Angela Davis: “Racismo, control de la natalidad y derechos reproductivos”

En el día de la séptima presentación de un proyecto de ley de interrupción voluntaria del embarazo en el Congreso, desde Sonámbula rescatamos un gran texto de la filósofa, docente, militante comunista y activista afroamericana Angela Davis de su libro “Mujeres, raza y clase”. 

 

Cuando las feministas del siglo XIX alzaron la demanda a favor de la “maternidad voluntaria”, estaban inaugurando la campaña por el control de la natalidad. Sus defensoras fueron llamadas radicales y fueron sometidas a la misma burla que recayó sobre las primeras promotoras del sufragio femenino. La “maternidad voluntaria”, fue considerada irreverente, escandalosa y descabellada por aquellos que insistían en que las esposas no tenían derecho a negarse a satisfacer los impulsos sexuales de sus maridos. Por supuesto, el derecho al control de la natalidad, como el derecho de las mujeres a votar, acabaría siendo más o menos aceptado como algo innegable por la opinión pública estadounidense. En 1970, al cabo de todo un siglo, la reivindicación de! aborto legal y accesible para todas las mujeres no fue una cuestión menos polémica de lo que había sido la cuestión de la “maternidad voluntaria” originalmente lanzada por el movimiento a favor de! control de la natalidad en Estados Unidos.

El control de la natalidad -la elección individual, los métodos anticonceptivos seguros, así como los abortos cuando son necesarios- es un prerrequisito fundamental para la emancipación de las mujeres. Dado que e! derecho al control de la natalidad es obviamente ventajoso para las mujeres de todas las clases sociales y de todas las razas, sería esperable que incluso grupos de mujeres enormemente dispares hubieran intentado unirse alrededor de esta cuestión. Sin embargo, el movimiento por el control de la natalidad rara vez ha conseguido, en la práctica, unir a mujeres de orígenes sociales diversos y sus líderes pocas veces han transmitido a la sociedad las preocupaciones genuinas de las mujeres de clase trabajadora. Además, los argumentos utilizados para defender el control de la natalidad han estado basados, en algunas ocasiones, en premisas descaradamente racistas. El potencial progresista de esta reivindicación sigue siendo indiscutible, pero lo cierto es que una lectura histórica de este movimiento deja mucho que desear en el terreno de la oposición al racismo y a la explotación de clase.

La victoria más importante del movimiento contemporáneo a favor del control de la natalidad se obtuvo en los primeros años de la década de los setenta cuando, por fin, el aborto fue declarado legal. El hecho de haber emergido durante los albores del nuevo movimiento de liberación de las mujeres hacía que la lucha para legalizar el aborto incorporase todo e! entusiasmo y la militancia del joven movimiento. En enero de 1973, la campaña por el derecho al aborto alcanzó una victoria crucial cuando en Roe vs. Wade (410 U.S.) y en Doe vs. Boiton (410 U.S.A.) el Tribunal Supremo de Estados Unidos dictaminó que el derecho a la intimidad personal de la mujer implicaba su derecho a decidir abortar.

Las filas de la campaña por el derecho al aborto no estaban engrosadas por un número sustancial de mujeres de color. Pero si se tiene en cuenta la composición racial del movimiento más genérico por la liberación de las mujeres, no era algo sorprendente. Por lo general, cuando se planteaban interrogantes sobre la ausencia de mujeres racialmente oprimidas, tanto dentro del movimiento más amplio como dentro de la campaña por el derecho al aborto, en los debates y en la literatura de la época se proponían dos explicaciones: que las mujeres de color estaban sobrecargadas por la lucha de su pueblo contra el racismo y/o que ellas todavía no habían tomado conciencia de la centralidad del sexismo. Pero el significado real de la composición casi nívea de la campaña por el derecho al aborto no descansa en una conciencia ostensiblemente miope o subdesarrollada entre las mujeres de color. La verdad yace enterrada en el armazón ideológico del propio movimiento por el control de la natalidad.

La incapacidad de la campaña por el derecho al aborto para efectuar una evaluación histórica de sí misma condujo a una valoración peligrosamente superficial de la desconfianza de las personas negras en general respecto al control de la natalidad. Resulta indiscutible que cuando algunas personas negras equipararon sin vacilación el control de la natalidad con e! genocidio parecían estar reaccionando de una manera exagerada e, incluso, paranoica. Aun así, las activistas blancas por el derecho al aborto desoyeron un profundo mensaje, ya que por debajo de estos gritos de genocidio había claves importantes para comprender la historia del movimiento por el control de la natalidad. Por ejemplo, este movimiento había sido conocido por abogar por la esterilización involuntaria, una forma racista de «control de la natalidad” de masas. Si llega el día en el que las mujeres disfruten del derecho a planificar sus embarazos, las medidas legales que aseguren una fácil accesibilidad al disfrute de tal derecho deberán estar acompañadas de un adiós definitivo al abuso de la esterilización.

En cuanto al propio contenido de la campaña por el derecho al aborto, ¿cómo podían las mujeres de color dejar de percatarse de su urgencia? Estaban mucho más habituadas que sus hermanas blancas a los toscos escalpelos asesinos de los ineptos abortistas que se aprovechan económicamente de la ilegalidad. Una muestra de ello es que durante los años que antecedieron a la despenalización de los abortos en el Estado de Nueva York, cerca del 80 por 100 de las muertes provocadas por abortos ilegales tuvieron como víctimas a mujeres negras y puertorriqueñas. E, inmediatamente después, la mitad del total de los abortos legales fueron practicados a mujeres de color. Si bien la campaña por el derecho al aborto de los primeros años de la década de los setenta necesitaba que le fuera recordado que las mujeres de color querían desesperadamente escapar de los falsos ginecólogos que practican abortos en cuartuchos clandestinos, sus promotoras también deberían haberse dado cuenta de que estas mismas mujeres no estaban dispuestas a expresar opiniones pro aborto. Estaban a favor del derecho al aborto, lo que no significaba que fueran defensoras del aborto. Cuando un número tan elevado de mujeres negras y latinas recurre al aborto, lo que expresan no es tanto su deseo de liberarse de su maternidad, sino por el contrario de las miserables condiciones sociales que las disuaden de traer nuevas vidas al mundo.

