Gato con botas, un héroe con ataques de pánico

Por Pedro Perucca

Pedro Perucca vio «Gato con botas: el último deseo» y, tratando de superar la angustia, escribió sobre la película que de forma inesperada recupera el espíritu aterrorizante y oscuro de los cuentos de hadas tradicionales. Más cerca de Joy Division que de The Monkees, regresa el felino que supo ser el alivio cómico de Shrek pero en versión existencialista y depresiva. Lloren, chicxs, lloren. Todxs vamos a morir.

 

El miedo mata la mente.
El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total.
Fragmento de la «Letanía Bene Gesserit contra el miedo», en Duna, de Frank Herbert.

 

Si bien está claro que Gato con Botas: el último deseo, la más reciente película de animación de Dreamworks, no vino a revolucionar el mundo de las de películas “infantiles” lo cierto es que logró constituirse como una sorpresa en la cartelera veraniega. A años luz de la primera película en solitario del héroe nacido en el Shrekverse, de 2011, esta demoradísima entrega se propone como una aventura más sólida, oscura y, por momentos, angustiante.

 

Primero hay que saber sufrir

Sabemos que, por lo menos desde el estreno de Toy Story (¡hace ya 28 años!), las películas de animación digital son multitarget, con elementos que cumplen con su objetivo explícito de entretener al público infantil pero casi siempre con un agregado discursivo que apunta a los adultos acompañantes, con referencias, chistes o reflexiones que claramente puentean a lxs niñxs. En el caso que nos ocupa, esto incluso se pasa de rosca, al punto de que no serían muy insólitas las escenas de papás quebrados tratando de que las lágrimas corran en silencio mientras sus párvulos se ríen de los mohines del comic relief de turno.

Lejos de calzar las famosas botas de siete leguas, la secuela de las aventuras del Puss in Boots pareció tener los pies calzados en un bloque de cemento en el fondo de un río durante la última década. El productor ejecutivo Guillermo del Toro había anunciado el film a fines de 2012, un año después del estreno del primer spinoff y en 2014 Antonio Banderas (la perfecta voz del personaje, tanto en inglés como en el doblaje castellano, y principal responsable de su supervivencia) ratificó que ya estaba trabajando en el proyecto. Su estreno se programó originalmente para 2018, pero una reestructuración corporativa y una serie de cambios en la política de DreamWorks Animation fueron demorando la película. Con estos retrasos, que en momento hicieron sospechar incluso que se llegaría a estrenar antes la prometida Shrek 5, hasta la historia de base fue cambiando, para llegar al título definitivo recién en 2020.

A lo largo del proceso también fueron sucediéndose los potenciales directores, incluyendo a Bob Persichetti, que en 2018 rompió todo con la perfecta Spider-Man: Into the Spider-Verse. Finalmente el elegido fue Joel Crawford, un director que si bien cuenta con una larga carrera en el mundo de la animación (fue responsable de artístico de clásicos como Bee Movie, las Kung Fu Panda y Bob Esponja) en principio no contaba con demasiados pergaminos en el rubro dirección, con el único antecedente cinematográfico de la secuela de The Croods (2013), producida por Dreamworks y estrenada en 2020. Se hicieron cargo del guion Paul Fisher (que lo había acompañado en la de los cavernícolas, después de escribir la divertida Lego Ninjago) y y Tommy Swerdlow, actor ochentoso reconvertido en guionista (responsable de la versión animada 2018 de El Grinch) y director, con su ópera prima A Thousand Junkies (2017), que también protagoniza. Esta es una comedia dramática sobre tres yonkies heroinómanos buscando una dosis durante todo el día en la ciudad de Los Ángeles. Dato de color: Swerdlow eligió a los otros dos integrantes del trio central de la película tras haberlos conocidos en su grupo de Alcohólicos Anónimos.

