Eldridge Cleaver: “La muerte de Martin Luther King: Réquiem por la no-violencia”

Leroy Eldridge Cleaver fue un escritor y activista político estadounidense. Ministro de Información y cabeza de la Sección Internacional de los Panteras Negras, además de director del periódico de la organización, fue uno de sus líderes y portavoces más destacados. Luego de la profundización de sus diferencias con otro de los fundadores de la organización, Huey P. Newton, encabezó una ruptura en el partido.
Fue condenado por haber participado en una emboscada en la que dos policías resultaron heridos en Oakland. Cleaver también resultó herido y otro Pantera negra, Bobby Hutton, fue muerto. En noviembre de 1968, cuando el Tribunal de Apelaciones de California rechazó su última apelación y fijó fecha para que se entregue a las autoridades se escapó del país y estuvo prófugo de los Estados Unidos durante 7 años en Cuba, Argelia y Francia. Regresó a Estados Unidos en 1975, involucrándose con varios grupos religiosos.
El 6 de abril de 1968, dos días después del asesinato del líder político y religioso Martin Luther King, mientras el país se estremece por disturbios e incendios motorizados por la población afroamericana en varios estados que dejarían por lo menos 50 muertos, escribió el siguiente texto:

 

El asesinato del doctor Martin Luther King nos asaltó y, sorprendentemente, fue una conmoción también para nosotros. Muchas personas, especialmente aquellos de la comunidad negra que renunciaron hace mucho tiempo a la no-violencia y optaron por acatar el lema de Malcom X “liberación de los negros por cualquier medio necesario”, había estado esperando oír hablar de la muerte del doctor King durante mucho tiempo. Muchos, inclusive, se habían cansado de esperar. Pero que el doctor King tenía que morir era seguro. Porque era un hombre que se negó a renunciar a la filosofía y al principio de la no-violencia frente a una nación hostil y racista que ha dejado ver claramente que no tiene la intención, ni el deseo, de reparar los daños causados a los súbditos coloniales negros, a quienes se mantiene en la servidumbre.

Para los negros militantes el doctor King representó un obstáculo obstinado y persistente, levantado en el camino de los métodos que tenían que emplearse para provocar una revolución en la situación actual. Y por tal motivo, los militantes negros concentraron consecuentemente contra el doctor King mucho odio, mucho veneno y muchas críticas. Y la situación contradictoria en que se vio atrapado le empujó a desempeñar el papel de una persona odiada y despreciada, tanto por los blancos de los Estados Unidos que no querían liberar a los negros, como por los negros que advertían la actitud de los Estados Unidos blancos y deseaban deshacerse de la engañosa doctrina de la no-violencia. No obstante, los militantes negros estaban dispuestos a observar tranquilamente lo que hacía, y permitir al doctor King que actuara. Y ahora esa actuación ha terminado.

La bala del asesino no sólo mató al doctor King, sino que dio muerte a un período histórico. Mató una esperanza y mató un sueño.

El que los Estados Unidos blancos hayan podido producir al asesino del doctor Martin Luther King es interpretado por los negros -no sólo por los que son militantes- como el repudio final, por parte de los Estados Unidos blancos, de toda esperanza de reconciliación y de toda esperanza de cambio por medios pacíficos y sin violencia. De manera que se ha aclarado que la única manera en que los negros de este país obtendrán las cosas que quieren -y las cosas a las que tienen derecho y de las que son merecedores- consiste en devolver el fuego con fuego.

En los últimos meses, mientras el doctor King trataba de encontrar apoyo para su proyectada marcha de los pobres hacia Washington, ya tenía el aspecto de un hombre muerto. De un símbolo muerto, podríamos decir con mayor corrección. Odiado por ambos bandos, censurado por ambos, persistió, sin embargo. Y ahora su sangre ha sido derramada. La muerte del doctor King señala el final de una era y el comienzo de un capítulo terrible y sangriento que quizá nunca se escriba, porque tal vez no quede un escriba para llevar al papel el holocausto que tendrá que llegar.

