Armand Mattelart: “La cultura militante”

Hoy rescatamos un texto de Armand Mattelart escrito durante su estadía de casi una década en Chile, al calor de la experiencia del gobierno revolucionario de Salvador Allende y la Unidad Popular. El artículo que hoy compartimos fue publicado en nuestro país a mediados de 1972, algo más de un año antes del golpe de estado pinochetista, y aborda los problemas que se planteaban en medio de esa inédita experiencia de lucha para pensar el trabajo intelectual desde un marxismo que se propusiera ir más allá de la torpe traducción mecanicista que entiende a todos los fenómenos culturales como meros reflejos superestructurales de la base económica.

 

1. Estamos todos de acuerdo para sonreír frente a este “marxismo” que, en una interpretación ingenua y simplista de la teoría del enlace entre la base y la superestructura ideológica, buscaba la génesis de la novela Los antepasados, de Mickiewitz, en el aumento de los precios del trigo en Lituania. Todos parecemos reconocer la complejidad de los mecanismos de la interacción entre la infraestructura y los factores superestructurales y admitir con Engels que la teoría marxista nos e aplica a una época histórica con la misma facilidad que se resuelve una ecuación de primer grado.

Ahora bien, los problemas y discusiones surgen cuando se procura precisar el sentido de la interacción entre ambos componentes y desentrañar la trama de sus articulaciones. Ahí uno penetra en un terreno peculiarmente prolijo en argucias conceptuales, pero mucho más pobre en orientaciones prácticas que permitieran desvelar algunos principios susceptibles de fijar cauces para un cambio cultural revolucionario. En ese momento surgen los partidarios de la visión mecanicista fustigando la experiencia de países empeñados en la construcción del socialismo que apuntando a modificar las relaciones sociales antes de haber desarrollado suficientemente las fuerzas productivas se atreven a hacer avanzar masivamente las conciencias más allá de las bases reales de la vida social. La discusión se aviva aún más cuando se trata de determinar el grado de suficiencia que autorizaría un sato que no fuera al vacío. Polémicas y anatemas que, escamoteando la complejidad de la realidad de la lucha de clases en el período de transición al socialismo, suelen no reparar en el hecho de que estas experiencias que tapan errores y vicisitudes anteriores y procuran superarlos descubren al mismo tiempo el nudo gordiano de toda revolución socialista.

Podemos preguntarnos si tal vez el apego a una teoría mecanicista -y por tanto antidialéctica- del cambio superestructural no está precisamente en la raíz de todas las desvirtuaciones del proceso revolucionario. La ligazón entre ambos componentes es dialéctica y, en este sentido, sería “más adecuado hablar de causas objetivas (que son numerosas) y preguntarse si la ‘superestructura’ con todas sus formas y sus dogmas cuajados, no ha frenado y no sigue frenando la ‘base’ y si ciertos cambios no son necesarios en la ‘superestructura’ para permitir a la ‘base’ progresar” (E. Fischer, A la rechérche de la réalité, Les Lettres Nouvelles, París, 1970).

En las antípodas de la visión mecanicista se yerguen las posiciones y políticas que rompen con las “ideologías del orden” y proclaman que la democracia no es un fin sino un medio para alcanzarla. “poner en primer lugar el ‘atreverse’ y movilizar audazmente a las masas”. “Sólo se puede adoptar el método de dejar que las masas se liberen a sí mismas, y no el de manejar todos los asuntos en su nombre. Hay que confiar en las masas, apoyarse en ellas y respetar su iniciativa. Hay que desechar el ‘temor’. No se debe tener que se den casos de desorden”. “La gran revolución cultural proletaria tiene por objetivo hacer más revolucionaria la conciencia del hombre, lo que permitirá conseguir más rápidos, mejores y más económicos resultados en todos los campos de nuestro trabajo. Si las masas populares son plenamente movilizadas y se hacen arreglos apropiados, es posible llevar a cabo tano la revolución cultural como la producción sin que sea afectada ni una ni otra y garantizar una elevada calidad en nuestro trabajo. La gran revolución cultural proletaria es una poderosa fuerza motriz para el desarrollo de las fuerzas productivas sociales en nuestro país. Es incorrecto todo punto de vista que contraponga la gran revolución cultural al desarrollo de la producción” (Documentos sobre la revolución cultural china, Ed. en lenguas extranjeras, Pekín).

2. De hecho, recalcamos -sin entrar a ahondar en los términos de este debate- que la pugna y la discusión sobre la importancia y la influencia de los factores superestructurales encuentran ineludiblemente su punto de aterrizaje concreto en el hecho de la movilización de las masas y el ritmo que hay que darle a este proceso de participación consciente y directa. Todo planteamiento que haga escapar el problema de la nueva cultura, de la revolución cultural a este campo de dilemas y a este terreno obviamente movedizo (si no se acepta el dogmatismo) escaparía, al mismo tiempo, al campo de las necesidades de la revolución toda.