Las mujeres negras se han practicado abortos a sí mismas desde los primeros días de la esclavitud. Muchas mujeres esclavas se negaban a traer niños a un mundo de eterno trabajo forzoso en el que las cadenas y los latigazos, así como el abuso sexual a las mujeres, eran las condiciones diarias de vida. Un médico que desempeñaba su profesión en Georgia a mediados del siglo XIX advirtió que los abortos, ya fueran provocados o espontáneos, eran mucho más comunes entre sus pacientes esclavas que entre las blancas.

Según este doctor, o bien las mujeres negras trabajaban demasiado duro o bien “(…) como creían los hacendados, los negros poseían un secreto para destruir al feto en una etapa muy inicial de su gestación (…). Todos los profesionales del país están al corriente de las frecuentes quejas de los hacendados sobre la (…) tendencia antinatural de la mujer africana a destruir su fruto” (H. Gutman, The Black Family in Slavery and Freedom, 1750-1925).

A pesar de mostrar un gran asombro ante el hecho de que “en familias enteras las mujeres no puedan tener hijos”, este médico nunca consideró lo “innatural” que era criar hijos bajo el sistema esclavista. Una clara muestra de lo que esto suponía descansa en el episodio aludido anteriormente y protagonizado por Margaret Gamer, una esclava fugitiva que mató a su propia hija e intento suicidarse cuando fue capturada por los cazadores de esclavos: “Se alegraba de que la niña hubiera muerto -‘ahora nunca sabrá lo que sufre una mujer siendo esclava’- e imploraba ser juzgada por asesinato -‘Iría cantando a la horca antes de ser devuelta a la esclavitud’” (H. Aptheker, The Negro Women).

¿Por qué razón eran tan comunes durante la esclavitud los abortos autopracticados y los actos de infanticidio indeseados! No porque fueran la solución que las mujeres negras habían encontrado a su penosa situación, sino, más exactamente, porque estaban desesperadas. Los abortos y los infanticidios eran actos de desesperación que no obedecían a un rechazo al proceso biológico en sí de la fecundidad, sino a las condiciones opresivas de la esclavitud. No cabe duda de que la mayoría de estas mujeres hubiera expresado su ira si alguien hubiera llamado a sus abortos un trampolín hacia la libertad.

Durante los primeros años de la campaña por el derecho al aborto era demasiado frecuente asumir que los abortos legales ofrecían una alternativa plausible a la miríada de problemas que planteaba la pobreza. Como si tener menos niños pudiera generar más empleos, aumentar los salarios, mejorar las escuelas, etc. Esta idea reflejaba la tendencia a desdibujar la distinción entre el derecho a abortar y la defensa general de los abortos. Frecuentemente. la campaña no sirvió para dar voz a las mujeres que querían e! derecho a abortar legalmente, pero que al mismo tiempo deploraban las condiciones sociales que les impedían dar a luz a más niños.

La renovada ofensiva contra el derecho al aborto desatada durante la segunda mitad de la década de los setenta ha convertido en una necesidad imperiosa dirigir una mirada más afinada hacia las necesidades de las mujeres pobres y racialmente oprimidas. En 1977, los trámites finales de la enmienda Hyde en e! Congreso concluyeron con la aprobación oficial de la retirada de los fondos federales destinados a cubrir las interrupciones legales del embarazo, abriendo e! camino para que muchos órganos legislativos estatales siguieran el ejemplo. De este modo, las mujeres negras, las puertorriqueñas, las chicanas y las indias de América de! Norte, junto con sus hermanas blancas más desfavorecidas, fueron eficazmente despojadas de! derecho a un aborto legal. Debido a que las esterilizaciones quirúrgicas financiadas por e! Ministerio de Salud, Educación y Servicios Sociales siguen siendo gratuitas para toda persona que lo solicite, diariamente aumenta el número de mujeres pobres que son forzadas a optar por la infertilidad definitiva. Se ha convertido en una necesidad urgente lanzar una amplia campaña para defender los derechos reproductivos de todas las mujeres y, especialmente, de aquellas cuyas circunstancias económicas a menudo les obligan a renunciar al propio derecho a la reproducción.

El deseo de las mujeres de controlar su sistema reproductor es probablemente tan antiguo como la propia historia de la humanidad. Ya en 1844 el United States Practical Receipt Book [Manual Práctico de Recetas de Estados Unidos] contenía, entre sus muchas recetas de cocina, productos químicos y medicinas caseras, «recetas» de «lociones para prevenir embarazos». Por ejemplo, para hacer la “Loción preventiva de Hannay”: Tornar potasa, 1 medida; agua, 6 medidas. Mezclar y filtrar. Guardar en frascos cerrados y utilizar, con o sin jabón, inmediatamente después de la relación. Para la “Loción preventiva de Abernethy”: Tornar bicloruro de mercurio, 25 medidas; leche de almendras, 400 medidas; alcohol, 100 medidas; agua de rosas, 1.000 medidas. Sumergir el glande en un poco de la mezcla (…). Infalible si se utiliza en el momento adecuado.

