Alegato a favor del cuerpo

Por Patricio Rago

Mientras la epidemia nos obliga a la distancia corporal, Patricio Rago comparte con Sonámbula un personalísimo alegato en defensa del cuerpo, entendido como lo que somos y no como algo que tenemos, y enumera una serie de propuestas para cuando podamos volver a encontrarnos en la calle y abrazarnos.

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Empiezo.

Estoy rotundamente en contra del sexo virtual. Puedo entenderlo —y hasta ahí— en un contexto de pandemia mundial, cuarentena, apocalipsis o distancia infranqueable, y por un tiempo definido, pero jamás como práctica generalizada. Cada uno es libre de hacer lo que quiera —coger por Zoom, no coger nunca, pajearse cinco veces por día— por supuesto, pero para mí el sexo es un acto único, mágico y trascendental que se realiza con todos los sentidos —¿se acuerdan del tacto, el gusto y el olfato?—, un acto en el que dos o más cuerpos vibran unos con los otros para terminar por fundirse en algo que no sabemos bien qué es pero sí que es otra cosa. No sé. Yo siento como si me explotara todo el cuerpo, pierdo mi  individualidad, me olvido por completo de mí mismo, no sé ni dónde estoy ni qué me está pasando, no puedo ni pensar.

Me parece maravillosa la tecnología —consoladores, vibradores, arneses, anillos, bolas chinas, etc— y la recomiendo a pleno siempre y cuando potencie y sume al placer del acto físico, pero no cuando eso implica que una de las experiencias vitales más intensas que tiene el ser humano sea mediada por un dispositivo de vigilancia en manos de una gran corporación. Ahora resulta que los dueños de internet —que ya saben casi todo de nosotros (ideología, gustos, deseos, miedos) a través de nuestras búsquedas y de nuestros posteos en las redes—, van a saber aún más, nos van a ver gozar e interactuar sexualmente con otros, van a conocer nuestras fantasías, nuestras reacciones. Terrible.

Creo que, sin duda, hay que explorar la sexualidad por fuera del marco de la genitalidad heterosexual pero siempre desde y con el cuerpo. El culo, los pies, el cuello, los codos, la nuca, la imaginación, cada parte de nuestro ser tiene un potencial del que no tenemos plena consciencia. Y me parece que si aceptamos e incrementamos la frecuencia del sexo virtual en reemplazo del sexo presencial en el que dos o más cuerpos comparten un tiempo y un espacio, estaríamos cambiando un acto maravilloso por una fría pantallita. ¡No me cambien el contacto cuerpo a cuerpo por una pálida pantallita de celular, por favor! No, la verdad que no me parece un buen negocio. Como pedir un exprimido de naranja y que te traigan un jugo Tang —esto es lo que hace el capitalismo, ¿no? cambia experiencias vitales que te hacen feliz por imitaciones más pobres que apagan el deseo—.

Pienso que hay que hablar siempre desde el cuerpo. Porque el cuerpo es lo único que hay, es lo que somos. No es algo ajeno a nosotros, algo que “tenemos”, no debería ni existir la palabra cuerpo más que para decir nosotros, esto que somos. El cuerpo no es una máquina o una bestia a disciplinar. No es algo sobre lo que se tiene que intervenir en todo momento con medicamentos, con químicos de todo tipo, con violencia represiva, como si el cuerpo no supiera, como si sólo fuera un envase vacío que llenamos con conocimiento consciente y nada más.

Y creo que hoy más que nunca hay que defenderlo de los ataques que el capitalismo le viene haciendo desde hace cientos de años, sobre todo en cuerpos de mujeres y disidencias.

Siempre pensé que uno debe tratar de ser realista para hacer una lectura crítica y soñador para proponer acciones a realizar, jamás pesimista —el pesimismo siempre paraliza, es lo más funcional al sistema que hay—.

Yo me animo entonces a proponer algunas acciones concretas para cuando pase esta cuarentena.

Propongo que nos volvamos a encontrar y nos abracemos y nos besemos y nos toquemos más que nunca. Que estemos mucho tiempo en la calle, charlando, mirando a la gente pasar, boludeando. Que festejemos todos los cumpleaños que no pudimos festejar y los asados que nos faltaron. Que nos veamos con gente que hace tiempo no vemos y nos pongamos al día con nuestras vidas. Que nos echemos todos estos polvos que no nos pudimos echar ahora y hagamos todas esas cosas que planeamos en estos días de pandemia.

Propongo que nos veamos también por las dudas, y que nos abracemos fuerte cada vez que nos encontremos por si mañana decretan otra cuarentena y cómo nos vamos a extrañar, la puta madre.      

Propongo que no nos olvidemos de cómo era la vida antes de todo esto, pero sobre todo de cómo debería ser, y que no aceptemos como normal algo que es y tiene que ser excepcional. Que no nos resignemos a la vigilancia ni al distanciamiento social ni a la policía sacada ni a las denuncias de vecinos ni a la incertidumbre ni a la depresión ni a la soledad ni al miedo. Esto tiene que pasar, ya va a pasar. No vamos a seguir mucho más así. Hay que saberlo, hay que pensarlo y hay que quererlo.  