Crear una nueva cultura significa ante todo liberar el habla de las masas. Esta operación o proceso de recuperación de la voz -si no quiere permanecer en el plano de la retórica y, por ende, del populismo- significa, a grandes rasgos, hacer que ellas expresen su práctica social en la construcción de una red de nuevas relaciones sociales. Permitir que esta expresión llegue a determinar el nuevo período histórico y configurar una nueva vida. Es la razón por la cual podemos caracterizar a esta cultura, en todas sus diferentes facetas, de cultura militante (retomando la expresión del cubano José Díaz de Para una cultura militante, en Cine Cubano N° 66-67, La Habana) por oposición a la cultura pasiva, contemplativa, conclusa o manipulativa del régimen capitalista donde las masas consumen y reformulan los valores de la clase dominante en sus prácticas específicas. Una cultura militante, no en el sentido de escueta regimentación, a la cual la política-politiquería burguesa reduce el término, sino una cultura que se empeña en resolver la disyuntiva de la cultura liberal entre cultura y política y restituye a esta última todas sus dimensiones en una lucha de clases que abarca todos los niveles e instancias de la vida individual y colectiva de los hombres. Una cultura que implica la redefinición de la noción de política y, por lo tanto, de la práctica correspondiente. Movilización – Participación – Conciencia – Nueva cultura: tales son los términos en que se articula el cambio superestructural donde la conciencia ayuda a hacer avanzar el estado de las fuerzas productivas y viceversa.

3. “Por más brutalmente materiales -escribía Lukács- que sean por lo común en los casos particulares las medidas coercitivas de la sociedad, ello no impide que el poder de toda sociedad sea esencialmente un poder espiritual, del cual sólo el conocimiento puede libertarnos; pero no un conocimiento simplemente abstracto y puramente cerebral (muchos ‘socialistas’ poseen tal conocimiento), sino un conocimiento hecho de carne y sangre, es decir, según la expresión de Marx, una actividad práctico-crítica” (G. Lukács, Legalidad e ilegalidad, Cuadernos de Pasado y Presente N° 12, Córdoba).

Tocamos aquí el primer punto de una movilización revolucionaria basada sobre un doble proceso, intelectualización y proletarización.

a) Es cierto que vamos a seguir reiterándolos, sin embargo no es sin alguna reticencia que recurrimos a las expresiones proletarización de los “dueños del saber”, del arte, etc., e intelectualización del proletariado. En efecto, las connotaciones acostumbradas de dichos vocablos contradicen la propuesta que deberían subentender. Primero, la proletarización parece reconocer un fenómeno de nivelación, sin que se haya determinado a qué nivel se opera dicho fenómeno. Para escapar del populismo hace falta aclarar este primer aspecto.

En segundo lugar, el término intelectualización remite ineludiblemente a los conceptos de saber y de teoría, con los cuales la burguesía ha manipulado tanto a los intelectuales como al proletariado. Puntualizado ello, empezamos a desglosar las exigencias de este doble proceso de concientización, donde ambos sectores se enseñan mutuamente. Desde este punto de vista, Lenin es implacable cuando reclama la necesidad de observar normas que no nivelan desde abajo. “En un diario que sería el órgano del Partido, habrá artículos que el obrero medio no entenderá o cuestiones teóricas y prácticas complejas que no captará completamente. De ello no deriva de ninguna manera que el diario deba bajar hasta el nivel de la masa de sus lectores. Al contrario, debe precisamente elevar su nivel, contribuir a formar, en la capa de los obreros medios, obreros de vanguardia (…). Para finalizar, después de la capa media viene la masa de las capas inferiores del proletariado. Es muy posible que el diario socialista les sea enteramente, o casi enteramente, inaccesible…, pero sería absurdo concluir que el diario debe adaptarse al nivel más bajo posible de los obreros. Sólo resulta que, para actuar en estas capas, hay que recurrir a otros medios de propaganda: folletos muy populares…” (V. I. Lenin, Un mouvement rétrograde dans la social-democratie russe, Oeuvres, t. VI, París-Moscú).

Labor diferenciada y con denominadores seleccionados que permite hacer acceder progresivamente los diversos estratos a la conciencia crítica. La fijación del denominador común, que establece la burguesía a través de su falta democratización, no puede servir de medida al ritmo de concientización de las masas y de su vanguardia. Mismo planteamiento en Lunatcharski, que no anda con rodeos para precaver en contra de la actitud iconoclasta debido a la ignorancia. “Si alguien se acerca a una obra de arte diciendo ‘no la entiendo, entonces no vale nada’, ¿de quién sería la culpa?, ¿de la obra de arte o de quien habrá pronunciado estas palabras? Tal vez dentro de diez años sentirá haber despedazado obras de arte cuando aún no era capaz de entenderlas. Podemos ir más lejos: si El Capital, de Marx, cae en manos de proletarios peones o campesinos medianos semiignorantes, no van a entender nada. Esto es inevitable aún tratándose de este condensado de sabiduría proletaria, del más grande libro proletario que nunca haya sido escrito, pero escrito para un nivel alto de comprensión. Ahora bien, es necesario divulgar dicho libro (…). Desde luego, esto vale también para el arte. Si Vladimir Ilich precavía en contra de la prepotencia comunista, debemos recordarnos que es precisamente en este dominio que {esta puede manifestarse con la mayor facilidad. Una persona que no entiende la música sinfónica, que nunca ha ido a un teatro serio, nunca ha examinado atentamente un cuadro, puede equivocarse y expresar juicios absurdos, pero si el proletariado aprende a conocer a fondo esas obras y luego critica alguna de ellas, las estima inadaptadas, tiene pleno derecho a hacerlo” (A. V. Lunatcharski, Les bases de la politique théatrale, de 1921, publicado en Partisans N° 47, París, 1969).