Aunque las mujeres, probablemente, siempre han soñado con métodos infalibles de control de la natalidad, los derechos reproductivos no pudieron emerger como una demanda legítima hasta que la cuestión de los derechos de las mujeres en general se convirtió en el centro de un movimiento organizado. En un ensayo titulado Marriage (El matrimonio), escrito durante la década de 1850, Sarah Grimke hizo una defensa del “derecho de las mujeres a decidir cuándo convertirse en madres, con qué frecuencia y bajo qué circunstancias”. Aludiendo a los comentarios en tono de humor vertidos por cierto doctor, Grimke se mostró de acuerdo con que, si las esposas y los maridos dieran a luz alternativamente a sus hijos, «ninguna familia tendría nunca más de tres, ya que el marido pariría uno y la esposa, dos”. Pero, como ella insistía, “el derecho a decidir sobre esta cuestión ha sido casi completamente negado a la mujer”.

Sarah Grimke abogaba por el derecho de las mujeres a la abstinencia sexual. Aproximadamente en la misma época tuvo lugar el famoso “matrimonio emancipado” entre Lucy Stone y Henry Blackwell. Ambos activistas del movimiento abolicionista y de los derechos de las mujeres contrajeron matrimonio en una ceremonia en la que se protestaba contra la renuncia tradicional de las mujeres a sus derechos individuales, a conservar su nombre y a la propiedad. Al aceptar, como marido, que él no tenía derecho a la “custodia de la persona de su esposa”, Henry Blackwell prometió que nunca intentaría imponerle los dictados de sus deseos sexuales.

Con el tiempo, la idea de que las mujeres pudieran rechazar someterse a las demandas sexuales de sus maridos se convirtió en la noción central de la reivindicación de la “maternidad voluntaria”. Antes de finalizar la década de 1870, cuando el movimiento por el sufragio femenino había alcanzado su momento álgido, las feministas abogaban públicamente por la maternidad voluntaria. En un discurso pronunciado en 1873, Victoria WoodhuIl proclamaba: “La esposa que es sometida a mantener relaciones sexuales contra su voluntad o contra sus deseos, prácticamente, comete un suicidio; mientras que el marido que la obliga comete un crimen y debería estar exactamente igual de castigado que si la matara estrangulándola por rechazarle”.

Por supuesto, Woodhull era muy conocida por defender el “amor libre”. Su defensa de un derecho de la mujer a abstenerse de mantener relaciones sexuales dentro del matrimonio como medio para controlar sus embarazos estaba ligada a su ataque global a la institución del matrimonio.

No era casual que la conciencia de las mujeres de sus derechos reproductivos hubiera nacido dentro del movimiento organizado por su igualdad política. De hecho, si permanecían para siempre teniendo que soportar continuos parcos y frecuentes abortos espontáneos, difícilmente serian capaces de ejercer los derechos políticos que pudieran ganar. Además, los nuevos sueños de las mujeres de proseguir carreras y otros caminos para su autorrealización fuera del matrimonio y de la maternidad sólo podrían cumplirse si podían limitar y planificar sus embarazos. En este sentido, el lema de la “maternidad voluntaria” contenía una nueva visión genuinamente progresista de la feminidad. Sin embargo, al mismo tiempo, esta visión estaba rígidamente unida al estilo de vida del que disfrutaba la clase media y la burguesía. Las aspiraciones subyacentes a la demanda de la «maternidad voluntaria» no reflejaban las condiciones de las mujeres de clase trabajadora, quienes estaban inmersas en una lucha mucho más básica por la supervivencia económica. En la medida en que esta primera llamada a favor del control de la natalidad estaba ligada a metas que sólo podían alcanzar las mujeres que poseían la riqueza material, un considerable número de mujeres pobres y de clase obrera encontraría realmente difícil identificarse con el movimiento embrionario por el control de la reproducción.

Hacia finales del siglo XIX, la tasa de natalidad en la población blanca de Estados Unidos sufrió una disminución significativa. Ya que oficialmente no se habían introducido innovaciones anticonceptivas, esta caída implicaba que las mujeres estaban restringiendo de manera considerable su actividad sexual. Alrededor de 1890, la mujer blanca nativa estadounidense media no daba a luz a más de cuatro hijos. Esta nueva pauta en la tasa de natalidad no debería haber sido una sorpresa, puesto que la sociedad se estaba volviendo progresivamente urbana. Mientras que la vida rural precisaba familias muy numerosas, dentro del contexto de la vida en la ciudad aquéllas se tornaron disfuncionales. Sin embargo, los ideólogos del capitalismo monopolista emergente públicamente interpretaron este fenómeno de un modo racista y hostil hacia la clase trabajadora. A raíz de que las mujeres blancas nativas estuvieran dando a luz a menos niños, en los círculos oficiales se hizo surgir el espectro del “suicido de la raza”.

En 1905, el presidente Theodore Roosevelt concluyó su discurso de! día de la cena en honor a Lincoln proclamando que “la pureza de la raza debe ser preservada”. Antes de acabar ese mismo año, equiparó abiertamente la disminución de la tasa de natalidad entre la población nativa blanca con la inminente amenaza del “suicidio de la raza”. En su mensaje sobre e! estado de la nación de 1906 amonestó a las mujeres blancas de origen intachable comprometidas con “la infertilidad voluntaria, ya que constituía un pecado cuyo castigo era la muerte de la nación, el suicidio de la raza”. Estos comentarios fueron realizados durante un periodo caracterizado en la escena doméstica por una intensificación de la ideología racista y por grandes oleadas de disturbios y de linchamientos. Por Otra parte, el propio presidente Roosevelt estaba intentado reunir apoyos para el ataque a Filipinas, la última aventura imperialista del país en esos momentos.

