Joker o cómo banalizar la crisis y las enfermedades mentales

Por Lean Falcón

Se abrió la polémica en el equipo Sonámbula. Después de semanas polémica online acerca de si el Joker es una obra maestra del cine o una película sobrevalorada, recibimos la opinión de Lean Falcón, quien se encolumna decididamente con la segunda opción. Puede que haya respuesta crítica.

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Cuando los gurúes del mundo publicitario se dieron cuenta de que las personas ya no le creen ciegamente a los medios de comunicación, tuvieron que inventar nuevas formas de incentivar el consumo. Con el tiempo, descubrieron que una noticia contada por una persona cercana es mucho más creíble que una noticia difundida por una corporación. Con eso en mente diseñaron la estrategia del “marketing indirecto”.

Esta nueva forma de psicopatear a las masas funciona en las redes sociales privilegiando la presentación de posteos que se refieran al producto que se quiere vender. El objetivo sería crear una falsa sensación de “todos están hablando de esto” que incite a las personas a seguir al rebaño. Pasó con Star Wars, Game of Thrones, Breaking Bad y hoy pasa con Joker, el último éxito en taquilla de Todd Phillips, protagonizado por Joaquin Phoenix.

Motivado por las sesudas reflexiones que se escribieron a partir de este film emprendí camino hacia mi cine amigo, pagué 400 pesos la entrada y me volví a mi casa con la triste sensación de haber visto una película olvidable y del montón. Estos son mis argumentos (cuidado, el siguiente texto contiene algunos spoilers).

La primera parte arranca con una ambientación hiper realista dentro de una película de superhéroes. La Ciudad Gótica que se nos presenta es la menos gótica de todas, con muchas escenas de día y unas pocas referencias al universo Batman, que parecen metidas a último momento, para quedar bien con los fans del encapuchado.

Da toda la impresión de que originalmente Joker era un guión para otra película, a la que le pegaron los sintagmas “Asilo de Arkaham” y “Familia Wayne” solo para vender más entradas. Eso no molestaría tanto si aportara a la mitología general de DC, pero no hay muchas más referencias a ese universo.

Aquí la historia de origen del Guasón es que se vuelve malo porque está clínicamente loco y porque la vida le hace constante bullying. En lugar de aportar una variante fabulosa, creativa o espectacular para explicar cómo alguien se vuelve un supervillano, durante toda la primeramitad de la película el director nos obliga a una empatía basada en la lástima y el chantaje emocional.

Es poco creíble que todos los personajes secundarios maltraten al que se presenta como el más vulnerable de toda la historia, pero es un recurso barato y efectista consecuentemente explotado por Hollywood, que se usa hasta en las comedias de Ben Stiller. La razón de tanta crueldad, según la trama, es que en esa ciudad se vive una crisis económica y social. Ahí aparece otro horrible lugar común de las tramas hollywoodenses: los pobres son malos. Y son malos porque son pobres, por supuesto.

Hablemos del protagonista, al que se le tiraron suficientes flores como para que abandone la actuación y se abra un vivero. La cara de Joaquín Phoenix está literalmente en todas las escenas del film menos en una (que dura menos de un minuto), así que si no te gusta el trabajo de este actor, no te va a gustar la película y viceversa.

El hecho de que haya perdido mucho peso como apuesta actoral se aprecia y agradece, pero la sobreexposición del personaje en cámara no sólo es agotadora sino que pone sobre los hombros de Phoenix la responsabilidad teatral de hacer progresar toda la trama.

Su decisión fue la de crear un Joker sobrio y simple, alejado de la euforia psicópata del de Jack Nicholson o de la fría intelgiencia calculadora del de Heath Ledger. Este nuevo Guasón es sensible, apático y nihilista; modelado a imagen y semejanza de la generación milenial a la que apunta la película como público, una generación que se crió con el modelo de apatía funcional al sistema que encarnaba la generación X, desde la lógica de los medios de comunicación. Estos rasgos de su personalidad no dan para justificar las decisiones del personaje, así que lo vemos salir de la inmovilidad patológica cuando la trama necesita acción y volver a ella cuando la trama necesita drama.

El atractivo icónico del Guasón como personaje es que es el único supervillano que puede seducir a los espectadores por ser más carismático que el superhéroe, pero en esta entrega se nos obliga a quererlo porque la trama nos convence de que es un ser patético.

Uno de los aspectos que más se aplaudieron de esta nueva encarnación es el retrato fiel que se hace sobre los padecimientos que atraviesan las personas con trastornos mentales. Pero, irónicamente, de todo lo real que se propone en la película, este es el aspecto más fantasioso.

La enfermedad que aqueja al protagonista es un pastiche de un montón de patologías random, que juntan en un solo caso para que cada episodio tenga una frikeada en cámara distina, que asombre al espectador de la misma forma en que puede asombrar una persona que charla con un paciente de un manicomio.

Al mismo tiempo, la película tira por la borda todo lo que la medicina mental enseña y aconseja sobre el manejo de situaciones border (acá el psicoanalista Pablo Richly lo explica mejor). Cerca del climax de la historia, el personaje se “transforma en Joker”, adquiriendo estabilidad, motivación e iniciativa; pero lo ridículo es que lo logra haciendo todo lo que se sabe que lleva a las personas con fragilidades mentales a caer en crisis: abandonar la medicación, dejar el tratamiento, desligarse de los afectos cercanos, abandonar la rutina diaria, exponerse a situaciones estresantes, dejar de comer…

Como por arte de magia todo esto le resuelve la vida al Joker. Mientras tanto, los directores se atajan de las acusaciones de incoherencias en el guión dando a entender que estamos viendo la historia contada desde los ojos de un loco, así que si algo no tiene sentido, será culpa de su demencia y no de que sus guionistas no se esforzaron lo suficiente en escribir una historia que tuviera sentido. Entre eso y “fue todo un sueño” casi que no hay diferencia.

Ya llegando al final, los personajes empiezan a explicar toda la historia como para no dejar a nadie afuera (considerando al espectador como un idiota que no puede sacar conclusiones por su cuenta). Acá entra el personaje de Robert De Niro, que hace de un presentador de talk show que entrevista al Guasón y que, literalmente, se pasa la última parte de la película pidiéndole explicaciones al Joaquín Phoenix por todo lo que le vimos hacer hasta ese momento.

El protagonista, cuando toma la palabra, parecería estar dando una entrevista a la prensa, porque básicamente vuelve a contar toda la película, explicando las motivaciones de su personaje y dejando en claro cómo se llegó hasta ese momento de la historia.

Lo más triste es que toda esta contribución innecesaria de De Niro es una especie de autohomenaje a “El Rey de la Comedia”, donde había compuesto un personaje sospechosamente parecido al de este Joker, claro que en un film mucho mejor escrito, dirigido, actuado y recomendable.

A casi 40 años de su estreno, ese film sigue teniendo ritmo y profundidad narrativa, cosa que dificilmente suceda con El Bromas cuando se disperse todo este humo de marketing para montar la falsa idea de que estamos ante una obra maestra, cuando no se trata más que de una película producida con muchos recursos materiales y con un buen actor en un personaje principal.

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