Estas observaciones, por banales que parezcan, suelen pasarse por alto y muchas formas sinuosas del populismo se aprovechan de eso. Lo verificamos, por ejemplo, en el proceso de transformación de la comunicación y cultura masiva, tanto de parte del antiguo emisor, que anhela transmitir la realidad del pueblo. El espontaneísmo, pues, es polifacético. Incide en las temáticas que representantes de una clase seleccionan para las demás clases y asimismo en la gestación de sus mensajes. Demos ejemplos. Una de las manifestaciones más relevantes de la actitud populista que involucra la aprobación por parte de un grupo de la representación del proletariado es, tal vez, la que consiste en suponer que las masas pueden alcanzar la generación de sus mensajes a través de la improvisación. Esta actitud se traduce en un acercamiento inorgánico a las masas y, en definitiva, se resume en considerarlas como materia prima de la remodelación del medio masivo o, en términos más generales, como nuevo terreno inspirativo para la expresión cultural de un grupo particular o lo que supone este grupo sobre lo que debe ser la nueva cultura de los proletariados. Subentiende que las masas poseen espontáneamente la facultad natural de expresar toda la experiencia vivida -ideología de dominación vivenciada- de la explotación y la opresión, pudiendo ponerla “cabeza arriba”, según las palabras de Marx. Ahora bien, en realidad, los resultados de estas experiencias no logran develar el fetichismo que compenetra toda sociedad y, por lo tanto, suelen dejar aflorar la mentalidad pequeño-burguesa que las inspira, ofreciendo al público, en un espectáculo moralizante, las injusticias de la sociedad. De ambos lados, por parte del emisor como del receptor, el contenido social que transmite la realidad pasa por el subjetivismo y menoscaba la relación dialéctica entre la visión que tiene el individuo y los factores objetivos, vale decir, la realidad, opacada de dominación.

Otro ejemplo es aquel que corresponde a la explosión creativa de individualidades que quieren hacer fluir hacia la comunicación masiva los productos de una creación en cuya expresión pública entraba la burguesía. Nada nuevo bajo el sol. Los fenómenos se repiten. “El centro de gravedad del teatro revolucionario reciente -puede leerse en el citado trabajo de Lunatcharski-, lo he repetido tantas veces, debe situarse en los studios. Hay que crear un nuevo tipo de actores, y lo podemos conseguir, no dentro de diez años, sino quizás en algunos meses, dado que estamos empeñados en esta tarea desde hace casi dos años. Hay que crear repertorio. Tengo sobre mi mesa pilas de piezas escritas por camaradas. Son regulares en el plano de la propaganda, pero sería imposible ofrecerlas en algún teatro como modelos de arte proletario. Son demasiado débiles. Se trata de experiencias y de autores con los cuales conviene mantener relaciones epistolares, prodigando buenos consejos, a fin de que puedan transformarse en dramaturgos de valor”. Esta frase no puede dejarnos de recordar las pilas de guiones y los múltiples proyectos de revistas que afluyeron a los canales de televisión y la Editorial del Estado. La mayoría de ellos movidos por una intención legítimamente revolucionaria, se conforman, desafortunadamente, con reinterpretar el substrato ideológico que ha sustentado la denominación en todas las clases, cuando no confunden una nueva cultura, nueva arte, con el mensaje propagandístico. Ahora, no se trata de subestimar dichas iniciativas, sobre todo cuando provienen de las clases trabajadoras y cuando el contexto está dominado por la liberación de la pequeña burguesía que triunfa con todos sus estereotipos y tiene la preferencia en dominios donde sus hallazgos improvisados no son siempre los más acertados e indicados. Sin embargo, no podemos traslapar los planos y concordar al pie de la letra con la concepción de Kautsky, que propalaba la anarquía total del arte en la primera fase de la revolución. Y esto por la sencilla razón de que dicha anarquía se aprovecha del orden de una clase.

La liberación de la creación cultural de las masas debe pasar por un largo proceso: primero, de almacenamiento o acumulación de conocimientos -Lenin diría de asimilación de la cultura anterior- y luego, de una auténtica formación de la conciencia crítica. Sólo en esta medida la creación cultural no se expondrá a drenar estereotipos. Toda aproximación a las masas y toda expresión de éstas -siguiendo la línea de sus organizaciones- debe convertirse en un acto pedagógico. Largo camino que implica asentar una infraestructura que posibilite la organización de la emisión de los mensajes, existencia de células informativas, de talleres populares, sobre todo, adiestramiento de los corresponsales obreros y campesinos, capaces de guiar a las masas hacia su emancipación y de sustituir a los tradicionales transmisores de la cultura.

Desde este punto de vista específico, si bien se nota un conjunto de iniciativas parciales como, por ejemplo, aquellas tomadas por la Editorial del Estado, a las cuales hemos aludido anteriormente (talleres populares, corresponsales obreros, etc.), para encauzar la participación de las masas en la generación crítica de sus mensajes, no puede afirmarse que existe un plan global que permitiera asentar progresivamente en las masas estos embriones de poder cultural proletario. Ahora bien, sin la implementación de esta infraestructura, en relación íntima con las organizaciones de masas, no cabe la posibilidad de sustituir la cultura manipulativa 8en sus dos facetas, autoritaria o paternalista) por una cultura realmente democratizada. Este vacío se nota más aún cuando se comprueba la inexistencia de un frente cultural amplio que pudiere secundar esta masificación consciente y activa de la cultura. Como lo afirmamos en otra ocasión, no sólo urge la movilización de las masas, sino la movilización de todas las categorías intelectuales y artísticas en función de las masas y, para ello, es urgente dejar de lamentarse sobre la ausencia de una “política cultural” y de esperar todo de arriba.