Esta recorrida por la historia de los responsables de la nueva aventura gatuna no apunta simplemente a demostrar unas básicas capacidades de googleo sino a poner en evidencia que el clima oscuro de la historia viene de algún lado y que sus creadores son señores mayores de 50, que seguramente conocen de primera mano algo sobre la amenaza del fracaso, el miedo paralizante, los ataques de pánico y la desesperada esperanza de redención jugada a una última carta. Aunque se presente como una aventura para niñxs, en última instancia éstos son los tópicos principales de El último deseo. Por supuesto, esta idea no hubiera podido avanzar más de dos casillas sin el aval de Guillermo del Toro, a quien agradecemos que no deje de atender al llamado de las sombras.

Antes de avanzar con esta hipótesis, para lo que nos veremos obligados a spoilear un poco (igual son cosas que ya se adivinan en el trailer, y no somos chicxs, vamos), debemos reconocer que, además, el terror y la desesperación formaban parte obligatoria de los relatos para niñxs de siglos anteriores. “El gato con botas” es un cuento popular europeo recopilado por el francés Charles Perrault en 1695, donde el felino (un flaco gato de galpón) queda como única herencia de un molinero agonizante a su hijo quinceañero, que ante la miseria que lo rodea incluso piensa en comérselo. Pero pronto el gato le pide una bolsa y un par de botas para probar que el regalo no fue tan despreciable, logrando finalmente casar al plebeyo -reconvertido en Marqués de Carabás- con la hija del rey, a fuerza de ingenio, mentiras, estratagemas y amenazas. Un félido de recursos.

Aunque las versiones de Perrault atenúan en buena parte la crueldad y el horror inherente a los cuentos medievales, plenos de muerte, terror, desmembramientos y antropofagia (recordemos que por entonces no existía una idea de la niñez como la que manejamos hoy), sus versiones a veces pueden ser incluso más brutales que las de sus competidores alemanes, los hermanos Grimm. La versión de Caperucita Roja que muchos conocemos, en la que un leñador le abre la panza al lobo para rescatar vivas a la niña y su abuelita, es la de los teutones, ya que en la de Perrault resultan ambas irreparablemente devoradas. Y hay historias mucho mucho más terribles, desde la del femicida serial de Barba Azul hasta la tremenda Hansel y Gretel, donde los hermanitos, después de ser abandonados en el bosque por unos padres que no pueden alimentarlos, terminan enjaulados para engorde mientras esperan a que una bruja horripilante se los meriende. Así eran los cuentos de hadas antes de su pasteurización moderna. A Del Toro le gusta esto.

 

Pánico y locura

El Gato con Botas, cuya actual encarnación apareció en 2004 en Shrek 2, operaba entonces como el alivio cómico de la película, aunque la gracia y el oficio de Banderas siempre lograra redimirlo. La actual aventura de Puss, muy superior a su primer film en solitario, arranca con todo, en medio de una fiesta a todo descontrol en la mansión intrusada de un poderosos funcionario, en la que nuestro héroe bebe (leche), baila, toca la guitarra y canta (autoparodiando aquella gran escena de bar de El mariachi), dándolo todo para ser el centro de atención y cumplir con las expectativas populares de lo que debe ser un verdadero héroe seductor y sin miedo a la muerte. Inmediatamente tendrá oportunidad de probar estas dotes derrotando a un troll alto como un campanario que amenaza al pueblo (atención a las secuencias de animación de las peleas, ultra dinámicas y claramente tributarias de una estética animé siempre bienvenida). Tranquilxs, el héroe está aquí.

