American Vandal o el curioso caso de las 27 porongas

Por Pedro Perucca

American Vandal es una joyita secreta de Netflix que parodia con inteligencia y gran sentido del humor el género true crime partiendo de un ridículo caso de vandalismo en una high school gringa. Un genial mockumentary de ocho capítulos de media hora para develar el horroroso misterio de quién dibujó las porongas.

 

Si Holden Caulfield hubiera tenido la mala idea de pasar por el estacionamiento de la Preparatoria Hanover de Oceanside, California, el martes 15 de marzo de 2016 por la tarde puede que hubiera habido que internarlo de urgencia nuevamente. Si por un pueril “fuck you” escrito en la pared de la escuela de su hermanita casi se vuelve loco y tiene ganas de matar al responsable del pequeño vandalismo, ver 27 enormes pijas pintadas con aerosol rojo furioso sobre otros tantos autos de los docentes le hubiera generado por lo menos media docena de hemorragias.

Pero está claro que los tiempos han cambiado y se han vuelto mucho más explícitos. Las imágenes de los penes, como dicen púdicamente en el noticiero que va a cubrir el caso, lograron reemplazar por unos días al porno en los celulares de la población estudiantil de Hanover y circularon a la velocidad de la web en fotos y videos con miles de likes en las distintas redes sociales. Hay docentes enfurecidos, 100 mil dólares en daños y un sospechoso unánime: Dylan Maxwell.

Además de ser un mal alumno de último año de preparatoria, Dylan es un youtuber a la Jackass, orgulloso de sus bromas bizarras (algunos segmentos de su canal lo constituyen “pranks” tan desagradables como tirarse pedos en la cara de los niños en un parque y salir corriendo ante la indignación paternal). En la escuela también se ha ganado fama de bromista insoportable y una de sus gracias favoritas es, precisamente, pasársela dibujando porongas en el pizarrón para provocar a los docentes. Con pelos en los testículos, eso sí (conviene retener este detalle, que será crucial para la trama). Como camarógrafo del show televisivo matutino de la escuela, Dylan tiene acceso a la sala de videos, desde la que el responsable del grafiteo luego borró las grabaciones de las cámaras de seguridad. Y, por si todo esto fuera poco, hay un testigo, Alex Trimboli, que asegura haberlo visto in fraganti, con las manos en la lata (de pintura). Medios, antecedentes, modus operandi, testigos, falta de coartada y una notoria torpeza para articular una defensa razonable conforman un combo fatal por el que la junta escolar no duda en responsabilizarlo por las pintadas obscenas y expulsarlo inmediatamente.

Pero uno de sus compañeros de noticiero estudiantil, el sophomore (estudiante de segundo año) Peter Maldonado, tiene dudas de que todo sea tan evidente. Más allá de que conoce hace dos años a Dylan y aún no está completamente seguro de si es absolutamente idiota o se hace, decide encarar una investigación en forma de documental en entregas para dilucidar el caso. Este proyecto extracurricular será American Vandal (para sumar más realismo, Peter Maldonado y su socio Sam Ecklund aparecen en los títulos de apertura como los guionistas y directores). La serie es un falso documental que toma como modelo los programas conocidos como true crime, investigaciones televisivas sobre casos policiales reales, en general muy truculentos. El primer gran chiste de la serie es, entonces, el contraste entre la enferma meticulosidad de la investigación que desarrollan los estudiantes y lo ridículo del crimen a esclarecer, el fálico grafiteo de los 27 autos.

Un elemento central en los documentales sobre crímenes reales modernos tiene que ver con las nuevas formas de comunicación y las redes sociales, sobre todo en lo que hace a las posibilidades de cometer un crimen perfecto, sin dejar rastros, lo que parece cada vez más difícil. Gracias a los celulares, las cámaras de seguridad y a las huellas en redes vamos dejando pistas todo el tiempo, queramos o no. Sobre todo en una escuela secundaria, donde el telefonito parece pegado a la mano de los estudiantes. Así, la serie aprovecha también con mucho criterio un falso “found footage” hecho de posteos en Facebook, tuits, fotos en Instagram, audios de WhatsApp, videítos en Youtube, etc. La culpabilidad o inocencia del eventual sospechoso puede depender de estas coartadas digitales impensables hace una década y hoy omnipresentes. Peter Maldonado lo sabe y buena parte de su investigación concentra allí.