Los limitantes impuestos por la observancia del pluralismo democrático formal hacen sentir sus efectos también en esta área. Si bien es cierto que la burguesía trata de encontrar zonas de consenso natural para reconciliar a los antagonistas de la lucha de clases, también las fuerzas de la coalición buscan a su vez áreas capaces de provocar una cierta integración nacional. Desde luego, estos limitantes y supuestos privilegian un tipo de acción cultural que no precisamente converge hacia la meta revolucionaria de la liberación del habla de las masas. Este tipo de acción que tiende a prevalecer reduce la participación de las masas en las elaboración de la cultura y favorece la entrega vertical de objetivos culturales. Por ejemplo, se masifican los conocimientos, se los “democratizan” sin cuestionarlos en su base;  se subraya el carácter nacional de la cultura a costa muchas veces del internacionalismo proletario; se reivindica la tradición histórica burguesa sin negar su raíz de clase… (muchas veces estas líneas de acción superan las exigencias de la táctica invocada necesaria para enfrentar al enemigo de clase). Para ilustrar de paso el primer punto, citemos la política de masificación editorial tanto privada como oficial que hasta ahora no se ha preocupado suficientemente de la recepción y asimilación crítica de estos productos por las clases trabajadoras. Si debemos creer el lema publicitario que lanzó una primera partida de libros -“Sólo progresa el que sabe, este libro le abrirá cualquier puerta”-, el concepto de saber sigue siendo el de conocimiento libresco entregado en la forma vertical que impone la ley del mercado. Frente a este tipo de política, la burguesía no puede estar en desacuerdo sustancial. Pero en cuanto a las masas se conforman con nacer a la cultura, no dotadas del poder del habla, sino de una simple facultad de reproducción ventrílocua del habla del padre.

Al lado de estas manifestaciones de transmisión y generación superestructuralistas de las fuentes del saber, han surgido intentos de política cultural que se alejan de una visión continuista e integracionista y reclaman la necesidad de ruptura encauzando la liberación del habla de las clases trabajadoras. Citábamos antes los embrionarios talleres populares, pero un caso aún más significativo es aquél de los saltamontes. Son precisamente estos intentos los que han descompaginado a la burguesía y han encontrado mayor oposición de parte de los sectores reaccionarios, los cuales llegaron a veces a hacer postergar ciertas decisiones asumidas por el programa de la Unidad Popular. Sin embargo, no habría que cercenar esta pugna entre dos proyectos implícitos de política cultural al círculo estrecho de “lo cultural”. Se da a todos los niveles donde se debe discutir y dictaminar sobre la forma que debe tomar la participación de las masas en el proceso histórico. Así, por ejemplo, la batalla por la producción planteada inicialmente como una operación de movilización de las masas, siguió las normas de la publicidad capitalista, llegando algunos organismos de gobierno a contratar el asesoramiento de empresas publicitarias mercantiles. La destrucción del sistema financiero capitalista realizado a través de la compra de acciones llegó a los pequeños accionistas a través de motivaciones de índole esencialmente capitalista (bonos de Ahorro CAR del Banco del Estado). El anuncio mismo de no pago de indemnizaciones a las compañías extranjeras del cobre no revistió el carácter de movilización cabal y cotidiana de las masas. Estos y otros casos que podrían ser ilustrados demuestran que, adentro de las contradicciones objetivas del proceso, los cambios que se procuran implantar en la infraestructura económica, permanecen prisioneros de la cultura dominante, lo que incide sobre su posibilidad de recuperación por la burguesía y el imperialismo o, en otros términos, sobre su reversibilidad. A su vez, marca la importancia de insistir sobre el carácter esencialmente político de un proyecto revolucionario.

b) Ahora bien, en este proceso de concientización ya han surgido y seguirán surgiendo de nuevo las contradicciones que ha afincado en el dominado la institucionalidad burguesa. Queremos tomar el tiempo de mencionar una de las más importantes, la que se comprueba en la actitud antiintelectualista de numerosos trabajadores de la prensa, de la radio, etc., que, pese a su ubicación en la producción de ideas, manifiestan renuencia en cuestionar estructuralmente su práctica social en la sociedad capitalista, esgrimiendo que sólo refleja la preocupación de “teóricos”. Ahí arrecia la famosa “ideología del periodismo” que, pese a las apariencias, reconcilia las prácticas periodísticas más diversas. En los más dinámicos (“¡Lo m{as importante es hacer cosas!”), esta actitud deriva en un activismo cuyos representantes aducen que es tiempo de actuar y que la reflexión de los “teóricos” no auxilia en nada para la acción, confundiendo así la praxis con el pragmatismo. De hecho, el comportamiento antireflexivo, para llamarlo por su nombre, suele ser la forma más corriente que reviste la ideología burguesa para desbaratar la acción revolucionaria. En última instancia, no hace sino consagrar  la disyunción maniquea entronizada por la burguesía entre la teoría y la praxis, dejando a una capa privilegiada despegada de las masas la elaboración de la primera y reservando a las masas la realización mecánica y pragmática de su trabajo. En realidad el antiintelectualismo, que provoca una escisión artificial entre sectores de la misma pequeña burguesía, convalida la noción burguesa de teoría que corta la reflexión de su afincamiento cotidiano y niega la noción dialéctica de la teoría marxista (la teoría alimenta la praxis y viceversa). “sin teoría no hay movimiento revolucionario”. Sin teoría se deja la puerta abierta a los mitos de la ideología tecnocrática. Ideología ya presente al nivel de toda la práctica comunicativa, pero, sobre todo, al nivel de ciertos medios en particular donde, desafortunadamente, la técnica fetichizada tiene todavía el status del bonito juguete tecnológico que encuentra su fin y su justificación a través de una búsqueda formalista. Ahí arrecian los efectos de la actitud profesionalizante inculcada por el régimen burgués. ¿De qué sirve el control de los medios de producción ideológica y cultural si permanecemos en nuestra condición de analfabetos de la institucionalidad burguesa? No es nuestro propósito achacar a estos trabajadores su actitud: los llamados intelectuales refugiados en su academicismo son en gran medida responsables del surgimiento la persistencia de tal actitud estereotipada. (Parafraseando las aserciones de Marx y Engels en La ideología alemana: las ideas “puras” del trabajo intelectual escindido del trabajo manual son la “conciencia de la práctica existente”. Ahora bien, en la sociedad capitalista precisamente tal práctica es una práctica abstracta). Por lo demás, sería demasiado largo rastrear todos los componentes de la psicología de la dominación que ha engendrado la escasa posibilidad de movilidad social, la separación de tareas y la concentración del saber académico en aulas universitarias. Son datos que recibimos de una sociedad y con estos presupuestos han que trabajar. De nada vale reprochar a uno como a otro defectos psicologistas. Es el paso de la estructura y de la división de la conciencia en cada uno de nosotros. Esta herencia es tanto más importante cuanto que la categoría social concernida haya rozado la universidad sin poder acceder a ella por factores estructurales. Y la zanja que media entre “intelectuales” y obreros es a veces menos ancha, a pesar de registros semánticos opuestos, que la que separa las diversas categorías de la misma pequeña burguesía.

