Cuatro años sin la yegua

Por Pedro Perucca

Sonámbula recuerda al inmenso Pedro Lemebel, a cuatro años de su muerte. Un autor único, defensor de la diferencia y de la memoria que sigue más presente que nunca en la literatura latinoamericana.

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Chile es un país difícil, particular. Seguramente eso tenga mucho que ver con 17 años de dictadura. Casi dos décadas de Pinochet en el poder han dejado huellas profundas. Si fuera sólo por las crónicas de los medios masivos de comunicación, que no se cansan de mostrarlo como ejemplo de neoliberalismo exitoso, uno podría creer que Santiago es Miami, el primer mundo. Pero sucede que Chile también uno de los países con la mayor brecha entre ricos y pobres de América latina. Pero esos son sólo estadísticas, números, abstracciones.

Fue Pedro Lemebel quien nos dibujó una nueva cartografía de la capital chilena y nos hizo conocer la música, los olores, la mitología y los dolores de los deciles más bajos de su sociedad. Específicamente de los marginados incluso dentro de los excluidos del sistema, los putos pobres. Cultor de un “estilo bastardo”, a caballo entre el periodismo y la literatura, siempre puso su pluma, su voz y las partes de su cuerpo que fueran necesarias para darle voz a esa marginalidad particular, sin pretender hablar por ella y apenas apuntando a “decir algunas cosas respecto a ciertas injusticias”.

A pesar de sus famosos roces con una cierta izquierda homofóbica, nunca sintió la necesidad de desmarcarse de sus elecciones juveniles. Hasta los últimos días sostuvo que la suya también era una literatura de denuncia, hasta de partido, si lo apuraban un poco: “Denuncio a los agentes criminales que andan por la calle, denuncio al asesino de Víctor Jara. Mientras me quede voz denunciaré todas esas cosas, mi memoria está intacta en ese sentido y mi corazón a la izquierda también”.

Nació en noviembre de 1952 en el “harto pobre” barrio La Legua de Santiago, a orillas del Zanjón de la Aguada, un canal de riego que desemboca en ese Mapocho al que le supo cantar Jara, un riachuelo pestilente que atraviesa a la capital chilena, que en dictadura solía amanecer sembrado de cadáveres (en 2011 el presidente Piñera prometió convertirlo en “un río limpio y navegable, un discurso que ya hemos escuchado por aquí).

Hijo de un panadero pobre, Lemebel en ese entonces compartía nombre con su padre: Pedro Mardones. Después de titularse como profesor de Artes plásticas fines de los 70, comenzó a dar clases pero fue rápidamente despedido por su indisimulable pinta de loca. Pudo sobrevivir dictando talleres literarios en parte gracias al relativo éxito que le brindó en 1983 la obtención de un premio literario por su cuento “Porque el tiempo está cerca”.

Le gustaba contar que cuando algunos periodistas fueron a entrevistarlo por el galardón preguntaron por Pedro Mardones y su padre creyó que lo buscaban a él y que venían del programa Sábados Gigantes, conducido por Don Francisco (“esa virgen obesa de la televisión”). Al día siguiente un par de diarios publicaron su cuento “enfermo de gay” y la foto de su padre al lado del texto. Allí decidió cambiarse el nombre artístico “porque mi papá no tenía porque cargar con mi asunto sexual”.

Lemebel era el apellido materno. Y su madre, Violeta Elena, fue una figura trascendental para Pedro. Algunos años antes de morir ya había decidido que su sepultura fuera junto a su madre y mandó a tallar en su lápida “Aquí me quedaré por siempre. Atado a tus despojos, mamá. Pedro Lemebel”. El 24 de enero de 2015 finalmente ocupó el lugar elegido en el Cementerio Metropolitano.

Ojo de loca no se equivoca

Fueron 62 años aprovechados al máximo. En los 80 su vida artística fue mucho más allá de la literatura. En 1986, ya cercano al Partido Comunista Chileno, decide presentarse en una actividad partidaria con tacos y maquillado con la hoz y el martillo en su cara para leer el famoso manifiesto “Hablo por mi diferencia”. En ese discurso entre el cuento, la poesía y la crónica se atrevió a plantearle a la viril militancia revolucionaria la necesidad de ir más allá de una lectura reductivamente clasista e incorporar el tema de la diversidad sexual.

