Elsa Drucaroff: Un adiós a Juan Forn, escritor, editor y mago

Por Elsa Drucaroff

Este lunes 21 de junio la escritora, docente y crítica Elsa Drucaroff compartió desde sus redes sociales un valioso recuerdo sobre el escritor, periodista y editor Juan Forn, fallecido el domingo de un paro cardíaco, a los 61 años, que aquí compartimos con autorización de la autora. En su texto rescata no sólo su producción literaria, incluyendo el género inconfundible de «contratapas de Forn», sino también su rol clave como editor, cuando desde la colección «Biblioteca del sur» supo descubrir y agrupar a figuras clave de la literatura nacional. 

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Era joven para morir; casi toda la gente que lo cruzó o trabajó con él lo quería de veras. Eso alcanzaría para explicar la tristeza. Pero hay tanto más…
Juan Forn inventó un género literario que mereció un nombre certero, inconfundible: “las contratapas de Forn». Su invento cruzaba la maestría narrativa con una sensibilidad extraordinaria para percibir dónde está, cada vez, la magia en la historia del arte y la creación, dónde la poesía, y fundir todo eso en una tarea noble: divulgar, hacer saber: sus contratapas nos educaban sin subestimarnos ni humillarnos, sin dejarnos afuera con exhibiciones de jerga o de pedantería.

Pero antes de hacer de sus contratapas un género nuevo, Juan fundó lo que llamé en Los prisioneros de la torre la Nueva Narrativa Argentina o “narrativa de las generaciones de postdictadura”; ni más, ni menos: la fundó él.

Como autor, contribuyó a su nacimiento con un libro de cuentos, Nadar de noche, que captaba la lúcida decepción, el fundado escepticismo que cualquiera que era joven, inteligente y sensible, sentía en ese entonces latiéndole en el alma. Y por eso, pese al sonsonete editorial de que los cuentos no se venden, Nadar de noche fue además un éxito de mercado. Como editor, fue el partero de esa nueva narrativa desde el momento mismo en que creó y dirigió la colección «Biblioteca del Sur» y eligió publicar libros que también fueron éxitos, porque hacían entrar a la literatura, por primera vez, los acentos y las voces que sonaban en la sociedad argentina pero el viejo y sordo progresismo de esos años menemistas se negaba a escuchar, emperrado en la idiota tarea de mantener con vida un mundo muerto y así, los sueños de su propia juventud, una que ya se había terminado hacía rato, de la peor manera.

En «Biblioteca del Sur», Juan Forn publicó a Fogwill y Muchacha Punk se volvió un libro faro para la escritura joven; publicó el premonitorio El muchacho peronista, de Marcelo Figueras, y la libertad y la fiesta del deseo de narrar derrotaron cualquier compromiso político forzado; publicó Rapado, de Martín Rejtman, y teenagers apáticos y sometidos al vacío de la Historia, que caminaban invisibles por nuestros espacios urbanos, lograron que la literatura se ocupara de ellos, enfrentando el estereotipo setentista de una adolescencia edulcorada que sobrevivía únicamente en el deseo de padres y madres progres, trasnochadxs; publicó Acerca de Roderer, de Guillermo Martínez, y una versión impensada de la pasión y la utopía sacudió la vieja literatura; publicó Historia argentina, de Rodrigo Fresán, y nos obligó (me incluyo) a la rabia y el enojo, porque se atrevía a burlarse de nuestras intocables verdades setentistas y su risa insolente salpicaba sal en las heridas abiertas que la dictadura había infligido a nuestra juventud. Una juventud que en mi caso, en ese entonces, continuaba todavía, pero estaba separada de la juventud de Fresán, de la de todos ellos, incluso de Forn, que era mi contemporáneo en términos biológicos, por un abismo político-cultural. ¿Quiénes eran estos nuevos jóvenes que se atrevían a plantear la duda? Desconcertadxs, nos esforzábamos por considerar su palabra “despolitizada”, como si cuestionar nuestras intocables verdades setentistas no fuera un acto poderosamente político; llamábamos a esa palabra “derrotada”, como si no fuéramos nosotrxs quiénes habíamos peleado y habíamos sido vencidxs.

