Carolina Iannuzzi: “La última noche de Carnaval lloro”

Por Carolina Iannuzzi

La de este domingo fue la última noche de Carnaval. Y Carolina Iannuzzi comparte con Sonámbula un recuerdo de maternidad murguera y saltarina, un texto emocionado e íntimo sobre esa tristeza colorinche que invade a las murgas en la despedida del Rey Momo. Parece que, por un rato al menos, la alegría puede ser sólo brasileña.

 

 

La última noche de Carnaval lloro.

Como piantándole votos a la frase de Charly: “La alegría no es sólo brasilera”, lloro en Buenos Aires.

Cuando mi hijo era chiquito se disfrazaba de jirafa para salir en la murga.

Tenía 5 años.

Como las madres que sueñan con ver a su hijo dotor, yo soñaba con ver al mío con el traje de la murga.

Pero me tragaba mi deseo, porque desde que nació, Santino tiene a la determinación en HD y él tenía muy claro que no quería traje: “Yo quiero zalir dizfrazado de jirafa”, me dijo.

No encontraba modista que prestara ese servicio. En la víspera de los Carnavales, las modistas porteñas o que habitan este suelo tienen demasiada demanda para a eso sumarle un diseño tan particular.

En esa época trabajaba como voluntaria en una cárcel de mujeres. Una de las participantes de mi taller de teatro (que en ese momento no sabía, ni yo tampoco, que íbamos a ser amigas primer cordón) me dijo cómo hacerlo: “Un enterito amarillo sin mangas con pedacitos de tela marrón; corto, tipo short, porque en febrero hace calor; y una capucha que se pueda poner y sacar con velcro abajo de la mandíbula”.

Con indicaciones así de claras una modista decidió hacerlo.

El público amaba a la jirafita que bailaba haciendo una especie de salpiqué por los corsos porteños y bonaerenses.

Yo bailaba cerca suyo con mi traje rojo, naranja y amarillo y veía las secuencias de refilón: detrás de las vallas de cada barrio que visitábamos siempre había alguna mujer que le señalaba a otra con cara de estar presenciando un nacimiento, a la jirafita.

Duró pocos Carnavales ese disfraz porque los chicos crecen mucho de un año para otro.

Santino decidió que el Carnaval siguiente quería ser un mono y al siguiente un canguro.

Cuando todavía era jirafa, una última noche de Carnaval estábamos por empezar el desfile de entrada. No me acuerdo en qué barrio, sé que era en provincia.

Terminábamos esa función y al día siguiente empezaban las clases.

Santino lloró.

Estábamos formadas en una calle muy oscura y Santino lloró porque no quería que termine el Carnaval.

Una masa de murgueras entre el dolor y la ternura me ayudaron a consolarlo porque yo sola no podía, yo también quería llorar.

Las murgueras lo persuadieron diciéndole que lo mejor era que entonces disfrute a esa función como a ninguna, que lo dé todo, que el público ama a la jirafita.

Creí, una vez más, que lo ideal es no criar a los hijos sola. Pero no sola de un padre, o padrastro o ninguno de esos roles. Sola de manada. Creo que a los hijos hay que criarlos en manada.

3 saltos, empiezó la función.

Poca gente, no importó.

Yo aproveché para sacarme el llanto atragantado mientras bailaba.

El maquillaje murguero es bastante sólido en general… No suele pasar eso de que las lágrimas corren el rimmel.

El calor dilata y se camufla lo rojo del llanto.

El canto disimula los gestos de congoja.

La última noche de Carnaval lloro.

Como piantándole votos a la frase “La alegría no es sólo brasilera”, lloro en Buenos Aires.

Antes de ejercer como murguera también lloraba. Creía (cuando era chica) que era por el final de las vacaciones, pero después, mucho después, me di cuenta de que era porque terminaba el Carnaval.

Porque ningún día del año estaba más lejos del Carnaval que ese día.

Hoy fui a ver a una murga amiga al corso de mi barrio.

Como espectadora puedo disimular el llanto diciendo que me tiraron espuma.

La murga amiga siguió tocando después de terminar el espectáculo. Habrán sido unos 15 minutos más.

Me acordé de ese garroneo, un pasito más… Una patadita más, Momo, no te me vayas, que no termine ya…

Es lo más parecido que conocí a estar enamorada.

Vestirte al pedo, la tentativa de despedirte con un beso que se convierte en otro polvo. Un pucho y arranco. Dale que ya llego tarde.

Un pasito más, 3 saltos más. No guarden los bombos en el micro. Bueno, sí, pero sigamos un ratito más en la plaza. Si los vecinos se quejan igual ya no hay más corsos.

La última noche de Carnaval lloro.

Como piantándole votos a la frase “La alegría no es sólo brasilera”, lloro en Buenos Aires.

Hay una glosa leyenda que tiene razón:

“Murga querida, vos me curás las heridas,
y yo te tengo presente, porque sos y serás siempre,
EL METEJÓN DE MI VIDA!”

¡Hasta el próximo Carnaval!

Fotos de portada y de fin de nota: Melodía Iglesias