A un siglo de la caída del águila

Por Pedro Perucca

A 100 años del asesinato de Rosa Luxemburg, recordamos su vida heroica, sus valiosos aportes teóricos al marxismo y su compromiso inquebrantable por un socialismo no dogmático, plural, dinámico, abierto y basado en organismos vivos de decisión y participación masivas, es decir, opuesto por el vértice a cualquier posible dictadura del partido.

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Cuando, en la madrugada del 15 de enero de 1919, el cadáver de Rosa Luxemburg se hundió en las heladas aguas LandwehrKanal, muchos se alegraron. Desde su ejecutor directo, un ignoto soldado de los llamados cuerpos libres, o Freikorps, hasta los responsables intelectuales del brutal asesinato, los líderes de la derecha del Partido Socialdemócrata Alemán en el poder, pasando por toda la burguesía alemana y su prensa que, unos días después, los felicitaba efusivamente: “El canciller del Reich, Ebert, con la completa colaboración de un diligente cuerpo militar, ha declarado que las calles vuelven a ser seguras para los hombres y las mujeres de Berlín. ¡Hurra! Faltando escasos días para la elección de la Asamblea Nacional, hemos de dar las gracias a este gobierno provisional por la rapidez con que ha aplastado la insurgencia inspirada por los bolcheviques”.

¿Por qué esta pequeña mujer era tan peligrosa para la socialdemocracia y para la burguesía alemanas? ¿Por qué fue necesario arrancar la “rosa roja”?

Los primeros pasos

En 1871 Rosa nace en un pequeño pueblo de Polonia, de una familia judía de clase media. Ya desde su adolescencia queda claro que las promesas de ascenso social individual o las meras satisfacciones de la teoría no le bastaban a esta joven rebelde e inquieta que comienza a comprometerse tempranamente con la vida política de su país. Polonia estaba bajo el control de la Rusia de los zares, pero poco a poco se iban gestando y fortaleciendo diversos movimientos independentistas con los que Rosa comienza a involucrarse desde los 16 años. Así es que, a poco de finalizar su educación media y ante la noticia de su inminente detención, tiene que escapar hacia Suiza, escondida en una carreta de heno.

En Zurich no sólo estudia la carrera de ciencias políticas, donde se doctora con honores con una tesis sobre el desarrollo industrial de Polonia (siendo, además, una de las pocas mujeres en conseguir ese lauro) sino que entra en contacto con todo el movimiento de revolucionarios exiliados de Rusia.

Desde el extranjero había sido parte fundamental primero de la fundación del Partido Socialista de Polonia y luego del Partido Socialista del reino de Polonia y Lituania, del que será una dirigente fundamental hasta el día de su muerte. Allí también conoce a quien será el gran amor de su vida, Leo Jogiches, otro dirigente polaco en el exilio, con quien compartió muchos años de vida en común (con constantes separaciones debidas a cárceles, exilio y traslados militantes) y una siempre fecunda relación de debate político. Leo, un experto organizador en la clandestinidad, también era la “caja de resonancia” que muchas veces necesitaba Rosa para profundizar sus elaboraciones políticas. Las cartas que le escribió Rosa a lo largo de su vida componen uno de los más bellos epistolarios de la historia.

Como fundadora y referente ineludible del PSPyL Rosa comienza a hacer sentir su voz profunda y original mucho más allá de las fronteras suizas y sus puntos de vista polémicos sobre la cuestión nacional (críticos a contracorriente del nacionalismo polaco) se hacen escuchar en Alemania e incluso obligan a los popes –Kaustsy, Bebel, Bernestein y otros– del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD por sus siglas en alemán) a “legitimarla” como interlocutora.

En 1898 Rosa se ve ante la necesidad de tomar una de las decisiones más difíciles de su vida, la trasladarse a esa ciudad “gris y odiosa” de Berlín para militar en el partido socialdemócrata alemán, epicentro insoslayable del movimiento socialista internacional.

