¿Hay vida en la ciencia ficción argentina?

Sonámbula armó un panorama de la ciencia ficción argentina contemporánea guiada por una pregunta central: ¿es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo?

Por Juan Mattio

1- El futuro llegó

¿Existe una ciencia ficción argentina? En 1977, ante esa pregunta, Elvio Gandolfo respondió que no había tal cosa: “casi no hay escritores dedicados con exclusividad a su cultivo, ni revistas especializadas que hayan brindado o brinden un campo regular para los relatos locales, ni una cantidad suficiente de autores buenos, mediocres y malos que en su totalidad conformen la existencia de un género con características propias”.

Cuarenta años después Sonámbula consultó a Laura Ponce, directora de la revista Próxima y autora del género. La respuesta fue inversa: “Sí existe, y muy bien delineada. Así como existe una ciencia ficción latinoamericana, existe una ciencia ficción argentina. Y entre sus características está el vínculo con el fantástico rioplatense y tiene mucho más que ver con la construcción moderna de la ciencia ficción, con problemáticas ligadas al viaje interior y más desconectada del viaje exterior o con el uso de la tecnología que hace la ciencia ficción dura. Podemos decir que nuestra ciencia ficción está más cerca de la distopía y del ciberpunk, dedicada a pensar, por ejemplo, la tecnología que utilizamos en relación a internet y al espacio virtual, como tecnología basura, de segunda”.

Lo cierto es que entre los imaginarios literarios de la literatura argentina contemporánea, el de la ciencia ficción reaparece e insiste. En una intervención durante la Feria de Editores, Martín Felipe Castagnet hacía notar que muchas veces los grandes grupos editoriales publican novelas de ciencia ficción aunque no utilizan esa pertenencia al género como una estrategia de circulación. En esa serie mencionó a Cataratas (Random House, 2015) de Hernán Vanoli y a Las constelaciones oscuras (Random House, 2015) de Pola Oloixarac.

Por su parte, Laura Ponce, construye un mapa de ediciones dispersas: “Pienso en autores ineludibles en este momento: Ariadna Castellarnau autora de Quema (Gog & Magog 2015), también en Castagnet con sus dos novelas Los cuerpos del verano (Factotum, 2012) y Los mantras modernos (Sigilo, 2017), también está Sebastián Robles con Las redes invisible ((Momofuku,2014), Marcelo Carnero con La boca seca (Mardulce, 2014) y Esteban Prado con Ana, la niña austral (Letra Sudaka, 2015)

A estas constelaciones de títulos y editoriales, se puede sumar la existencia de tres revistas dedicadas al género: Axxon, Próxima y Quark, el festival Pórtico en la Universidad Nacional de La Plata, las tertulia que organiza Ponce una vez al mes y que reúne a lectores y autores ligados a la ciencia ficción, y una serie de proyectos editoriales: Literatura Clase B (con su colección El juguete rabioso radioactivo), la colección Zona Pulp de Interzona y la editorial Ayarmanot. Aquello que Gandolfo no encontraba en 1977 parece una realidad en el presente. El futuro llegó. Pero, ¿de qué futuro se trata?

2- En el futuro que llegó no hay futuro

Si se puede leer El Eternauta en relación a la literatura -y los relatos orales- de la resistencia peronista, como propone Horacio González, es entonces posible pensar cómo se conectan algunas de estas novelas publicadas en los últimos años con otros discursos sociales que están circulando en nuestra sociedad. Se trata de un programa crítico que Fredric Jameson formuló de esta manera: “Detectar y relevar -tras vestigios escritos del inconsciente político tales como los textos narrativos de la cultura elevada o de masas, pero también tras otros síntomas o vestigios que constituyen opinión, ideología o inclusos sistemas filosóficos- los contornos de un movimiento narrativo más profundo y amplio en el que cierta coyuntura histórica los grupos de una colectividad dada examinan con inquietud su destino, y lo exploran con esperanza o temor” dice en Progreso frente a utopía: ¿podemos imaginar el futuro? del 2005.