¿Cómo respondió el movimiento por el control de la natalidad a la acusación de Roosevelt de que su causa estaba promoviendo el suicidio de la raza? Según una destacada historiadora de este movimiento, la táctica propagandista del presidente resultó ser un fracaso, ya que irónicamente dio lugar a un mayor apoyo a sus defensoras. Sin embargo, como mantiene Linda Gordon, esta controversia “también atrajo a un primer plano aquellas cuestiones que más separaban a las feministas de la clase trabajadora y de los pobres” (Linda Gordon, Woman’s Body, Woman’s Rigth: Birth Control in America, Nueva York, 1976).

“Esto se produjo de dos maneras distintas. En primer lugar, las feministas fueron progresivamente haciendo más hincapié en el control de la natalidad corno un medio para abrirse camino a las carreras profesionales y hacia la educación superior, que eran metas fuera del alcance de los pobres, tuvieran o no el control de la natalidad. En el contexto del movimiento feminista global, el episodio del suicidio de la raza fue un factor adicional en la identificación casi exclusiva del feminismo con las aspiraciones de las mujeres más privilegiadas de la sociedad. En segundo lugar; las feministas a favor del control de la natalidad comenzaron a difundir la idea de que las personas pobres tenían la obligación moral de reducir el tamaño de sus familias porque las familias numerosas constituían un sumidero de los impuestos y del gasto destinado a causas benéficas por los ricos y porque lo niños pobres tenían menos probabilidades de ser ‘superiores ‘” (Linda Gordon, op. cit.).

La aceptación, en mayor o menor medida, de la tesis del suicidio de la raza por parte de mujeres como Julia Ward Howe e Ida Husted Harper era un reflejo de la capitulación del movimiento sufragista ante la postura racista de las mujeres sureñas. Si las sufragistas habían dado su consentimiento a los argumentos de que la extensión del voto a las mujeres era la única manera de salvar la supremacía blanca, las defensoras del control de la natalidad o bien consintieron o bien apoyaron los nuevos argumentos que recurrían al control de la natalidad como vía para evitar la proliferación de la “clase baja” y como antídoto al suicidio de la raza. Este último podría evitarse mediante la introducción del control de la natalidad entre las personas negras, los inmigrantes y los pobres en general. De este modo, los blancos acomodados de pura estirpe yanqui podrían conservar su superioridad numérica dentro de la población. Así fue como el racismo y los prejuicios clasistas se deslizaron en el movimiento por el control de la natalidad cuando apenas había comenzado a dar sus primeros pasos. Progresivamente, dentro de sus círculos se asumió que las mujeres pobres, tanto negras como blancas, tenían la “obligación moral de reducir el tamaño de sus familias”. Lo que se demanda como un “derecho” para los privilegiados venía a interpretarse como un “deber” para los “pobres”.

Cuando Margaret Sanger se embarcó en su cruzada de por vida en pos del control de la natalidad, un término acuñado y popularizado por ella, parecía como si hubiera alguna posibilidad de superar e! trasfondo racista y hostil hacia la clase obrera que había empañado las épocas anteriores. Margaret Higgens Sanger había nacido en el seno de una familia obrera y estaba muy familiarizada con las demoledoras inclemencias de la pobreza. Su madre, antes de morir a la edad de cuarenta y ocho años, había dado a luz nada menos que a once niños. Los recuerdos posteriores de Sanger de los problemas de su propia familia servirían para confirmar su creencia en que las mujeres de clase trabajadora necesitaban especialmente alcanzar el derecho a planificar y a espaciar sus embarazos de manera autónoma. Su afiliación al movimiento socialista al alcanzar su madurez fue una razón añadida para abrigar esperanzas en que la campaña por el control de la natalidad tomaría una dirección más progresista.

En 1912, cuando Margaret Sanger se unió al Partido Socialista, asumió la responsabilidad de enrolar en el partido a las mujeres de los clubes de obreras de Nueva York. El periódico del partido, The Call, publicaba sus artículos en la página de mujeres. Escribió una serie titulada “What Every Mother Should Know” (“Lo que toda madre debería saber”) y otra que llamó “What Every Girl Should Know” (“Lo que toda joven debería saber”). Además, se encargó de cubrir a pie de calle las huelgas protagonizadas por mujeres. Sus numerosas visitas como enfermera cualificada a los distritos pobres de Nueva York también le hicieron familiarizarse con las zonas obreras de la ciudad. En su biografía, Sanger relata que durante aquellas visitas se encontró con innumerables mujeres que anhelaban desesperadamente adquirir conocimientos sobre el control de natalidad.

De acuerdo con las reflexiones autobiográficas de Sanger, una de las múltiples visitas que realizó como enfermera al barrio de Lower East Side de Nueva York le convenció de que debía emprender una cruzada personal por el control de la natalidad. Al responder a una de sus llamadas rutinarias, descubrió que la joven de veintiocho años llamada Sadie Sachs había intentado practicarse un aborto. Cuando la crisis hubo remitido, la joven pidió al médico que la había asistido que le orientara sobre cómo prevenir embarazos. Tal y como relata Sanger, el doctor le recomendó que le “dijera a [su marido] Jake que durmiera en el tejado”: “Dirigí una mirada rápida a la señora Sachs. Incluso a través de mis repentinas lágrimas pude ver imprimida en su cara una expresión de absoluta desesperación. Nosotras, simplemente, nos mirarnos y no dijimos una palabra hasta que la puerta se hubo cerrado detrás del doctor. Entonces, ella apretó suplicante sus delgadas manos surcadas de venas azules y dijo: ‘Él no puede comprender. Sólo es un hombre. Pero tú sí, ¡no es cierto! Por favor, dime el secreto y nunca se lo soplaré a nadie. ¡Por favor! ‘” (Margaret Sanger, An Autobiograph, Nueva York, Dover Press, 1971).