El gran salto

Así, esta joven outsider de menos de 30 años llega a Berlín con el siglo XIX agonizando para intentar abrirse camino en la meca del socialismo internacional. En ese momento el SPD era un partido de cientos de miles de afiliados, que pocos años más tarde contaría sus votos por millones y que llegaría a tener más de 100 diputados en el Reichstach (parlamento), que publicaba más de 90 periódicos y dirigía teatros y bibliotecas propios.

Los monstruos sagrados del partido (los discípulos y “herederos” directos de Marx y de Engels) nunca supieron cómo relacionarse con esta “pequeña rosa” que pronto supo mostrar sus espinas. En primer lugar, declinó tajantemente la tramposa oferta de Bebel de dedicarse a la cuestión “feminista”, probablemente porque sospechó que la propuesta pretendía limitarla a las cuestiones de género como forma de alejarla de las discusiones más generales del partido. Por esta elección de no involucrarse en el sector del partido dedicado a las cuestiones de género, muchos analistas le asignan una posición “antifeminista”, pero esto no parece ser lo más correcto. Rosa no sólo apoyó y avaló constantemente las elaboraciones sobre el tema de su íntima amiga Clara Zetkin sino porque si bien no pueden encontrarse elaboraciones específicas de Rosa sobre la cuestión de la mujer tampoco nadie puede citar ningún texto en contrario. Más bien fue un tema en el que, reactivamente, eligió no involucrarse, decidiendo dedicar su enorme capacidad teórica y práctica a intervenir en las cuestiones candentes que estaban debatiendo el partido alemán y el socialismo internacional en aquellos momentos.

Reforma o revolución

A fines del siglo XIX una de estas cuestiones tenía que ver, sin ninguna duda, con las formulaciones que Edward Bernstein venía proponiendo como nuevas bases del partido. Bernstein, quien contaba con el prestigio de haber sido secretario de Engels, publicó en Neue Zeit, órgano teórico del SPD, una serie de artículos en los que proponía una revisión radical de algunos principios marxistas clásicos.

Dando cuenta del “efecto demostración” que tenía la estrategia democrática y parlamentaria para el partido, que no paraba de crecer en influencia, votos y sindicatos, Bernstein se atrevió a formular teóricamente lo que ya hacía parte de la práctica cotidiana de buena parte del partido alemán, es decir, puso en negro sobre blanco una hipótesis de transición pacífica y ordenada del capitalismo al socialismo, sin revolución y basada sólo en una acumulación constante de fuerzas por la vías legales. Así, Bernstein teorizó el rol central de las cooperativas y de los sindicatos, junto con la extensión gradual de las conquistas democráticas, como gérmenes socialistas dentro del capitalismo que podían ir creciendo y afirmándose hasta el momento en que pudiera producirse la transición casi de manera natural y sin convulsiones.

Estas formulaciones profundamente revisionistas, en principio, no encontraron objeciones por parte de Kautsky o Bebel, sino más bien pronunciamientos elogiosos. Tuvo que ser la “pequeña rosa” quien hundiera el escalpelo de la crítica en las farragosas elaboraciones bernsteinianas hasta dejar a la vista del partido el hueso profundamente contrarrevolucionario que las sostenía. Primero en dos artículos publicados en 1898 y 1899 y luego en un folleto que los reunía bajo el nombre de Reforma o revolución, editado en 1900, Rosa desnudó, con una clarividencia que luego le reconocerían repetidamente los bolcheviques, las tendencias profundamente reaccionarias y reformistas que incubaban en los escritos de Bernstein y que encontraban “naturalmente” cobijo en un partido alemán malacostumbrado a escoger siempre las vías de lucha legales y parlamentarias.

El siglo de la revolución

El inicio del nuevo siglo, el que presuntamente iba a ser el de la revolución socialista triunfante en el mundo, encontró al SPD aunado en torno a las posiciones inicialmente defendidas por Rosa contra Bernstein. Kautsky y Bebel suscribieron, aparentemente convencidos, su vehemente defensa de la estrategia revolucionaria y de los pilares del marxismo clásico. Pero no iba a ser necesario que pasara mucho tiempo para que la historia pusiera a prueba sus declaraciones de fe revolucionaria.

