Hermanos y hermanas: Fight the power

Spike Lee regresa con una remake en formato serie de su ópera prima de 1986, She’s Gotta Have It. Diez capítulos que recorren la vida de una mujer negra a la conquista de las calles, de su libertad y de su sexualidad.

Por Dolores Reyes

Hablar a cámara es la manera de decir de frente que patentó, allá por los ochenta, el director Spike Lee, tan pegada a la cultura rap y hip hop de Public Enemy, siempre presente en sus películas.

Así hablaban los negros, como Radio Rahim en Haz lo correcto. Aunque la primera en llevar a cabo estas interpelaciones a cámara es una mujer: Nola Darling.

Pasaron treinta años del estreno del film debut de Spike Lee, She’s Gotta Have It. El mundo es otro, pero muchos de los planteos de Nola no pierden vigencia: de qué manera se puede ser una mujer libre, capaz de resistir a la dominación omnipresente del hombre y en particular, del hombre negro. Para la protagonista de la serie producida por Netflix ese será el motor de su búsqueda, y en su camino la pareja tradicional no será considerada ni siquiera una posibilidad remota: la única fidelidad de la chica a lo largo de los diez capítulos es a su cama de amor.

La belleza del cuerpo negro

La protagonista se autodefine como poliamorosa, pansexual y sexo positiva. Artista plástica que abre su horizonte y comparte su mirada del mundo de las mujeres, pinta a sus amigas negras y se pinta a sí misma a la vez que se pregunta: “¿Quién soy yo? ¿Qué hago?”.

Una multiplicidad de búsquedas que empobrece y ridiculiza el planteo permanente de las tres parejas de Nola: “¿Soy el único?”, que por básico y anacrónico produce fastidio y extrañamiento.

Como en la película de 1986, abundan las escenas de sexo y el musicalizador parece estar en llamas: The Roots, Maxwell, Sade, Miles Davis, The Isley Brothers, Cody Chesnu TT y un número considerable de artistas negros le ponen música a la serie, que los incorpora de una manera única: cuando termina un tema, aparece en pantalla su imagen como si se tratase siempre de un vinilo. También encontramos problematizados otros artistas a través de sus letras o la tapa de sus discos, como el fallecido Notorius B.I.G y Lil’ Kim.

La respuesta que ensaya Nola para defender su espacio personal de búsqueda y libertad es: “No soy tu novia. Yo sólo hago lo que me hace sentir bien.”

Cierta cuestión de género se divisaba en la versión original, filmada en solo doce días, un contrapunto fuerte con la remake. En formato serie de diez capítulos, es producción original de Netflix, pero esto no cambia la temática original: la mujer negra a la conquista de las calles de Brooklyn, de su libertad y de su sexualidad.

Pasaron ya treinta años desde el estreno en formato película de She’s Gotta Have It. No puedo imaginar la extrañeza que habrá causado, en esa versión de 1986, la Nola Darling original, convencida en que la monogamia no era siquiera algo para considerar. Habrá que ver el nivel de efectividad, la sorpresa de cambiar 84 minutos por diez capítulos en 2017.

Háblame de amores

A diferencia de la película del ’86, el romántico y extremadamente posesivo James Overstreet está casado con una mujer blanca de la que se encuentra distanciado, pero conviviendo aún en la misma casa. James es mayor que Nola; de típico origen marginal de barrio negro, ha logrado una posición económica elevada. Es el primero de los amantes/novios de Nola que nos presenta la serie.

El segundo es Mars, interpretado en la película original por el mismo Spike Lee. Mars es un chico puertorriqueño que anda en bicicleta y padece dislexia. Ni bien conoce el departamento de Nola, le plantea mudarse con ella, lo cual obliga a la protagonista a tener que estar siempre defendiendo su libertad y sus espacios frente a los amantes que tantean para avanzar e invadirla.

