Contar desde las calles, porque la belleza es un derecho

Por Nadia Mayorquín

Nadia Mayorquín entrevistó a Daniela De Angelis, una docente que lleva adelante talleres literarios y de alfabetización para personas en situación de calle. Un intento de aportar herramientas y belleza para aquellos que hoy el neoliberalismo arroja violentamente a los márgenes.

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No es cierto que el amor o el terror nos enceguezcan:
es la indiferencia la que nos enceguece

(James Baldwin, 1975)

Las personas en situación de calle pertenecen a uno de los grupos más vulnerables, con cada persona atravesada por una historia y una realidad que le sustrae la dignidad y el derecho a un techo donde protegerse de la adversidad. Tener un techo es una necesidad básica, un derecho humano. La ciudad hostil, como una cárcel, provoca muertes pequeñas que ocurren cotidianamente: morirse de hambre, morirse de frío, morirse de odio o morirse de suciedad, sin morir del todo e invisibles a la mirada ciudadana.

Estos últimos cuatro años de políticas económicas neoliberales, diseñadas por el FMI y  ejecutadas por el gobierno de Mauricio Macri en tiempo record, afectaron más a los que menos tienen, como siempre. Pero en este contexto aparecen las pedagogías de la ternura y surgen proyectos y propuestas profundamente humanistas y solidarias, como lo prueba Daniela De Angelis.

Daniela vive en Temperley y es docente en dos colegios privados en Burzaco y Glew, donde dicta Prácticas del lenguaje y Literatura, pero lo que más le apasiona es alfabetizar. “Si pudiera elegir me dedicaría a trabajar en una institución con pibes y pibas en situación de calle, enseñar literatura o incluso alfabetizar, elegiría eso, es lo que amo, si pudiera elegir un trabajo institucionalizado elegiría ese, en un marco institucional y colectivo trabajando con las personas más debilitadas del mundo”, cuenta.

Esteban Alzueta Rodríguez aborda el fenómeno en su libro, Vecinocracia: Olfato social y linchamientos (2019): “Todos los días, apenas ponemos un pie en la calle, sorteamos montones de “cosas”, entre ellas vagabundos, mendigos, cartoneros, trapitos, freakys de todo estilo y color y, por supuesto, a los niños de la calle. Nos sentimos el centro del mundo pero negamos al resto que nos rodea, sobre todo si no comparten nuestros estilos de vida, tienen otras pautas de consumo, otros modales, usan otras palabras, hacen otros gestos, La indiferencia es la manera que elegimos para recorrer la ciudad”.

Alfabetizar para desalambrar

Alfabetizar críticamente para desalambrar (como bellamente lo plantea el compañero Daniel Viglietti). Alfabetizar para dar cuenta de experiencias educativas diferentes, no escolarizadas pero igualmente significativas, profundamente necesarias. Alfabetizar como práctica libertaria, en el sentido de lo pensado y actuado por Paulo Freire. Alfabetizar para saber, para conocer, para nombrar el mundo. Alfabetizar porque, como lo plantea Philippe Meirieu en su ensayo Frankenstein educador (1998), “sería una extraña educación aquella que renunciase de golpe al horizonte posible de una dimensión universal en la que pudiera haber concordancia entre los hombres […] Enseñar es tratar de comunicar lo más grande y lo más hermoso que los hombres han elaborado pero también es, por definición, tratar de comunicárselo a todos”.

Sonámbula: ¿Es el primer taller de escritura para personas en situación de calle que realizás?

Daniela De Angelis: -Mi primer acercamiento a la alfabetización fue años atrás -en el 2015-, en una de las cárceles de Rosario, la llamada Sexta. En esa ciudad tuve mi primera experiencia con la tarea de alfabetizar gracias a una formación recibida de maestros cubanos, quienes me convidaron a conocer en profundidad su programa de alfabetización “Yo sí puedo”, que fue llevado a 130 países y transformó la vida de más de 10 millones de personas hasta entonces analfabetas. A partir de esa experiencia con personas en situación de encierro, con mi hijo nos propusimos también hacerlo durante tres días a la semana, en el turno noche, en el Colegio Nacional de Rosario, al que asistían hombres y mujeres que nos habían contado con la posibilidad de acceder a algún tipo de escolaridad formal.

¿Cómo surge la idea del taller con personas en situación de calle?