Lemebel sabía que ese texto era su “hit”: “Funciona siempre, han pasado los años y en todas partes funciona, porque es una apelación a la izquierda”. Allí hay cuestionamientos a los países socialistas, al marxismo “que me rechazó tantas veces” y a esa izquierda que “transa su culo lacio en el Parlamento”, pero no se trata de una crítica externa sino dolorosamente interna. Ni en sus momentos más polémicos contra la indefendible homofobia del comunismo cubano de los 80 dejó de reivindicar y defender al “bello y orgulloso pueblo cubano que así vive su propio sueño, su propia utopía aún vigente, la cuestionada osadía de ser independientes, de querer tener un sistema social más justo”.

De esos años proviene su amistad con Gladys Marín, histórica secretaria general del PC chileno fallecida en 2006. En una famosa entrevista de aquella época le pregunta a la joven candidata si en su tren de campaña tendrán cabida “todos”, mientras se abanica mariconamente con un periódico del partido. Luego lee abrazado a ella un texto sobre la búsqueda de “un lugar digno donde podamos respirar libertad, justicia y oportunidades sin besarle el culo a nadie”.

En 1987, con la dictadura ya en retirada pero aún peligrosa, fundó junto a Francisco Casas el grupo performático “Las yeguas del Apocalipsis”, con el que llevaron adelante una veintena de intervenciones famosas, mayormente saboteando encuentros culturales y eventos oficiales. “El nombre ya era una agresión”, reconoció luego. Allí se aludía al temor apocalíptico a la novedosa “peste rosa” tanto como se hacía bandera de lucha una palabra peyoratira para las mujeres.

Nacidas de la necesidad de “hacer algo frente a esta demanda homosexual, frente al SIDA, frente a los derechos humanos que estaban siendo violados terriblemente”, sus irrupciones performáticas salvajes (“Cuando nos dijeron que lo que nosotros hacíamos se llamaba performance nos encantó”) siempre tuvieron un claro sesgo político. Las yeguas irrumpieron en la entrega del premio Pablo Neruda a un poeta, besaron al futuro presidente Lagos en la boca, cabalgaron desnudas por el campus de la Universidad de Chile. También se enterraron en cal como los cadáveres de las víctimas de la dictadura, caminaron sobre vidrios para intentar dibujar un mapa de América con sangre, se prendieron fuego en el elefante blanco del inconcluso Hospital del trabajador.

Con la democracia Lemebel continuó publicando sus crónicas, muchas de ellas escritas para ser leídas por su programa de Radio Tierra Cancionero. Le gustaba que sus textos llegaran a gente que jamás hubiera comprado unos de sus libros (porque, como decía, costaban tanto como el pan de la semana para una familia). Por eso gustaba de publicar en los diarios y amaba la radio casi tanto como cuestionaba a la TV. Decía que le tenía “asco” a la televisión, que la pantalla era “feroz” y recordaba algunos de los escándalos protagonizados en sus pocas apariciones en el medio. También decía que te hace muy gorda.

Literariamente, el reconocimiento internacional le llegó con la publicación en 1999 de Loco afán: Crónicas de sidario por la editorial Anagrama, gracias a las gestiones incansables de su amigo y admirador Roberto Bolaño. En 2001 publica su primera novela, Tengo miedo torero, una historia de amor en parte autobiográfica durante el atentado contra Augusto Pinochet de septiembre de 1986.

Su vida fue también una interminable cadena de provocaciones, desde una extemporánea pelea con Silvio Rodríguez hasta una polémica callejera con el ministro de Cultura de Chile, Cruz Coke (en desabillé y con un novio ecuatoriano de la mano), pasando por la promesa de ponerse tetas con los 50 mil dólares del Premio Donoso obtenido en 2013. Lemebel era plenamente consciente de que esas irrupciones cimentaban su figura de personaje contracultural y no dejaba de cumplir. Pero siempre sin faltar a las Fiestas de los Abrazos de enero del PC ni a las marchas del 11 de septiembre (“el día más brutal de nuestro calendario”).

En sus últimos, además de sus problemas de salud (en 2011 se le diagnosticó el cáncer de laringe que finalmente lo llevaría a la tumba), estaba más triste y desencantado -“cansado con el quehacer, con la cultura, con la política, con el arte, entre comillas”. Pero siempre supo conservar el oído atento a la voz del barrio, de los bloques (nuestros monoblocks), de los pobres. “La esquina de mi barrio es un corazón donde apoyar la oreja”, decía.

Lemebel vivió y murió creyendo en un futuro mejor y apostando porfiadamente por la memoria: “Los cuicos (chetos, ricos) no tienen memoria, la memoria la manejamos nosotros porque a ellos no les conviene acordarse”.