Después de imponerse en su enésima hazaña, Gato muere por una casualidad desafortunada y al revivir el médico del pueblo lo obliga a un racconto que le confirma que se encuentra transitando la última de sus nueve vidas, por lo que le recomienda colgar la capa. Como siempre, Gato ríe, como lo hace habitualmente en la cara de la muerte. Pero no hay dudas de que la noticia caló, lo que quedará claro poco después, en el enfrentamiento con el Lobo, un supuesto caza recompensas que busca su cabeza. Gato lucha riendo, como suele, pero esta vez se ve definitivamente superado. El intimidante enemigo es más rápido, más fuerte, más duro que él. Y esta podría ser la muerte definitiva. Por primera vez, nuestro héroe es tomado por el pánico en la batalla. Se le erizan todos los pelos del cuerpo y su miedo llega a las narices del lobo, que lo saborea. Lejos del heroísmo macbethiano de lanzarse con todas las fuerzas a la última pelea, aún sabiendo que lo espera la derrota (“¡Ponte en guardia, Macduff, y que la maldición caiga sobre el primero que diga basta!”), Gato titubea con el miedo pintado en su cara y, animalmente, elige vivir. Huye, abandonando su espada y de la forma más humillante posible, hasta terminar expulsado por las alcantarillas a un mundo en el que ya no es el héroe temerario que todos (y él mismo) creían que era, sino un pobre gato cobarde.

Con sus últimos jirones de dignidad, entierra un traje, un sombrero y unas botas de las que ya no es digno y se resigna a un retiro deprimente en la casa de la loca de los gatos, con otras decenas de perdedores a los que antes no les hubiera dedicado una mirada. Fracaso, autoconmiseración, miedo a la muerte, Alplax, Sertralina, alimento Raza reseco y piedritas sanitarias húmedas y apestosas. Ahora tu vida es esto. Lloren, chicos, lloren. También les va a tocar a ustedes.

Por supuesto, como esta no es una película de Aki Kaurismaki sino una de Dreamworks, luego habrá redención, reencuentro con el amor y derrota del miedo. Pero no será tan fácil. Al ponerse nuevamente en camino para una última búsqueda del tesoro (en cuyo final hay una estrella que puede concederle nuevamente su deseo de más vidas que le permitan volver a la despreocupación heroica), Gato todavía está tembloroso e inseguro. En por lo menos dos oportunidades la reaparición del Lobo (que a poco de andar le revela que es ni más ni menos que la Parca, literal, la Huesuda, la Guadaña, la Calaca, la Chingada, el Ñato, el fucking Grim Reaper) hunde a nuestro felino felino favorito en brutales ataques de pánico. Piel de gallina, pelos erizados, dificultad para respirar, taquicardia, desesperación, alucinaciones, sensación de muerte inminente, necesidad de huir sin saber hacia dónde. El camino de la redención es duro. Por suerte cuenta con su ex amor Kitty Patitas Blandas (con la voz de Salma Hayek, que inexplicablemente no dobla la versión española) y con el impagable Perrito, cuyo contrafáctico optimismo perruno a prueba de espectros acaba salvando el día más de una vez.

En esta segunda mitad, la de la búsqueda del tesoro propiamente dicha, la película no presenta grandes novedades pero es más que llevadera, sosteniendo el ritmo y con dinámicas escenas de combate. Ya sabemos: bosque encantado, redescubrimiento del amor, team friendship y una constante disputa con una matrioshka de enemigos compuesta por Ricitos de Oro y su familia de osos (con las voces de Florence Pugh y de la gran Olivia Colman, entre otras), el tremendo psicópata Big Jack Horner (a cargo de muchas de las referencias paródicas a personajes y situaciones del mundo Disney) y, claro, el Lobo, uno de los villanos más intimidantes del cine de los últimos tiempos (con voz de Wagner Moura).

La moraleja no te sorprenderá, pero bueno, las de Perrault tampoco lo hacen. En cualquier caso, se trata de una apuesta extraña para el cine de vacaciones, con una película que es lo menos “generación de cristal” que se haya visto en salas infantiles en mucho tiempo. Si pueden superar el prejuicio generado por la decadente saga de Shrek, se encontrarán con una película mucho más interesante y densa, con un Gato con Botas infinitamente más cerca de Joy Division que de The Monkees. Recomendada para niños medievales y adultos que puedan manejar la angustia.