-A través de una convocatoria de los y las compañeras que forman parte de Ciudad Sin Techo, organización que trabaja desde hace muchos años con la problemática de las personas en situación de calle en Capital Federal. Todos los días jueves, a partir de las 17, instalan un gazebo como punto de encuentro y reunión frente al Congreso. Ellos estaban al tanto de mis experiencias en cárceles, villas y barrios de Rosario, donde coordiné talleres similares. Nos reunimos, lo charlamos y coincidimos en la mirada acerca de la necesidad de apertura y permanencia de un espacio donde las voces de las personas en situación de calle lograran no sólo ser convocadas y visibilizadas, sino protagonistas desde una apropiación cierta, real. Un trabajo lento, continuo y vigoroso sobre la escritura para que nadie desde el afuera se convierta en “portavoz de”, sino que se pueda hablar desde la propia lengua, desde la experiencia propia. Por otro lado, el analfabetismo no deja de agudizar el desamparo, la falta de empoderamiento y la desprotección.

¿Quiénes están en situación de calle? ¿Cómo son esos primeros encuentros?

-La idea inicial fue la de abordar dos talleres diferentes: uno focalizado en la alfabetización y otro en la escritura poética. La idea de cada encuentro es la que primó desde el primer día: no sentir el desaliento frente a la ausencia de quienes habitan en las calles. Digo esto porque el trabajo del taller se diferencia notoriamente de cualquier otra experiencia, no ya por las singularidades y subjetividades inherentes a cada taller o experiencia educativa, sino por todo lo que eso implica en la realidad cotidiana de quienes padecen la situación de calle.

En la calle habitan quienes han sido despojados de todos los derechos, sometidos a las leyes y normas de la deshumanización. Habitan nuestros vecinos, nuestros compañeros que, por distintas razones, fueron y son expulsados de todos los sistemas de producción, creación y apropiación, ya sea material o simbólica. Galeano lo escribe nominándolos como “los nadies”, los arrojados de la pobreza al vacío que es decir, de los márgenes, a la nada humana. Los encuentros, desde el primer día, están atravesados por el afecto, el abrazo, la escucha, la paciencia amorosa. Sin amor no hay aprendizaje posible.

-¿Quiénes se acercan al taller?

Es fundamental aclarar que cada vez son más quienes se encuentran en esta situación. Recuerdo el caso de Ramón, que se acercó un día de lluvia con sus pocas pertenencias, porque en verdad llovía a rabiar. Se acercó por eso, había sido mozo en La Biela, había viajado y trabajado en España, pero debió volver por asuntos familiares y se quedó sin trabajo y casa. Ramón había pertenecido a lo que llamamos clase media. Otro que se acercó fue Gustavo, un compañero uruguayo en situación de calle, que vino al taller de alfabetización para contar que desea seguir estudiando el secundario y que necesita ayuda con los papeles.

El taller se realiza en el Centro Cultural “El Hormiguero”, de Hipólito Yrigoyen al 1440, que puso a disposición el espacio como un enclave territorial. Se acercan al espacio quienes se enteran. Y no son muchos los que acceden a la información, ya que estar en situación de calle no sólo implica no contar con internet, sino que además, el ocio -en contra de los imaginarios que se gestan- no existe para quienes están en esta situación. Hay que deambular por las calles buscando una esquina para acomodar el colchón, buscar alimento y agua, baño, lugar donde asearse y lavar la ropa, vender lo que se recolecta a fuerza de la tracción a sangre con el carro. No hay tiempo libre en la calle. La calle todo lo devora: cuerpos, vidas, tiempos, lazos, intimidades. La calle devasta y enferma.  Muchos, además, tampoco saben leer. Se acercan cuando se los convoca, boca a boca.

Trabajar sobre la apropiación de la lectura y de la escritura con personas en situación de calle constituye una experiencia muy diferente a la de las cárceles, ya que si bien en ambos casos existe el despojo, la carencia y la invisibilización, la calle violenta continuidades, nudos y lazos: en definitiva, socava y perfora a los sujetos, a sus subjetividades y temporalidades. Quienes padecen la situación de encierro, esperan que algo acaezca; la cotidianidad está atravesada por diferentes rutinas impuestas y hay una suerte de percepción medieval en cuanto al tiempo: los minutos y las horas se cuentan en función de algo que acontecerá. Se habita en la espera. Por el contrario, quienes están en situación de calle habitan el sobresalto, la vertiginosidad, el no-descanso. En ambos casos el daño resulta atroz.