No cabe la menor duda de que está por llegar un holocausto. He estado hablando por teléfono con personas de todo el país -personas íntimamente comprometidas en la lucha de liberación de los negros- y su reacción ante el asesinato del doctor King ha sido unánime: la guerra ha comenzado. La fase violenta de la lucha de liberación de los negros ha llegado y se propagará. Por ese disparo, por esa sangre, América quedará pintada de rojo. Los cadáveres cubrirán las calles y las escenas recordarán las horribles, aterradoras, obsesionantes noticias que llegaban de Argelia durante la culminación de  la violencia general, inmediatamente antes del derrumbamiento final del régimen colonial francés.

Los Estados Unidos han dicho “no” a las peticiones de liberación de los negros y los negros no quieren aceptar ese “no”. Van a devolver el golpe, van a replicar a la jerarquía de este gobierno racista, de esta sociedad racista. Van a vengarse de cada uno según su culpa. Y la culpa de toda esta sangre derramada, de todos estos muertos, de todos estos sufrimientos… pues bien, hemos rebasado la etapa del asignar culpas. A los negros ya no les interesa echar la culpa de la situación, negociar la situación, arbitrar la situación. Lo único que les interesa ahora es reunir todo lo que deba aunarse para crear tales estragos en Babilonia, para obligar a Babilonia a dejar en libertad a los negros. Pues todas las demás salidas estarán cerradas.

La bala del asesino que abatió al doctor King, cerró la puerta que, para la mayoría de los negros, estaba cerrada desde hacía mucho tiempo. Para muchos de nosotros era evidente que esa puerta nunca había estado abierta. Pero estábamos dispuestos a permitir que aquellos que aún tenían esperanzas tocaran en esa puerta para que les abrieran, estábamos dispuestos a observar tranquilamente mientras lo hacían. En verdad, no podíamos hacer otra cosa. Pero ahora todos los negros de los Estados Unidos se han convertido espiritualmente en panteras negras. Por supuesto habrá quienes se planten ante las masas y repitan las elocuentes frases del doctor King en pro del mantenimiento de la táctica de la no-violencia. Los oirán muchos, pero con otra perspectiva; la gente pensará en el doctor King y en sus sucesores con emoción semejante a la que se siente cuando se contempla el cadáver de un ser querido. Pero todo está muerto ahora. Todo ha muerto ahora. Ahora, tenemos el rifle y la bomba, la dinamita y el cuchillo, y los usaremos generosamente en los Estados Unidos. Los Estados Unidos sangrarán. Los Estados Unidos padecerán. Es extraño ver cómo, con cada disparo significativo que se hace, el tiempo se acelera. Cómo los terribles días que todos sabíamos, de alguna manera, que habrían de llegar, se precipitan sobre nosotros inmediatamente y las terribles horas que pudimos creer que estaban a años de distancia han llegado ya y las tenemos inmediatas, delante de nosotros. Y toda la eternidad se ha ido, ha estallado, arrastrada por la sangre de los mártires.

¿Es la muerte del doctor King un día triste para los Estados Unidos? No. Es un día congruente con lo que los Estados Unidos exigen a través de sus actos. La muerte del doctor King no fue una tragedia para los Estados Unidos. Este país debería alegrarse por la muerte del doctor King, ya que tanto se esforzó por conseguirla.  Y ahora todos los locos hipócritas, malvados, que corrompen el gobierno de este país y ensucian los departamentos de policía de este país, todas las declaraciones públicas e hipócritas subsiguientes a la muerte del doctor King, están siendo repudiadas y despreciadas, no sólo por los negros, sino por millones de blancos que saben que si estos mismos bandoleros políticos, traicioneros, hubiesen hecho lo que evidentemente estaba en su poder hacer, el doctor King no estaría muerto, no habría impuesto el espíritu de resistencia pacífica y el terror no habría caído sobre nosotros. Esas personas, los departamentos de policía, las legislaturas, los gobiernos estatales y el nacional, el Partido Demócrata, el Partido Republicano, quienes constituyen la estructura del poder, deben ser considerados como blancos inmediatos y símbolos de la vergüenza y de la culpa.

