A mi manera

Por Leandro Alba

Leandro Alba comparte con Sonámbula un relato, un recuerdo emocionado, sobre esos bares de barrio que se vuelven refugios mágicos donde “nunca vas a tener frío ni vas a estar solo” y donde a veces, si tenés suerte, podés encontrarte con el malo del barrio cantando un tango arrabalero.

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Siempre me gustó la canción “My Way”. Creo que tiene que ver con la forma, la letra: todo. Es decir, la canción, el mensaje. Mí camino, mí manera. “Mí forma de”. Mi modo de escribir mi historia. Cómo la describe cada cual. Antes de pensar que era un tema famoso de Sinatra, inclusive después de enterarme de que se trataba de un tema escrito por Paul Anka, yo solo sabía que se trataba de una pizzería. Una pizzería ubicada en uno de los corazones de Haedo (Haedo tiene muchos corazones), sobre la calle Constitución, muy cerca de la casa donde pasé mis primeros años. “A mí manera” se llamaba. De más está decir que el local no era Guerrín, ni el Fortín o el Cedrón. Y eso era lo que más me gustaba. Era distinta. A mí manera, era nuestra, era de Haedo. A mí manera estaba atendida por una familia. En la caja solía estar una compañera de la escuela. También estaban su abuelo, un viejo de barba blanca y larga que nunca se separaba de su bastón, los padres de mi compañera y sus hermanos.

Una de las cosas que me encantaba era que “A mí manera” nunca terminó de adaptarse a los tiempos que corrían o, al menos, eso recuerdo. La promoción era: tres grandes de muzza por diez pesos. Go-la-zo. El problema: no tenían delivery. La solución: pedir las pizzas en un remis, por lo que la promoción dejaba de ser tan auspiciosa como parecía en un inicio. El segundo problema: a veces el costo del envío terminaba superando al de las tres pizzas. La segunda solución: comer ahí. Una fiesta.

Nada se les podía reprochar ya que el nombre del lugar, de alguna forma, operaba como aviso ante cualquier posible queja: esa era su forma. Su manera. El salón no era muy grande. La iluminación era blanca y algunas de las paredes también lo eran. Algunas. Y si bien era chico y no pude sentir el agrio dulzor del vino de a casa en pingüino haciéndome arder la boca, pude escuchar. Pude ver. Pude disfrutar de los viejos entonando milongas en el escenario, de las carcajadas sostenidas de las chicas y los chicos que iban a refrescarse con el uniforme de la escuela y se quedaban horas después de clases, palpitando los últimos días de las obligaciones y empezando a transitar esa especie de duelo que suelen traer los veranos en la adolescencia; los besos que, tal vez, se suspenden por unos meses, los cambios de escuelas, las playas que no se verán por los exámenes que no se aprobaron. Si bien era chico, pude sentir a mi manera. Pude ver. Mirar a los tipos que se tiraban en el fondo, acurrucados, solos pero acompañados. Nadie está solo en los bares, ¿se dieron cuenta? Creo que por eso me encanta leer en las cafeterías, la soledad acompañada, el silencio de los susurros, los golpes de las vajillas, los que se van, los que llegan. Mi mesa: cerca de la puerta y pegado a la ventana (lejos del baño).

