En medio de unas islas fantasmáticas: A treinta y siete años de Malvinas


Por Lali Destéfanis

Una memoria de la guerra de Malvinas desde el punto de vista de quienes en aquel entonces éramos niñxs, atravesada por la cotidianeidad de la dictadura y luego recuperada y dotada de sentido por las primeras literaturas que nuestro país ha producido sobre el desgarro de 1982.

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Comenzó nuestro otoño. Hermoso en el paisaje, terrible en la memoria. Dejar el verano atrás pone en escena todos los rigores: la escuela, el trabajo, la rutina. Del mismo modo parece haber operado la coalición cívico-militar que golpeó en 1976: 24 de marzo, 2 de abril. Así, con la entrada de los primeros fríos comienza a desplegarse, cada quien a su modo, la memoria espesa de las acciones bélicas que fueron marcando la guerra. En mi caso, la noticia del desembarco en Malvinas es una escena de angustia y desesperación entre mi madre y Rosa, las dos personas adultas con las que convivía en 1982. Luego, de inmediato, la escuela intentando descorrer el manto de neblina de un territorio que, sin conocerlo posiblemente jamás a lo largo de la vida, lxs compatriotas sostendremos en la conciencia como una obsesión o un dolor. Porque el peso de las generaciones muertas, en el caso de quienes ingresamos a la conciencia política una vez terminada la dictadura, es inmenso, múltiple, de duelo extenso. En Los prisioneros de la torre, Elsa Drucaroff propone la metáfora de Ortega y Gasset para señalar cómo las generaciones de escritorxs de posdictadura no tuvieron quiénes los llevaran en andas sobre hombros firmes hasta lo alto de la torre para desde allí, en plena juventud, contemplar el mundo: quienes debieron cargarnos eran ausencias (o presencias) fantasmales. La culpa y el duelo empañarían entonces nuestras conciencias, quitándonos la frescura propia de los años jóvenes.

El mundo guardaba secretos también para nosotrxs: macabros, siniestros. Los fuimos descubriendo desde que tenemos conciencia, los vivimos como un arrebato feroz al transitar el mundo. Malvinas es un dolor social primero ocultado por el Estado genocida, luego relegado por el duelo de los treinta mil. Así, también, su representación literaria: es célebre ya el relato de Fogwill sobre su acierto pionero en la ficcionalización de la guerra, como un eslabón muy solitario hasta una década más tarde, cuando Malvinas empezó a encontrar un espacio de representación en la literatura y otras artes. Pero ¿cuáles fueron las preguntas que lanzaron esas primeras representaciones? ¿Qué proyecciones encontramos allí, en algunos de aquellos relatos?

Fogwill escribe Los pichiciegos en unos pocos días de intensidad, durante el transcurso de la guerra.  Es, a la par que Néstor Perlongher, León Rozitchner, Madres de Plaza de Mayo, Osvaldo Bayer, David Viñas, Osvaldo Soriano, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Adolfo Pérez Esquivel, Jaime de Nevares y Jorge Novak, de los primeros en señalar la coartada nacionalista. Lo hace a su -genial- modo.

“Yo vivía en una pocilga vecina al departamento de mi mamá. Cada día, volviendo de trabajar, pasaba por su casa a saludar y a surtirme de comida antes de irme a engordar mi Memoria Romana y revisar las novedades de su enfermedad. Ella estaba enferma y yo trabajaba en una agencia de publicidad donde se daban cita comodoros y generales a repartirse las ganancias de las cuentas publicitarias de las empresas intervenidas por el Banco Central: las marcas Noel, Resero, Ferrum, el grupo Greco, el grupo Catena y otras. Era una mina de oro y allí participaba en conversaciones en las que un brigadier retirado Cabrera, por entonces vicepresidente del Central y un general activo Saá se jactaban de la victoria inminente de las tropas argentinas. Como yo imaginaba miles de muertos, la escena no daba risa sino pánico. Esa tarde, creo que fue el primer martes de mayo del 82, al llegar a la casa encontré a mamá y a la empleada que la cuidaba pegadas al televisor y mamá me recibió gritando entusiasmada;

-¡Hundimos un barco…!

Ni la imagen de decenas de ingleses violetas flotando congelados, que de alguna manera me alegraba, pudo atenuar el horror que me producía el veneno mediático inoculado a mi familia.

Entonces volví a mi pocilga, escribí la frase “mamá hoy hundió un barco” con la que di por terminada para siempre mi fallida novela romana, cargué otra hoja de papel en la IBM y doce horas después había terminado la mitad del relato de Los Pichiciegos

Su lúcido relato adelanta lo que sería la lógica hegemónica de las relaciones sociales de posdictadura: salvar el propio pellejo en la jaula con tramperas tendida por los campeones del neoliberalismo, negociar el día a día, transar sin referencia una ética, tan dura de sostener en la supervivencia. Y desoír los fantasmas, resistir, luego contarlo. En la figura de Quiquito ya emerge el testigo cuyo relato pierde pie ante quienes no hubieran compartido esa experiencia límite; Quiquito es, también, él mismo, Quique Fogwill, que había sobrevivido a la dictadura para contarla, sin ningún alarde y con el filoso descreimiento de quienes vendrían a narrar después. La conciencia de inenarrabilidad de aquella experiencia límite en la voz de Quiquito ya está presente en las tempranas entrevistas de Daniel Kon, publicadas como Los chicos de la guerra. Agamben teorizó sobre esta problemática del testigo, que Primo Levi ya había expuesto de manera contundente ante el mundo: la experiencia que queda por fuera del lenguaje, incompleta además para quien sobrevive, ya que no puede contar, desde la experiencia de morir, las muertes que sin embargo viene a testificar. Carlos Gamerro cuenta:

