Aristipo recomienda: “El tornado”, de Aurora Venturini

Patricio Rago, fundador de Aristipo, una de las librerías más interesantes de Buenos Aires, va a compartir periódicamente con Sonámbula alguno de sus textos favoritos, clásicos, descubrimientos sorprendentes o lo que le dicten su capricho y su buen gusto. Hoy “El tornado”, un cuento de Aurora Venturini.

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Aurora Venturini nació en La Plata en 1922 y murió en 2015. Su novela Las primas (que es un librazo mal y que les recomiendo que vayan, compren y lean de inmediato) ganó el premio de Nueva Novela Página/12 en 2007. También escribió cuentos. Este es uno.

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El tornado *

Ha comenzado el invierno y yo estoy gris, abandonada y sin lágrimas en esta casa de árboles y espejos; debe haber un sitio para llevar el alma, vacío, en mi interior de nosferatus.

Algunos difuntos ambulan y antes me he chocado con ellos por la calle. Hoy me chocan a mí porque voy desapareciendo.

Milton, mi perro, reposa en paz enterrado al pie de la acacia, Hasta hace un año, me acompañaba él, y los gatos -Heacly y Caty- también lo hacían, y el enanito de cerámica del jardín que me regaló la alemana del almacén, que yo escondía tras una maceta por considerarlo de pésimo gusto. Compañeros.

Sólo quedó el gnomo desteñido por la lluvia del cielo y el llanto del sauce en que se apoya.

Relataré la fuga de los miches porque Milton murió de viejo entre mis brazos.

Esa tarde vino mi prima Helena con sus tres niños que recibieron el primer contacto con la muerte de los animales que cierran los ojos sin ayuda del manoseo en el momento de penetrar el misterio.

Cuando Milton era cachorrito corríamos por la foret pisando el trebolar; yo soplaba panaderos de peluche y trepaba a las higueras.

He amado más a mis perros y a mis gatos que al universo ególatra, pedigüeño, vanidoso, humillado, humillante de los humanos.

La rara historia de los miches, Heacly y Caty, escapa a cualquier conclusión lógica.

Nunca se separaron estos félidos; a veces desaparecían por muchas horas y yo los llamaba con la voz de Cumbres borrascosas de las hermanas Brontë: ¡Heacly… Caty…! Son voces temerosas de otras ausencias. Estaban castrados, sus filos serían platónicos. Aclaro que yo no los hice esterilizar; en esa condiciones llegaron desde el aire, copos de lanilla blanca, acariciante y a la vez díscola, venían a comer sus pitanzas con delicadeza de labios de satén que un borbotón de saliva humedecía.

Como del aura, soplo del aire, ellos aparecían brotados de las nubes o del respiro arisco de la fronda enhebradora de hilazón neblinosa. Bajo la lluvia nunca salían al parque o al campo.

Transfigurábanse en estatuillas de cerámica sin apartar los ojos amarillos de los vidrios que dejaban mirar la torrentera y cuando el trueno desbocaba la armonía pluvial, temblaban, cremas de azúcar tenue en copas de postre.

Y desdoraban su elegancia egipcia escondiéndose debajo del ropero como animales viles del baldío, ¿memoria de borrascas de antiguas cumbres les devolvían historias de muerte y resurrección, de transmigraciones?

Enero, escorpión fogoso, enarbolaba su cola; apareados los escorpiones producen rumor de cremallera; los he visto y odiado porque son lo más pérfido entre los insectos. Los fabricó Satán.

Fue en aquel enero cuando sopló de pronto un viento cínico, malsano, escorpiano, pero no refrescó.

No se apareaba el ventarrrón con el colosal corazón del verano bonaerense. Viento solterón. Asexuado. Cada cual por su lado vejarían la misma víctima: la zona rural de City Bell.

Y en la profunda llanura vi alzarse el hongo de viento y tierra como bomba atómica que levantó dos vaquillas del campo de pastoreo.

Fila de arbolitos pasaron delante de mí andando, locos escapaban, arrancados y lanzados pero enhiestos. Arbolitos caminantes.

Luego el trueno, era el tornado alzando chapas y lajas, tejas, puertas y ventanas, otros animales, llantos, gritos, mugidos, muerte.

No podía atrancar la puerta y mientras sollozaba de terror y de impotencia con espanto pude apreciar que Heacly y Caty, luego de mirarme con ojos negros, oscurecido a tal punto el precioso topacio natural, pegaditos como almas gemelas en pena, se iban abrazados, Dios me asista, al llamado de algo que vibraba en el monstruoso hongo que los elevó, que los disolvió o amparó, copitos de albo miedo rumbo a unos páramos de lo que nadie supo ni sabrá explicarme por qué.

Verifiqué la existencia de misterios más tremendos que los de Eleusis a la luz de la evidencia, y me sentí tan poquita cosa que viajé a la costa, me estiré en la arena cuan larga soy, comí salchichas con mostaza, bebí Coca, escuché a Litto Nebbia y acepté que todo eso también me superaba, porque quería curarme del poder enfermizo de atestiguar lo grave, brumoso y temible.

Una vez vi un ángel.
Carecía de brazos y sus pies eran enormes garras.
Ojalá, lector, que nunca veas un ángel.
Mi ángel me lastimó y me vació el alma.

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* Cuento publicado en El marido de mi madrastra, Mondadori, 2012.