Pero se ha dicho que un pueblo o un país tienen los gobernantes y los gobiernos que se merecen. Y así podemos ver que  ante la muerte del doctor King, un presidente llamado Lyndon Baines Johnson tiene la audacia de plantarse ante esta nación y exhibir su pesar por la muerte del doctor King, además de alabar sus dones de mando y dirección, así como la resistencia pacífica en la que creyó, el hombre que tiene en sus manos la mancha de la sangre de centenares de miles de personas y la conciencia asesinada de los Estados Unidos. Si hay un hombre a quien pueda atribuirse la responsabilidad más grande por haber provocado el derramamiento de sangre y la violencia, ese hombre es Lyndon Baines Johnson. Pero no sólo Lyndon Baines Johnson. Todos los codiciosos, negociantes buscaganancias de los Estados Unidos, todos los dirigentes obreros carecientes de escrúpulos cómplices de los Estados Unidos, todos los inenarrables lamebotas, los grandes hombres de negocios del movimiento en pro de los derechos civiles y el nombre común en cuyo corazón este maligno y aborrecible sistema ha instiliado el odio; la culpa es de todos y de nadie.

Washington D.C. está ardiendo. Y lo único que se me ocurre pensar es esto: ojalá que Stokely Carmichael sobreviva a Washington. Chicago está ardiendo, Detroit está ardiendo y se oyen disparos de una punta a otra de Babilonia.

Anoche oí a Lyndon Baines Johnson amonestar a su gente y recomendar a los negros que desistiesen de la violencia y que no siguiesen el camino de los asesinos. Y de toda la baba soltad,a una cosa me llamó poderosamente la atención y me ofendió personalmente. Estaba haciendo cambios a una famosa declaración de Malcom X en su discurso titulado “El voto o la bala”. Malcom X había profetizado que si el voto no conseguía alcanzar la liberación para los negros, entonces tendría que imponerse la bala. Y Lyndon Johnson dijo la noche de ayer que iba a demostrarle a la nación y al pueblo norteamericano que el voto, no la bala, habría de imponerse. Viniendo de él, fue simplemente un insulto.

Quienes en el Partido Pantera Negra hemos estado interpretando los acontecimientos y previniendo el futuro hemos dicho que éste será el año de la Pantera, que éste será el año de la Pantera Negra. Y ahora todo lo que veo no me deja dudas. Y ahora tenemos a Stokely Carmichael, a Rap Brown y sobre todo tenemos a Huey P. Newton. Malcom X profetizó la llegada del fusil y Huey Newton cogió el fusil, y ahora a los fusiles se oponen los fusiles. A Malcom X lo abatieron los fusiles. A Martin Luther King lo abatieron los fusiles.

 

Estoy tratando de grabar en cinta magnetofónica unas cuantas palabras porque así me lo pidió el director de la revista Ramparts, para que expresase mis pensamientos sobre lo que significa el asesinato del doctor King para el futuro, sobre lo que probablemente ocurrirá y acerca de quién es probable que surja como dirigente nuevo o sobresaliente de los negros. Es difícil grabar palabras en esta cinta porque las palabras ya no vienen al caso. Lo que viene ahora a cuento es la acción. Y tal vez los Estados Unidos entiendan esto. Lo dudo. Creo que los Estados Unidos son incapaces de comprender nada que tenga que ver con los derechos humanos. Creo que los Estados Unidos ya se han suicidado y que quienes ahora nos arrastramos sobre su cuerpo muerto estamos muertos también en alguna parte de ese cadáver. Los Estados Unidos son verdaderamente una aborrecible carga de este planeta. Una carga sobre toda la humanidad. Y si nosotros, los que vivimos en los Estados Unidos…

 

Mientras estaba dictando su Réquiem por la no-violencia en la oficina de la revista Ramparts de San Francisco, Cleaver recibió una llamada telefónica y se fue en coche a Oakland, dejando el ensayo inconcluso. Unas cuantas horas más tarde fue detenido a consecuencia del tiroteo con la policía de Oakland y enviado a la prisión de Vacaville.

Artículo incluido en Pantera Negra, de Eldrige Cleaver, editado por Siglo XXI en su colección El hombre y sus obras, en 1970