Tres meses después, Sadie Sachs murió a causa de otro aborto autoprovocado. Margaret Sanger cuenta que aquella noche juró que dedicaría todas sus energías a la adquisición y a la divulgación de métodos anticonceptivos: “Me fui a la cama sabiendo que no importaba lo difícil que pudiera ser, estaba harta de los paliativos y de los remedios superficiales. Torné la decisión de encontrar la raíz de tanto dolor, de hacer algo para cambiar el destino de las madres cuyas miserias eran tan vastas corno el cielo”.

Durante la primera etapa de su cruzada por el control de la natalidad, Sanger continuó afiliada al Partido Socialista y, de hecho, la propia campaña -estuvo estrechamente vinculada al florecimiento de la militancia que se estaba produciendo entre la clase trabajadora. Entre sus partidarios incondicionales se encontraban Eugene Debs, Elizabeth Gurley Flynn y Emma Goldman, quienes respectivamente representaban al Partido Socialista, a la Internacional de Trabajadores del Mundo (IWW) y al movimiento anarquista. A su vez, Margaret Sanger expresaba el compromiso anticapitalista de su propio movimiento en las páginas de su revista, Woman Rebel  (La Rebelde), que estaba “dedicada a los intereses de las mujeres trabajadoras”. A nivel individual, continuó acudiendo a los piquetes de los obreros en huelga y condenó de manera pública los violentos ataques perpetrados contra los huelguistas. Por ejemplo, en 1914, cuando la Guardia Nacional masacró a un nutrido grupo de mineros chicanos en Ludlow, Colorado, Sanger formó parte del movimiento obrero que destapó el papel que había jugado John D. Rockefeller en el ataque.

Lamentablemente, la alianza entre la campaña por el control de la natalidad y el movimiento obrero radical no disfrutó de una vida muy larga. Aunque los socialistas y otros militantes obreros continuaron apoyando la demanda por el control de la natalidad, la misma no ocupó un lugar central dentro de su estrategia global. Y la propia Sanger comenzó a subestimar la centralidad de la explotación capitalista en sus análisis de la pobreza, argumentando que la existencia de demasiados niños era la causante de que los trabajadores cayeran en su miserable situación. Además, ella creía que “las mujeres estaban perpetuando, sin saberlo, la explotación de la clase trabajadora (…) por el hecho de estar inundando continuamente el mercado de trabajo con nuevos trabajadores”. Irónicamente, es posible que Sanger se viera estimulada a adoptar esta posición por las ideas neomaltusianas abrazadas en algunos círculos socialistas. Figuras tan destacadas del movimiento socialista europeo como Anatole France y Rosa Luxemburg habían propuesto una “huelga de nacimientos” para evitar la continua afluencia de mano de obra al mercado capitalista.

Cuando Margaret Sanger rompió sus lazos con el Partido Socialista, con la finalidad de construir una campaña independiente a favor del control de la natalidad, tanto ella como sus seguidoras se volvieron más vulnerables que nunca a la influencia de la propaganda contra los negros y contra los inmigrantes característica de la época. Al igual que sus predecesoras,  quienes habían sido engañadas por la propaganda del “suicidio de la raza”, las defensoras del control de la natalidad comenzaron a abrazar la ideología racista dominante. No pasaría mucho tiempo antes de que la influencia fatal del movimiento eugenista destruyera e! potencial progresista de la campaña a favor del control de la natalidad.

La creciente popularidad que experimentó el movimiento eugenista durante las primeras décadas del siglo XX difícilmente respondía a un proceso fortuito. Las ideas eugenistas colmaban satisfactoriamente las necesidades ideológicas de los jóvenes capitalistas monopolistas. Las incursiones imperialistas en América Latina y en el Pacífico tenían que justificarse, al igual que la intensificación de la explotación de los trabajadores negros en el Sur y de los trabajadores inmigrantes en el Norte y en el Oeste. Las teorías raciales seudocientíficas ligadas a la campaña eugenista proporcionaban soberbias justificaciones para el comportamiento de los nacientes monopolios. Consiguientemente, este movimiento atrajo el apoyo incondicional de distinguidos capitalistas como los Carnegie, los Harriman y los Kellogg.

En 1919 la influencia del eugenismo en e! movimiento por e! control de la natalidad estaba fuera de toda duda. En un artículo publicado en la revista de la Liga Estadounidense por el Control de la Natalidad (American Birth Control League, ABCL), Margaret Sanger definió “la cuestión principal del control de la natalidad” como “más hijos de los aptos y menos de los ineptos”. En tomo a esa misma época, la ABCL acogió con efusividad en sus salones privados al autor de The Rising Tide of Color Against White World Supremacy (El avance del color contra la supremacía blanca mundial). Lothrop Stoddard, profesor de Harvard y teórico de! movimiento eugenista, fue invitado a ocupar un asiento en su junta directiva. En las páginas de la revista de la ABCL, también comenzaron a aparecer los artículos escritos por Guy Irving Birch, director de la Sociedad Eugenista Estadounidense (American Eugenics Society). Birch defendía el control de la natalidad como un arma para: “(…) impedir que el pueblo estadounidense sea sustituido por una casta extranjera o negra, ya sea producto de la inmigración o de tasas de natalidad excesivamente altas, que son algunos de los factores que intervienen en este país”.

En 1932 la sociedad eugenista podía vanagloriarse de que, al menos 26 estados, habían aprobado leyes que regulaban la esterilización forzosa y de que miles de personas “ineptas” ya habían sido quirúrgicamente privadas de la capacidad de reproducirseJo. Margaret Sanger brindó su aprobación pública a este acontecimiento. En una entrevista emitida por la radio, sostuvo que habría que esterilizar quirúrgicamente a “los retrasados, a los deficientes mentales, a los epilépticos, a los analfabetos, a los indigentes, a los incapacitados laboralmente, a los delincuentes, a las prostitutas y a los adictos a las drogas”. No quiso ser tan intransigente como para no dejarles elección y dijo que, si ellos querían, podrían escoger una existencia segregada de por vida en campos de trabajo.