La revolución rusa de 1905 encontró a todo el partido alemán decididamente en babia, contando votos y sumando diputados. Incluso algunos corrieron a condenar el “apresuramiento” de los proletarios y campesinos rusos y su incomprensión del marxismo que, indubitablemente, marcaba la necesidad de construir primero una sociedad capitalista avanzada para, recién desde allí, pensar en la posibilidad de asaltar los cielos.

Pero Rosa supo ver, aún en medio de la confusión, de las contradicciones y de las noticias que llegaban poco y mal, la potencia insuprimible de la revolución que ahora se manifestaba en Rusia, un enorme movimiento social que no sólo pedía acabar con la tiranía de los zares sino que osaba pensar en una sociedad gobernada por los oprimidos. A partir de los hechos rusos ella se atrevió a considerar la posibilidad de que la revolución fuera más allá del horizonte burgués y, coherente con ello, planteó la necesidad de una “dictadura revolucionaria del proletariado basada en el campesinado”, coincidiendo tempranamente con la teoría de la revolución permanente.

Coherente con su prédica de toda la vida, Rosa no sólo escribió decenas de artículos y pronunció cientos de discursos a favor de la revolución rusa, tratando de contagiar algo de su fuego a los pechos congelados de los popes del partido alemán, sino que incluso decidió volver a Polonia para vivir la experiencia revolucionaria en primera persona, aún con su salud quebrantada y sabiendo que corría riesgo de detención y hasta de vida. De sus experiencias de esta época, en la que, efectivamente, vivió las postrimerías de la revolución en la Polonia rusa y acabó siendo detenida por el zarismo y luego deportada nuevamente a Alemania, nacen las conclusiones que luego sistematizará en sus escritos sobre Huelga de masas, partido y sindicatos, donde trata de explicarle al apático y legalista partido alemán las primicias del protagonismo social extendido y las potencialidades de la acción directa de las masas.

Rosa Luxemburg y Karl Liebneckt

La prueba de fuego

Mientras que catástrofe de la guerra mundial se aproximaba a pasos agigantados, Rosa encontró, en medio de su febril participación en la vida política del partido, tiempo para escribir lo que probablemente sea su más importante legado teórico, La acumulación del capital.

Pero su involucramiento en la investigación de la teoría económica marxista no le impidió ver el curso aceleradamente contrarrevolucionario que estaba tomando el SPD. Así y todo, ninguna de sus agudas previsiones la preparó para el golpe del 4 de agosto de 1914, cuando el bloque socialdemócrata en el Reichstag votó unánimemente por los créditos de guerra para apoyar a su país en la Guerra Mundial. Pocos meses después, Kart Liebneckt será el único diputado del SPD que se atreve a seguir a su conciencia para romper la disciplina partidaria y votar en contra, en soledad absoluta. Es sabido que Lenin creyó inicialmente que el periódico que comentaba la noticia de la unánime decisión del SPD a favor de la guerra había sido falsificado por la policía alemana. El bolchevismo, que siempre había tenido como referente directo al partido más directamente vinculado con Marx y Engels, no podía dar crédito a esa bancarrota irreparable del socialismo alemán.

Ante la debacle del partido y de sus dirigentes, Rosa escribió: “Avergonzada, deshonrada, nadando en sangre y chorreando mugre: así vemos a la sociedad capitalista. (…) como bestia vociferante, orgía de anarquía, vaho pestilente, devastadora de la cultura y la humanidad: así se nos aparece en toda su horrorosa crudeza. Y en medio de esta orgía ha sucedido una tragedia mundial: la socialdemocracia alemana ha capitulado”. En síntesis, “desde el 4 de agosto de 1914 la socialdemocracia alemana es un cadáver putrefacto”. Esta es una de las frases que –según Lenin– deberían hacer famoso el nombre de Rosa Luxemburg en la historia del movimiento obrero.