“Cuando estaba escribiendo Las Islas, que trata, entre otras cosas, de la Guerra de Malvinas, quise entrevistar a los soldados que habían participado en ella. En su ensayo Experiencia y pobreza, Walter Benjamin famosamente dijo que durante la Gran Guerra los hombres ‘volvían mudos del campo de batalla’ y, agregaba, ‘no enriquecidos sino más pobres en cuanto a experiencia comunicable’. De eso que había pasado en las trincheras, los soldados que volvían no podían hablar, eso que habían vivido nunca había pasado antes. Jorge Luis Borges nos recuerda, una y otra vez, que el lenguaje, para comunicar, requiere de experiencias compartidas. Palabras como ‘rojo’, ‘verde’ o ‘violeta’ nada pueden decirle a un ciego de nacimiento; ciegos también, y sordos, eran los oyentes de los soldados que volvían de las trincheras, educados por tres milenios de literatura épica y relatos orales a concebir la guerra como el terreno privilegiado donde se desplegaban valores como el honor, la gloria o la hombría. Mi descubrimiento personal fue que los soldados volvían de Malvinas no mudos sino lacónicos. Me miraban como si supieran de antemano que yo no iba a entender, que las mismas palabras significarían, para nosotros, cosas diferentes. Entre ellos, en cambio, se entendían perfectamente. Cada palabra que usaban, como ‘frío’, ‘pozo de zorro’, ‘balas trazadoras’, ‘bombardeo naval’, desbordaba de paisajes, situaciones y vivencias definidas y precisas, infinitamente ricas y sugerentes, aterradoras, intolerablemente vívidas. Uno de ellos las pronunciaba; los otros asentían, generalmente mudos. Para hablar conmigo, todas las palabras parecían insuficientes; para comunicarse entre ellos, las palabras eran casi innecesarias: lo mismo valían los silencios y los gestos”.

Otro de los textos tempranos es el muy breve relato de Borges, “Juan López y John Ward”. Ahí, el viejo maestro quiere desplazar la diferencia y aun inventar, en la figura del mártir ideal, las zonas de arribo entre dos clases-culturas: “Les tocó en suerte una época extraña. […] El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender”. La traza del azar y la incomprensión que este narrador deja plantadas en la escena que evoca, lo sabemos, no son tales: detrás están las causas, quien quiera oír, que oiga. Es lamentable conocer cuánto la historia contradice este imaginario del deseo que Borges despliega: en 1982, días difíciles en las Malvinas, en el que el kelper John Fowler brinda su testimonio, leemos la anécdota de la confusión, que es precisamente la que primó a lo largo de la guerra.

“Un relato que narró un paracaidista bajo y robusto mientras tenía a mi bebé sobre sus rodillas aún me parece el más triste de los que escuché. Explicaba que tomar las trincheras de la posición elevada de Darwin por medios convencionales se les estaba haciendo muy complicado. Por fin, descubrieron que lo que mejor funcionaba era algún tipo de misil tierra-aire que llevaban. Le acertaron a un emplazamiento argentino con uno de esos ingenios, y, al ver que los disparos desde allí cesaban, sus compañeros y él avanzaron sobre las humeantes ruinas. Allí se encontraron con que, milagrosamente, un argentino seguía con vida.
-Se reía. Y no tardamos en reír con él. Reíamos y reíamos. No paramos de reír hasta que cometió un gran error.
-¿Qué error?
-Nos hizo una “v” con los dedos.
-¿Y ustedes qué hicieron?
-Le pegamos un tiro.
-¿Para qué lado tenía los dedos? Quizá su intención fuese hacer una “v” de “victoria”, no insultarlos.
-Ah, caray, no se me había ocurrido.

Los dedos en V son para la mayoría un símbolo universal de victoria (y para los argentinos, de “Perón Vuelve”). Sin embargo, una vieja tradición inglesa señala que en vísperas de la batalla de Agincourt (1415) durante la Guerra de los Cien Años, los franceses amenazaron a los arqueros ingleses con que les cortarían los dedos índice y medio, que usaban para disparar. Estos los habrían exhibido haciendo el gesto burlón antes y después de la batalla (que terminó en una derrota catastrófica para los franceses) pero con la palma hacia adentro. Con el tiempo, el gesto se convirtió en una amenaza y desafío puro -y, entre los cockneys, un insulto-. Más recientemente, desde la década de 1960, tiempos del movimiento hippie y la guerra de Vietnam, representó la paz. Probablemente el infortunado infante argentino haya hecho el viejo gesto de los arqueros”.

Tal como lo expuso Fogwill, la guerra fue mucho más el anecdotario de la diferencia entre compatriotas argentinos que del entendimiento entre argentinos, ingleses y mercenarios.

A diez años de la Malvinas, Carlos Gamerro comenzaría a escribir Las Islas. Cuando fui recorriendo esas seiscientas páginas de la primera edición de Simurg (fue reeditada luego, en Edhasa), supe que había allí un trabajo con el fantasma. Absolutamente contemporáneo de la generación de hombres trasladados al sur bajo recluta (la clase 62), el autor reconstruye, desde el presente de los años noventa, ese pasado reciente de quienes tenían por entonces poco menos de treinta años. Leí varias veces Las Islas: no hay modo de transitar sus capítulos finales sin que la emoción precipite. De algún modo, con las letras, sin las armas, Gamerro hace justicia a los mil doscientos, y a los treinta mil, y nos quita buena parte del peso que oprime nuestros cerebros desde los años tempranos.