El silencio de lxs esclavxs

Es toda una experiencia vivir con miedo ¿no?
Eso es lo que significa ser esclavo.
He visto cosas que los humanos
nunca hubieran podido imaginar;
naves de combate en llamas
en el hombro de Orión.
He visto relámpagos
resplandeciendo en la oscuridad
cerca de la entrada de Tannhäuser.
Todos esos momentos
se perderán en el tiempo,
igual que lágrimas en la lluvia.

Roy Batty

Silencio

Si Solaris (1961) de Stanislaw Lem es la reflexión más lúcida (y más inaudita) sobre las formas de vidas extraterrestres, creo que ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968) es la novela que lleva más lejos las preguntas sobre la forma de existencia de los objetos técnicos. No se trata de pensar su lugar en la producción capitalista o su capacidad para alterar nuestra vida cotidiana. La novela de Philip Dick nos propone una pregunta ontológica: ¿Llegado cierto punto en el desarrollo técnico, cómo vamos a distinguir la máquina de lo humano? O, dicho de otra forma, ¿hay algo esencial en nuestra especie “natural” que no pueda ser primero imitado y, más tarde, reproducido por la especie “artificial” de los artefactos? Los conflictos que despliega la novela hacen que todas nuestras sólidas ideas sobre el tema se desvanezcan en el aire.

La estructura de novela negra, donde el cazador de bonificaciones Rick Deckard persigue a cinco androides del modelo Nexus 6, permite a Dick trabajar sobre la forma del enigma. Pero si tuviéramos que formular ese enigma en una pregunta estaríamos en problemas. No se trata de saber dónde están los androides fugitivos (esa es sólo la pregunta aparente), lo que está en juego es la capacidad de la máquina de confundirse en lo humano hasta el punto de volverse irreconocible. Y, una vez en ese escenario, preguntarse entonces si ese dispositivo (casi) indistinguible es una forma de existencia que merece ser destruida.

El mundo que imagina Dick es un yermo atómico después de la Tercera Guerra Mundial. A la inversa que en la película Blade Runner, nos encontramos en un escenario  posnuclear donde la radiación ha expulsado a casi toda la humanidad a colonias en otros planetas. Esa desolación produce lo que el narrador llama “silencio mundial” que invade a cada habitante y es el peso del vacío y la ausencia.

Su descripción es hermosa: “En realidad, surgía de todos los objetos que (John Isidore) tenía a la vista, como si él -el silencio- se propusiera reemplazar todos los objetos tangibles. Por eso no solamente afectaba a sus oídos sino también a sus ojos: mientras contemplaba el televisor inerte sentía el silencio como algo visible y, a su modo, vivo”.

Hay una serie de cuestiones que se podrían analizar a partir de este silencio que se despliega sobre la tierra baldía. Preguntas que se abren y se multiplican. En primer lugar: ¿De qué se trata esta extraña presencia que se comporta como un virus? Una respuesta posible es lo que Mark Fisher llama “agencia de lo virtual” y define como “lo que actúa sin existir”. Los objetos de la novela apagan su ruido porque están desconectados de la estructura social que los produjo (ésta ya no existe). Como una antigua moneda griega del siglo VI antes de Cristo o una porcelana china del siglo XV, las cosas que rodean a Deckard son ruinas de un mundo extinto. Y entonces, las voces fantasmales de las mercancías empiezan a apagarse. Silencio.

Futuros racismos

Esa tierra yerma es sólo habitada por unos pocos humanxs que deciden quedarse y por otrxs, mutantes atrofiadxs por la radioactividad, que tienen prohibido migrar y reproducirse. Hay, entonces, una primera distinción entre formas de vida. Si Deckard es el humano que decide no migrar, John Isidore es el “especial”, el mutante estupidizado por la radiación. Él será quien reciba y de refugio a lxs últimos Nexus 6 antes de que Deckard lxs “retire”. Dick propone, entonces, una alianza entre formas de vida “débiles”, entre los desperdicios sociales que viven en la ignominia de no ser completamente humanos.

Lxs androides han escapado de las colonias humanas en otros planetas donde se lxs ofrece gratis a quienes decidan emprender el viaje. En la televisión lxs anuncian de esta manera: “Ya sea como un criado personal, o un campesino incansable, el robot humanoide hecho a su medida, diseñado solamente para usted y para sus exclusivas necesidades, se le entrega a su llegada absolutamente gratis y completamente equipado”.

Dick escribe este aviso publicitario en un país que llegó a tener 1 millón  y medio de esclavxs. El vínculo entre “criado personal” y forma de existencia instrumentalizada le permite superponer -sin decirlo- la situación (futura) de lxs androides a la situación (pasada) de lxs hombres y mujeres utilizados como herramientas en las plantaciones. Los discursos -científicos y religiosos- que hicieron posible la esclavitud y le dieron un marco de inteligibilidad, son reconstruidos en torno a lxs Nexus 6.  Por eso es importante indagarlos.