Los fines de semana, solía subirse al escenario un vecino. Un tipo grande. Lolo. Lolo era medio malo. No hay muchas vueltas y, a decir verdad, la muerte no cambia las biografías, ni el final ni los inicios. O sí, pero éste no es el caso. Lolo era bravo. Punto.  No les voy a mentir y mucho menos me voy a mentir a mí. Pelota que, por algún puntinazo descuidado caía en su frente, era una pelota perdida. Podíamos pasar horas tocando el timbre, aplaudiendo en la puerta de su casa. A veces, le hablábamos y no nos respondía. Ni siquiera se escondía el tipo. Al contrario, seguía limpiando su Fiat Europa. Tanto lo pulía que aquel celeste era la envidia del cielo. Y el auto, la del barrio. No era un coche nuevo, pero estaba impecable. Y el viejo lo cuidaba como a un bebé. Esa misma forma, esa misma manera, era la que tenía cada fin de semana cuando se subía al escenario de A mí manera, cuando agarraba el micrófono. Aunque lo puteara toda la semana, por las pelotas que no devolvía y, más grave aún, porque buchoneaba contándole a nuestros viejos si nos enganchaba saltando algún portón para recuperar la redonda, cuando agarraba la guitarra no podía hacer otra cosa que aplaudirlo, por más que me tuviera que morder los labios. Él parado ahí, acariciando la viola. Y yo sentado, con la boca llena de aceite, masticando el pedazo de masa y queso que se revolvía en la boca y el trago de coca para mezclar, para ablandar, para morigerar la terrible porción que me había zampado. Y aplaudiendo. Aplaudiendo al enemigo. A veces, cuando cantaba, me miraba fijo. Esa era, creo, nuestra forma de reconciliarnos. El viejo era una bestia. Escuchándolo tuve la sospecha de que me iba a gustar el tango. Una vez, un poco más grande, un tipo me dijo: “El tango espera. Ya te van a dejar, ya vas a sufrir. El tango te espera”.  Y sí. Me gusta el tango, pero lo del medio es otra historia.

Cuando el escenario estaba vacío, podíamos elegir la música. En casa yo no elegía mucha música porque solíamos escuchar la radio, siempre y cuando mi papá no pusiera Alberto Cortez u otras cosas que ahora no recuerdo. Él tenía un casete que en la tapa presenta una rosa muy pixelada bajo la que se podía leer “Nostalgias”. En aquel entonces esa palabra, para mí, era sinónimo de tristeza. Y me hacía gracia que mí viejo invocara a la tristeza ¿Acaso la tristeza no es algo de lo que hay que huir? No sé. Ahora me pregunto dónde habrá quedado aquel casete. Mi mamá elegía Isabel Pantoja y cantaba: “Ese barco velero cruzó la bahía…”. Cada vez que la oía entonar, recordaba que era sábado y que ella limpiaba y que yo tenía que hacer lo propio con mi habitación.

Una vez, en el bar, una chica cantó una canción que decía algo así como “Estoy vencida porque el mundo me hizo así, no puedo cambiar”. A mí manera. Tenía una voz hermosa, que se movía entre el dolor y la alegría. Una voz clara y gruesa, segura. “Soy el remedio sin receta y tu amor mi enfermedad”, dijo después, con un tono que solo reconocen los que se codearon en la oscuridad. Yo había ido a buscar unas empanadas con mis viejos. Mi hermano, que solía usar una de las mesas pegadas a la ventana, no alcanzó a vernos. En Haedo, cada fin de semana sabía perfectamente donde podía encontrar a mi hermano. Y él a mí. Por esa razón, para mis viejos no era un problema que estuviéramos en la calle. Si mí mamá me mandaba a buscarlo, agarraba la bicicleta e iba a hasta los mormones, sobre la calle Chacabuco o Maipú, cerca de la escuela Nº8. Ahí había una cancha enorme. El problema era que no estaba abierta al público y había una reja que separaba de ese campo de los sueños a una horda de jóvenes y niños ansiosos por meter goles en aquellos arcos religiosos. Era un desperdicio porque esa cancha estaba impecable. La solución herética era saltar la reja. Si mi hermano no estaba ahí, podía estar en la canchita costa, en Don Bosco y las vías, jugando a la pelota en la cancha de tierra. En caso de ser de noche, podía estar en “A mí manera”, junto a sus amigos. Él también sabía dónde encontrarme y eso me daba tranquilidad. Pensaba que si me pasaba algo, si alguno de los grandes en un partido quería boxearme, él iba a venir a rescatarme. De grande, esa costumbre, la de venir a rescatarme, siguió. La de prender la luz en la oscuridad. La de darme la mano hasta que me durmiera, siguió. Pero esa es otra historia.

Las veces que iba con mis viejos al bar, solía ver a mi hermano jugando al truco. Esa imagen suya, con los cachetes colorados por el vino o por la sorpresa de encontrar a sus padres mientras estaba con sus amigos, mis amigos, me transmitía paz.