Un cambio radical en la cultura y en la comunicación masiva pasa necesariamente por la concientización de los trabajadores conjuntamente con su participación a todos los niveles de la gestión del mensaje periodístico, radial, televisivo o cinematográfico. Estudiar cada vez más debe convertirse en una consigna para superar la concepción implícita que hasta el momento ha enajenado al trabajador y el mensaje. Hace falta subrayar que el estudio tiene tan magna importancia como el trabajo voluntario. No es un estudio libresco que “obliga a la gente a asimilar una masa de conocimientos inútiles, superfluos, sin vida, que recarga el cerebro y transforma la joven generación en burócratas construidos sobre el mismo molde” (Lenin, Les taches des unions de jeunesse, Oeuvres, París-Moscú), sino un estudio que enraíza el conocimiento en una nueva práctica social, que retira a las universidades el monopolio de la conciencia crítica y proyecta a los intelectuales en un proceso de liberación del proletariado. “Para renovar nuestro aparato estatal”, escribe Lenin en Más vale poco y bueno, en 1923, “tenemos que fijarnos a toda costa como tarea: primero, estudiar; segundo, estudiar; tercero, estudiar, y después comprobar que la ciencia no quede reducida a letra muerta o a una frase de moda (eso, que no hay por qué ocultarlo, ocurre con demasiada frecuencia entre nosotros), que la ciencia se convierta efectivamente en carne y sangre nuestra, que llegue a ser plena y verdaderamente un elemento integrado a la vida diaria”.

El imperativo del estudio adquiere relevancia tanto para elevar el nivel técnico formal de los trabajadores que por su condición de autodidactas no tuvieron la oportunidad de profundizar elementos necesarios para dominar su crónica, su cámara, etc., como para elevar el grado de conciencia política. (Nunca se insistirá demasiado sobre el hecho de las carencias técnicas de muchos trabajadores en el área comunicativa. Punto aún más crucial se vislumbra la necesidad de buscar nuevas formas expresivas). La exigencia primordial de la instauración del hombre nuevo, hombre concebido como proceso, requiere el enganche del hombre en un proceso permanente de conocimiento, en una praxis que no tiene fin. Este requisito alcanza tanto al proletariado como a la intelligentsia. Desde este punto de vista, no podemos suscribir el nuevo mito pequeño-burgués según el cual la redefinición de la práctica científica se hace exclusivamente lanzando al intelectual en el trabajo manual. ¿Cuántas actitudes populistas no aprovechan dicha argumentación para disculpar su burocratización y evitar cuestionar realmente su propia práctica? La “práctica de la pala” no es necesariamente la que reconciliará la vida con la ciencia, la vida con el arte, la vida con la cultura. De hecho, indirectamente dicha argumentación suele retomar la dicotomía burguesa entre trabajo y ciencia, pero regresivamente, ya que oculta el segundo polo, descartándolo definitivamente de las áreas por problematizar. La cuestión de fondo s luchar para que la práctica científica faje de su academicismo, y que la idea hermane con la práctica. Lo que, a fin de cuentas, significa poner de actualidad la verdadera noción de teoría que no puede concebirse si no se ve confirmada por una realidad concreta. Bien puede la práctica manual enseñar enormemente al intelectual y reconciliar la escisión entre sus manos y su cerebro. No obstante, lo esencial es que llegue a replantear su práctica científica entregando a las masas sus elementos de conocimiento. Es sólo mediante esta confrontación progresivamente crítica que el intelectual, junto con el proletariado, podrá impugnar la ciencia burguesa y poner el saber al servicio del proceso revolucionario. Y sólo cuando el intelectual revise su práctica específica en función de las masas todas las prácticas sociales convergerán hacia lo que es la única práctica valedera en esta sociedad, la práctica revolucionaria, y se realizará la interpenetración real de todos los grupos a través de sus propias prácticas.