Podríamos comenzar generando preguntas sobre la forma de existencia de las máquinas. Lem, en su Summa Technologiae, se pregunta: “¿Pero de qué modo es posible enterarse de la existencia de la conciencia en la máquina?” Para él, el problema no tiene un significado “abstracto-filosófico” porque si a la suposición de que cierta máquina debe ir a la basura porque no vale la pena arreglarla le sumamos la variable de la conciencia, el asunto se transforma no en la decisión de destruir un objeto material -como un tocadiscos- sino en “un acto de aniquilación de una personalidad, en un exterminio consciente”.

Entonces aparece una segunda cuestión: “¿Cómo se puede diferenciar a un aparato, indudablemente carente de espíritu, de una máquina pensante?” Y la respuesta es tan inesperada como simple: “Solo comenzando a conversar con ella”. Lem recuerda que Alan Turing -en su obra ¿Puede pensar una máquina?– propuso como criterio decisorio el “juego de imitación” que consistente en  formular preguntas arbitrarias a alguien y, basándonos en sus respuestas, sentenciar si es un ser humano o una máquina. “Si no somos capaces de distinguir entre máquina y ser humano -Dice Lem- será necesario reconocer que esa máquina se comporta como un ser humano, o sea, que posee conciencia”.

Ese mismo problema parece motivar a Dick en “¿Sueñan los androides…”. Pero la tecnología que propone para distinguir entre humanos y androides no es la inteligencia sino la capacidad de empatía. El test Voigt-Kampff es una variable del Test de Turing y también una discusión de cuál sería la capacidad que distingue lo humano entre todas las especie naturales: ¿inteligencia o empatía?

Lxs androides, se dice, no pueden reconocer la alteridad. Se trata de “la tiranía de los objetos”, donde “la oveja -electrónica- no sabe que yo existo. Como los androides, carece de la capacidad de apreciar la existencia de otro ser” y sin embargo demanda cuidado y atención. En un mundo dominado por una religión -el mercerismo- que tiene como eje fundamental la empatía “por todo lo vivo”, la forma de segregación es quitar la capacidad empática a lxs Nexus 6 y, al mismo tiempo, retirarlxs del conjunto de “lo vivo”.

El segundo grado de distinción que establece la novela, entonces, no es ya entre la especie humana (Deckard) y sus mutaciones (Isidore), sino entre lo orgánico y lo inorgánico. Achille Mbembe -retomando la biopolítica de Michael Foucault- piensa que la división de la población en subgrupos establece una ruptura biológica que es el origen del racismo. Desde este punto de vista propone que más que la clase social ha sido la raza la sombra siempre presente en el pensamiento de las prácticas sociales de Occidente. Y esa lógica tiene como función establecer la inhumanidad de los pueblos a conquistar.

Basándose en “La tradición oculta” de Hannah Arendt, Mbembe concluye que el carácter espectral del mundo de la raza tiene sus raíces en la experiencia de la alteridad y entonces la política de la raza está conectada a la política de la muerte. El racismo deviene derecho a matar y a regular la administración de la muerte y hace posibles las funciones mortíferas del Estado. El racismo, dice, es “la condición de aceptabilidad de la matanza”.

Para romper esta “condición de aceptabilidad” la novela traza su curva argumental en la transformación de Deckard. Como en una novela de educación, inicia en un punto donde sólo es capaz de sentir empatía por formas orgánicas de vida. En el camino aparecen los problemas que se traducen en la incapacidad para distinguir lo humano de la máquina. Su relación con Rachel Rosen (androide) y su conflicto con Phil Resch (humano) empiezan a borrar los límites de su esquema natural/artificial, orgánico/inorgánico, vivo/no-vivo.

El punto de quiebre se da en el capítulo IX, cuando Deckard va en busca de Luba Luft -una Nexus 6 que funciona como cantante de ópera- y se conmueve al escucharla cantar La flauta mágica de Mozart. En esa escena se superponen dos formas artificiales: la máquina que es Luba conmueve a Deckard con su interpretación. El arte -como artificio- logra llegar donde no puede la técnica -como artificio-. Diego Parente y Andrés Crelier trabajan en “La naturaleza de los artefactos” lo que ellos llaman “poiesis escindida”: “La cultura griega está atravesada por la escisión del signifiado de poisesis: cuasi-divina y admirable en la tragedia (en cuanto obra o producto de arte), pero menos que humana y despreciable en el trabajo manual, corporal, del esclavo en las afueras de la ciudad. Esta distinción jerárquica entre artes serviles (productivas) y artes liberales (bellas artes)”.

La figura de Luba -la máquina que canta- viene a poner en crisis esta tensión. Desde este momento la empatía de Deckard -como energía pero también como esquema perceptivo- circulará entre animales orgánicos, humanxs y androides sin distinción.

¿Sueñan los humanos con flores de invernadero?

Para comprender este nuevo status del objeto técnico -los Nexus 6-  ante los ojos humanos -Deckard-sería importante revisar el par conceptual natural/artificial que es, en definitiva, el eje de la segregación en “¿Sueñan los androides…”. De esta distinción depende pensar en lxs androides como meras herramientas -hipersofisticadas- o reconocer en ellxs una conciencia, lo que equivale a retirarlxs de su lugar como instrumento.