El tercero es Greer, un narcisista obsesionado con su propia imagen que ve en Nola una par en cuanto belleza. El macho narcisista es ridiculizado en este personaje, al que Nola pinta en un cuadro a la manera de Dorian Grey: lo que plasma en el retrato no es su hermosura, sino su fealdad interna.

Pero sin duda el hallazgo principal del casting es DeWanda Wise interpretando a la libertaria Nola Darling, un personaje que desborda en belleza, energía, búsquedas y cuestionamientos hacia el mundo y los microespacios que habita: el del arte de Fort Greene, el de mujer negra junto a su grupo de amigas, el del espacio urbano que la convierte en mujer asediada por la mirada y las palabras de los otros.

Nunca está de más aprender a pelear el derecho a la no agresión hacia las mujeres; esa necesidad es mayor cuando lo que se transita es el afuera. En esta adaptación a serie se ha modificado la escena de la violación, bastante cuestionada en la versión de 1986. Nola sufre ahora permanentes agresiones verbales callejeras y un suceso físico del que logra escapar. Por medio de su independencia económica, una suerte de atelier que ha podido instalar en su departamento y su “cama del amor”, la mujer ya ha conquistado el adentro. Su forma de procesar e intervenir el afuera en relación a estas agresiones, a través de una campaña de arte callejero, es su intento de parar el hostigamiento hacia la mujer: No soy mamacita. No soy sexy sexy. No soy freaky y definitivamente no soy maldita perra negra, ni una propiedad de nadie.

A través del manejo del tiempo, los espacios, la amistad y su vida sexual, Nola irá dando forma al cuestionamiento sobre el propio ser. La huella de esta búsqueda no es gratuita, el camino es un combate, una lucha permanente por conquistar no ya la libertad absoluta, sino el margen de movimiento necesario a toda mujer para proyectar su vida.

Ey, mami!

Del combate con las palabras ocúltame
y apaga el furor de mi cuerpo elemental. A.P.

Nola Darling no se adapta a las palabras. Las enfrenta, las combate, las esquiva. Nunca permanece indiferente. Hay un señalamiento permanente a no naturalizar jamás las violencias del lenguaje.

La autopercepción de la mujer negra, la libre forma –o no- de sus cuerpos, queda problematizada sobre todo en las decisiones que su amiga más insegura toma. Ella trabaja en un club nocturno y se somete a un tratamiento estético que impacta negativamente en su salud.

También se plantea el descubrimiento del talento y del cuerpo de la mujer negra –y su uso comercial como mercancía- a través del trabajo que hace una joven aprendiz de Nola de la escuela para chicos negros y de bajos recursos. La directora de ese instituto, una suerte de sobreviviente extrema a todas las tragedias que una niña negra y pobre puede haber padecido, habla de sí misma y de sus traumas en tercera persona. Es también un personaje muy bien logrado, casi tan entrañable como temible.

Tampoco cuando James y su mujer ven que su hijo ha hecho, en su exclusiva escuela que vale una fortuna, un video en el que se define como Nigga ante todo el resto de compañeritos blancos, el lenguaje y el filo de las palabras pasa desapercibido. Como en el rap y en toda la cultura negra, las palabras son armas de filo poderoso.

La confrontación verbal entre el amante más maduro de Nola y el director del instituto es uno de los momentos más altos de la serie: el lenguaje nunca es inocente, es territorio de disputas.

La diferencia generacional con el chico queda planteada en un diálogo padre-hijo sin desperdicios, porque la condición material determina la conciencia y porque esta serie también busca preguntarse: ¿Qué significa hoy ser negro?

Podemos discutir la efectividad de los tópicos llevados a serie, la pérdida de ese halo casi documental y de estilo tan despojado de la película, la resistencia al paso de tres décadas. Pero más allá de estos planteos, es indiscutible que en este nuevo formato y aportando a la supervivencia de su obra, el gran Spike Lee está de vuelta.

 

 

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