En una perspectiva de concientización global y mutua -de crítica y de autocrítica-, todo lugar de trabajo o de ocio debe convertirse en un centro de educación y de discusión, desde la galería de arte hasta la sala del sindicato o la sede del consejo comunal campesino. Las reuniones o los llamados clásicamente seminarios entre científicos y técnicos que suelen celebrar a puertas cerradas sus avances y sus proyectos en el área cultural, haciendo gala de una aparente objetividad y neutralidad valorativa, deben dejarse invadir no sólo por la problemática del pueblo sino por su presencia. Es la única forma para lograr que se transformen, una vez clausurados, en congresos en activo, para retomar las palabras de Fidel Castro. Todo contacto de las masas con estos centros y manifestaciones culturales debe transfomarse en un doble acto didáctico.

Entonces la burocracia no achacará el cambio hacia la base, impidiendo todo desarrollo de la superestructura y el proyecto cultural pequeño-burgués no ejercerá su profetismo. El cambio cultural no es nada más y nada menos que esto. Sin este impulso -que parece a veces tan simple y a veces tan complicado-, el consenso logrado al fulgor de una campaña electoral no podrá transformarse en un consenso consciente, vivido en la cotidianeidad de una cultura, que moviliza todas las dimensiones del ser humano. Sin este traspaso de lo que es poder espiritual, el hombre permanecerà siempre en el rango de “zoon politikón”, de animal político que lleva en su personalidad la impronta de la segregación manipulativa entre cultura y política, y la libertad seguirá siendo una utopía. El punto de inflexiòn que permite detectar el momento del vuelto superestructural o de su necesidad permanece, de todos modos, en un interrogante que se apartar de todo recetario. La revolución cultural no se desencadena a travès de un decreto. como ya recalcamos, empieza antes de que el proletariado asuma efectivamente el poder. Los dominados no esperaron ganar una elección para sobrepasar la institucionalidad y legalidad burguesas. Su cultura cotidiana, en muchos de sus aspectos, es precisamente una manera de negarlas. Justicia popular, organización familiar genuina, etc., con tantas formas donde germinaron estos elementos democráticos que dejan rezagados a los códigos civiles y penales de la clase dominante. El proceso de creación y movilización cultural exige apoyarse críticamente sobre ellos para arraigar nuevas formas de vida, so pena de insitituirse en una proyección desde una superestructura trascendentalista. Los únicos parámetros sólo pueden buscarse en el ritmo de su lucha para hacer triunfar sus intereses. es un largo proceso de internalización consciente de los cambios que experimenta la base de la sociedad. internalización que actúa a la vez de anticipador de las fases que quedan por recorrer. De la misma manera que en la sociedad burguesa el proletariado a travès e la vivencia de sus luchas prefiguraba los elementos de su nueva cultura, así los cambios en la base anuncian las nuevas relaciones sociales. Razón por la cual el proceso de concientización de las masas a partir de su propia praxis no sufre demora y no puede postergado so pretexto -aberrante- de que la construcción de la base merece atención prioritaria. La articulación es estrecha y no hace sino materializar al pie de la letra el imperativo de Lenin: “Sin teoría, no hay movimiento revolucionario”. (Muchas veces el anhelo por fijar un parámetro abstracto que permita determinar el ritmo del cambio de los factores superestructurales suele ser probativo de un distanciamiento respecto del concepto de proceso que nuclea toda la teoría de Marx). Esta articulación es tanto más difícil de alcanzar cuanto que todo proceso de concientización puede ser desvirtuado por los grupos -siendo su acción posibilitada por cierta estructura- que en una primera etapa sirven de intercesores o mediadores para con las masas. Es un proceso contradictorio donde justamente el mediador revolucionario que se constituye en vanguardia busca la muerte de la mediación, vale decir, la negación de su propio status. Si el término “revolución cultural” ha cobrado un significado a veces tan sensacionalista es porque, la mayoría de las veces, ha debido constituirse como proceso drástico de rectificación de estas desvirtuaciones. La cuestión es saber si toda revolución cultural debe pasar necesariamente por estas vicisitudes para efectuar el salto hacia la nueva superestructura. Volveremos sobre el punto.

c) Una última palabra respecto del proceso de concientización, crítica y autocrítica. La necesidad de vincular su contenido con los cambios en la base, vale decir, la propia praxis de los actores del proceso revolucionario, implica tomar en cuenta el ritmo desigual de la evolución de las relaciones sociales de producción y, en general, las contradicciones y complejidad propias del período de transición donde subsisten formas y relaciones mercantiles bajo diversas modalidades. Desde este punto de vista, por ejemplo, el obrero que labora en una empresa del sector estatizado -si bien está expuesto a vivir relaciones aún fetichizadas- se encuentra en una posición muy diferente al pequeño propietario agrícola sometido, por un tiempo aún indefinido, a la exigencia de vivir un conjunto de representaciones y aspiraciones propias de las relaciones sociales de la propiedad privada individual. De no considerar estos desequilibrios que se dan tanto al nivel de la sociedad en general como al de cada estrato en particular, pueden originarse enclaves o bolsones sociales que surtan efectos negativos y distorsionados en la evolución de la formación social en el sentido del socialismo. Desde luego, no acatamos la visión mecanicista que consistirá en pensar que por formar parte del área social, un obrero o un sindicato cambia automáticamente sus representaciones colectivas. Los conflictos del carbón últimamente vienen a comprobar la necesidad y la urgencia de la internalización del cambio por parte de sus primeros actores.