Ella no paró de agitar contra la guerra imperialista, dándole voz a un pacifismo revolucionario que hoy podríamos rescatar sin pudor como bandera contra la interminable espiral guerrera en la que nos hunde este capitalismo sin horizontes. Obviamente, su incansable prédica antibélica no podía ser permitida por el Kaiser. Así es que Rosa es detenida (como también lo es Kart Liebneckt, a quien, vergonzosamente, el SPD le quita su inmunidad parlamentaria para permitir su arresto) y pasa buena parte de los años de guerra en prisión.

Pero unos miserables muros no iban a poder acallar la voz de esta rebelde. Desde la cárcel escribe algunas de declaraciones antibélicas más poderosas de la literatura universal en el folleto La crisis de la socialdemocracia alemana, firmado con el pseudónimo de Junius, que logra hacer salir clandestinamente de la prisión.

La revolución rusa

Las revoluciones rusas de 1917 encuentran a Rosa todavía en las prisiones del Kaiser. Desde aquellas “hospitalarias salas” donde ya llevaba casi tres años de permanencia, sigue expectante las noticias de aquél asalto bolchevique a los cielos. Lee febrilmente los periódicos que sus camaradas introducen de contrabando a la cárcel y escribe alabanzas inolvidables para los comunistas rusos: “Suyo es el inmortal galardón de haber encabezado al proletariado internacional en la conquista del poder político y la ubicación práctica del problema de la realización del socialismo, de haber dado un gran paso adelante en la pugna mundial entre el capital y el trabajo”.

Pero, como siempre, su entusiasmo no es acrítico ni ingenuo. Así, su apoyo incondicional a “Lenin, Trotsky y sus amigos” se combina con una serie de alertas y de críticas. Antes que nada, advierte acerca del riesgo de “hacer de la necesidad, virtud”, de tomar las decisiones a las que se ven obligados los comunistas rusos en medio del fragor y las dificultades de la revolución por tácticas incuestionables y perfectas a ser adoptadas por el resto de los revolucionarios del mundo. Ella sabe que “los bolcheviques demostraron ser capaces de dar todo lo que se le puede pedir a un partido revolucionario genuino dentro de los límites de las posibilidades históricas. No se espera que hagan milagros. Pues una revolución proletaria modelo en un país aislado, agotado por la guerra mundial, estrangulado por el imperialismo, traicionado por el proletariado mundial, sería un milagro”.

Rosa será particularmente crítica diversos aspectos de la revolución rusa, entre los que se destacan la política agraria de los bolcheviques (cuestiona la apropiación directa e inmediata de la tierra por los campesinos porque “acumula obstáculos insuperables para la transformación socialista de las relaciones agrarias”) y la cuestión de las nacionalidades (Rosa ya había polemizado repetidamente con Lenin sobre la posición del partido ruso en cuanto al derecho a la autodeterminación de las nacionalidades, incluso hasta el extremo de poder elegir gobiernos separados del de Rusia, posición que critica planteando que se trata de “fraseología hueca y pequeñoburguesa” que produce, además, resultados contraproducentes ya que Finlandia, Ucrania, Polonia, Lituana y los países bálticos utilizaron esa “libertad recientemente adquirida para aliarse con el imperialismo alemán como enemigos mortales de la Revolución Rusa”).

Uno de los puntos en los que será más implacable con el proceso revolucionario ruso tendrá que ver con la cuestión de las libertades democráticas. Por esto cuestionará la decisión bolchevique de disolver la Asamblea Constituyente de noviembre de 1917, polemizará acerca de los alcances del sufragio en Rusia y problematizará la cuestión de los recortes de libertades democráticas de la dictadura del proletariado en versión bolchevique. En este sentido Rosa escribe, famosamente, que: “La libertad sólo para los que apoyan al gobierno, sólo para los miembros de un partido (por numeroso que éste sea) no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa de manera diferente”. Es que sabe que “no se puede decretar el socialismo, por su misma naturaleza, ni introducirlo por un úcase. (…) Lo negativo, la destrucción, puede decretarse; lo constructivo, lo positivo, no. Territorio nuevo, miles de problemas. Sólo la experiencia puede corregir y abrir nuevos caminos. Sólo la vida sin obstáculos, efervescente, lleva a miles de formas nuevas e improvisaciones, saca a la luz la fuerza creadora, corrige por su cuenta todos los intentos equivocados. (…) De otra manera el socialismo será decretado desde unos cuantos escritorios oficiales por una docena de intelectuales”.