Quisiera pensar en los elementos de contacto entre tres de estas novelas: Los cuerpos del verano de Castagnet, Quema de Castellarnau y La boca seca de Carnero. Y mirarlas a través de dos aforismos de época. El primero fue pronunciado por Margaret Thatcher para justificar las medidas de su programa neo-liberal: “No hay alternativa”. Este relato de la aporía liberal permitió a Mark Fisher teorizar sobre lo que llamó realismo capitalista, un estado de la cultura donde todo es sometido a una transformación constante -modas, tecnología, etc.- pero que se sostiene sobre una fuerte estandarización social: todo cambia para que todo siga como está.

La segunda línea con la que trabaja Fisher en su libro está dada por el mismo Jameson cuando dice que hoy parece “más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Creo que las distopías argentinas pueden leerse desde esas dos coordenadas: no hay alternativa porque resulta imposible imaginar el fin del capitalismo.

Si pensamos, por ejemplo, en Los cuerpos del verano, vemos un desarrollo tecnológico que permitió retardar, de manera indefinida, la muerte de la conciencia individual. Son los cuerpos los que en su fragilidad biológica siguen dentro del ciclo de desgaste y agotamiento que supone la vida. Pero se puede seguir viviendo porque las conciencias pueden reinstalarse en una red virtual y desde ahí, si uno tiene el dinero suficiente, volver a ser implantadas a un cuerpo -el cuerpo de un muerto reciente-. “La tecnología no es racional -dice el narrador-, con suerte, es un caballo desbocado que echa espuma por la boca e intenta desbarrancarse cada vez que puede. Nuestro problema es que la cultura está enganchada a ese caballo”.

La ideología del progreso está quebrada, el saber no conduce a un mundo mejor, ni siquiera a uno distinto. Es el mercado el que regula las condiciones de la muerte: un cuerpo mejor es un cuerpo más caro. No hay fantasía de resistencia -nadie se opone al orden que propone el mundo de Los cuerpos del verano-, lo que persiste es el profundo aburrimiento de una sociedad que no conoce otro evento que la novedad. Un evento regulado y estándar, porque “la prolongación de la vida -según el narrador- suele estar acompañada de una prolongación del fascismo”.

Sin embargo hay una dimensión a explorar en Los cuerpos del verano. Se trata, otra vez, de una pregunta formulada por Jameson: “¿Qué puede decirse o mostrarse en la narrativa metaforizada de la ciencia ficción que es imposible codificar en el lenguaje psicológico de la realista?”. Son las reflexiones sobre la muerte -sobre su necesidad- el núcleo único de la novela. “Son la última generación: en adelante no habrá generaciones sino multiplicaciones, hacia arriba y hacia abajo, hacia una nueva estructura lateral”, es ese impacto sobre una dinámica histórica lo que recorta el conflicto que intenta enfrentar la novela de Castagnet.

Y una vez que los ojos del lector se recomponen, después de haber sido expuesto a la luz brillante del futuro, aparece una única señal de negatividad: Teo, el hijo del protagonista, que se niega a seguir viviendo. Teo se sustrae del futuro y va hacia la muerte, del cuerpo y de la conciencia. Él, que se empeña en pertenecer al pasado, es la marca crítica al futuro. Aceptar la muerte, negarse a subir al caballo desbocado de la tecnología, funciona como último vestigio de radicalidad.

En el mundo de Quema, de Castellarnau, el sistema es levemente diferente. No se trata de un mundo que duplica el presente y le agrega acontecimientos técnicos, sino que es un mundo arrasado, despojado de todo. Un mundo que, después de una catástrofe que no se explica en los límites de la ficción, se vuelve tierra de nadie.