La misma perspectiva debería adoptarse cuando se trata de promover al nivel de todas las áreas de producción, por ejemplo, iniciativas colectivas de trabajo voluntario. Si dicha movilización de índole coyuntural no quiere limitarse a ser un paliativo al cambio tanto de la base como de la superestructura, es necesario que las clases trabajadoras capten estas iniciativas en tanto medidas marcadas por el divorcio global, propio del período transicional, entre la forma y el contenido. Para escoger un caso extremo y por lo tanto esquemático -pero ocurrido recientemente- no puede dejarse implícito el hecho de que un obrero de una empresa privada, que trabaja voluntariamente para aumentar la producción -incluso dejando su sueldo para obras de beneficencia-, produce más, de acuerdo, pero también aumenta la plusvalía de su patrón. En esta óptica convendría interrogarse más a fondo sobre los conceptos de eficacia y rendimiento que subyacen en la campaña de producción y ver hasta qué punto tal ocasión ha sido suficientemente utilizada para cambiar la cosmovisión económica de las clases trabajadoras. De igual modo, se comprueba un vacío en lo que se refiere a una estrategia de preparación de la población frente al desabastecimiento, así como a los límites que deberá enfrentar la política de reajuste de salarios.

Lo que algunos llaman la mística de la transición no es beatamente optimista, es una mística desgarradora, como lo es todo proyecto de transformación social que se basa en el concepto de proceso y que tiene en cuenta la realidad hiperconcreta de la lucha de clases en la construcción del socialismo. A la vez, en esta época de transición cabe tener siempre presente el dicho popular según el cual “no hay nada más definitivo que lo provisorio”.

d) Íntimamente ligada a todo lo anterior se halla la problemática del poder creativo del individuo en una sociedad donde las masas no son aún susceptibles de evaluar su carácter revolucionario o contrarrevolucionario. He ahí la paradoja del creador en un período de transición. Por un lado, las masas, cuyo nivel cultural hay que elevar y, por el otro, la necesidad de dejar al creador cultural la libertad de crear, en el caso bien entendido de que su creación, al anticipar la sociedad nueva, bien puede entrar en conflicto o, por lo menos, en discordancia, tanto con el nivel alcanzado por estas masas como con el nivel de desarrollo e las fuerzas productivas. Por cierto no se trata aquí de plantear el problema en términos regresivos -vale decir, de endosar la contracorriente implícita en la concepción liberalista de la creación- tal como lo hacen los famosos jueces “antitotalitarios”. Se trata más bien de volver a situar los términos exactos en que debería desarrollarse un debate que retome una línea de reflexión presente en los teóricos revolucionarios. A este propósito escribía Trotsky: “Por supuesto, tampoco en el terreno artístico puede el partido seguir el principio liberal del laissez faire, laissez passer, ni siquiera por un día. El problema consiste en saber en qué momento hay que intervenir y dentro de qué límites. Y no es un problema tan fácil como lo ven los teóricos de Lef, los apóstoles de la literatura proletaria y los críticos (…). Todo ello debe ser analizado cuidadosamente y con sentido crítico. Un partido que pretende, y esperemos que con cierta razón, un papel de dirección ideológica, no puede dejar de lado estas cuestiones ni pasar sobre ellas superficialmente” (L. Trotsky, “La posición del partido ante el arte”, en Literatura y revolución, Ruedo Ibérico, París, 1969). Una advertencia en la misma dirección hace Lunatcharski: “Hay que ser muy prudente respecto del criterio de inteligibilidad para todos. Nuestra literatura periodística, nuestra literatura de propaganda, comprende libros, revistas o periódicos muy complicados, que exigen mucho del lector, pero obras de divulgación elemental también las hay. No debemos adaptar nuestra literatura a las grandes masas campesinas, o incluso obreras, cuyo nivel cultural aún no es muy elevado. Sería un error gigantesco. La terea del escritor es superar las tesis ya elaboradas de nuestro programa. Es justamente en la medida en que rotura una tierra nueva, en que penetra con su intuición en un dominio donde le cuesta penetrar a la lógica y a las estadísticas, que el artista cobra valor. No es fácil juzgar si un artista es fiel a la verdad, o juzgar si logró conciliar la verdad y los esfuerzos fundamentales del comunismo y es muy posible que en este dominio, como en muchos otros, sólo el choque de opiniones entre diversos críticos y lectores pueda dar nacimiento a un juicio valedero” (A. V. Lunatcharski, Die revolution un die Kunst, de 1928, citado por E. Fischer).

Estamos lejos de la discusión cercenada por l pequeña burguesía al escritor como conciencia crítica epifenoménica de la nación y entramos de lleno en aquella de la necesidad de la confrontación de esta expresión particular -que bien puede ser una anticipación inmanente al mundo que extrae de este último, todavía inconcluso, la riqueza humana real- con los otros depositarios de la conciencia crítica: las masas. Al mismo tiempo, con la problemática del poder creativo del individuo, estamos tocando toda la reformulación del concepto de hombre y su individualidad que exigía Gramsci.

Lenin mismo, cuya visión artística y cultural ciertos comentaristas redujeron a directivas particulares emitidas para el partido con vistas a crear una prensa y una literatura de la organización y que otros extrapolaron como lema del realismo socialista, insiste en restaurar al individuo en su “libertad de creación puramente individual del espíritu”. “Es indudable que es la actividad literaria la que menos se presta a un igualitarismo mecánico, a una nivelación, a una dominación de la mayoría sobre la minoría. En este ámbito es absolutamente necesario asegurar un lugar más amplio a la iniciativa personal, a las inclinaciones individuales, al pensamiento y a la imaginación, a la forma y al contenido” (V. I. Lenin, “L´organisation du parti et la littérature de parti”, en Oeuvres, París-Moscú).