Ya lo dije, soy un soñador, lo sé, un optimista, un cursi, un ingenuo, un romántico, lo que quieran, pero creo que un mundo mejor empieza a nacer cuando la gente comienza a imaginarlo.

Por eso me gusta pensar que hasta los más solitarios deben estar extrañando a alguien y que se están dando cuenta de cuán importantes son esas personas en sus vidas.

Me encanta pensar que nos vamos a asquear de tanta internet, que vamos a dejar los celulares apagados o en silencio para revisarlos cada tanto, porque mucho más vamos a querer estar con otras personas, pasando el rato, sonriendo, mirándonos a los ojos, haciéndonos mimos, sintiendo el calorcito ese de la piel del otro que es la sal de la vida, la papa misma de la existencia.

¿Y por qué no? Ya que es cada vez más evidente que nos vigilan en las redes y que no se puede hablar libremente porque te pueden meter preso, quizás sea hora de dejar de hablar y de decir todo lo que pensamos en internet y volver a juntarse para debatir temas importantes, no sé,  juntarnos a tomar algo, volver al bar, a las casas, a los pasillos de las facultades, a los centros culturales.

Por esto propongo entonces apagar o silenciar el celular cuando termine nuestra jornada laboral. Seguro que así vamos a tener más tiempo libre para estar juntos, para leer o mirar pelis,  para cocinar cosas ricas, y además podemos aprovechar para tratar de comer más sano.

Podemos anotarnos en un curso de carpintería, o en un taller de escritura, o armar una huertita en la terraza o en el balcón. O clases de actuación, aprender algún idioma, jugar a las cartas o al ajedrez o al tutti fruti. O podemos militar en alguna organización de barrio, o ir a un club, o a comedores. Y mirar mucho el cielo, todo lo que se pueda, y los árboles, los pájaros, el atardecer, el horizonte. Desacelerarnos, bajar mil cambios, respirar.

Propongo que tratemos de darle más bola a cada parte de nuestro cuerpo, de escucharlas más, comer cuando tengamos hambre y descansar cuando estemos cansados. En una de esas también podemos aprovechar para hacer más cosas que impliquen contacto y movimiento, no sé, bailar, hacer yoga, o algún deporte al aire libre, ir a nadar, meditar. Podemos tratar de ir más a las plazas a sentarnos a tomar sol para fijar la vitamina D y a pensar en las cosas que nos gustan. Y reírnos más, que tan bien nos hace. Conectar con el cuerpo desde el placer y la intensidad. Y aflojar con los medicamentos, por el amor de dios, que no solo nos hacen mierda sino que además nos adormecen los sentidos, y de paso no le seguimos dando de comer a las grandes farmacéuticas.

Tal vez podamos vincularnos más con nuestros tres sentidos olvidados: el olfato, el tacto y el gusto. Y escuchar qué nos dicen, qué sentimos a través de ellos, qué sensaciones, qué informaciones nos dan, qué les gusta y cómo, y qué no.

Ya que estamos propongo que exijamos a nuestros gobernantes que sean los millonarios y los poderosos los que se hagan cargo de esta crisis y no los pobres trabajadores. Que les saquen la plata que les sobra a ellos y se la repartan a los que más la necesitan. Sí, eso. 

Quizás incluso podamos dejar de usar tanto las tarjetas de debito y crédito y a los bancos en general, que vienen estafando a la gente desde hace años. No sé, podríamos ir una vez al mes a sacar todo el sueldo o la plata que tengamos y manejarnos con el efectivo que no deja rastros y nos permite tener un mayor control sobre lo que gastamos, dejando la tarjeta sólo para gastos grandes en cuotas, ponele.

Propongo que hagamos las compras en pequeños comercios de barrio y ferias, y siempre productos de pequeños productores y cooperativas. Porque en estos lugares se forman vínculos duraderos y de paso le hacemos boicot a las grandes marcas y a los grandes supermercados, cadenas y corporaciones. Propongo que tratemos de convencer a la gente —siempre con amor y sin ser pesados, por supuesto— para que en lugar de tomarse una Coca Cola —que además es un veneno con cantidades infernales de sal y azúcar—, se haga una limonada con limones agroecológicos, sin agrotóxicos y sin explotación, y que en lugar de comprar ropa hecha por un nene de diez años en Filipinas o en Flores, se la compre a una cooperativa textil.

Propongo consumir menos, mucho menos, dejar de comprar y tirar como si la basura no ocupara lugar. En una de esas también nos damos cuenta de que no necesitamos tanto para vivir. Darnos algunos gustos, estar tranquilos, dar y recibir cariño, tener tiempo para hacer lo que nos gusta, ayudar en lo que se pueda a la gente que la esté pasando mal. No mucho más.

Bueno, eso.

Yo creo que lo primero que voy a hacer es decirle a la gente que quiero cuánto la extrañé y qué bueno que es volver a verla. Eso después de darle un buen abrazo. Sí, creo que eso va a ser lo primero haga cuando pase la cuarentena.

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