Choque Vilca: ¡Un poeta que no desciende de europeos!

Mariel Martínez escribe sobre el extraño caso de un poeta sin ascendencia europea en su familia. La historia de Germán Walter Choque Vilca estuvo atada a su tierra, Tilcara. Y ahí vive todavía su fantasma, entre rumores y versiones, que el tiempo modifica pero no vence. 

 

Hace quince o dieciséis años, cuando la vida entre precaria e inesperada de  mochilera me daba placer, leí unos versos pintados en la pared de un museo de Tilcara. Los anoté en un papelito que perdí, pero estoy segura de que eran estos:

abre tus brazos al rosal latino 
no levantes ni cercos ni murallas
que tus mollares le den sombra y abrigo
al criollo, al europeo y al aymara
y que lleven tu nombre por el mundo
muchacha azul, princesa americana 

El poema se llamaba “Tilcara” y el poeta había sido tilcareño: Germán Walter Choque Vilca.  Mi plan de viaje cambió ese verano. Bajé mi mochila y me quedé en su pueblo buscando rastros. Hablando con los que lo habían conocido. Escuchando lo que se decía de él. Sobre todo tratando de conseguir un libro suyo, tarea que resultaba imposible. En vida sólo había publicado un poemario, “Los pasos del viento”, en 1984, agotado y sin nueva edición. De sus dos libros póstumos me alentaba conseguir el último “Cuando volví”, editado en 1999 (en ese entonces hacía poquito tiempo) por ediciones “El duende”, editorial de Alejandro Carrizo, que me contaban fue su amigo. El único ejemplar que encontré estaba exhibido en la vitrina de un museo. Habré sido insistente o habré dado pena, porque logré que lo sacaran de ahí y me permitieran comprarlo. Un poeta lírico y quebradeño había resultado Choque Vilca. “Cuando volví”, además de las innumerables imágenes de Tilcara, tenía algunos poemas que  evocaban su viaje por el mundo. De ese libro, este poema  fue mi preferido:

Amsterdam

En densa multitud vibran las olas;
pisando  el agua, la brisa corre lenta
y se eleva una tarde de susurros
por la inclinada paz de la arboleda.

Una gaviota en cruz hiende la bruma,
una lancha cargada de parejas
Una muchacha audaz de breve falda
pone a la tarde un ritmo de caderas.

Nadie se apura. El tiempo aquí es eterno
y es eterno el vaivén de bicicletas
y en los arcos de miles de ventanas
el  crepúsculo calla su inocencia.

Cuento los puentes y alcanzan los dedos
para llevar a término la cuenta.
Sigo el conteo y a mi vera pasan
japoneses,  hindúes, negros, persas.

En tan cosmopolita muchedumbre
alguien habla el idioma de mi tierra
y ese sonoro canto provinciano
tiene una tinta de sierra cordobesa.

Con esa timidez de los jujeños,
¿Argentina?- le digo-, ¿de las sierras?
Y cantando responde a mi pregunta:
Vos ¿qué decís?, ¿parezco de Indonesia?

En aquel viaje – el mío, no el del poeta- supe algunas cosas de él. Lo habían apodado “el Churqui” en comparación a un árbol duro y leñoso que crece ahí, aludiendo a la capacidad de sobrevivir que había demostrado en varias situaciones donde lo había rondado la muerte. Supe también que su obra había sido igual de prolífica que de desordenada, que iba por ahí anotando en papeles sus versos y regalándolos a sus amigos o cambiándolos por vino, su perdición y su sangre: “Ahora el cáliz y yo somos uno; extraña simbiosis del licor y el hombre que quieren truncar parientes y amigos. ¿Qué sería de mis versos entonces? ¿No comprenden que mi locura lírica necesita, ¡por Dios!, de este veneno?” Entendí entonces que su obra siempre seria difícil de reunir, siempre abrigaría la sospecha de lo incompleto.

Casi todos los años después de ese primer viaje volví a Tilcara, menos por cuestiones poéticas que familiares: mi hermano y mi sobrina se quedaron viviendo aquí, bien alto, cerca del Pucará que es una de las construcciones más antiguas de la quebrada. Se ven de aquí las lluvias, los sembrados, se avistan los pueblos vecinos,  se escuchan los sonidos de sus fiestas siempre ligadas a los tiempos de la tierra y sus liturgias. En carnaval alegran las melodías en tonos mayores;  en pascua,  las cajas entonan lamentos.

Este año, que también vine, que estoy aquí, me encontré con una edición de las obras completas de Germán Walter “ Churqui” Choque Vilca. Completas con las salvedades ya hechas.  Incluye un prólogo escrito por Héctor José Méndez, un escritor que murió en el mismo año, unos meses después de que las obras del churqui y su prólogo se editaran. En él  relata algunos rasgos de la  vida del poeta. Su temprana inclinación por la música y la poesía, su labor de maestro rural, su generosidad que desperdigaba poemas, su necesidad de alcohol.

Murió a los 46 años el 21 de diciembre de1987, el día de Kapac Raymi , en donde se adora al sol que trae el verano y la vida.  Murió, dicen, de mezcla: vino y penas mal curadas. Su nombre está presente en cada rincón del lugar donde nació: en plazas, salones, espacios para reunirse a tocar y a cantar. Sus poemas fueron retomados por varios artistas populares: desde León Gieco en su “Ruta del coya” hasta Divididos en su último disco  “Amapola del 66”.  La aplanadora del rock  incorpora en su disco aquel poema por el que yo conocí al poeta hace tantos años, recitado en su voz.

Si algún asesor del presidente lee esto -es improbable, lo sé- podría avisarle que acá tenemos el extraño caso de un poeta que sin haber tenido un solo europeo en la familia usó una de sus lenguas -la que era de ellos y ahora es nuestra- con precisión y belleza. Es curioso.

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