Breve introducción a la narrativa paraguaya (II)

Por Mario Castells

Sonámbula presenta la segunda y útima parte de este ensayo donde Castells nos acerca a una literatura tan brillante como poco difundida, aunque próxima. ¿Este fenómeno responderá acaso a su condición bilingüe, única en la historia independiente del continente? Bienvenidxs lectorxs a la literatura del Paraguay. (Primera parte aquí)

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En 1954, por medio de un autogolpe realizado por la fracción «democrática» del Partido Colorado, sube al poder el general Alfredo Stroessner. Su gobierno, respaldado por el imperialismo yanqui y la burguesía brasileña, todopoderosa en el Paraguay, las fuerzas armadas y el ya mentado Partido Colorado, se mantiene en el gobierno por  treinta y cinco años hasta el 3 de Febrero de 1989 en que es derrocado por un golpe militar que encabeza su consuegro, el general Andrés Rodríguez. La situación político-económica y cultural resultante, así como también las censuras y autocensuras vigentes durante esta dictadura, afectaron significativamente la producción literaria. La guerra civil primero y luego los arrestos arbitrarios, la persecución ideológica y la represión política imperantes, llevaron al exilio a gran parte de la población, y, entre ellos, a la mayoría de escritores y artistas. Como dice el crítico Giusseppe Bellini, en su Historia de la literatura hispanoamericana: “Debido a estos motivos, la literatura del Paraguay se construyó más con las aportaciones de los exiliados que con la de los escritores que vivieron en la patria”.

En De nuestras lenguas y otros discursos, Rubén Bareiro Saguier plantea:

Como dictadura en uso arbitrario del poder por un lapso tan largo, el régimen de Alfredo Stroessner instauró un sistema caracterizado por el control progresivo y total de todos los resortes de ese poder. En consecuencia, de los organismos, entidades y personas físicas que de alguna manera configuran uno de los componentes de esos resortes. En el Paraguay de «la larga paz strossnista» fueron estrictamente controladas la actividad política, sindical, económica, pero también la vida asociativa más trivial, como la de la Liga Paraguaya de Fútbol, la Federación de Tenis o el Círculo de Bridge. Todos estos organismos poseyeron una directiva digitada por las instancias oficiales. Pero existe una dimensión que se les escapó: la de la cultura. No pudieron controlar, porque los integrantes de esta área tienen una acción que no siempre implica una organización asociativa -caso del escritor, del pintor- o porque aún en circunstancias de una actividad de conjunto -caso del teatro o de la interpretación musical- se requiere una cierta «calificación» especial para practicarla. Esto además de lo señalado más arriba: la dificultad de comprar al intelectual, como es práctica de la dictadura, de reducir a través de la corrupción cuando no funciona la represión. La dictadura nunca ha conseguido crear un equipo capaz de definir la más elemental política cultural. Y ante la imposibilidad de controlar, utilizó la represión constante y repetida contra los intelectuales. A comenzar por la humillación infligida a los que pudieran existir en el seno del Partido Colorado, oficialista: la de instaurar como líder de la intelectualidad a un personaje casi iletrado y cuyos méritos en la materia son los de saber leer, y sobre todo ser secretario privado del General Presidente.

Tanto los dos novelistas como los dos poetas de mayor renombre internacional, Augusto Roa Bastos, Gabriel Casaccia, Herib Campos Cervera y Elvio Romero, escribieron prácticamente toda su obra en Buenos Aires. Testigos todos –y participantes algunos– de la dolorosa Guerra del Chaco, los integrantes de esta generación comparten un mismo afán de renovación literaria. El contexto vivencial de la época los obligó a participar de la realidad nacional y eso se verifica en sus textos.       

