El rey ha muerto, ¡viva el punk!

Por Dolores Reyes

La 53º edición del Festival Internacional de Buenos Aires, que comenzó el día 5 y se extenderá hasta el próximo 21 de octubre, para después cruzarse a Chile, abrió con la esperadísima The Tiger Lillies perform Hamlet en la sala Martín Coronado del Centro Cultural General San Martín. Esta versión del clásico shakespereano está a cargo de la banda punk de culto inglesa y del elenco del Republique Teatre, de Dinamarca. Dolores Reyes nos cuenta cómo hizo para ver las tres únicas funciones que dieron en Buenos Aires.

Como todos los años, la primera aventura es hacerse de las localidades. En la página oficial de los Lillies hace semanas que contestan afirmativamente a los fans que  preguntan por sus shows en Buenos Aires -mientras que en Chile ya se venden los tickets hace quince días- pero aquí de entradas, nada.

Como jamás se presentaron en Argentina un par estamos que rebotamos contra el techo de ansiedad, planeando, de última, cruzar la cordillera para verlos. Finalmente, unos diez días antes del estreno, las entradas salen a la venta en la página del festival, pero con un detalle: sólo se venden como máximo dos por persona y para una sola de las tres fechas. Entonces saco dos plateas con el teléfono temblequeando en las manos y mis ojos siguiendo la cuenta regresiva de los cinco minutos que permite el sitio para comprarlas, un tiempo enorme para equivocarse metiendo los números de la tarjeta de memoria (estoy en el trabajo y no tengo la Visa encima)  pero pequeño para tener que acertarle. Tras un par de fallidos logro confirmar dos entradas a retirar de las boleterías del teatro para la función del viernes, así que sólo será cuestión de dar con otro fan que saque en algunas de las otras dos fechas para intercambiar.

Llego al San Martín hora antes para apreciar el circo deficiente que es, año tras año, la organización del Fiba. Cuatro empleados hacen tiempo mirando a sus celulares o a la nada mientras la única caja que atiende no da abasto. Casi no se avanza. Empiezo a desesperarme cuando dan sala y todavía tengo unas veinte personas adelante. Todos al borde  del estallido y si miro para atrás, la fila se extiende todo el ancho del teatro. Cinco minutos antes, una empleada sale y nos dice Vengan con sus celulares y somos un malón moderno intentando lo parece imposible: entrar, llegar a nuestras butacas antes que den las 20.

El espectáculo empieza veinte minutos más tarde con Martyn Jaques y su voz adictiva e hipnótica, acordeón en mano, preguntándose por todo sentido: “Cuál es el objeto de esta vida que llevamos. / La mugre y la furia, la necesidad neurótica. / ¿A dónde vamos, a dónde nos encamina? / El conflicto y la lucha, mientras la vida nos desangra. / Pecar, pecar, pecar…”,  mientras las caras de los cinco actores se recortan desde el fondo, como si fuesen muñecos. Un par de escenas después ellos le pondrán el cuerpo al fantasma del rey muerto, en tanto la melodía del piano de Jacques acompaña la voz en off del rey asesinado por la ambición de poder, mientas se forma su imagen proyectada en los torsos desnudos de los actores y las actrices. Una voz surgida desde la inmaterialidad de la muerte clama venganza y, para eso, se inscribe en la carne de los otros personajes. Para recibir la imagen del rey en su cuerpo, Ofelia está absolutamente desnuda. Todavía tengo su belleza extrema tatuada en las pupilas.

Una creería que el público del Centro Cultural San Martín que viene a ver Hamlet ya sabe que verá morir a Ofelia. Pero parece que no ya que de las nueve butacas que me rodean cuatro se vacían en el intermedio. Cuando se encienden las luces, alguien a mi lado pregunta si la obra terminó y el amigo que me acompañó a la función le dice que sí. No se interpreta la ironía y la persona sale para no volver más. Buena parte de la sala se vacía antes de tiempo. Al menos se habrán llevado una tragedia feliz, un Hamlet en el que no muere nadie.

La obra vuelve a comenzar con el príncipe de Dinamarca dialogando con parte de la platea. Mientras avanza hacia el escenario bromea, da la mano, afirma reconocer a su profesor de inglés y lo abraza. Hay una parte de la sala vacía luego de que alguna gente no entendiera que se trataba de un intervalo (por eso en las funciones del viernes y sábado la voz del teatro aclarará que la función se retoma en diez minutos). Lamentablemente, los tres de atrás nuestro en esta primera noche permanecen. Se los escucha masticar garrapiñadas y multiplicar el cri cri del celofán sobre la voz increíble de Jacques. Entonces, una también quiere, como Hamlet, matar y morir.