Dentro de la Liga Estadounidense por el Control de la Natalidad, la demanda a favor del control reproductivo entre las personas negras adquirió el mismo sesgo racista que guiaba la demanda de la esterilización forzosa. En 1939, su sucesora, la Federación Estadounidense por el Control de la Natalidad (Birth Control Federation of America) elaboró un “Proyecto destinado a la población negra”. En palabras de la Federación: “Las masas de personas negras, particularmente en el Sur, todavía se reproducen de manera irreflexiva y nefasta, lo que implica que el crecimiento de la población negra, más elevado incluso que el de la blanca, proviene de aquel segmento de la población menos apta y menos capacitada para criar adecuadamente a sus hijos”.

A la vez que se hacía un llamamiento a la incorporación de pastores negros para dirigir comités locales de control de la natalidad, la propuesta de la federación indicaba que debía hacerse todo lo posible para que los negros fueran receptivos a su propaganda. “No queremos que se escape ni una palabra”, escribió Margaret Sanger en una carta dirigida a un colega, “de que queremos exterminar a la población negra, y el pastor es el hombre que puede reconducir esta idea si es que alguna vez se le ocurre a alguno de sus miembros más rebeldes”.

Este episodio del movimiento por el control de la natalidad confirmaba la victoria ideológica del racismo de la que se hacían eco las ideas eugenésicas. Su potencial progresista le había sido arrebatado al defender la estrategia racista del control de la población en lugar de que las personas de color tuvieran el derecho individual-al control de la natalidad. La campaña a favor del control de la natalidad sería emplazada a cumplir una función esencial en la ejecución de la política de población racista e imperialista del gobierno estadounidense.

Las activistas del derecho al aborto de los primeros años de la década de los setenta deberían haber examinado la historia de su movimiento. De haberlo hecho hubieran podido comprender por qué tantas de sus hermanas negras adoptaron una actitud de desconfianza hacia su causa. Hubieran podido comprender cuán importante era reparar los actos racistas de sus predecesoras que habían abogado por el control de la natalidad y por la esterilización forzosa como medio para eliminar los sectores “ineptos” de la población. En definitiva, las jóvenes feministas blancas hubieran podido ser más receptivas a la sugerencia de que su campaña por el derecho al aborto incluyera una condena rotunda del abuso de la esterilización, que había alcanzado unas cotas inauditas hasta entonces.

Finalmente, la caja de Pandora del abuso de la esterilización se abrió cuando los medios de comunicación decidieron que la esterilización arbitraria de dos jóvenes negras en Montgomery, Alabama, era un escándalo que merecía ser denunciado. Pero cuando se hizo público el caso de las hermanas Relf, prácticamente ya era demasiado tarde para influir en la política del movimiento por el derecho al aborto. Era el verano de 1973 y en enero de ese mismo año la Corte Suprema había anunciado la decisión de legalizar los abortos. No obstante, la necesidad urgente de una oposición masiva al abuso de la esterilización se hizo trágicamente clara. Los hechos que rodeaban la historia de las hermanas Relf eran de una simplicidad aterradora. Minnie Lee, de doce años de edad, y Mary Alice, de catorce, habían sido trasladadas a una sala de operaciones donde, sin sospecharlo, unos cirujanos les habían privado de su capacidad para tener hijos. El cirujano había recibido la orden del Comité de Acción Local de Montgomery (Montgomery Community Action Committee), financiado por el Ministerio de Salud, Educación y Servios Sociales (HEW), después de que unas pruebas realizadas en animales con Depo-Provera, la sustancia anticonceptiva que previamente había sido administrada a las niñas, revelara que era cancerígena .

Después de que el Centro Sureño de Asistencia Jurídica para Pobres (Southern Poverty Law Center) entablara un pleito en defensa de las hermanas Relf, la madre de las niñas reveló que había «consentido» la operación ignorándolo, al haber sido engañada por los asistentes sociales que llevaban el caso de sus hijas. Éstos habían pedido a la señora Relf, que no sabía leer, que pusiera su “X” en un documento cuyo contenido no le había sido explicado. Según manifestó, ella supuso que autorizaba la continuación de las inyecciones de Depo-Provera, pero, como posteriormente supo, había autorizado la esterilización quirúrgica de sus hijas.

En medio de la atmósfera creada por la publicidad que recibió el caso de las hermanas Relf salieron a la luz episodios similares. Sólo en Montgomery, once jóvenes, también adolescentes, habían sido esterilizadas siguiendo procedimientos análogos. Las clínicas de control de la natalidad financiadas por el HEW de otros Estados también habían sometido a mujeres jóvenes a esterilizaciones abusivas. Además, otras mujeres dieron testimonio de historias igualmente atroces. Por ejemplo, Nial Ruth Cox interpuso una demanda contra el Estado de Carolina. A la edad de dieciocho años (ocho años antes de presentar la demanda) los funcionarios del gobierno le habían amenazado con suspender la ayuda familiar que estaba recibiendo de los servicios sociales si se negaba a someterse a una esterilización quirúrgica. Antes de consentir la operación se le había asegurado que su infertilidad sería temporaria.

