El tambor de hojalata y la construcción del odio

Por Silvio Schachter

Silvio Schachter aprovecha el aniversario del ataque nazi a la ciudad polaca de Danzig, cuna de Günter Grass, para reflexionar sobre la primera novela del autor, El tambor de hojalata, y su incansable denuncia contra las políticas del odio.

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El 1 septiembre de 1939 a las 4 am los alemanes cortaron las líneas de teléfono y electricidad del edificio de Correos de la ciudad de Danzig, administrado por los polacos. A las 4.45, el acorazado Schleswig-Holstein empezó a bombardear el cercano puesto militar del ejército polaco en Westerplatte, mientras que las fuerzas pro-hitlerianas iniciaban su asalto final contra el Correo polaco. A las 18, después de una lucha desigual, los que resistían el ataque deciden rendirse. La mayoría de ellos fueron fusilados. Las tropas alemanas ocupan Polonia e Inglaterra y Francia le declaran la guerra. Fueron esos acontecimientos de Danzig (hoy Gdnask), los que se consideran como el inicio formal de la Segunda Guerra Mundial, la historia de horror, barbarie y exterminio que puso en cuestión lo que hasta ese momento se consideraba como humanidad.

En Danzig, que por el  tratado de Versalles era parte del  Corredor libre polaco, nació Günter Grass. Siendo niño y adolescente vivió directamente estos sucesos que forman parte de su monumental novela El tambor de hojalata (Die Blechtrommel), publicada en 1959, justo dos décadas después de los hechos.

El héroe de la novela, Oskar Matzerath, recibe como regalo un tambor al cumplir los tres años y ese mismo día decide dejar de crecer, permaneciendo con cuerpo de niño por muchos años. Mediante el tambor y su estridente voz que hace estallar vidrios, expresa su descontento con el orden existente. Gracias a que permanece en la infancia, menudo y aparentemente inocente, mientras que otros mueren a su alrededor, el evita sufrir los actos del mundo adulto de entre guerras y los sucesos políticos del periodo nazi. Como advierte a Oskar el enano Bebra: “Ten cuidado siempre de sentarte sobre la tribuna, y no estar nunca de pie delante de ella”.

Desde ese margen de las tribunas, Oskar participa y trastoca los actos del partido nazi y los altares de las fe, en un juego que transforma la disciplina del fanatismo político y religioso en una delirante danza, con un estilo que de algún modo anticipa el realismo mágico.

Oskar experimenta y entiende el mundo a partir de su tambor, se aferra a su instrumento estableciendo límites que protegen su individualidad y le dan un lugar de observador del mundo, lo cual representa la posibilidad de una ilusión de control no solo acerca de su vida sino también de sus sentimientos. Como en los cuentos, el niño es el único que hace las preguntas que nadie se atreve a realizar. Sobrevive a la guerra por ser pequeño, pero eso no le permite eludir la culpa. Lleva a la tumba a su madre, es responsable de la muerte de su tío (su padre biológico) por guiarlo hasta el correo en pleno ataque, y hace que su presunto padre se asfixie con su insignia del partido nazi mientras unos soldados rusos lo ametrallan. Después de la guerra, Oskar vuelve a crecer y, ya adulto, en un internado psiquiátrico, escribe su historia.

El libro plantea la agresión en sus diferentes matices; por un lado, como aquella fuerza que procura la supervivencia ante un medio represivo, pero también en una interacción violenta donde se muestra la vulnerabilidad del individuo en medio de un universo que no le permite escape. De esta incapacidad e impotencia frente a un mundo que no entiende ni lo entiende a él, Oskar expresa su rechazo con el repique del tambor y rompiendo cristales con su voz vitricida.

El tambor de hojalata fue la novela más aclamada de la Alemania de posguerra, interpretando que la negativa de Oskar a crecer simbolizaba el sentimiento de culpa (schuld) del país. El libro es una llamada poderosa sobre la responsabilidad individual y colectiva alemana y convoca a un sentimiento compartido de expiación.

Günter Grass corrobora implacablemente los actos violentos cometidos y se cuestiona precisamente esto, que todo aquello que los alemanes consideraban incompatible con su cultura había sido cometido. Recuerda a quienes bajo Hitler, y a pesar de la persecución nazi, deseaban creer que todos los hombres eran buenos y que la violencia existía solo en un grupo de pervertidos por lo que no acertaron a protegerse efectivamente y perecieron en gran número. Hanah Arendt escribió en 1963 sobre este mismo punto, reflexionando sobre el caso Adolf  Eichman y “la banalización del mal”. Esto es precisamente a lo que nos invita Grass con su obra: a asumir la barbarie cometida, a escribir sobre ella para evitar que los hechos se repitan y a que la humanidad no se desentienda de su responsabilidad, cediendo su potestad de enfrentar al odio y la crueldad.

La vergüenza que sobreviene a la derrota para aquel que termina con la denominación de vencido no tiene que ver con el simple hecho de perder sino con el sentimiento de que la pérdida fue innecesaria, de que el dolor sufrido y el daño producido no tuvieron sentido. Así se descubre que aquello que era justificado por unos ideales ha perdido todo y que la culpa de los  horrorosos actos realizados recae ya no sobre el alma de la masa si no sobre cada individuo.

Por otra parte la obra abrió una lectura diferente ante la muerte y el duelo generado por la guerra, no solo por aquellas personas cercanas que murieron, sino también por los valores culturales que aparecen como obsoletos, con la indiferencia como una defensa del sentimiento de desesperanza e impotencia ante la destrucción material y ética.

