Estado y ficción: a propósito de «Malvinas en la geopolítica del imperialismo» y de «Shakespeare en Malvinas»

Por Lali Destéfanis

Lali Destéfanis cruza la lectura de dos textos que encaran la problemática de nuestras Islas Malvinas desde dos perspectivas muy distintas: Malvinas en la geopolítica del imperialismo, de Sonia Winer y Lucas Melfi, que aporta una serie de datos duros sobre la importancia estratégica de las islas para el Complejo Industrial Militar británico, y Shakespeare en Malvinas, los siempre estimulantes ensayos de Carlos Gamerro sobre las Islas, reunidos en una edición única.

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Los primeros tiempos de la pandemia escuchaba los informes del Ministerio de Salud: la sorpresa e incomodidad que me producían los trece contagios “en nuestras Islas Malvinas” sumados al conteo nacional es difícil de sopesar. ¿Era Juan López o era John Ward el nuevo contagiado? ¿Una pregunta absurda? Pensar en el Estado argentino me lleva a ese bellísimo poema de Gustavo Caso Rosendi, “Última carta”, en el que se menciona al soldado Martín Raninqueo (sí, poeta también él, y a su haiku de guerra que confunde luciérnagas con trazadoras: «Luciérnagas de muerte/ llegando el ocaso/ Vienen del mar»). La figura del soldado Raninqueo conmueve en el poema de Caso Rosendi porque nos hace entender, por si no lo sabíamos, que fue enviado a morir por ese mismo Estado que había aniquilado un siglo antes a su pueblo.

ÚLTIMA CARTA

Sobre la plancheta de reglaje

del mortero escribe

“Aquí no hay álamos”

 

Ha visto a la muerte

comiéndole el brazo

al soldado Santos

Ha visto la cara desnuda

de aquel que fue Juárez

alguna vez

y ahora escribe

“querido Pablo”

 

Su garganta exhala

fantasmas de niebla

alaridos de la vela

que lo alumbra

(ángel de cera

ala tuerta que crece

que pinta sombras

en la piedra)

 

y el soldado Raninqueo

escribe

inocencias de otros fuegos

ternuras ya perdidas

habla de tía-abuela

de una cajita de música

“no entregar Carhué al huinca”

escribe

 

Afuera el vivac es una toldería arrasada

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Ahora se nos hace saber con preocupación que en las “islas demasiado famosas” hay trece contagios mientras que acá a unas cuadras muere Ramona Medina por falta de agua corriente. Entonces pienso en el Estado. Ya se sabe: los reyes son los padres. Una ficción difícil.

Hay muchas formas de pensar las Islas. Está el dato duro, que eternamente desconocemos (¿qué sabemos, acaso, de ese territorio?) y está el conflicto y sus consecuencias. Para el dato duro podemos ir a la lectura que propone Malvinas en la geopolítica del imperialismo, estudio de Sonia Winer y Lucas Melfi que acaba de editar Prometeo. Allí se presta especial atención al Complejo Industrial Militar británico, su historia y su incidencia sobre la estrategia postulada por Inglaterra hacia el confín de la franja de islas a lo largo del Atlántico Sur bajo su dominio. Estos asientos militares le permiten controlar las costas de dos continentes, América y África, y concluye sobre la Antártida. En conexión con otros enclaves estratégicos (la Isla Ascención, la Isla Santa Elena, la Isla Tristán da Cunha) constituye un cerco de influencia. El libro realiza además un recorrido por las tramas diplomáticas que atravesaron los últimos gobiernos en Argentina en la cuestión del reclamo por la soberanía de las Islas Malvinas, así como en la observación del cumplimiento las normativas de regulación extractiva en la región. En este sentido, el reclamo que lxs autorxs dejan abierto es el de una soberanía ecológica.

Por otra parte, Espacio Hudson reunió en Shakespeare en Malvinas los ensayos (2002-2018) de Carlos Gamerro en torno a las Islas, sus representaciones tanto literarias como en esa comunidad imaginaria de la que habla Anderson al pensar las naciones. Entre las muchísimas disquisiciones que Gamerro plantea, hay un nodo central que vuelve sobre la incomodidad: las Islas me retrotraen a la guerra. Cómo no, si fue el único momento en que “la hermanita perdida” pasó a formar parte de algún imaginario de lo nacional, bien que de manera brutal. Por esto mismo, pensar en Malvinas es ingresar al cono insondable de los crímenes de la dictadura, en alianza y con el apoyo de vastísimos sectores de la sociedad civil: a pesar de irrumpir en ese panorama, confluyó en el reclamo por Malvinas un amplísimo arco del espectro social, que encolumnó tras una misma causa a militares golpistas, a ciudadanos sin militancia política, al Partido Comunista, a sectores del peronismo y a corrientes maoístas y trotskistas. Fueron contadas las voces disidentes: Madres de Plaza de Mayo, personalidades de la cultura como Néstor Perlongher (“Todo el poder a Lady Di”, el primero de varios pronunciamientos al respecto), Carlos Brocato, Osvaldo Bayer, David Viñas, Osvaldo Soriano, Julio Cortázar y Jorge Luis Borges, los obispos de Jaime de Nevares y Jorge Novak, dirigentes ligados a los derechos humanos como Adolfo Pérez Esquivel (Winer y Melfi presentan en anexo la carta que le envió en 2012 a David Cameron). Esa sumatoria de nacionalismo y antimperialismo formó una entente que desembocó en la concentración de Plaza de Mayo del 2 de abril de 1982. Célebres, por escasas, son las voces que se alzaron en contra; tristes son las que dieron apoyo desde diversos sectores de la militancia partidaria que se había opuesto a la dictadura y que en este caso apoyaba su aventura bélica por “antiimperialista”.

Por supuesto, volver sobre las Islas también es pensar en quienes fueron a combatir sin quererlo, o queriendo pero a distancia de las posiciones oficialistas. Y aun así, con Gamerro: “En lo personal, me siento menos cerca de aquellos que combatieron valientemente o murieron por la patria que de los soldados que tuvieron miedo y trataron de salvar sus vidas, o las de otros, los que se ayudaban entre sí a sobrevivir, a resistir las condiciones inhumanas y las vejaciones y humillaciones constantes de sus superiores. Quienes hayan hecho la colimba saben que es una gigantesca trituradora cuyo fin último es convertir el instinto de solidaridad en el hábito de la obediencia”. Me pregunto si existió alguna vez una institución semejante en la que el rol protagónico lo hayan tenido mujeres/disidencias.

Sigue siendo incómodo tomar una posición crítica respecto del conflicto bélico del Atlántico Sur en Argentina. Federico Lorenz, quien más trabajó la historia de las Islas, confirma que “ha sido así desde el final mismo de la guerra: criticarla es ser antinacional; reivindicar la lucha contra el imperialismo, apólogo de la dictadura. Sostener el reclamo, un resabio fascistoide; llamar a tener en cuenta las experiencias de los isleños, ser ‘liberal’, cipayo o antipopular”. Los hitos de las Fuerzas Armadas del Estado argentino fueron el genocidio de los pueblos originarios, la guerra de invasión al Paraguay y los continuos golpes de Estado. Esa patria sin fronteras llamada ficción permite poner palabras al trauma y es también un medio para transformar tanto duelo en defensa de la vida, llámese ésta “soberanía ecológica” o, más bien, acceso al agua potable para toda la población, siempre.

 

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