Ese era nuestro mundo. Haedo. Y, en ese momento, “A mí manera”. Nada más. No había de qué preocuparse. Cierro los ojos y los veo. Mí mamá y mí papá tomándose una cerveza, chocando los porrones antes de vaciar la mitad, apoyándolos con fuerza y dejando esos círculos de agua sobre la mesa. Siempre quise escribir sobre los círculos de agua que dejan los porrones de cerveza en las mesas madera. Un relato, una novela. Una novela debería llamarse así: Los círculos de agua que dejan los porrones de cerveza en las mesas de madera. Los de mis viejos eran grandes, densos, duraderos. No se evaporaban con facilidad. Parecían anillos. Anillos perfectos. Me parecía curioso que, a veces, uno pisara al otro. Entonces quedaba una imagen similar a un ocho. Al infinito. Ese es el signo de los recuerdos, un ocho acostado hecho vasos de cerveza. Y “A mí manera” era todo eso. Los besos apurados de las chicas y los chicos de las escuelas. Los del Brown, de la Sagrada Familia y el Euca mezclándose con los de la Ocho, la Dos, el Echeverría o los de la Newbery, sin importar uniforme. Los vinos calientes, los pingüinos, las chicas desarmándose las aburridas colas de caballo que les exigían los burocráticos preceptores. Los chicos disparándose puteadas antes del desafío que se saldaría al otro día en el Brisas, en El Trébol o en El Ateneo. O en los mormones. Cada cual a su modo, a su manera, en aquella pizzería. Lolo cantando, siendo Lolo. Mi hermano contando porotos, esperando una mano con el ansiado ancho de espada, con los cachetes rojos. Yo, tratando de grabarme cada escena, tratando de unir esos pedazos en una historia. Por eso siempre me gustó escribir en cursiva. La cursiva es una misma línea que ata todos los recuerdos con las palabras y letras y silencios y espacios.

Una vez caminaba con mi abuelo, el papá de mi papá. Íbamos a la lotería. No sé si era de noche, pero recuerdo que estaba oscuro. O que hacía frío, que es lo mismo. El quería ver los números ganadores. Yo quería caminar. Acompañarlo. La euforia de sus pasos desapareció cuando llegamos a la lotería y comprobó que no había ganado. La verdad es que incluso dudé de que hubiera comprado algún billete. Me había dicho que, de ganar, íbamos a comer una pizza. Pero no ganó. Y no comimos pizza. A la vuelta, pasamos por un bar. Los vidrios estaban empañados. La gente se reía mucho y muy fuerte. Adentro, estaban en remera. Me agarró de la mano y me dijo: “Nunca vas a tener frío ni vas a estar solo si hay un bar abierto”. Y abrió la puerta. Caminó delante de mí, saludó con la mano a un viejo de barba blanca y larga que nunca se separaba de su bastón. Yo no conocía aquel sitio. Saludé a mi compañera, que estaba en la caja. Me pregunté cómo jamás me había detenido a observarlo. Me dio un poco de culpa por no terminar de conocer a mi barrio y bronca porque sentía que todos los demás sabían algo que yo no. Lo bueno era la comprobación de que había muchos lugares de Haedo por conocer. La sorpresa fue más grande cuando miré al escenario y vi a Lolo, el viejo que no nos devolvía las pelotas, cantando. Esa noche, la primera noche en que fui a aquel bar, no comimos pizza. Mi abuelo pidió empanadas. En un lugar así, un sacrilegio. Pero ya bastante mal estaba lo que hacía cuando saltaba rejas para jugar a la pelota, así que eso no me pareció tan grave en aquel entonces. Esa noche, en la que creo recordar que Lolo cantó “estoy, mirando atrás, y puedo ver mi vida entera y sé que estoy en paz pues la viví a mi manera”, supe que nunca iba estar solo, porque siempre que tuviera frío, por más que hiciera calor, o que fuera de noche, aunque hubiera sol, iba a encontrar un bar donde refugiarme. De preferencia siempre en el mismo, por si tienen que rescatarlo a uno, para llevarlo a dormir con la luz encendida o de la mano. Siempre leyendo. O escribiendo, como ahora. A mi manera.

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