El Irlandés, o el ocaso de los ídolos (de la mafia)

Por Gonzalo Hernández

Gonzalo Hernández reseñó el discutido largometraje de Scorsese para Sonámbula, ubicándose claramente en el equipo de los defensores de este regreso otoñal al mundo de la mafia. Sin medias tintas, lo considera como la última obra maestra del director de Buenos muchachos.

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La película transcurre en tres momentos que -si bien no están señalados explícitamente en sus fechas- son fácilmente ubicables por la serie de hechos históricos que les dan contexto, perfectamente reconocibles.

La historia principal, que refiere a los prolegómenos del asesinato de Hoffa, sabemos que tuvo lugar en 1975 (año de su desaparición). Allí presenciamos el largo viaje en automóvil que comparten Frank (Robert de Niro), Russ (Joe Pesci) y sus respectivas esposas. Ese viaje, que transcurre a lo largo de la película, tiene como excusa -y coartada- asistir a la boda de la hija del primo de Russ, Bill Bufalino.

Ese comienzo del film, siempre narrado por su principal protagonista, “El Irlandés” Frank Sheeran, permite introducir la historia de este personaje y el inicio de su vinculación con la mafia, desde que comenzó a proveerle carne de primera categoría que redirigiría desde el frigorífico para el cual se desempeñaba como camionero. Esta primera etapa transcurre a fines de la década de los cincuenta, cuando la Revolución Cubana asesta un gigantesco golpe contra los intereses de la mafia, que controlaba por entonces los muy importantes casinos de La Habana a través de dirigentes como Meyer Lansky y Sam Giancanna (sobre esta época se puede leer La neblina del ayer, de Leonardo Padura) Como bien sabemos, la posterior mudanza de estos casinos daría origen a la actual ciudad de Las Vegas.

La búsqueda desesperada que inicia la mafia por recuperar el control de la isla, la lleva al supuesto pacto -del que tanto se ha hablado- con Kennedy padre (Joseph) para llevar a la presidencia a su hijo JFK, y a que éste apoyara militarmente la invasión a Cuba y el derrocamiento de Castro.

Pero nada iba a resultar de acuerdo a lo planeado: el presidente electo sólo apoyó una operación clandestina -integrada sobre todo por cubanos disidentes- que desembarcó en la isla con apoyo de la CIA y terminó en un fracaso absoluto en las arenas de Playa Girón.

Esta “traición” de los Kennedy, que no sólo no apoyaron abiertamente la aventura de Bahía de los Cochinos sino que, en el caso de Bobby, se metieron  también de lleno con los intereses de la mafia dentro del territorio estadounidense, terminaría costándole la vida a ambos hermanos.

El tercer momento que desarrolla la película se centra en los últimos años de vida de Frank, que transcurren entre la cárcel, su hogar solitario -tras la muerte de su esposa- y el asilo de ancianos en el cual vive sus últimos días.

Se pueden trazar paralelos entre la película y otras grandes obras de la literatura, el teatro y el cine. Podríamos establecer algún punto de contacto, por ejemplo, con El hombre que amaba a los perros -la excelente novela de Leonardo Padura-, con La muerte de un viajante -la gran pieza teatral de Arthur Miller-, Forrest Gump -la memorable película de Robert Zemeckis- y también con Las invasiones bárbaras -el aclamado film de Denys Arcand-. 

Son muchas las tramas subyacentes que aborda la película, comenzando por la historia del sicario entrenado durante años para ganarse la confianza y llegar al círculo más íntimo de quién terminaría siendo su víctima. Más allá de las diferencias entre el asesinato de Trotsky y el de Hoffa, pueden encontrarse indudables puntos de contacto con la obra de Padura. La soledad en la que encuentra la muerte al protagonista y esa honda sensación de haber fracasado y vivido en vano, remiten a Muerte de un Viajante. La forma en la que Scorsese va citando múltiples y muy reconocibles hechos de la historia estadounidense -sin mencionarlos ni señalar el año- recuerda a Forrest Gump: la Revolución Cubana, el triunfo de Kennedy sobre Nixon, la invasión a Cuba, la crisis de los misiles, el asesinato de Kennedy, el Watergate y, finalmente, los bombardeos de 1992 sobre la Yugoslavia de Milosevic, ordenados por Clinton.

Por último, lo que trae a la memoria la gran película canadiense de Arcand es la temática -también central en la película- referida a la conflictiva relación entre padres e hijos, especialmente cuando los primeros se acercan al final de sus vidas. Es apasionante poner el ojo, a lo largo de las tres horas y media de proyección, en la relación de amor paternal que se va construyendo entre Peggy y Jimmy; quien deviene una especie de padre sustituto para la chica. Peggy, a lo largo de los años, ha ido construyendo una especie de muro que la aleja de su padre y de sus socios más cercanos, como Russ, encontrando refugio afectivo en Hoffa.

Con sus ojos increíblemente expresivos, la niña sólo tiene palabras de admiración y afecto hacia Jimmy, el nuevo amigo de su padre. Es necesario, entonces, centrarse en ese vínculo para entender por qué su desaparición marca el quiebre definitivo en la relación entre padre e hija.

El hecho que termina siendo definitivamente condenatorio para Frank resulta ser no haber tenido el impulso de comunicarse con “Jo”, la viuda de Jimmy, muy cercana a su familia, habiendo transcurrido ya 48 horas desde su desaparición, lo  que lleva a Peggy a preguntarle a su padre -en la única palabra que se le escucha como adulta-: “Why?”.

No debe dejarse de lado otro momento central de la película: en el momento en el cual la mafia decide acabar con Hoffa tiene lugar la tremenda escena en la cual Russ le obsequia a Frank el preciado anillo que sólo tres personas poseerán y, solo una de ellas de origen irlandés. Es enorme la significación que cobra ese anillo como símbolo definitivo de pertenencia a una élite de la mafia, por haber estado dispuesto a asesinar a quien debía previamente custodiar, una persona con la que además había construido un fuerte vínculo personal y familiar, casi fraternal. No es en absoluto secundario que Frank preserve y se aferre a ese anillo hasta sus últimos días, aun cuando -según el último interrogatorio al que es sometido- ya no quede nadie vivo a quien proteger con el silencio.

En síntesis: es una película maravillosa, verdaderamente imperdible. Una nueva muestra de la potencia del séptimo arte, en este caso para traernos una vez más ese apasionante género literario que es la novela histórica (El irlandés está basada en I Heard you Paint Houses, de Charles Brandt), donde realidad y ficción permanentemente se entrecruzan con límites difusos. Se podrá criticar que el póker de ases de De Niro, Pacino, Pesci y Kietel esté algo pasado en años a la hora de jugar esos papeles. ¿Pero quien se atrevería a prescindir de ellos teniéndolos a disposición juntos? Su reunión es un gran lujo que puede darse Scorsese y no lo criticaremos por hacer uso de ellos a lo largo de toda la película.

Para terminar, diría que es otra verdadera obra maestra la que logra el laureado director de Toro Salvaje, Buenos Muchachos, Casino y otras maravillas del cine. Gracias Scorsese por deslumbrarnos otra vez.