Finalmente Rosa se deja convencer de no publicar sus opiniones, sintetizadas en su artículo La revolución rusa, para “no darle armas a los enemigos de la revolución” pero, así y todo, algunos de sus alertas no dejan de sonar proféticos.

Revolución alemana

Rosa y Leo Jogiches

El 9 de noviembre de 1918 la oleada de la revolución encuentra su punto más alto en Alemania. La derrota en la guerra mundial precipita la caída de la dinastía de los Hozenhollern y lleva al SPD al poder mientras se multiplican los Consejos de Obreros y Soldados en todo el Reich y un movimiento de masas libera a los dirigentes socialdemócratas detenidos.

Así empiezan a transcurrir los últimos dos meses de vida de la rosa roja. Apenas salida de la cárcel de Breslau se ve inmersa en ese torrente revolucionario que pone a prueba las diferentes concepciones de revolución y de futuro que convivían el en partido alemán.

Si por un lado estaban Rosa y Karl Liebneckt arengando desde la Liga Espartaco para que los soviets se hicieran con el poder efectivo de la nación, por el otro estaban dirigentes socialdemócratas como Ebert y Scheidemann tratando de canalizar la oleada revolucionaria hacia las miserables compuertas del la democracia burguesa.

En esos velocísimos y contradictorios dos meses, una avejentada y entusiasta Rosa tratará de orientar a los sectores proletarios que intentan hacerse con el poder en esta Alemania que la burguesía, ante el riesgo de perderlo todo, había concedido en llamar socialista.

A partir de su liberación se multiplicará en decenas de discursos, debates y publicaciones, desde los que desmantelará la pusilánime estrategia antisocialista del SPD en todo momento hasta que, finalmente, decidirá romper definitivamente con el partido alemán (del que había seguido manteniéndose como ala izquierda, como parte de la Liga Espartaco) para crear una nueva organización socialista revolucionaria.

Entre los días 30 y 31 de diciembre de 1918 y 1 de enero de 1919 se llevará a cabo el congreso de fundación de la Liga, que finalmente decide llamarse “Partido Comunista Alemán”.

Su programa, elaborado por Rosa y defendido enérgicamente en su famoso Discurso ante la fundación del Partido Comunista Alemán, da cuenta de la comprensión de la situación y de las aspiraciones revolucionarias de sus impulsores.

El orden vuelve a reinar en Berlín

La revolución alemana que derrocó al Kaiser, llevó al SPD al poder e inauguró la República de Weimar es finalmente aplastada por la represión socialdemócrata. Los diarios pedían a gritos “¡Maten a Liebneckt y a Rosa Luxemburg!”. Entonces el SPD va a demostrar su carácter de dócil sirviente de la burguesía haciéndose cargo de la represión del movimiento revolucionario y de eliminar a sus figuras más representativas. En el marco de una represión creciente contra los obreros movilizados, en la misma noche son asesinados Rosa Luxemburg y Karl Liebneckt (algunas semanas después, mientras trataba de informarse sobre el paradero de su compañera de toda la vida, también cae Leo Jogiches).

