientes estuvieran dispuestxs a intentar una búsqueda en redes sobre la historia de la masacre de Tiananmen (hecho que ya te constituye como sospechoso y puede llevarte a una condena de prisión efectiva), este 3 de junio la palabra y cualquier referencia lateral a los hechos habrá sido cuidadosamente eliminada del ciberespacio por uno de los gobiernos más autoritarios del mundo. Centenares de madres de los mártires del 4 de junio siguen reclamando el esclarecimiento de los hechos y la asunción de la responsabilidad estatal en los crímenes (para el Gobierno chino, Tiananmen es apenas un “incidente”, plenamente justificado para garantizar la pervivencia y el desarrollo del país). En un manifiesto que circuló en el 25 aniversario de la masacre, las madres de Tiananmen reclamaban: “Nuestras tres reivindicaciones son: volver a investigar el Cuatro de Junio y hacer públicos los nombres y el número de los fallecidos; dar una explicación y una indemnización a las familias de cada una de las víctimas, de conformidad con la ley; y procesar penalmente a los responsables de la tragedia del Cuatro de Junio. En resumen, buscamos verdad, compensación y responsabilidades”.

Los enemigos de nuestros enemigos no necesariamente son nuestros amigos. Por más que China -o Rusia, con toda su brutalidad política y su legitimación de la homofobia- puedan jugar un contrapeso al poder también totalitario de los Estados Unidos, eso no transforma a estos regímenes autoritarios en progresistas. Porque pensamos que la revolución social implica la mayor autodeterminación de las sociedades y creemos que el proceso es inescindible del máximo despliegue de las libertades, condenamos tanto los crímenes chinos o rusos como los estadounidenses y europeos. Especialmente cuando se llevan adelante contra poblaciones civiles desarmadas, como hizo el Ejército Popular Chino hace 30 años. “Memoria, verdad y justicia” es una consigna válida acá y en la China. La reivindicación de la memoria contra las maniobras de un régimen totalitario empeñado en borrar de la historia las luchas más heroicas de su pueblo debería ser un acuerdo inclaudicable para todx revolucionarix.