Alicia en el País de la Clase Obrera

Lali Destéfanis recorre la historia obrera que se esconde en las calles y museos de Ingeniero White. Una historia inscripta en piezas de hierro a fuerza de voluntad popular.

Poseer un suelo como un mundo y una deuda
del tamaño del suelo
Sergio Raimondi,Poesía civil

Hay un lugar común que rodea Bahía Blanca, del que La Nueva Provincia es su jalón más espeso. Y sin embargo Raimondi, Mario Ortiz, Luis Sagasti… qué misterio Bahía. Hace unos meses el trabajo me llevó hasta allá y tuve una breve oportunidad de respirarla. En la media tarde libre del domingo me tomé el colectivo hasta White, el puerto, porque su museo comunitario me venía convocando desde que supe de su existencia. Ferrowhite: ferrocarriles y puerto. Ineludible.

Era una tarde muy nublada de invierno. Tras un largo trayecto suburbano bajé en una esquina, a metros del agua, que me recordó la ribera de La Boca: tiendas de ultramarinos, letreros en griego, mucho hierro por todas partes. Todo cerrado, no se sabía bien si era el domingo o qué, cierto estado de abandono sembraba sospechas. Eché a andar y llegué el Museo del Puerto. En los jardines que rodean esa cálida casita de madera empecé a entender dónde estaba: los hierros que son el paisaje urbano de White recobraban la lozanía porque venían a contar su historia. ¿Su historia? No: la mía. Mi país, mi familia, yo misma narrada desde los objetos que dejó huérfanos el modelo económico de los años setenta a esta parte. La emoción me invadió. Soy asidua visitante pero jamás me había ocurrido algo así en un museo.

Una vieja lancha de madera, la “Águila Blanca”, tenía un letrero que decía: “Acercá el oído a la madera. Esta LANCHA habla de pescadores artesanales, tejedores de redes y carpinteros de ribera. Construida hacia 1898, perteneció a la familia Aversano, una de las tantas que emigraron desde Ponza, Italia”. Fa. Escalofríos. Más allá, otro artefacto de metal comentaba: “En el puerto de un siglo atrás, no solo este CABRESTANTE destinado a levar pesadísimas anclas se movía a tracción humana. Todo funcionaba así. La energía venía de las cocinas: eran guisos, pucheros, bife alguna vez, vino, pan”. Todo me hablaba, me sentí Alicia en el País de la Clase Obrera. “Estos ADOQUINES sobre los que estás parado fueron cortados a principios de siglo, uno a uno, con maza y pinchote, por picapedreros de las sierras de Tandil. (Shhh: dicen que ellos hicieron rodar la Movediza. En protesta)”. Me quiero quedar a vivir acá. No consigo salir del jardín –ni de mi asombro- y mi transporte de vuelta parte en dos horas y media desde un lugar bien lejos de acá. Qué hacer.

Saqué fotos como una desaforada, hablé desatadamente con los lugareños y tomé la dura decisión de no recorrer el Museo del Puerto por completo porque ¡aún me quedaba visitar Ferrowhite! Guau. Acá hay otra historia. Acá está la historia, la nuestra. No está escrita en letras de molde de la prensa mainstream, está inscripta en piezas de hierro a fuerza de voluntad popular. En seguida lo supe, al nombrarlo, de boca de una de las amorosísimas mujeres que me cuidaron el bolso para poder salir corriendo a Ferrowhite: el primer director del Museo del Puerto fue el poeta Sergio Raimondi. El mundo fue magia. La emoción no paraba.

Crucé a zancadas el puente que salva los rieles que llegan al puerto y al viejo castillo: no quedan dudas, estoy metida en un cuento de hadas socialista que jamás me contaron. Es como si todas las cosas hubieran enmudecido fuera de White, había que llegar hasta acá para que sonaran. Soy una niña otra vez. Me voy corriendo al castillo pero en el camino me detiene el amigo Roberto Orzali. Todavía no sé que es mi amigo pero lo voy a descubrir en minutos. En mi emoción desesperada, le explico que necesito recorrer esa historia que nos están contando sin pausa y con mucha prisa porque pierdo el transporte de vuelta, aunque estoy fascinada y no me quiero ir. Me dice que tranquila, que me va a llevar a la Casa del Espía (sí, leyeron bien), y que me va a regalar ¡su libro! para que lo lea de regreso. ¡No quiero irme! ¿El libro será la droga para sentir que no me estaré yendo del todo? En eso se asoma un genio de rulos rubios que me dice que ya llamó un taxi para que mire todo lo que pueda hasta el último minuto. No sé quién es. Mi amigo me cuenta que es el director de Ferrowhite… ¡Nicolás Testoni! Lo sabría luego, ya en la apestosa realidad.

Me abalanzo apenas sobre el museo, con la certeza de que tendré que volver. Saco algunas fotos y me voy con Roberto a la Casa del Espía. Es una casita tipo alemana (mmm… miedo). Está intervenida artísticamente, se centra en la dictadura del 76: es evidente que el siniestro no era sólo una impresión personal. Bigote incrustado en casita alemana: paso de sentirme Alicia a ser Gretel, buscar desesperadamente a Hansel y mirar el horno aterrorizada. Me salvó la campana del taxi. Paso por el Museo del Puerto, recojo el bolso y pido un vasito de agua, por eso de que “si bebés, volverás”. Quiero, quiero, quiero.

