Cometierra, una justiciera del Conurbano

Por Lali Destéfanis – Foto: Malena Q.

Lali Destéfanis leyó Cometierra, la primera novela de Dolores Reyes (integrante del equipo de Sonámbula), intentando construir una genealogía para su joven protagonista, “una habitante de un suelo tierra adentro sembrado de sangres sin nombre ni sepultura”, a quien se recurre para que “dé sosiego a vivxs y muertxs”.

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Después de amasijar al moreno, en el canto séptimo, dice Fierro que al finado ni siquiera lo velaron: lo enterraron envuelto en un cuero y sin rezo alguno. Y que desde entonces, en las noches serenas, suele verse una luz mala, “como de alma que anda en pena”. Nadie mejor que Josefina Ludmer explicó hasta ahora el encuadre de esta muerte: el orden jurídico del gaucho, dijo, era otro previo al que el Estado argentino impuso desde los años de la organización posrrosista. Por este motivo, una muerte que sigue impactando tanto a los estudiantes de secundario que leen por primera vez esos versos, fue entendida por el gaucho como acometida en buena ley: el duelo limpio era garantía suficiente.

Desde aquellos años de persecución al bandidaje que obraba bajo el viejo orden jurídico del cuchillo, esa entelequia a la que llamamos Estado quiso organizar las penas bajo un orden que sigue vigente. Policía y Poder Judicial estarían, entonces, a cargo de condenar asesinos. Cualquier lectorx argentinx se está riendo y se está doliendo de estas líneas. Carlos Gamerro ya lo expuso claramente en su decálogo del relato policial argentino, que retoma la vieja advertencia de Borges: lxs argentinxs descreemos del Estado. En Argentina, la buena Policía es un chiste. Ya escribieron sobre la secta de la mano en la lata y del gatillo fácil lxs cultorxs más entendidxs del género negro por estos lares, de Walsh a Ragendorfer.

Hasta que un día del año diecinueve se publica Cometierra, la novela con que Dolores Reyes dio a conocer su escritura de ficción con la contundencia de toda una vida de intervenir, militar, poner el cuerpo. Y puso a todxs sus lectorxs de cabeza: la piba Cometierra, niña huérfana de madre asesinada por su padre, habitante de un suelo “tierra adentro” sembrado de sangres sin nombre ni sepultura, va a ser quien dé sosiego a vivxs y muertxs, quien apacigüe tanta luz mala a falta de orden comunitario y de un inconsciente ideológico colectivo que preserve la vida en lugar de depredarla. La caperucita de este conurbano en pleno siglo XXI es la hija del lobo, la que no tiene madre ni advertencias ni abuela ni pastelitos para configurarse una infancia, la que le viene a decir al mismo leñador cuáles son los caminos que hay que tomar para no morir en el intento.

La novela fue editada por Sigilo (Maximiliano Papandrea, Vera Giaconi) con una portada bellísima de Jazmín Varela y presentada por Selva Almada y Julián López. En la presentación, Selva señaló la solidez de la voz de la Cometierra, contundente desde la primera escena: “la jerga del conurbano, algo ya habitual como gesto político, es también un gesto poético. No sólo hay una búsqueda del verosímil sino la conversión en una lírica, que prolifera en zonas precisas: no hay documentalismo ni etnografía sino el lenguaje del universo que ella está contando”. Así es, la mirada de la Cometierra no ofrece aditivos ni lugares comunes que busquen una identificación. A eso se suma la ausencia de paisaje, que asoma sólo en leves trazos: “le da un carácter universal al texto, podría ocurrir en cualquier periferia. Es un libro que desde el título conoce la tierra, sin embargo en ese paisaje no crece nada. La única expresión de la flora es la pasionaria, una enredadera que hay en el rancho, planta que crece en cualquier lado: vías, alambrados, grietas. La pasionaria es la posibilidad de algo que crece donde no crece nada, que se hace frondosa en zonas muy precisas, como esa lírica”, comentó Selva.

Este despliegue lírico, no obstante, no detiene la trama: la novela es episódica, tiene peripecia, intriga, resolución. Dolores cuenta que primero tuvo una imagen: vio a Cometierra de espaldas, su largo pelo negro, frente al cementerio. Luego abordó el lenguaje. Los femicidios, omnipresentes, avanzaban sobre la trama; sabía que todos los personajes iban a ser carne de ese lugar. “El personaje adquirió voz propia: fue seguirla y no traicionarla”, recuerda.

Julián, por su parte, reflexionó acerca de lo que ocurre con esos cuerpos de pobres que el Estado condena al desamparo. “La tragedia de esos cuerpos está íntimamente ligada a la tierra. Las mujeres, las matanzas indígenas, la relación con la repartija de la tierra. Se oculta el cuerpo y vuelve al contacto con la tierra. Siempre me pregunté acerca de la posibilidad de despedir a los muertos, poder hacer algo con ese cariño ido”, dice Dolores, atenta y temprana lectora de Sófocles, de las lápidas que son el largo adiós, de Chicas muertas, de los femicidios de Melina Romero y Araceli Ramos, a quienes dedica el libro, como a todas las víctimas de femicidio y sus sobrevivientes. A tantxs hijxs que quedan pegados a ese hueco de sus historias, tapadas por el misterio y las falsas verdades.

Los géneros policiales vienen atravesando tiempos y geografías para hablar a las claras de las sociedades que los gestan: ya se sabe, cuando no hay justicia ni dioses ni testigos que vengan a echar los güesos al camposanto, son los cuerpos los que hablan. Como si dijeran: “sí, yo soy la podredumbre que ustedes labran, asesinxs. Pero elevo mi muda voz para vencer la muerte”. Como una pitonisa o una médium, la piba Cometierra pone su cuerpo para darla a quienes fueron acalladxs por el lobo, por la manada, por un orden jurídico que se ríe de la desgracia y planta bandera en el Reino del Revés.

Bienvenidxs, todxs, a esta historia. La de este espacio en el que una niña, huérfana, pobre, es quien hace Justicia desde la entraña de la tierra. Ahí, desde el hondo bajo fondo donde se oculta la luz.