Sucede que las relaciones están desreguladas, que no hay Estado ni mercado que organice el intercambio. Queda la ferocidad de los sobrevivientes. Una alucinación que debe mucho a La carretera de Cormac McCarthy, en su narración de un espacio abierto donde cada quien queda librado a su propia suerte. Es, sin duda, el futuro. Lo que impresiona es la capacidad de Castellarnau para seguir una línea estricta desde nuestro presente hacia esa pesadilla. El realismo de Quema está dado no solo en que la catástrofe natural -o militar- es una posibilidad cierta. También en su hipótesis sobre la conservación de las subjetividades capitalistas aún si el capitalismo se desvaneciera.

En ese sentido, Quema se puede conectar con la lectura que Jameson imprime a Ballard cuando dice: “Atestigua con fuerza las contradicciones de un intento propiamente figurativo de captar directamente el futuro. Sostendría, sin embargo, que la ciencia ficción más característica no intenta en serio imaginar el futuro ‘real’ de nuestro sistema social. Por el contrario, sus múltiples futuros falsos cumplen la función muy distinta de transformar nuestro propio presente en el pasado determinado de algo que todavía está por venir”.

Si en Los cuerpos del verano hay sobreabundancia de mercancías-técnicas, nuevas y mejoradas versiones de nuestra multitud de objetos; en Quema hay escasez. Y, aún más importante, se insinúa una nueva forma de relación de la humanidad con sus pertenencias: “¡Quemar sus cosas!, exclamé. Había encontrado la solución. Los vestidos y los zapatos de la boda ardiendo en una hoguera hasta quedar reducidos a cenizas; las cenizas de nuestro triunfo. ¿No era eso maravilloso?

De algún modo, Castellarnau propone que las mercancías -ahora ruinas de un mundo que se extingue- correrán la misma suerte que el sistema productivo que las creó. Fuego -y castigo- al mundo que se prometió como un lugar seguro y resultó ser así de frágil. Pero esa nueva actitud hacia los objetos no se traslada, todavía, hacia el saber que alguna vez hizo posible su producción: “Aprendí muchas cosas que luego olvidé. Aunque en el fondo siempre queda algo. Una delgada estructura de conocimientos que nos levanta a unos centímetros de la barbarie, que nos protege, que nos enclaustra a una corta distancia del horror”. Hay, en esa delgada estructura, ya el germen de un nuevo ciclo porque si las subjetividades permanecen, cómo podría organizarse eso que nos separa de la barbarie sin fundar una nueva lógica de desigualdad.

3. En el futuro que llegó hay pasado

Creo que en el mundo de La boca seca hay, sí, el resplandor de una alternativa. Empecemos por mirar sus elementos. En primer lugar, el uso del imaginario colonial donde conviven los esclavos negros, los dueños de estancia, los quilombos, las haciendas, todo ese material que podría ser pensado en relación a la tradición argentina desde Mansilla y la gauchesca hasta Borges, Saer, Demitrópulos y Di Benedetto. Pero, al mismo tiempo, un desierto de realidad virtual donde se esconde un científico rebelde (y es buscado por un ejército de campaña) y donde se desarrollan experimentos con células madres. En esto la novela se inscribe en la tradición de la ciencia ficción.

La figura central es, claro está, el científico. El doctor Barnes funciona de acuerdo a la definición de que Susan Sontag hace de los estereotipos del cine de ciencia ficción: “Para que estas películas traten con entera simpatía una empresa científica, se requiere certificado de utilidad. (…) La curiosidad intelectual desinteresada rara vez se presenta en una forma distinta de la caricatura, como demencia maníaca que separa las relaciones humanas normales. (…) otros individuos menos imaginativos -en resumen, los técnicos- pueden administrar el mismo descubrimiento mejor y con más seguridad. La más arraigada desconfianza contemporánea respecto al intelecto se dirige, en estas películas, al científico en cuanto intelectual“.