La demanda de Nial Ruth Cox iba dirigida a un Estado que había practicado diligentemente la teoría de los eugenistas. Los hechos revelaron que, desde 1933, bajo los auspicios del Comité Eugenista de Carolina del Norte (Eugenics Comisión of North Carolina) se habían llevado a cabo 7.686 esterilizaciones. Aunque las operaciones se justificaron aduciendo que se trataba de medidas para prevenir la reproducción de “personas con deficiencias mentales”, cerca de 5.000 de las personas esterilizadas eran negras39. Según Brenda Feigen Fasteau, la abogada de la ACLU que representaba a Nial Ruth Cox, un informe reciente sobre Carolina del Norte revelaba que la situación en este Estado no era mucho mejor: “Por lo que a mí me consta, las estadísticas revelan que, desde 1964, aproximadamente el 65 por 100 de las mujeres esterilizadas en Carolina del Norte eran negras y el 35 por 100 blancas” (Jack Slater, “Sterilization, Newest Threat ro the Poor”, en Ebony XXVIII, octubre de 1973).

Según reveló la avalancha de publicidad sobre los casos de prácticas de esterilización abusivas, las mayores atrocidades se habían cometido en el Estado vecino de Carolina del Sur. Dieciocho mujeres de Aiken denunciaron que habían sido esterilizadas por el doctor Clovis Pierce durante los primeros años de la década de los setenta. Pierce, que era el único tocólogo de esta pequeña ciudad, había esterilizado sistemáticamente a las beneficiarias de Medicaid[1] con más de un hijo. Según una enfermera de su consulta, el doctor Pierce insistía en que las mujeres embarazadas que dependían de los servicios sociales “tendrían que someterse (isic!) a la esterilización voluntaria” si querían que él las asistiera en el parto de sus hijos. Si bien estaba “cansado de la gente que anda merodeando por ahí teniendo niños y de costearles con mis impuestos”, recibió aproximadamente 60.000 dólares de los contribuyentes por las esterilizaciones que había practicado. Durante el juicio que se celebró contra él, recibió el apoyo de la Asociación de Médicos de Carolina del Sur (South Carolina Medical Association), cuyos miembros declararon que los doctores “antes de aceptar a una paciente, tienen el derecho, legal y moral, de exigirle su consentimiento para ser esterilizada, si se hace en la primera consulta”.

Las revelaciones sobre las esterilizaciones abusivas practicadas durante aquel periodo desvelaron la complicidad del gobierno federal. En un principio, el Ministerio de Salud, Educación y Servicios Sociales afirmó que en 1972 se había esterilizado, bajo los auspicios de los programas federales, aproximadamente, a 16.000 mujeres y a 8.000 hombres. Sin embargo, estas cifras fueron sometidas con posterioridad a una revisión drástica. Carl Shultz, director del Departamento de Política de Población del HEW, estimó que, en realidad, aquel año el gobierno federal había financiado entre 100.000 y 200.000 esterilizaciones. Resulta revelador que en la Alemania de Hitler, en virtud de la ley de Protección de la Salud Hereditaria del Pueblo Alemán promulgada por los nazis, se llevaron a cabo 250.000 esterilizaciones. ¿Es posible que la cifra de las esterilizaciones financiadas por el gobierno de Estados Unidos haya igualado en tan sólo un año la de las realizadas por los nazis durante todo el periodo que permanecieron en el poder?

Si se tiene en cuenta e! genocidio histórico infligido sobre la población originaria de Estados Unidos, sería de esperar que los indios de América del Norte estuviesen exentos de la campaña de esterilización de! gobierno. No obstante, según el testimonio prestado en 1976 por e! doctor Connie Uri en una audiencia ante una comisión del Senado, cerca del 24 por 100 de todas las mujeres indias en edad fértil habían sido esterilizadas. Nuestras líneas de descendencia están siendo cortadas. Nuestros hijos que aún no han nacido no nacerán (…). Aquí descansa el genocidio de nuestro pueblo”, dijo un médico choctaw ante el comité de! Senado. De acuerdo con el doctor Uri, el Hospital de Asistencia Sanitaria a los Indios de Claremore, Oklahoma, había estado esterilizando a una de cada cuatro mujeres que daba a luz en aquellas instalaciones federales.

Los indios de América del Norte eran un objetivo especial de la propaganda del gobierno sobre la esterilización. En uno de los folletos del HEW dirigidos a la población india hay una viñeta donde aparecen una familia con 10 niños y un caballo y otra con un niño y 10 caballos. Supuestamente, los dibujos sugerían que más niños equivalían un aumento de la pobreza y menos niños a más riqueza. Dando a entender que el control de la natalidad y la esterilización quirúrgica habían hecho aparecer por arte de magia los diez caballos que pertenecían a la familia de un solo hijo.

La política de población doméstica de! gobierno de Estados Unidos tiene una innegable orientación racista. El número de mujeres indias de América del Norte, chicanas, puertorriqueñas y negras que continúan siendo esterilizadas es desorbitado. Según el Estudio sobre Fertilidad Nacional (National Fertility Study) dirigido en 1970 por el Departamento de Control de la Población de la Universidad de Princeton, e! 20 por 100 del total de las mujeres negras casadas habían sido esterilizadas de modo irreversible. Alrededor de! mismo porcentaje de mujeres chicanas habían sido privadas de su capacidad para tener hijos mediante una intervención quirúrgica. Por otro lado, el 43 por 100 de las mujeres esterilizadas mediante los programas subvencionados por el gobierno federal eran negras.