La revolución alemana no triunfa, Rosa es asesinada y “El orden reina en Berlín”. Así se llama el articulo que escribe Rosa pocas horas antes de caer bajo los culatazos de un sicario de la socialdemocracia. En éste texto final, pese a derrota ya inocultable del proceso revolucionario, sigue expresando un optimismo histórico sin mella: “El liderazgo ha fallado. Incluso así, el liderazgo puede y debe ser regenerado desde las masas. Las masas son el elemento decisivo, ellas son el pilar sobre el que se construirá la victoria final de la revolución. Las masas estuvieron a la altura; ellas han convertido esta derrota en una de las derrotas históricas que serán el orgullo y la fuerza del socialismo internacional. Y esto es por lo que la victoria futura surgirá de esta derrota. ‘¡El orden reina en Berlín!’ ¡Estúpidos secuaces! Vuestro ‘orden’ está construido sobre la arena. Mañana la revolución se levantará vibrante y anunciará con su fanfarria, para terror vuestro: ¡Yo fui, yo soy, y yo seré!”.

La caída del águila

Clara Zetkin, íntima amiga de Rosa, sintetizó en su funeral el sentir de muchos de sus camaradas: “Su máxima felicidad fue experimentar la revolución, luchar en todas sus batallas. Consagró toda su vida y todo su ser al socialismo con una voluntad, determinación, desprendimiento y fervor que no pueden expresar las palabras. Se entregó plenamente a la causa del socialismo, no sólo con su trágica muerte, sino durante toda su vida, diariamente y a cada minuto, a través de las luchas de muchos años… Fue la afilada espada, la llama viviente de la revolución”.

Cartas de la prisión

Y podríamos multiplicar por cientos las apologías de Rosa, desde las famosísimas de Lenin (“Pese a sus errores fue –y para nosotros sigue siendo– un águila. Y no sólo los comunistas de todo el mundo venerarán su memoria, sino que su biografía y sus obras completas (…) serán manuales útiles para la educación de muchas generaciones de comunistas de todo el mundo”) y de Trotsky (Sí, Stalin tiene sobrados motivos para odiar a Rosa Luxemburgo. Pero tanto más imperioso es nuestro deber de cuidar la memoria de Rosa de las calumnias de Stalin (…) y pasar esta imagen verdaderamente hermosa, heroica y trágica a las generaciones jóvenes del proletariado, para que la conozcan en toda su grandeza y fuerza inspiradora”), hasta las menos conocidas de Lukács (“Es la única discípula de Marx que ha desarrollado ulteriormente la obra de la vida de éste tanto en el sentido económico-material cuanto en el económico-metódico”) o Mariátegui (“Rosa Luxemburgo, figura internacional y figura intelectual y dinámica, tenía también una posición eminente en el socialismo alemán. Se veía, y se respetaba en ella, su doble capacidad para la acción y para el pensamiento, para la realización y para la teoría. Al mismo tiempo era Rosa Luxemburgo un cerebro y un brazo del proletariado alemán”).

Pero la pregunta que permanece es ¿cómo es posible que una dirigenta socialista de esta magnitud haya quedado casi olvidada para la historia del movimiento obrero, cómo puede ser que sus obras no se lean y editen más en la actualidad, por qué su figura heroica no ocupa el lugar que merece en la memoria revolucionaria?

La conjura de los necios

Un inicio de respuesta a las preguntas anteriores probablemente tenga que ver con la cantidad de intereses que se conjugaron para silenciar a Rosa. Si, por un lado, como ya vimos, estaban los poderosos intereses de la socialdemocracia, capaz bañarse en sangre de obreros y camaradas para defender su recién ganado papel de perro guardián de la burguesía, por otro van a estar los no menos poderosos del stalinismo, que inmediatamente después de la muerte de Lenin olvida las recomendaciones de éste de publicar las obras completas de Rosa y pasa a demonizarla sin escrúpulos. Cuando el partido alemán se convierte en obediente miembro de la Komintern (Internacional Comunista) va a probar su estricta observancia stalinista, entre otras cosas, volviéndose incluso contra la figura de su fundadora y así Ruth Fischer llegará a popularizar el slogan de “sífilis luxemburguista” para congraciarse con el Kremlin. Stalin en persona decretará primero que Rosa fue la síntesis del oportunismo (ignorando alevosamente que ella cuestionó a Kautsky y Cia. antes de que a Lenin siquiera se le ocurriera la posibilidad de tamaña traición) y luego de “trotskysta” por aquello de la revolución permanente que ya mencionamos.