Hacia estos años surgió la gran renovación de la narrativa paraguaya. Dos nombres sacan al Paraguay del anonimato: Gabriel Casaccia y Augusto Roa Bastos. Herederos ambos de la obra del anarquista español-paraguayo Rafael Barrett, produjeron una novelística ligada a la terrible realidad que parece haberse encarnizado con este país. Con su gran novela La babosa Casaccia inició la renovación. En ella se revela como un gran creador de personajes, criaturas mezquinas y atormentadas por deseos insatisfechos que, alertas siempre a la curiosidad insana de la maledicencia, recorren las calles de Areguá, pueblito que orilla el lago Ypacaraí y que en su obra se transforma, a la manera del Yoknapatowpha de Faulkner, en un teatro del Infierno. De esta primera novela, se desprende la saga de Areguá que se despliega en La llaga, Los exiliados (única no ambientada allí sino en el exilio paraguayo en Posadas), Los herederos y Los Huerta, su última novela, editada póstumamente en Buenos Aires. El otro gran escritor paraguayo del siglo XX es, obviamente, Augusto Roa Bastos. Su obra, gestada al igual que la de Casaccia en el exilio, ha conseguido renombre universal. Entre sus obras, las más conocidas son El trueno entre las hojas, Hijo de hombre, El baldío y Yo el Supremo, su obra cumbre, fabulosa reflexión sobre el monoteísmo del poder revestida en la encarnadura ficcional del Supremo Dictador José Gaspar Rodríguez de Francia. Yo el Supremo excede largamente los meandros de la historia y cultura paraguayas; el autor se nos propone como “compilador” y problematiza los estatutos mismos de la ficción. Ese método continuaría, a su vez, en la nouvelle El sonámbulo, quizás su último texto importante, donde retoma la escritura de Centurión y sus propias vicisitudes personales para construir una crítica despiadada del letrado como traidor.

Tras la irrupción de Casaccia y Roa, los años 60 forjarían una nueva generación de grandes narradores. Rubén Bareiro Saguier con Ojo por diente, libro premiado por Casa de las Américas que le valió a su autor la cárcel y el exilio, siguió la veta narrativa de Roa, lo mismo que Carlos Villagra Marsal, autor de Mancuello y la perdiz y del cuento “Arribeño del norte”, quizás el mejor cuento de la narrativa del Paraguay.

La represión política de los 70 y la preponderancia de la dictadura paraguaya en la concreción del Plan Cóndor en el Cono Sur, convirtieron al país en un páramo cultural. A fines de la década apareció una nueva generación de escritores que comparten la triste suerte de haber nacido y crecido durante los duros años de la mordaza dictatorial, el exilio interno. Entre ellos destacamos al prolífico escritor Guido Rodríguez-Alcalá, autor de Caballero, especie de revisionista liberal (con perdón el oxímoron) que aborda la historia de la Guerra Guasu desde una perspectiva picaresca, reescritura satírica de la biografía del general Caballero, fundador del Partido Colorado, pero desde una perspectiva histórica liberal mitrista; el restablecimiento democrático en 1989 lo tendrá a la cabeza del campo cultural.

De esta coyuntura es también la irrupción planificada de la narrativa en lengua guaraní. Surge de la pluma y el afán del gran escritor guaireño Carlos Martínez Gamba, autor de cuentos y relatos que sólo luego de la dictadura serían editados en Paraguay. Entre sus obras principales contamos con Jagua ñetu’o y Ñe’ê ñemombe’u gérra guasúro guare. Crónicas rimadas de la Guerra Grande, texto épico de casi novecientas páginas que narra en estrofas versificadas en guaraní la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay, un clásico absoluto de la literatura paraguaya. Otros renovadores regresarían al Paraguay después de un largo exilio y serían fundamentales para revitalizar la escena editorial. Uno de ellos, Rivarola Matto, emprendió esa tarea creando la Editorial Napa con el fin casi delirante de editar un libro paraguayo cada mes. Entre ellos se daría a conocer su libro Karai Rrey oha’áramo tuka’e kañy / De cuando el Rey jugó a las escondidas, o quizás la mayor proeza, Kalaíto pombero de Tadeo Zarratea, primera novela escrita en lengua originaria de América.