Forn, Figueras, Rejtman, Martínez, Fresán fueron los últimos nuevos escritores capaces de llegar a nuevos lectores y lectoras en Argentina. “Biblioteca del Sur” supo descubrirlos y agruparlos. Es decir: lo supo Juan. Juan Forn, editor, escritor y creo que visionario.

Después llegaron para la “Nueva Narrativa Argentina” la invisibilidad y el ostracismo, hasta que la luz volvió a encenderse de a poco quince, veinte años después, desde unos años más tarde de la gesta de 2001. “Biblioteca del Sur” inició esta Nueva Narrativa Argentina que hoy ya no necesita el nombre marketinero para afirmarse.

Eran todos escritores hombres, sí, y no porque no hubiera muy buenas escritoras, de la misma edad o mayores, dando vueltas con sus originales bajo el brazo. Pero eran tiempos donde ser escritora y lograr que te consideraran no era fácil y Juan Forn no fue una excepción en ese aspecto. Muy pocos títulos de su extraordinaria «Biblioteca del Sur» están escritos por mujeres y es una pena. Como es una pena que la joyita Son cuentos chinos, de Luisa Futoransky”, uno de los pocos títulos femeninos de la colección, sea invisible incluso hoy, oculta en la bruma sexista de ignorancia. Otras narradoras que tuvieron la suerte de ser un poco más jóvenes lograrían publicar en pequeñas editoriales una década después y hasta ganar concursos. Aunque casi nunca se las leería en serio hasta dos o tres décadas más tarde y a varias ni siquiera se las lee en serio todavía.

Pero aunque el Juan de entonces no se haya diferenciado del sexismo imperante en editores y editoras de aquel mundo, hay que decir que hace no mucho fue quien supo apostar por el talento, la poesía, el dolor de la escritura travesti de Camila Sosa Villada y a él le debemos también la felicidad de poder hoy leer Las malas o El viaje inútil, y no solo en Argentina.

Yo no lo veía a Juan casi nunca, aunque por los noventa, cuando Alejandro Horowicz hizo con él la colección “Espejo de la Argentina”, lo crucé bastante seguido. Conocí su pasión literaria, su oficio experto, su original forma de coraje. Y lo leí y disfruté de su talento. Y además, en aquellos desconcertantes años noventa, cuando el mundo que yo había conocido me descolocaba con su hedor de cadáver insepulto, mis ojos de mujer escritora con originales bajo el brazo se volvieron testigos del parto de Juan Forn. Yo lo vi dar a luz la Nueva Narrativa Argentina y entendí que algo pasaba, aunque no pude definirlo de inmediato. Y cuando pude, lo conté en Los prisioneros de la torre. Dije, entre otras cosas, más o menos esto:

Nadar de noche conquistó por algo a adolescentes y jóvenes que luego serían protagonistas del campo literario. En este parto oscuro, ignorado, se inauguraban entonaciones que después serían muy productivas. La Nueva Narrativa Argentina nace sin bautismo ni gloria, con estas obras fundacionales que sólo escriben varones (porque a las escritoras nuevas les llevará más años ser publicadas), alentada por una editorial con poder de marketing, que no logra construir una política de sostén eficaz para su éxito, y que por eso tiene apenas un rato de buenas ventas. Nace despreciada por los falsos «marginales» progresistas de la generación de mando y predominio y también, por la crítica académica. Y luego es exiliada en la oscuridad, enseguida la vuelven invisible. Pero nace. Y hoy se puede trazar el camino de regreso hacia aquel parto. Un camino que no sólo enhebra estéticas de hoy con ese ayer reciente, también enhebra escritores de hoy con lectores de entonces.»

Debe ser por eso, me digo ahora, que centenares de lectorxs y escritorx han llenado las redes de homenajes y despedidas al querido Juan Forn. Porque se murió un protagonista, un gestor, un artista. Alguien capaz de dar a luz lo que nadie imaginaba que podía iluminarse. Un mago, tal vez. Un mago lleno de rulos, capaz de abrir la puerta de mil mundos.