Un nivel de crítica diferente merecen las fuerzas de Trotsky y el trotskysmo. Si bien el Viejo va a tomar en sus manos la defensa de Rosa frente a las falsificaciones stalinianas lo cierto es que la mayor parte del trotskysmo se relacionará demasiado poco con la revolucionaria polaca. Sin embargo es justo reconocer que la única edición de obras escogidas que ha circulado en Argentina se debe al SWP norteamericano (y, especialmente, al enorme trabajo bibliográfico de Mary Alice Watters, cuyo esbozo biográfico suele ser mucho más tomado que citado) y a la Editorial Pluma, vinculada al PST morenista. Pero, más allá de ese mérito no menor, la verdad es que los defensores del Programa de Transición abordaron a Rosa siempre desde el prejuicio que le había colgado de una vez y para siempre la etiqueta de “espontaneísta”. Siguiendo la línea argumental de Lenin, se consideraba que si bien era una revolucionaria intachable, el águila se había equivocado tanto que casi no valía la pena estudiarla.

Rosa y el siglo XXI

Después de casi cinco décadas de condena a la oscuridad, la obra y la figura de Rosa volvieron a brillar a fines de los años 60. Las primaveras de París y de Praga supieron ver lo imperecedero y actual que latía en cada uno de sus poderosos escritos y las pancartas con el rostro de Rosa aportaron la única figura femenina entre las infaltables de Marx, Lenin, Mao o el Che. Pero, claro, aquél era el momento de “ser realista y pedir lo imposible”. Pero, hoy, en nuestros difíciles y latinoamericanos comienzos de siglo XXI ¿vale la pena volver a leer a Rosa Luxemburg?

Creemos que sí, no sólo porque Rosa escribía bien (siempre es un placer abordar sus textos rigurosos y poéticos) sino porque sospechamos que la rosa roja aún tiene algo para decirnos, a 100 años de su cobarde asesinato.

Hoy, en esta realidad nuestra tan aparentemente lejana de las calles del Berlín invernal de principios del siglo XX, parece haberse abierto nuevamente algún debate acerca del socialismo. Y Rosa puede tener algo que decir al respecto. No sólo por su crítica implacable a cualquier vía reformista, legalista o parlamentaria al socialismo (en este aspecto es posible que sus planteos sean mucho más útiles que los de los comunistas rusos, que no tuvieron que luchar contra una dinámica democrático-parlamentaria avanzada) sino también por su misma concepción de la revolución y del socialismo.

A pesar de que hoy muchos quieran apropiarse de su figura desde versiones “rosadas” de socialismo, lo cierto es que Rosa estaba muy lejos de ser anti-partido. Más bien, entendía que la relación del partido (cuya construcción consideraba imprescindible) con el movimiento de masas debía ser dinámica y abierta y que en este binomio el elemento que no podía estar ausente era el del protagonismo social extendido (mediante sindicatos, soviets, consejos de obreros y soldados, etc.), por lo que en su versión de revolución queda automáticamente excluido cualquier posible “sustituismo” de los organismos de masas por el partido revolucionario.

Su socialismo era un socialismo no dogmático, plural, dinámico, abierto, basado en organismos vivos de decisión y participación masivas y opuesto por el vértice a cualquier dictadura del partido o de la nomenklatura.

Tal vez por eso, por esta concepción del marxismo abierta, alejada de todo dogma o cristalización exegética, es que no existe ni ha existido en el mundo un “luxemburguismo”, más allá de algunas aproximaciones más bien académicas a su obra. Y es probable que los escritos siempre críticos y la vida heroica de la “rosa más roja” se sigan resistiendo titánicamente a ser encasillados en cualquier “ismo” que no sea “socialismo”.

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