Para Gilbert Simondon cada objeto técnico tiene una génesis que debe ser indagada. El método genético tiene como objetivo evitar el uso de un pensamiento clasificatorio -los motores, por ejemplo- que tiende a repartir la totalidad de los objetos técnicos en géneros y especies.  La propuesta metodológica de Simondon supone que un ser técnico -portador de tecnicidad- no puede ser objeto de un conocimiento adecuado sino se captura el sentido temporal de su evolución.

Para partir de un ejemplo, podríamos pensar en el motor del automóvil. Y se podría decir que el motor actual es un motor concreto mientras que el motor antiguo es un motor abstracto. En el motor antiguo convivirían elementos (carburador, pistones, etc.) o sistemas de elementos aislados en determinados momentos del ciclo de evolución. La línea evolutiva tiende hacia un estado que haría del ser técnico un sistema enteramente coherente consigo mismo, enteramente unificado.

Para Simondon los objetos técnicos evolucionan en virtud de una necesidad interna al problema técnico que el objeto viene a resolver. Los subsistemas que conviven en su interior generan incompatibilidad que nacen de la saturación progresiva de los subconjuntos.  La evolución real está dada por la superación de estos obstáculos.

Existen, entonces, dos movimientos simultáneos. Diferenciación de las estructuras internas y concretización del objeto como unidad. La diferenciación consiste en suprimir efectos secundarios de los subsistemas donde el objeto técnico progresa por la redistribución interior de las funciones. La concretización, en cambio, es la tendencia del objeto a convertirse en un sistema único y coherente. El objeto técnico concreto es aquel que ya no lucha consigo mismo porque ningún efecto secundario perturba su funcionamiento.

La concretización del objeto técnico lo hace ocupar un lugar intermedio entre el objeto natural y la representación científica. Si el objeto técnico primitivo es la traducción física de un sistema intelectual; el objeto técnico concreto, afirma Simondon, se aproxima al modo de existencia de los objetos naturales. Tiende -como ellos- a la coherencia interna y a la cerrazón del sistema de causas y efectos que se ejercen circularmente en su interior. E incorpora una parte del mundo natural que interviene como condición de su funcionamiento.

Este objeto pierde, en su evolución, su carácter artificial porque la artificialidad -para Simondon- se basa en el hecho de que el hombre debe intervenir para mantener ese objeto en la existencia, protegiéndolo contra el mundo natural.

Por eso sería posible artificializar objetos naturales. La flor de invernadero, por ejemplo, es fabricada por el hombre y tiene resultados opuestos a la concretización técnica. El invernadero funciona como un laboratorio donde la planta pierde sus capacidades iniciales de resistencia al frío, a la sequía, a la insolación, etc. La artificialización es un proceso de abstracción en el objeto artificializado.

En el extremo opuesto, el objeto concretizado es comparable al objeto espontáneamente producido (liberado del laboratorio) que se incorpora a la dinámica de su propio juego de funciones desde donde se relaciona con los otros objetos -técnicos o naturales- y puede asociarse con ellos con la finalidad de automantenerse.

Desde este punto de vista, Rachel Rosen o Roy Batty serían objetos técnicos que alcanzaron un nivel de concretización tal que pueden no solo separarse de lo humano y sobrevivir -lo que lxs establece como un símil del objeto natural- sino también un artefacto capaz de indagar en sus propias condiciones de existencia.

Desde aquellos objetos -mercancías- silenciosos con los que inicia la novela a este nuevo murmullo en el interior de lxs Nexus 6 hay un recorrido económico: “la manufactura de androides -dice el narrador de la novela- ha llegado a ligarse tanto con el desarrollo de la colonización que si aquella se derrumbara, este le seguiría a su vez”. Es la condición de esclavxs de lxs androides la que ahora habla en forma de conflicto inter-especies. Su condición de herramienta sostiene el sistema económico de ese capitalismo espacial.

Volviendo a Simondon: “la máquina es el extranjero, es el extranjero en el cual está encerrado lo humano, desconocido, materializado, vuelto servil, mientras sigue siendo, sin embargo, humano”.  Pero, aclara, si el “la máquina toma el lugar del hombre es porque el hombre cumplía la función de máquina”. De modo que en el conflicto de Deckard podríamos ver la pregunta sobre las generaciones de trabajadorxs esclavizadxos o explotadxs que hicieron posible su noche junto a Rachel Rosen, ese breve instante en que una máquina lo conmovió, antes de volver a su función como burócrata de la muerte.

Bibliografía

  • La existencia de los objetos técnicos – Gilbert Simondon
  • La naturaleza de los artefactos – Diego Parente y Andrés Crelier
  • Necropolítica – Achille Mbembe
  • Summa Technologiae – Stanislaw Lem

Este artículo forma parte de las exploraciones de Synco – observatorio de ciencia ficción, tecnología y futuros.