Contar la lluvia: poemas entrerrianos de Gabriela Borrelli Azara

Las provincias argentinas tienen tres clases de nombres: los de santoral o heredados de España, que son mayoría, los que conservan el eco de las lenguas de América, y los descriptivos. Estos últimos, aunque sencillos, remiten en su belleza a imágenes soñadas: Tierra del Fuego, Buenos Aires, Corrientes, Río Negro, Misiones, Entre Ríos. Allí, donde la omnipresencia del agua logró sobrepasar al santoral, escribió Gabriela Borrelli Azara estos poemas: “Pasé los primeros días de diciembre de 2017 en una chacra en Entre Ríos. Compartí doce días con artistas geniales y generosos (por esto último tal vez lo primero). La residencia a la que nos convocaron se llama El potrero. Y ahí mismo queda la Chacra Las Gurisas, en Colonia El potrero, a 40 kilómetros de Gualeguaychú. Una zona rural signada por la vida de campo pero también por la cercanía del hermoso Río Uruguay. Una zona donde todo está mezclado: el sosiego de los colores del sembrado con el flagelo del glifosato. El sonido incesante de los pájaros con los bombazos de las calderas de Botnia. El paisaje humano que logran las maestras que dan clases a 7 grados diferentes en una escuela que mantienen a fuerza de ganas y amor con la alegría triste de las pulperías. El sonido de la lluvia que no se anticipa y corta los caminos. Lo que más me impactó es esa posibilidad de volver a sentirme chiquita e insignificante frente a algo tan hermoso y común como la lluvia. No tener dónde ir ni tampoco para qué. Quedarse como las florcitas, gozándola. De ahí estos dos poemas. Quería contarles otra vez más, la lluvia”.

Coordenada de parto de la poesía regional, la mesopotamia baña esa relación narrada por Juan L. Ortiz en El Gualeguay. Nadie contó la lluvia como Saer, suele decirse. Nadie barajó el agua como Viel Temperley. Nadie la canta como Liliana Herrero. Entre esos ríos que abrazan la tierra y los cuerpos, direccionados y a la deriva de la palabra, tomaron forma estos poemas que vienen a contarnos, de una nueva vez, el agua. Es ese entorno el que despierta el deseo de mestizarse en metamorfosis que no reconozcan límites entre especies. El agua es el vehículo que habilita toda esa posibilidad, y a la vez la que da aviso, la que maneja el ritmo, los tiempos, las pausas.

Gabriela Borrelli Azara (Buenos Aires, 1980) es escritora, locutora y periodista especializada en crítica literaria. Es conductora de radio, coordina talleres de poesía y escribe sobre literatura para diferentes medios. Edita junto a Tom Lupo la sección “Poesía Maldito pan” en la revista Maten al mensajero. Es responsable del sitio www.lejosdeesteves.com.ar dedicado al arte y la literatura y del ciclo de lectura de poemas en la Plaza del Lector del Museo del Libro y de la Lengua “Poesía Ya”. Publicó Océano (Lamas Médula, 2015).

Curaduría y notas: Lali Destéfanis

 

 

(Sin título)

Quiero casarme
con una hamaca paraguaya.

Ponerme las bermudas plumantes
de los gallos

lucir mi panza,
como las perras
cuando se rascan
la espalda contra el pasto.

Tener dientes nuevos
como cachorros
que los prueban todo el tiempo.

Y así, con bermudas, hamaca y panza
viajar a Williamsburg,
desayunar con frío y lluvia.

Recordar
cómo los patos
esconden sus piernas cortas
para volverse pura cadera.
No se  sabe qué añoran: el agua o la tierra.

 

Tranquera

1.
Es apenas
un movimiento
distinto.
Una luz que se va
volviendo agua.
Una amenaza
lejana
que se acerca
igual que el amor se va
o los perros se retiran
a morir en soledad.

E igual que la muerte o el fin del amor,
la lluvia corta los caminos.
Forma el barro para que nada se pueda mover
y todo quede contemplándola.

Caballos,
perros,
flores,
nosotros.

2.
(Domada por el paisaje que impone sus tiempos)

2 y 1/2.
El del caballo que no le teme,
que la espera paciente,
como si nada.
El de la flor mimosa que se cierra,
o el de la magnolia que se inquieta.

El de los árboles que le bailan
en el susurro,
el de gallinas que aceleran el paso.

4.
O el tiempo de las vacas,
que se mueven lentamente
y la reciben con elegancia.

5.
La lluvia se le anima
al campo cuando el dorado
está por explotar,
cuando el plomizo pareciera
aplastar a los árboles.

6.
Solo yo corro.
Mientras el paisaje
sosegado
me ve en mi inútil tarea.
La
de llegar donde no llueva.

7.
(¿para qué?
Parece
preguntarme la tranquera)

 

 

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