Para muchos alemanes y austriacos (en 1938 millones de austriacos votaron la Anschluss, la anexión al Tercer Reich), Grass fue un juez implacable y una autoridad moral sin límites. Fue un duro crítico de Alemania y del mundo de posguerra, donde se reproducía el odio contra el diferente, el más débil y vulnerable. En su novela, la primera víctima de las bandas nazis de Danzig es el judío polaco Sigismund, el juguetero que le renueva los tambores a Oskar.

En 1979, Grass escribió: “No faltan las grandes figuras a lo Führer: un predicador fanático en Washington y un enfermo ignorante en Moscú”. En 1982, tras un viaje a Nicaragua, Grass dijo que se avergonzaba de que Estados Unidos fuera un aliado de su país. “¿Qué grado de pobreza debe alcanzar un país para que el Gobierno de Estados Unidos no lo considere una amenaza?”. En uno de los ensayos recogidos en Artículos y opiniones, dice: “Muchos cristianos, individualmente y en grupo, mostraron el mayor valor al resistir contra el nazismo, pero la cobardía de las Iglesias católica y protestante en Alemania las convirtieron en cómplices tácitas”.

Grass nunca dudo en expresar sus ideas, aunque fueran a contrapelo en plena euforia por la caída del Muro, criticó la unificación de las dos Alemanias porque por la forma en se estaba haciendo no tardaría en desembocar en la explotación económica del Este a manos de los capitalistas de la parte Occidental. El comentario de Grass resultó especialmente impopular y cinco años después, Der Spiegel mostraba en su portada el libro de Grass partido en dos.

Pasadas otras dos décadas, en 1979, Volker Schlondorff estrenó la magnífica versión cinematográfica de la novela, con la colaboración del propio Grass en el guión, en una adaptación a la pantalla que se consideraba casi imposible, por la complejidad y extensión del texto original. Sin embargo, el multipremiado film logró mantener la esencia y el clima de la novela y le dio un rostro definitivo a Oskar Matzerath, interpretado magistralmente por el niño David Bennent, cuya mirada, entre desesperada y furiosa quedará grabada para siempre en la memoria de quienes lo vieron.

“Hoy he leído El tambor de hojalata por primera vez y he tratado de imaginar cómo podría ser llevado al cine. Podría convertirse en un fresco muy alemán, la historia del mundo vista desde abajo: cuadros gigantescos, espectaculares, reunidos por el minúsculo Oskar. Se ha dicho de él que era una creación del siglo XX. Para mí, posee dos cualidades típicamente contemporáneas: el rechazo y la protesta”, dijo Schlondorff.

Cuando Grass escribió su primera novela, la ilusión de un mundo de paz estable se había esfumado y, aunque el Muro de Berlín aún no se había materializado, se vivía en una guerra fría con muchos escenarios calientes. Los triunfadores de la Segunda Guerra no dudaban en seguir con la barbarie bélica, poniendo al mundo al borde una nueva conflagración, esta vez nuclear. Luego la guerra de Corea se cobraba millones de víctimas, el colonialismo inglés dejaba a la India envuelta en una lucha fratricida, Francia se aferraba con métodos sanguinarios a sus posesiones en Indochina y Argelia y los belgas hacían lo propio en el Congo, en una secuencia que ignoraba todo lo sufrido en las dos conflagraciones mundiales.

Continuaba, con otro ropaje, la misma construcción del odio que había incubado el huevo de la serpiente, cuando los comunistas, los judíos, los gitanos, los homosexuales, los autores del arte degenerado, los deficientes físicos o mentales fueron los chivos expiatorios del nazi-fascismo. Los mismos, u otros nuevos, ocuparon su lugar sin solución de continuidad, la lista de víctimas en nuevas guerras de rapiña, encubiertas en el rechazo al diferente o al más vulnerable, es dolorosamente incontable. La figura ficcional de un enemigo a medida sobre el que volcar el odio sirve para validar cualquier atrocidad. Todo el andamiaje institucional armado para preservar la paz y la justicia internacional, hoy se ha derrumbado y sólo conserva una cáscara herrumbrada sin eficacia alguna.

Pasados 80 años, peligrosas experiencias neo-fascistas encuentran nuevamente en el odio, el resentimiento y el miedo una cobertura para políticas racistas, xenófobas y homofóbicas, persecutorias de toda disidencias, basadas en fundamentalismos político-religiosos y agravadas por la crisis civilizatoria de un capitalismo que le ha puesto punto final a la vida del planeta. En su cuna europea, se desarrollan la Liga en el gobierno de Italia, el Fidesz de Orban en Hungría, el Partido de la Libertad (FPÖ) en Austria, Alternativa para Alemania (AfD) en el Bundestag y Amanecer Dorado en Grecia, los más notorios representantes actuales de la extrema derecha están presente en 17 parlamentos nacionales de la UE. Estas agrupaciones tienen émulos en distintas latitudes: Bolsonaro, Trump y el gobierno de Israel sostienen posiciones semejantes y hallan sustento en sociedades que legitiman sus acciones.

Como dijo Günter Grass, pelar la cebolla es animarse a sacar capa tras capa hasta llegar al centro, esa parte donde podemos entender por qué nuestra memoria nos hace trampa y así enfrentar el miedo a romper nuestro silencio, individual y colectivo.