La parodia nace sólo cuando un género se ha vuelto más o menos masivo y sus códigos y procedimientos se encuentran lo suficientemente estandarizados. Esta masividad que es la condición de posibilidad de la parodia está más que garantizada en el caso de las investigaciones de crímenes reales, que en los últimos años han proliferado en múltiples formatos, desde podcasts pioneros como Serial hasta miniseries imprescindibles como The Jinx o Making a murderer, entre una gran variedad de series y películas entre las que se cuenta The Keepers, Casting JonBenet, Amanda Knox, The Confession Tapes o Strong Island.

Pero parodia no es sinónimo de sátira (en Teoría de la parodia, la canadiense Linda Hutcheon afirma que la sátira apunta a desnudar los excesos, vicios y taras del objeto aludido mediante la risa ridiculizante y la burla). En American Vandal no hay crueldad crítica para destruir o transformar al género sino un profundo respeto y conocimiento de sus reglas y lógicas que les permite a los creadores de este gran mockumentary (Tony Yacenda y Dan Perrault, ambos con una larga experiencia en el rubro) un abordaje tan desopilante como riguroso. La serie está llena de grandes momentos humorísticos, que van desde los chistes más guarros y elementales propios de estudiantes secundarios hablando de vergas, hasta chispazos hilarantes de profunda crítica a la sociedad gringa y a sus contradicciones de clase en el high school.

Pero si American Vandal logra ser claramente una de las joyas ocultas de Netflix de este año también se debe al enorme nivel de convicción de las actuaciones. La intensidad obcecada en búsqueda de la verdad del Peter Maldonado de Tyler Alvarez (que ya trabajó como secundario en Every Witch Way y en Orange is the new black) sostiene buena parte de la carga del programa junto con su socio documentalista Sam Ecklund (Griffin Gluck). Pero sin dudas la serie no sería la maravilla que es sin la casi impenetrable estolidez del Dylan de Jimmy Tatro (que, por otra parte, en la vida real está lejos de ser tan estúpido como su personaje y a sus 27 años además de actor es productor, escritor y director). Y todos los secundarios cumplen con creces, desde el odioso Alex Trimboli hasta el profesor “copado” Krazinsky, que no para de meter la pata, ofreciendo de conjunto una de las mejores pinturas que se pueden ver en televisión acerca de la realidad de una preparatoria yankee, alejada de los estereotipos y las idealizaciones.

El notable nivel actoral está puesto al servicio de una historia brillantemente articulada y narrada con gran pulso dramático. La impecable arquitectura argumental de American Vandal logra atrapar instantáneamente al espectador en la dinámica investigativa, en las versiones de los hechos que se van acumulando, contradiciendo, proponiendo y descartando sospechosos. En “Aspectos de la nouvelle”, Ricardo Piglia sostiene que uno de los factores que define a ese género es precisamente el del narrador no confiable: “El narrador que circula en estos relatos es un narrador que, en cierto sentido, es ajeno a la oposición verdad-falsedad, está ligado (y por eso narra) a la relación entre la verdad y el secreto. No la mentira o la falsedad, sino el secreto. Alguien sabe algo que no dice. Y no se trata de un enigma: el enigma puede ser descifrado, permite comprender. El secreto, en cambio, es algo que ha sido sustraído, retirado, alguien lo tiene y no lo dice: no se trata de comprender, se trata de alcanzar la verdad oculta y sustraída. Otra vez un movimiento espacial, ir al lugar donde se esconde la verdad. Entonces, alrededor del secreto, en torno de esta suerte de lugar ciego, vacío, aparecen las versiones, aparecen las distintas modulaciones de lo posible. La relación de estos relatos con el saber es muy ambivalente”. American Vandal es una historia estructurada por un secreto, que avanza a partir de versiones de los hechos, logrando mantenernos en vilo hasta el último episodio. Y pocos narradores tan poco confiables como Peter Maldonado, quien no sólo no conoce lo que investiga sino que  en un momento incluso va a desnudar sus propios prejuicios y saltos de fe como cronista.

La brevedad es otra de las características constitutivas de la nouvelle, extendiendo la extrapolación. Y los 8 capítulos de media hora de la primera temporada de American Vandal suman el tiempo justo para entrarle casi de una sentada. Luego del éxito de los últimos meses, Netflix ya confirmó segunda temporada y, según puede verse en el breve trailer, la nueva investigación documental de Peter Maldonado ya no será en la preparatoria Hanover. “Puedes nacer dentro de la familia perfecta, de la vida perfecta, pero ¿puedes nacer por encima de la ley?”, se pregunta en off nuestro nuevo falso documentalista favorito mientras repasa el anuario de una escuela privada, prometiendo la investigación enfermiza de otro caso tan atrapante como divertido.

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