El discreto encanto de la burguesía

Por Lorena Gall

Lorena Gall recorre los diez cuentos que integran Vírgenes infinitas, el segundo libro del escritor tucumano Diego Puig, para encontrar, más allá de sus diferencias, un eco de fondo que habla de las tensiones entre la satisfacción individual y las constricciones familiares en un mundillo de “aristocracia periférica en declive”.

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Si bien los diez cuentos que forman Vírgenes infinitas, el segundo libro del escritor tucumano Diego Puig, son muy diferentes entre sí, un eco de fondo resuena en ellos con mayor o menor intensidad. Todos hablan a su manera de una tensión entre la satisfacción individual y las constricciones del mundo familiar y social que, a la vez que nos sujetan, nos protegen de hostilidades mayores como el abandono y la ruina. Tomemos «Aniversario», el primero de los cuentos. En segunda persona, el narrador le explica a su pareja cuál es el sacrificio que tiene que hacer para ser parte de su mundo e integrase a los suyos: matar al perro. Este parece ser el relato modelo de la colección. Ser parte de la sociedad, ser considerado como alguien digno de afecto, admiración o cuidado, tiene un costo. La madurez consiste en aceptar que no se puede cambiar la sociedad sino en tratar de que ella nos acepte. Pero Puig, lejos de criticar ese sometimiento, procura abordarlo con ojos condescendientes. Si esas formas sociales han sobrevivido al tiempo, por algo habrá sido. Intentar rebelarse contra ellas nos enfrenta a la soledad, la ansiedad y el sinsentido.

En «Vírgenes infinitas», el cuento que da nombre al libro, se cuenta la historia de May, una mujer de la clase alta de provincias que decide tener un hijo sin padre. A cambio, elige fortalecer la alianza con otras mujeres de su clase y situación. Su rebeldía es modesta, hace lo que puede sin desclasarse. Los personajes de Diego Puig no buscan romper el statu quo sino, por el contrario, utilizar los privilegios de clase para permitirse pequeñas disidencias.

Los personajes sufren también esa tensión entre sus deseos y el valor social de las cosas. La imposibilidad de escapar de las convenciones abre paso a la melancolía. En «The white bar», un chico y una chica juegan a resistir las ganas de tomar cocaína a cambio de encontrar el verdadero deseo que la droga reemplaza. Pero aquí, el descubrimiento es que el protagonista desea la cocaína antes que nada. Las otras satisfacciones que ofrece el mundo son en rigor el sustituto de ese estado en el que no se siente ninguna carencia. Ese estado no existe en la vida real. Es una adulteración de lo posible. En este cuento, el valor social de las cosas es llevado al extremo «mi deseo está puesto en la comida más cara que pueda conseguir» y otra historia paralela se nos cuenta como alegoría y aprendizaje: la de un niño cuyo padre se ve enfrentado al dilema moral de si responder o escapar del bullying que le hacen sus compañeritos. Este cuento quizá abre la pregunta más difícil que podemos hacernos: ¿nos sometemos a la violencia de la sociedad o intentamos aprender a ejercerla para que otros no la practiquen sobre nosotros?

En «Doña Sofía», el narrador cuenta su historia de amistad con el príncipe Felipe y su madre y, paralelamente, su relación con Titina, una chica con discapacidad de la que hace mucho tiempo no tiene noticias. Titina es incapaz de reprimir su pasión: el amor que siente por su maestra Marina. Así se vuelve una presencia inadmisible en la vida del narrador quien nos cuenta, como una confesión, cómo a medida que crecía iba renunciando al afecto que lo unía a Titina a cambio de ser aceptado por los otros: «Yo era popular y veía por sobre mi hombro cómo los demás se alejaban cuando ella se acercaba».

En «Beirut», el narrador nos cuenta la relación con la persona que más quiso, Adi, y las convenciones del mundo gay de alto consumo. El cuento es una evocación de las elecciones de su mejor amigo, quien, a diferencia de él, no tiene dudas sobre qué conviene hacer en la vida: tratar de comer de la mejor porción de la torta y para ello, hay que adecuar las pasiones puras a conductas plagadas de clichés, torpezas e hijadeputeces. En este cuento, como en el de May, el narrador vuelve a sugerir que para las clases altas hay licencias: no se trata siempre de doblegar las pasiones sino de ejercer la doble moral: «De cinco a seis en un mismo auto, levantaban travas. Porque en Argentina nadie es hombre si no ha pagado una de esas señoritas».