Hay en La boca seca una metáfora sobre el Estado y el intelectual que disputan el dominio de un saber. Y que ingresan a la lucha desde dos racionalidades: lo productivo, lo improductivo. El gobierno central lleva adelante experimentos con la cadena genética de monos y ratas. El doctor Barnes, obsesionado por la muerte de su hija, empieza a hacer réplicas del cadáver. El proyecto “interfiere en el bien común de la Nación”, lo que sucede es que no se encuentra la forma de traducir el descubrimiento a ganancia. Barnes avanza en secreto y crea un ejército de niños: “asesinos sofisticados y sádicos, con una inteligencia superior”. El gobierno, decidido a terminar con todo, imagina un sistema para la represión que es, en sí mismo, el futuro: “Un terreno virtual, lograron crear un desierto hasta donde se lo llevaría a Barnes y a su pequeño ejército. La idea era sacarlo de la ciudad lo más rápido posible”.

Se advierte, acá, la presencia de Sarmiento: “El mal que aqueja a la República Argentina es la extensión; el desierto la rodea por todas partes, se le insinúa en las entrañas; la soledad, el despoblado sin una habitación humana”. Y lo que nace como un sistema represivo, se va de las manos de las autoridades y se convierte en escenario de lucha. Es la extensión de la virtualidad la que da cobijo a los disidentes.

Las tres racionalidades en juego: Estado, ciencia y esclavitud; suponen tres economías diferentes. Tres usos del saber. Tres posiciones frente al rédito. La alianza entre Barnes y los negros que lograron escapar de la estancia, nos decimos, debe ser circunstancial. Pero hay algo más: la tecnología en La boca seca está en el cuerpo. Se porta. Y eso une, en un hilo histórico y político, la interferencia biológica de la ciencia a los cuerpos intervenidos de los esclavos. La figura de Milagros -esclava y también experimento- es, precisamente, el sello de esa nueva articulación.

Creo que Carnero propone una serie de personajes que logran, de algún modo, romper lo que Fisher llama la “ontología de los negocios” que el capitalismo instaló en todo ámbito de la sociedad. De hecho, creo que el futuro que propone -incluso su apariencia primitivista- es el resultado de esa ruptura.

Para entenderla propongo pensar en dos claves. Por un lado, la enfermedad mental de Barnes. “La locura no es una categoría natural sino política”, dice Fisher. “La plaga de la enfermedad mental en las sociedades capitalistas -sostiene- sugiere que, más que ser el único sistema que funciona, el capitalismo es inherentemente disfuncional, y que el costo que pagamos para que parezca funcionar bien es en efecto alto”. La depresión de Barnes frente a la muerte  de su hija se plantea, entonces, como un principio de disidencia. La técnica es solo el escenario donde esa enfermedad mental se despliega y confronta al Estado.

En segundo lugar, me gustaría detenerme en la otra cara de la resistencia: la fuga de los esclavos del régimen de dominio. Siguiendo a Fisher: “El control solo funciona si uno es cómplice con él. De ahí viene esa figura de Burroughs, el ‘adicto al control’: aquel que necesita fanáticamente controlar, pero que también es víctima él mismo del control que lo domina y lo posee”. La ruptura de ese doble juego (controlador-controlado) es lo que permite la evasión. Pero, ¿hacia dónde ir?

Porque si el doctor Barnes y su ejército están encerrados en el desierto virtual y los esclavos en fuga habitan la realidad real. ¿Cómo se encuentran? Imagino una respuesta posible: “El principio de realidad –escribe Alenka Zupančič- está mediado ideológicamente él mismo, hasta podría decirse que constituye la forma mayúscula de la ideología, al ser la ideología que se presenta como puro hecho empírico (o biológico, o económico), como una pura necesidad que tendemos a percibir, justamente, como no ideológica”.

El impulso utópico de La boca seca permite pensar que hay alternativas solo sí dudamos de lo que se nos aparece como inevitable: el realismo capitalista y sus consecuencias ideológicas.