Asumir la derrota para inventar el futuro, el desafío de Venir después

Por Marcelo Simonetti

Marcelo Simonetti leyó Venir después, notas y conjeturas generacionales, el último ensayo de Santiago Roggerone, editado por Red Editorial, «un conjunto de anotaciones políticas y culturales acerca de su generación y la anterior, así como sobre el pasaje de la melancolía a la depresión y su necesaria problematización», del que destaca el reconocimiento de una derrota generacional que deberíamos asumir para hacer los duelos necesarios y animarnos a empezar a inventar futuros.

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Por recomendación, leí Venir después, notas y conjeturas generacionales, de Santiago Roggerone, al terminar Literatura de Izquierda, de Damián Tabarovsky. Entonces mi cabeza se predispuso para una suerte de continuación o polémica en relación con este muy buen ensayo. Pero resultó ser otra cosa. Aunque hay un segmento que puede leerse como respuesta al picante libro de Tabarovsky, son dos textos completamente distintos. Mientras que aquél interviene provocativa y quirúrgicamente sobre una polémica histórica (con una hipótesis que se parece más a un reclamo acertado que a otra cosa), el de Roggerone es más pretencioso y abarcativo. Allí no hay sólo una hipótesis sino un conjunto de anotaciones políticas y culturales acerca de su generación y la anterior, así como sobre el pasaje de la melancolía a la depresión y su necesaria problematización.

El discurrir se apoya al comienzo en el historiador Ignacio Lewkowicz, para clavar una trinchera ahí, en los sujetos del 2001. Roggerone nos cuenta que era un niño en los noventa, un integrante de la generación que “llegó tarde” (de ahí el título del libro). Es desde esa lugar de derrota de la voluntad del 2001 que Santiago indaga en el pasaje de la melancolía al duelo y del duelo a la depresión. Considera necesario el tránsito por todas estas etapas para salir de la inmovilidad. Es decir, no se puede actuar como si no hubiésemos fracasado, como si no hubiésemos sido derrotados a nivel mundial después de los 60 y los 70, así como tampoco podemos negar post 2001 en Argentina. La “melancolía de izquierda” sería, entonces, lo más sano después de la derrota.

“¿Que es la secuencia insurreccional-revolucionaria que inicia el Cordobazo sino un gran trabajo de duelo desplegado en relación a lo vivido en las décadas que siguen al golpe de Estado de 1955? ¿Qué son las defecciones a las que sucumben las intelectualidades críticas de izquierdas en las décadas de 1980 y 1990 y los años inmediatamente posteriores a la crisis de 2001-2002 sino expresiones de un mismo estado melancólico que, en último término, tendría que ver con la clausura genocida de la secuencia insurreccional-revolucionaria antes mencionada? ¿Qué es la disposición subjetiva eminentemente depresiva forjada por la mayoría de los que llegamos luego de todo esto sino la resultante de lo que sigue a la melancolía –esto es, lo que viene después de ella–, cuando el duelo ya no parece ser una opción?”, dispara el autor como motor para la elaboración.

Para armar su hipótesis recurre a citas y experiencias históricas que incluyen a Walter Benjamin, Ariel Petruccelli, Wendy Brown, Slavoj Zizek, Mariano Pacheco, Daniel Bensaïd, Sigmund Freud, Leon Rozitchner, Theodor Adorno, Nancy Fraser, Horacio Tarcus y otrxs. En este caso la operación más interesante la hace confrontando (o no tanto) a Louis Althusser con Mark Fisher y sus depresiones, dándole un capítulo a cada uno. Es interesante como Ariel Pennisi, el prologuista, subraya el mejor momento del filósofo y su posterior caída en desgracia tras el femicidio de su esposa, con una contrapartida en Fisher que se vuelve referente teórico después de su suicidio. De ambos, es en Fisher, naturalmente, en quien Roggerone encuentra una voz que le habla directamente. Y resulta muy acertado el paralelo que ensaya entre el inglés y Benjamin, de quien rescata su suicidio como una política extrema y final que intenta conmover a quienes lo sucedieron.

Fisher, como parte de sus propias elaboraciones desde el materialismo, discute o quizás complementa la idea de Marx que asegura que la cultura es producto de las relaciones entre las clases sociales y sus vaivenes. El autor de Fantasmas de mi vida planteaba que la música anticipa los cambios económicos por venir, conectando su obsesión y participación en el post punk en general (y con Joy Division en particular) con el neoliberalismo o con ese “realismo capitalista” del que hoy pareciera imposible escapar. Pero, ¿no es también el post punk el resultado de la derrota del período que arranca en el Mayo Francés? ¿Hubiera sido posible Joy Division sin una Manchester bombardeada durante la segunda guerra mundial? ¿Que el punk se haya apagado como una bengala no es una premisa para que luego sus despojos vaguen como parte del concierto de etiquetas que el mainstream tiene para ofrecer?

Por otra parte, ¿no es conservador o, para ser precisos, antidialéctico, el enfoque de Marx cuando dice que la cultura siempre llega tarde? ¿No constituyó el mismo Marx un evento cultural fruto de las relaciones entre las clases sociales y a la vez un anticipo de los cambios por venir? Que las expresiones culturales sean tanto resultado de las relaciones de clase como anticipo del porvenir no deben ser necesariamente hipótesis excluyentes. Más aún, es desde la cultura que Fisher trata de resquebrajar el paredón de un presente retro que parece impenetrable.

Es precisamente allí, en el apartado cultural, donde el libro de Roggerone se vuelve más agudo y sus golpes más certeros.