En «PH» se nos cuenta una vez más, aunque desde otro ángulo, el precio que se paga por ser parte de una familia. Se puede elegir hacer el camino propio -a riesgo de quedarse sin nada- o tomar el camino del heredero. El protagonista de esta historia hereda el negocio familiar de la elaboración de peache (un eufemismo de papel higiénico). Aquí se despliega toda una filosofía de las relaciones familiares como redes de cooperación eficientes pero no por ello, proveedoras de felicidad: «Fue un llamado al deber y entendí, con orgullo, que estaba eligiendo hacer algo que no quería. Pero también era mi manera de quererlos, de tener una familia y ser digno de ella». El protagonista se convence de que no siempre resignar deseo por seguridad es una mala opción porque ¿qué ofrece este mundo a los que eligen sacar sus pies del plato? A diferencia de literatura antiburguesa, estos cuentos parecen decir más bien que la realización del deseo individual está sobrevalorada (podríamos sugerir que es, además, la manifestación burguesa por excelencia), «el estallido de una crisis tiene un sabor dulce si se atraviesa en compañía. Una familia es más familia en esos momentos, en los comentarios apretados de pasillo, en las caras de preocupación y sus silencios elocuentes

La crítica a las formas burguesas igual aparece y disloca los textos: «Lo peor de la primaria y de la secundaria, en colegios privados de segunda línea, donde la amistad siempre va de la mano del resentimiento, la crueldad hace juego con la intimidad y todo esto dentro de una matriz de competencia social tan afectuosa como descarnada». Si algo esconden estas redes son los orígenes de las cosas. No saber cómo ha llegado a mis manos esta comodidad genera también un ajuste a cálculos equivocados. Por eso, es mejor saber a qué estamos atados y con qué fin. No hacerlo nos hace correr el riesgo de volvernos inútiles o resentidos. El protagonista de PH, en cambio, es consciente de las ventajas que tiene respecto de otros solo que decide limitarse a sacar provecho de ello: «Ahora sé que una empresa familiar no es justa y por eso me recuerdo a mí mismo que me he convertido en el conejo porque quise. Lo hago por mí, como una cuestión de amor propio». Como lectores, no podemos dejar de preguntarnos: ¿quién soy yo para juzgarlo?

En el cuento «Delta» se narra la historia de un zombie triste que se enamora de uno alegre que luego se suicida. Este cuento se distancia de los otros por su verosímil fantástico pero también por una adjetivación muy heterodoxa: «joven precoz y diáfano», «dulce general» «sexualidad tranquila y rancia» y quizá funciona como alegoría del mundo. La guerra se dirime entre «tristes» y «alegres» pero los tristes no necesariamente tienen un peor destino.

En «Los gatos», como en «Doña Sofía» se relatan los hábitos de las clases altas con algo de nostalgia por las representaciones que de ella supo hacer nuestra literatura del siglo XIX al exaltar sobre todo la buena conversación, una práctica que se ha perdido en las clases altas contemporáneas. En este cuento también se explicitan las dificultades para sobrellevar el prosaísmo de la vida, algo que parece, las clases altas aceptan con más facilidad que los intelectuales o artistas. «Mi madre considera que sin la tolerancia al tedio, no es posible el amor. Y yo, todavía hoy, vivo de fiestas, de viajes y de la buena conversación. A veces solo quiero enamorarme», dice. En el intento de llenarlo todo de sentido, el narrador ridiculiza los resultados: «Los tipos de mujeres que me habían gustado a lo largo de mi vida: las de bordes desprolijos, las de bordes difusos, las de sonidos férreos, las caóticas». La distancia emocional atraviesa a los personajes, pone un abismo entre ellos y las pasiones: «Dejé escapar el frio del aire acondicionado y me decreté enamorado. Con o sin aburrimiento».

La más melancólica y quizá la mejor de todas, es la historia Balta, un chico de 16 años enamorado de Dawson, un actor del porno gay. Balta busca alguna experiencia significativa en las drogas y el sexo compulsivo a través de fiestas, orgias y clubes bareback. «Seguirá latiendo dentro de él la curiosidad por que le paguen, con dinero o cocaína, para que se entregue, lo usen varios hombres, lo filmen, alguien vea esas películas y lo infecten mientras una boca cálida y suave le haga el amor», escribe.

En la contratapa del libro, Hernán Vanoli afirma que esta colección de cuentos traza «una antropología de las aristocracias periféricas en declive, que por momentos lo acerca a la lírica asordinada de Ishiguro». El aspecto antropológico del libro es potente porque los cuentos parecen mostrar una y otra vez las complejas tramas que han construido los hombres para sobrevivir y lo poco que han conseguido para ser felices. 

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Vírgenes Infinitas, Diego Puig, Mulita Editorial, 113 páginas.