Aristipo recomienda: “La profundidad del río”, de Fabio Kacero

Por Patricio Rago

Patricio Rago, fundador de Aristipo, una de las librerías más interesantes de Buenos Aires, va a compartir periódicamente con Sonámbula alguno de sus textos favoritos, clásicos, descubrimientos sorprendentes o lo que le dicten su capricho y su buen gusto. Hoy ,el cuento “La profundidad del río”, de Fabio Kacero.

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El otro día compré en un lote un libro editado por Mansalva. El libro se llama Salisbury y el autor es Fabio Kacero. En ese momento me acordé de que una amiga me lo había recomendado hacía años. Entonces abrí al azar y leí un cuento extraordinario. Este es el cuento:

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La profundidad del río

A Thirsa d’Egian

En una remota selva vivía una tribu de indios que hasta hacía muy poco no había tenido contacto con la civilización del hombre blanco (rosado, en su lengua nativa). Tal vez, debido a esa reciente influencia, un grupo de jóvenes indios se presentó un día ante el consejo de la tribu con un proyecto extraño: medir la profundidad del río que pasaba cerca de la aldea. El consejo no sólo desaprobó el proyecto sino que advirtió que, de realizarse, tendría consecuencias funestas.

Los jóvenes desoyeron la advertencia; se subieron a una canoa, se internaron en las aguas del río y arrojaron una gran piedra atada a una cuerda larguísima (tal el sencillo método de medición que habían ideado). Los peces, bromista por naturaleza, apenas vieron aparecer la piedra en el agua formaron un compacto cardumen y la sostuvieron a poca distancia por debajo de la superficie. Con gran sorpresa, los jóvenes indios, que no se habían percatado de la acción de los peces, pudieron comprobar que el río tendría como mucho una profundidad equivalente a la altura de dos hombres.

Al día siguiente resolvieron hacer una segunda prueba. Esta vez los peces tomaron la piedra y se la llevaron muy lejos, hasta estirar toda la cuerda. El resultado de la nueva prueba, en consecuencia, contrariaba al anterior: el río debía ser, ahora, tan profundo como la altura de treinta hombres.

Confundidos, los jóvenes fueron a consultar con el brujo de la tribu, quien los recibió en su choza. Después de escuchar con atención, dando largas aspiraciones a su pipa, el brujo les dio esta explicación: en las aguas del río habitaba un monstruo colosal que tenía unas jorobas tan altas como montañas y que llegaban cerca de la superficie del agua; lo que había pasado era que en la primera ocasión, la piedra había quedado en la cima de una de las jorobas, y en la segunda se había deslizado por un profundo valle entre dos jorobas. Eso aclaraba el porqué de la diferencia entre una y otra medición. El brujo, que había acompañado sus palabras con un esquemático dibujo en la tierra —una hilera de triángulos unidos por sus bases y dos círculos— concluyó diciendo: “el monstruo está ahí, justamente, para proteger a nuestro río sagrado de su verdadera profundidad” (no sabemos muy bien qué quiso decir el brujo con la palabra “verdadera”, o si fue esa, en todo caso, la palabra que usó). Y echando una mirada de reprobación a sus oyentes, agregó: “y para desalentar a aquellos que conciben ideas tan absurdas como la de medir las cosas”.

El brujo tenía razón en cuanto a que el río estaba habitado por un monstruo de jorobas enormes, pero se equivocaba —como sabemos— respecto de lo que había sucedido. Los peces, enterados de la respuesta del brujo, sintieron que no se les reconocía el hecho de que eran ellos, y no el monstruo de las jorobas, los que habían salvaguardado la profundidad del río. Indignados por la errónea explicación y por la consiguiente pérdida de protagonismo en la historia, culparon al monstruo de las jorobas y se desquitaron con él, propinándole una masiva y unánime golpiza con sus colas. El monstruo ni se inmutó, por el contrario, aquel castigo le pareció un placentero masaje y una merecida recompensa, ya que gracias a él nada se había dicho en la explicación del brujo, de la engañosa broma que los peces le habían jugado a los indios.

Entretanto, el simultáneo sacudir de las colas de los peces agitó las aguas de tal manera que se levantaron olas muy altas y el río comenzó a desbordarse. Los indios al ver esto se asustaron y no dudaron: el río expresaba así su ira por el sacrilegio cometido. El consejo de la tribu volvió a reunirse y resolvió dar un castigo ejemplar a quienes habían realizado las insensatas pruebas en busca de conocimientos impropios. Si querían llegar al fondo del río y medir su profundidad, pues ahora iban a tener la posibilidad de hacerlo personalmente, sentenció con malicia el tribunal del consejo. A tal efecto, al amanecer del día siguiente, los ataron a la misma piedra que habían utilizado para sus mediciones y los arrojaron al agua.

El monstruo de las jorobas al ver que los jóvenes indios morirían ahogados sintió lastima por ellos; los liberó de sus ataduras y los introdujo en una burbuja que él mismo hizo dando un fuerte soplido y utilizando su espesa saliva.

Cuando los peces, que no advirtieron el piadoso gesto del monstruo, descubrieron la burbuja que los transportaba a los indios, supusieron que era un regalo para ellos de parte de la tribu, que les reconocía, por fin, el mérito de haber custodiado la profundidad del río. De inmediato la llevaron hasta donde estaba el monstruo, y se la pasaron delante de sus narices como si fuera un trofeo. Éste aceptó complacido el homenaje que él creía le brindaba los peces por la buena acción de salvar a los indios.

Los indios, mientras tanto, siguieron vagando bajo las aguas en el interior de la burbuja, convencidos a su vez de que estaban muertos, y que ese lugar era el inframundo.