La Gertrudis de Charlotte Engelkes no podría ser más hermosa. Su voz, su presencia sobre el escenario, sus desplazamientos son los de una reina-madre amada y temida por ese Hamlet furioso de Caspar Phillipson, que viene de hacer Los Miserables en teatro y de encarnar al presidente John F. Kennedy en la película Jackie, de Pablo Larraín.

Ofelia camina de espaldas al público, su camisón blanco se está yendo. Se proyecta el movimiento del río contra la pared del fondo, Ofelia avanza y vamos temiendo que una tumba pueda estar en el agua y también en el aire. Esta Ofelia tiene un arnés, pisa  la pared de agua y, como afirma el mito religioso de hace dos mil años, camina sobre el agua.  Martyn Jacques la sigue con su voz y su acordeón pero, aunque quisiéramos que la detenga, ya se trata de una Ofelia sonámbula que sólo tiene un propósito: dejar de vivir.

La puesta de Hamlet de los Tiger Lillies tiene apuestas fuertes: Horacio no está y las grandes muertes son las de las mujeres. Parece que nada queda luego del increíblemente conmovedor suicidio que realiza Adriane Lecrerc y del envenenamiento de Gertrudis. ¿Qué sería de una familia, de un Estado, de un mundo sin mujeres?

Segunda función

Al día siguiente, cuando llegamos al hall principal del teatro nos encontramos con Beatriz Sarlo, que entra atrás nuestro comiendo garrapiñadas. Ahora hay dos boleterías habilitadas para el retiro de las entradas, pero las filas siguen siendo imposiblemente largas.

Pese a que llegó hace media hora, mi amigo está casi al final. Esto no avanza. Al fin, de nuevo, una empleada dice que la sigamos con el comprobante de compra en la pantallita del celular. Un caos, nadie ve nada y mi celu tiene el vidrio pulverizado desde el intento de robo de hace un mes. Entramos mostrando apenas el número de los asientos. A nuestros costados hay butacas vacías y yo pienso en los amigos que quisieron sacar entradas para hoy pero hace una semana que están agotadas. De este lado, al menos, siete localidades libres. Mi amigo dice que deberían implementar un sistema de reservas que caigan un rato antes, para que entren otros y el teatro se complete. Sobre todo considerando lo económicas que son (entre 120 y 220 pesos). Miro de nuevo las butacas vacías. ¡Qué pena! Seguro mañana también las habrá. Y yo sin entrada…

En el intermedio le pregunto a mi compañero de hoy si le está gustando. Trato de moderarme, de darle espacio para que me diga la posta, sin chamuyo condescendiente. Trato…

-Sabés que esto no puede no gustarme-  dice, y yo vuelvo a sonreír.

El viernes a la tarde mi hijo, que también ama a “los payasos locos”, ve mi foto en Facebook junto a los Tiger Lillies y cuando le cuento que hoy tocan de nuevo, me pide que lo lleve. Le digo que no se puede, que hoy tiene partido y que no puede dejar a su equipo sin arquero. No hay caso. Tengo que prometerle que cuando sea grande voy a llevarlo, que vamos a ir juntos cuando no tenga sólo seis años.

Última función

Todo vale en la guerra, en el amor y en la  puerta de un recital si no tenés entradas.

Los Tiger Lillies nunca se presentaron en Argentina, menos que menos solos. Debe ser casi imposible traerlos y que se pague una entrada acorde a su presentación. Por eso en la función del sábado nuevamente la gente se amontona en las boleterías. Uno pregunta por la puesta de 2666 de Bolaño que dura 11 horas y 45 minutos. Quiere que le expliquen y yo sonrío, mientras espero, recordando la experiencia del Teatro del sol, en un Fiba anterior, aquí mismo.

Me acerco al pie de la escalera de los asientos impares y miro a los del control. Está la misma mujer de los anteojos gruesos de ayer, que debe acercarse mucho a la cara los comprobantes enormes de los espectadores previsores que los trajeron impresos. La gente se amontona porque son sólo un par controlando el ingreso.

Miro hacia la boletería de retiro de entradas. Espero hasta que veo venir el previsible malón, celulares en alto y cara de locura como si fuera un capítulo de Black Mirror y dejo que la horda me envuelva. Pelo el celular averiado con el comprobante de las entradas de ayer en pantalla y busco a la acomodadora de anteojos. El corazón se me sale por la boca…

Nunca pude retirar por ventanilla las entradas que sí compré para este Fiba pero ahora veo por tercera vez a Martyn Jaques caminar por el escenario detrás de Hamlet. De tanto andar con los instrumentos al hombro está un poco encorvado. Parece un monstruo con voz de sirena.

Sabemos que no volverán nunca, pero todavía nos queda esta función, su cara pintada y su acordeón, que ya empieza a sonar de nuevo.