En el viaje de vuelta me entero vida y obra de “Flying Fish”, mi amigo Roberto. Marino mercante o más bien personaje de Melville: vidas que ya no existen (menos mal que ahí, en el País de Alicia, vivirán por siempre). El nombre de White me representa desde aquel día el paraíso. Y pensar que lo conocía por un comentario mísero: las vecinas de Mataderos, mi barrio de infancia, se reían de la pronunciación que le daba cada quien a esa calle. Ese puerto que hoy parece abandonado fue uno de los epicentros de la Argentina exportadora. De los detalles de su historia me vengo a enterar esta semana, con el estreno de El futuro llegó, el documental que se está proyectando en los Espacios INCAA.

De paraíso a pesadilla, el trabajo de Cine Insurgente muestra la dramática realidad del polo petroquímico más importante del país, la segunda ciudad nacional en el índice de desempleo. De repente, el género cambia y en la pantalla gigante me encuentro con mi amigo Roberto, con las mujeres del Museo del Puerto, los vecinos, Nicolás… siempre arrancando la mordaza a la historia desde la comunidad de White. Allí está el Archivo Caballero, y conozco entonces también la historia del ferrocarril. La época en que existían las playas balnearias, en que el camarón se disfrutaba luego de una jornada dura de trabajo: la rambla de Arrieta lleva el nombre del único intendente socialista que tuvo Bahía Blanca, y que anticipó para disfrute popular lo que serían las ramblas de Mar del Plata. Roberto lo dice claramente, con el dolor del recuerdo desde un presente en que la industria tapó toda recreación: “White era un vergel”. Aquí comienza a narrarse otra historia, la que no llegué a conocer aquella tarde que empezaba a volverse ominosa.

Las fechas hablan a las claras: en 1972, Lanusse colocó la piedra fundamental del polo petroquímico y los pobladores abrazaron el proyecto porque les decían que “daría trabajo”. En 1981 se concreta la instalación del polo, y cuando en 1986 se busca reactivar la industria nacional todos los jefes de personal eran militares retirados. Antes de la privatización del polo en 1995, el número de trabajadores trepaba a 8900. En seguida pasó a 2000. Hoy son apenas 1000, en pésimas condiciones de trabajo. Los spots institucionales son terroríficos, vean el documental: están hechos para “prevenir” que los elementos de protección son sólo una barrera para los accidentes laborales, por los que se culpa de diversas maneras –y por anticipado- a los propios trabajadores.

En el año 2000 hubo un escape de cloro. La empresa de fertilizantes Profértil no protegió ni dio aviso a los pobladores. Leandro Aparicio, abogado de la comunidad, confirma lo que ya sabemos: “Los organismos que tienen que controlar contaminan también”. Los juzgados evaden la causa; la Corte Suprema la derivó finalmente a la Corte Provincial, que la archivó porque la consideró proscripta. A diferencia del aire, los signos del entorno son transparentes: ningún gerente vive en White. En el final, una causa penal consigue la clausura de Petrobras por tener las habilitaciones vencidas, un hecho sin precedentes en Bahía Blanca. No obstante, la estadística de esperanza de vida de los trabajadores del polo es ocultada sistemáticamente a los investigadores, las salas médicas niegan los informes. Es que en White todo está financiado por empresas del polo, incluso el boletín de la Universidad Nacional del Sur. El foco de seducción son los más jóvenes: en lugar de adquirir ambulancias y una sala de quemados, la empresa invierte en una pista de bicicross. En las salitas de jardín de infantes la empresa capacita a los niños mediante el programa “Mis primeros pasos en prevención contra incendios”.

El municipio recibe del polo petroquímico en impuestos menos del 4% de la facturación total: las ganancias vuelan bien lejos de White. Allí sólo quedan los más altos porcentajes de precarización, tercerización y desocupación de Latinoamérica. Aquella lanchita del jardín del Museo del Puerto ya no tiene cabida en White, porque los capitales extranjeros monopolizan el uso del espacio: una actividad que alimentaba a 400 familias se redujo hoy a tres lanchas de pesca artesanal. “No hay más peces en la ría bahiense. Era muy rica y con una gran diversidad”. Las palabras del pescador Bustos son confirmadas por los expertos de la Universidad Nacional del Sur.

El fiscal en la causa por la terrorífica muerte del joven Juan Cruz Manfredini (una de tantas), causada por las híperprecarias condiciones de trabajo, le da a la madre como toda explicación ante la ausencia de responsables: “La Justicia no es para los pobres, señora”. Ante Goliat, a pesar de todo, la comunidad de White está en pie de lucha. Ellos son generosos al reponernos la historia nacional, familiar y personal que las letras de molde ocultan. Seamos nosotros pródigos también en contar su lucha, seamos piezas de hierro que resisten el tiempo para dar testimonio. La comarca Bahía Blanca-Ingeniero White no es solamente La Nueva Provincia. Es mucho más Ferrowhite, Museo del Puerto y un conjunto potente de familias que sigue inscribiendo la historia que la connivencia del poder político, judicial y empresario quieren transformar en desecho. El género del relato y su continuación depende de la voz y la lucha de todxs.