La espectacular cifra de mujeres puertorriqueñas que han sido esterilizadas es el reflejo de una política específica de! gobierno cuyo origen se remonta a 1939. Aquel año, el Comité Interdepartamental para Puerto Rico de! presidente Roosevelt hizo pública una declaración en la que atribuía los problemas económicos de la isla al fenómeno de la superpoblación. Este comité proponía que se incrementaran los esfuerzos para reducir la tasa de nacimientos hasta alcanzar, como máximo, la tasa de mortandad. Poco después, Puerto Rico fue el objetivo de una campaña experimental de esterilización. Aunque la Iglesia católica inicialmente se opuso a este experimento y forzó el cese del programa en 1946, en los primeros años de la década de 1950 ella misma se convirtió a las enseñanzas y a las prácticas de las políticas de control de la población. Durante este periodo, se abrieron cerca de 150 clínicas de control de la natalidad, lo que supuso un descenso de un 20 por 100 en el crecimiento de la población a mediados de la década de los sesenta5;. En la década de los setenta, más del 35 por 100 del total de las mujeres puertorriqueñas en edad fértil habían sido quirúrgica mente esterilizadas.

En opinión de Bonnie Mass, quien ha mantenido una postura severamente crítica hacia la política de población del gobierno de Estados Unidos, “(…) si se toman en serio los pronósticos puramente matemáticos, en caso de que continúe la tasa de esterilización actual de 19.000 personas al mes, la población de trabajadores y campesinos de la isla podría extinguirse en los próximos 10 o 20 años (…) instaurando por primera vez en la historia, un empleo sistemático del control de la población capaz de eliminar a toda una generación de personas” (B. Mass, Population Targec: The Political Economy of Population Control in Latin America).

Durante la década de los setenta los efectos devastadores del experimento puertorriqueño comenzaron a emerger con una claridad aplastante. La presencia en Puerto Rico de empresas en las industrias farmacéuticas y metalúrgicas sumamente automatizadas había exacerbado el problema del desempleo. La perspectiva de un ejército, aún mayor, de trabajadores desempleados fue uno de los principales incentivos para implementar el programa de esterilización masiva. Actualmente, en el interior de Estados Unidos, un gran número de personas de color -especialmente la juventud racialmente oprimida- ha pasado a formar parte de una batería de trabajadores desempleados permanentes. Si se considera el ejemplo puertorriqueño, no es fruto de la casualidad que la creciente incidencia de la esterilización haya mantenido un ritmo acompasado con los elevados índices de desempleo. A medida que aumente el número de personas blancas que sufren las brutales consecuencias del desempleo, ellas también son susceptibles de convertirse en objetivos de la propaganda de esterilización oficial.

La incidencia masiva del abuso de la esterilización durante los últimos años de la década de los setenta parece que ha sido aún mayor que en periodos anteriores. A pesar de que el Ministerio de Salud, Educación y Servicios Sociales publicó una serie de guía en 1974 aparentemente dirigidas a evitar las esterilizaciones involuntarias, la situación se ha deteriorado. Cuando en 1975 el Proyecto para Libertad Reproductiva de la Unión por las Libertades Civiles en Estados Unidos (American Civil Liberties Union, ACLU) llevó a cabo una investigación en los hospitales universitarios, se descubrió que el 40 por 100 de estas instituciones ni siquiera estaban informadas de las regulaciones emitidas por el HEW. Y únicamente el 30 por 100 de los hospitales investigados por el ACLU estaba, siquiera, intentando acatar las normas prescritas en la guía.

La enmienda Hyde de 1977 ha venido a añadir otra nueva dimensión a las prácticas de la esterilización forzosa. A consecuencia de esta ley aprobada por el Congreso, los fondos federales destinados a cubrir los abortos fueron íntegramente eliminados salvo en aquellos casos en los que el embarazo fuera consecuencia de una violación o existiera un riesgo de muerte o de sufrir una enfermedad grave.

En opinión de Sandra Salazar, trabajadora de la Oficina de Salud Pública de California, la primera víctima de la enmienda Hyde fue una mujer chicana de Texas de veintisiete años de edad que murió a consecuencia de un aborto ilegal practicado en México poco después de que Texas suspendiera los abortos subvencionados con los fondos del gobierno. Ha habido muchas más víctimas, mujeres para quienes la esterilización se ha convertido en la única alternativa a los abortos que actualmente no se pueden costear. Las esterilizaciones continúan siendo financiadas por el gobierno federal y son gratuitas para todas las mujeres sin recursos económicos que lo soliciten.

Durante la última década, el peso de la lucha contra el abuso de la esterilización ha recaído principalmente sobre las mujeres puertorriqueñas, negras, chicanas e indias de América del Norte. El movimiento de mujeres global todavía no ha abrazado su causa. La resistencia patente dentro de las organizaciones que representan los intereses de las mujeres blancas de clase media a apoyar las demandas de la campaña contra el abuso de la esterilización se debe a que estas mismas mujeres a menudo se ven privadas del derecho a ser esterilizadas cuando desean dar este paso. Mientras que las mujeres de color son instadas, continuamente, a perder definitivamente su fertilidad, las mujeres blancas que disfrutan de unas condiciones económicas prósperas son impelidas, por las mismas fuerzas, a reproducirse. Así pues, en ocasiones tienden a considerar el “periodo de espera”, y otros detalles del protocolo que garantiza que se ha prestado un “consentimiento informado” para la esterilización, como uno de los muchos obstáculos que se les imponen a las mujeres como ellas. Sin embargo, cualesquiera que sean los obstáculos que se levantan contra las mujeres blancas de clase media, lo que está en juego es el derecho fundamental a la reproducción de las mujeres pobres y oprimidas· en virtud de criterios raciales. El abuso que rodea a las prácticas de esterilización debe acabar.

 

 

[1] Medicaid es el sistema de salud pública estadounidese que cubre el tratamiento médico, la hospitalizacion y otros tipos de ayuda, que varían en función de cada Estado, a las personas menores de sesenta y cinco años que, según el baremo oficial, se encuentran en situación de pobreza.

 

El texto es el capítulo 12 del libro “Mujeres, raza y clase”, publicado por Editorial Akal, Madrid, 2004.

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