En principio, invoca al libro de Tabarovsky antes mencionado, reivindicándolo e incluso polemizando junto a él con sus detractores, pero luego parece responderle que ahora sí, fruto de una nueva situación, aparecen lxs escritorxs que el autor de Literatura de Izquierda reclamaba (entendiéndolos como autores de una narrativa que “sospecha de toda convención, incluidas las propias”). La generación de escritorxs “café con leche”, escritores “Babel”, escritores “mediáticos” o escritores serios de “literatura De La Rúa”, quedaron atrás con su coyuntura y hoy la nueva realidad nos da nuevxs escritorxs, congéneres de Lewkowicz. Mario Castells, Dolores Reyes, Leo Oyola o Kike Ferrari, enumera el autor.

¿Qué realidad sería la nueva realidad, entonces? La derrota. “Sus obras comienzan a ver la luz no al calor del proceso que terminaría pariendo el 2001 sino, por el contrario, una vez que el mismo ya ocurrió y la normalización de la Argentina fue puesta en marcha”, escribe. Pero una literatura de la derrota no es lo mismo que una derrotista. También puede ser una literatura que busca salir de esa derrota.

De lxs escritorxs mencionados, se detiene en Ferrari y en varios de sus libros, que suelen ser viajes en los que se ajustan cuentas con el pasado, haciendo hincapié en Lo que no fue, Que de lejos parecen moscas y Todos Nosotros. Rescata, por ejemplo, el pasaje del señor Machi, odioso y nuevo rico protagonista de Que de lejos parecen moscas, donde nos escupe: “Por dios, eso creían que era hacer política, los muy pelotudos, así pensaban que nos ganaban. Hay que reconocerlo: los hicimos mierda, los zurdos se quedaron sin brújula. O mejor: les metimos la brújula en el culo. Nos los cogimos de parado. Y ahora no saben qué hacen, ni contra quien”.

Más adelante, Roggerone se sumerge en el diagnóstico de la cultura musical, aplicando la máxima fisheriana de que sería ésta el mejor vehículo para sugerir esos “espectros de los futuros perdidos que cuestionan la nostalgia formal del realismo capitalista”. Es éste el segmento del texto donde se encuentran más certezas.

El autor elige la guerra de Malvinas y el comienzo de la democracia como punto de partida de ese repliegue juvenil en los fantasmas de futuros que no fueron. La expresión cultural contrahegemónica por excelencia fue sin dudas el punk argentino, que nació justo en ese momento. Hace mención a las bandas más importantes del subgénero de la época, continúa con la segunda ola de “Invasión 88” y se anima a rescatar a La Polla Records como máxima influencia de ese momento, por encima de bandas inglesas y yanquis.  También aparecen el Café Einstein, el Parakultural y Cemento. Una movida forjada “en los sótanos de la historia”, al calor del agotamiento del entusiasmo optimista por la democracia y la continuidad de la represión y la precarización de la juventud.

Roggerone sostiene que el potencial contracultural nunca se vio en bandas del mainstream como Los Abuelos De La Nada y Soda Stereo y que quienes hubieran visto algo de eso en Charly García ya no podían sostenerlo en los noventa. Tampoco era una opción la “moralina triste pregonada por cantautores como Mercedes Sosa, Víctor Heredia, León Gieco y demás adalides de la canción de protesta.”

A pesar de que había vivido ya dos olas, Santiago asegura que es en los noventa cuando el punk logra establecerse. Al calor de la etapa neoliberal iniciada por Menem. Sigue acertando el autor cuando teje un link entre los himnos del subgénero en los noventa como “Nunca seré policía” y “Ya no sos igual” y la realidad de los jóvenes que iban a esos shows: hijos de militantes de los setenta, torturados y desaparecidos por las fuerzas represivas. “Mis padres no cantaron y yo no voy a buchonearla u ortivarla”, sería la idea generacional. Consignas de una generación que luego resistiría al progresismo bienpensante que sucedería al menemismo.

Luego el texto pone el foco en la figura de Ricky Espinosa, como símbolo de época. En su “Si yo soy así” y todo lo que su generación no podía nombrar. “No es por culpa de la droga, no es por culpa del alcohol”, cantaba Espinosa. Y lo que no pudo decir es que era el capitalismo. Por eso ve en su suicidio un acto de resistencia: “No me vas a tener”. “Si no hay salida de esto yo me tiro por la ventana”, pareciera haber querido decir el joven de zona sur.

Es generoso Roggerone al valorar la figura y el legado del cantante de Flema, ya que reconoce con honestidad que su música le pareció “siempre una mierda” (englobando a Flema y a todo el “punk cabeza”). No puedo empatizar más con esa posición. Caminé los mismos antros en los noventa y, al igual que él, fui asiduo del ambiente del punk, aborreciendo siempre ese mismo costado. También miraba con simpatía el lado Fun People aunque, claro, no soy de la generación de Santiago sino que estoy más cerca de los Ferrari y los Lewkowicz.

Del texto de Roggerone surgen más dudas que certezas y quizás ese sea su fuerte. Después de las derrotas y los despropósitos, no parece ser buen momento para la arrogancia de la certeza. Esta posición en un panorama desierto suele estar más cercana a la negación que a la apuesta por superar los obstáculos que nos trajeron a este presente. Bienvenido Venir después, entonces. Bienvenidas la melancolía, el duelo y la depresión, porque si del futuro no quedan más que el fantasmas, el único camino que tenemos por delante es inventarlo.

 

Santiago Roggerone, Venir después, Red Editorial, 2020.  205 pag.