Tratando de configurar ligera y sintéticamente la literatura paraguaya en guaraní, es preciso tratar, también, el problema del bilingüismo y la diglosia en Paraguay. “Desde los días de la conquista y de la colonia, el Paraguay ha aparecido como un caso único y muy interesante de bilingüismo. Dos lenguas, dos culturas han coexistido y han convivido, al parecer armoniosamente, modificándose y conformándose mutuamente”, como plantea Melià. Pero en realidad, la pauperización o hibridación del guaraní paraguayo, a la que aluden los estudios modernos, es un proceso de larga data, resultante de una estructura de dominación cultural que establece dicotomías entre las distintas áreas semánticas. Como explica Melià: “una lengua viene a ser dominada cuando se la relega al coloquio íntimo y se le niega vigencia en lo que se ha dado en llamar el mundo de la cultura”. Así es entonces como el guaraní de hoy recubre ciertas áreas de la vida social y el castellano, otras. Como afirman destacados sociolingüistas, el uso del castellano o el guaraní, para el paraguayo, está emparentado al manejo del usted o el tú, pronombres éstos que obedecen a dos fuerzas sociales muy importantes.

Intentando romper estos compartimentos diferenciados, Margot Ayala de Michelagnoli escribió la primera novela escrita en jopara (yopará: variante muy popular del guaraní paraguayo, marcado por su avanzada castellanización a nivel del léxico) Ramona Quebranto, novela de la patrona que asume en primera persona la  lengua de su empleada domestica. Vale destacar el camino pionero de esta novela, puesto que ha generado un nutrido aunque vergonzoso discipulado entre los jóvenes escritores asunceños de la actualidad. Quien reformuló acaso mejor ese legado ha sido Domingo Aguilera, autor de la nouvelle El rubio, texto que en un jopara castellano, sociolecto de la marginalidad que revista en los ambientes donde la delincuencia y la descompuesta burguesía asunceña convergen, pretende forjar una lengua literaria.

En este proceso de reformulación permanente de la literatura paraguaya, la irrupción de narradoras empieza a destacarse como lo más progresivo. Como vimos, desde las encumbradas damas del patriciado del novecientos, por el magisterio innegable de la escritora, crítica y artista multifacética Josefina Plá hasta por la labor de Margot Ayala, la iniciadora de la novela jopara, la presencia de las mujeres en la literatura paraguaya ha detentado una importancia significativa. Entre varias escritoras de gran relevancia, en nuestro recorte elegimos dos textos fundamentales, por diversas razones, fundamentalmente críticas y de mercado, La niña que perdí en el circo de Raquel Saguier y Novela B de la narradora Mónica Bustos, quien además escribió Chico bizarro y las moscas, novela ganadora del 1° Premio Augusto Roa Bastos; el texto revela un hálito generacional.

Desde la caída de la dictadura se produjo un traslado del imaginario de los narradores paraguayos que cambiaron las locaciones campesinas de sus historias por ámbitos urbanos; la realidad del destierro siguió siendo crucial. Muchos de los más importantes escritores de la actualidad viven o vivieron en situación de exilio. Desde Mónica Bustos, que reside en México, pasando por Ever Román, que reside en Buenos Aires, autor de Osobuco, Falsete y Serenos en la noche, Humberto Bas, escritor radicado en Neuquén, Argentina, autor de El Superpalo, Varoncitos, El señor Ug y Gil Wolf, Damián Cabrera, autor de Xirú, quien viviera varios años en Brasil o Javier Viveros, autor de un hermoso libro ambientado en el África subsahariana, Manual de esgrima para elefantes.

Siguiendo el trazado de las dos antologías argentinas de autores paraguayos, Crónicas del Paraguay y Los chongos de Roa Bastos, podemos rastrear cómo este país ha seguido su trama de despoblamiento y aridez cultural. Más recientemente dos nuevas antologías internacionales, Mar fantasma, que reúne a escritores bolivianos y paraguayos, y Algo hay, que hace lo propio entre paraguayos y uruguayos; son la buena nueva de los días que corren. Oscilante entre un débil “estado de derecho”, los sarpullidos del totalitarismo neoliberal, “el oprobio de sus escarnecedores”, pero también de “la profecía de sus mártires” (la resistencia campesina, juvenil, democrática), aquello que destacaba el epílogo de la primera versión de Hijo de hombre, la literatura paraguaya suma aportes que la renuevan.

 

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