En todos estos textos se insinúa el posible divorcio entre el creador y las masas. La apuesta central del período de transición es precisamente restablecer al hombre individual en tanto creador y permitir que dicha creación restablezca a todos los hombres sus prerrogativas. Una institucionalidad revolucionaria en formación debería asegurar los mecanismos que permiten fijar el punto de equilibrio entre las dos propuestas y hacer que la liberación creativa se encamine hacia la modificación de las relaciones sociales, sacando definitivamente a la producción cultural del estancamiento de una concepción del arte como mero reflejo de lo existente y relegando para siempre la contraproposición conservadora del formalismo.

e) No cabe duda de que en la discusión sobre los mediadores intelectuales, artísticos y técnicos subyace el cuestionamiento a todas las formas de mediación. Asimismo, convendría ensanchar el debate y centrar la discusión sobre las formas de organización que conectan a las masas con su vanguardia: el partido. No es el propósito de este trabajo acometer en profundidad esta área cardinal del cambio revolucionario. Pero no podemos dejar pasar la ocasión sin puntualizar brevemente algunas reflexiones generales.

Hemos señalado de manera enfática que lo que caracteriza al proyecto revolucionario es la implantación de un nuevo concepto de política que ya no desgarra la personalidad y la institucionalidad en esferas autónomamente regidas. Ahora bien, esta meta que consiste en hacer desaparecer la antinomia fundamental de la dominación social implica precisamente impugnar los esquemas y formas organizativas que cumplieron un papel trascendental cuando la clase dominante limitaba la vida política exclusivamente al recinto parlamentario de la democracia representativa. La escisión artificial entre política y cultura no ha dejado de marcar profundamente la concepción implícita de cultura que manejan los “políticos”. Y es en contra de esa noción que hay que luchar. En la sociedad burguesa, la cultura es uno de los tantos departamentos de la actividad social. En la institucionalidad vigente esta sectorialización se mimetizó también en la actividad de los partidos de izquierda, donde la preocupación cultural se delegó a una sección determinada con funciones específicas. Por lo demás, consecuencia de ello, lo cultural se dejó a la  intuición de los especialistas. Lo que en gran parte explica el ensanchamiento de la esfera de influencia de estos últimos en el ámbito cultural, cuando no son precisamente los más vinculados con un partido. Ahora bien, la reconciliación de las dos esferas de actividad no implica una intensificación de los departamentos especializados sino una “culturización” total de la llamada práctica política. El primer paso para internarse en la revolución cultural es precisamente el que corta con el presupuesto de la política del sistema. En ningún momento se trata de promover estructuras paralelas. Las únicas valederas saldrán de los partidos, con todos sus defectos y cualidades, incluso di dichas iniciativas y el movimiento de masas que subentienden llegan a rebasarles y les fuerzan a reformularse para que, de una vez por todas, el partido cumpla la misión de “intelectual colectivo” que le deseaba Antonio Gramsci. Este requisito es a la vez la premisa y la consecuencia de un cambio cultural.

La otra exigencia hunde sus raíces en la necesidad de revisar sistemáticamente la vinculación entre partido y masas, vale decir, tomar en cuenta el cambio de status que experimenta el pueblo al tener la posibilidad de expresarse históricamente apartándose de su condición secular de clientela electoral. Según escribía un autor italiano, “el pueblo no puede seguir siendo ese moderno príncipe sin cetro” (V. Cerroni, Para una teoría del partido político, Cuadernos de Pasado y Presente Nº 7, Córdoba, 1969). En este sentido, la verticalidad de la relación que suele guiar la actividad partidaria con las masas no parece compatible con el objetivo de ruptura del arquetipo autoritarista y “representativo” de la cultura y participa del mismo concepto que preside la organización comunicativa en la sociedad impugnada. Examen de consciencia y replanteo necesario para todos los partidos de masas, que de no hacerse dejará lameta de la cultura liberadora del hombre total al nivel de letra muerta. Aún más urgente y decisivo resulta este paso cuando uno comprueba que hasta las organizaciones quese pusieron decididamente al margen de la institucionalidad burguesa han adoptado también el modelo de la verticalidad, contrastando así con la horizontalidad organizativa de la verdadera “revolución en la revolución” que puede observarse en movimientos políticos del tipo Vietkong. Por banal o dura que fuera, la generación de una institucionalidad revolucionaria empieza por ahí. Si no, la estructura autoritaria desvirtuará siempre la intención de hacer de las masas la fuente protagónica del poder. Si bien Mao dijo un día que “el poder nace del fusil” también escribió: “de ningún modo podemos descuidar la batalla contra los enemigos sin fusiles”.

 

 

El docente e investigador belga Armand Mattelart, conocido sobre todo por el libro Cómo leer al Pato Donald (en coautoría con Ariel Dorfman), estaba radicado en Chile hace casi diez años cuando autorizó a la revista argentina Nuevos Aires a publicar este capítulo de su libro, hoy inconseguible, ¿Hacia una cultura de la movilización cotidiana?, publicado en Cuadernos de la Realidad Nacional. Este texto se editó en la revista Nº 7, de abril-mayo-junio de 1972. Luego del golpe militar de Augusto Pinochet, en septiembre de 1973, abandonó el país transandino para ir a Francia, donde hoy aún ejerce como pProfesor catedrático en Ciencias de la Información y de la Comunicación en la Universidad de París VIII.

 

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