-La calle priva, está claro. ¿Entonces qué pasa con el deseo?

-El deseo es aquello que nos sitúa frente a lo posible, a los posibles. Está ligado a aquello que afirmamos y que nos (re)afirma, nunca ligado a la negación. La calle niega. Pensarla como territorio nos abre interrogantes en torno a las construcciones, al espacio y su significatividad; exterioriza discursivamente el mandato impreso en los escenarios cotidianos de interacción que la modernidad le asignó a los sujetos. Posee un sentido doblemente revelador donde se legitiman relaciones de subordinación-poder que, desde el imaginario, urden acciones disímiles: por un lado, una praxis potencialmente transformadora y, por el otro, una praxis de la simulación.

Para Pierre Bourdieu, el peso y el valor simbólico del espacio fija umbrales. La calle podría definirse, entonces, como el lugar en el que el mundo se invierte: el afuera y el adentro, lo público y lo íntimo, la civilización y la barbarie. La calle ya no es el espacio público, porque ha sido privatizada por los negociados del Estado. Ya en el 2002, en una entrevista publicada por La Nación, el actual presidente Mauricio Macri dejó en claro la perversidad de las políticas que actualmente lleva a cabo afirmando que es tan delito robar la basura como robarle a un señor en la esquina.

Es interesante pensar que cuando hablamos de quienes atraviesan por esta situación decimos: “personas en situación de calle”. No es posible definir cuáles calles, porque son todas, y fundamentalmente porque la calle no es un lugar para vivir. La calle no es un lugar. En ese sentido, Marc Augé define los lugares como aquellos que resultan identificatorios, rectores de sentido para quienes los habitan y también poseedores de prohibiciones, posibilidades y preceptos. Los no lugares, en oposición a la definición de lugar desde una perspectiva antropológica, se caracterizan por la ausencia de relaciones de identidad con un territorio, con sus semejantes y con los otros por parte de aquellos que los ocupan.

En esta contingencia, el deseo se vuelve irrepresentable, invisibilizado, anulado. La pregunta que nos interpela desde los talleres es quiénes y cómo transformar(nos) desde alguna apropiación -la lectura, la escritura, la poesía- para subvertir esa irrepresentatividad del deseo que impone la violencia del Estado y de algunas de sus instituciones.  En tanto militantes, compañeros, humanos, debemos ser capaces de asistir puesto que, como dice Estanislao Antelo: “Asistir es responder, estar en un lugar. El que asiste, está presente”. Y estar presentes significa garantizar y dar lugar a la igualdad, las tradiciones, experiencias y deseos sin olvidar que en la asimetría constitutiva de la relación con la otredad se funda la posibilidad de construir y resignificar prácticas que conllevan a la memoria, a los derechos humanos, a la responsabilidad de asumir la propia responsabilidad frente al amparo y protección que otros necesitan y que le son violentados y masacrados. 

-Es decir, contar desde las calles.

-Sí, claro. Contar desde las calles para que la poesía desguace la naturaleza domeñada de las palabras, sus imaginarios porque la belleza es un derecho. Como lo es la belleza que la poesía nos acerca. Quienes se encuentran en situación de calle no pueden ni deben estar excluidos de ese derecho. Me pregunto: ¿Cuántos o cuántas compañeras que se encuentran en esta situación son convidados a las presentaciones de libros, a encuentros de poesía, a leer, a relatar, a imaginar otros mundos posibles o a escribir “como puedan y sepan” en los circuitos culturales que muchos de nosotros conocemos y transitamos? La respuesta, lamentablemente, es como un puñetazo en la nariz, en la boca del estómago.

Cualquiera de nosotros puede escribir poéticamente sobre la calle, la pobreza, las villas, lo humano del hombre pero en verdad, seguimos siendo portadores, traductores de una voz que no nos pertenece porque permanecemos por fuera de. La idea del taller de poesía es que los mismos compañeros y compañeras que atraviesan por esa problemática terrible, sean quienes puedan darle tono, espesura, cuerpo. La calle vacía y desaloja, pero la escritura y la lectura territorializan, arraigan, libertan. De eso se trata.