La alegría de los santos: una vindicación de la maldad

Por Juan Mattio

Juan Mattio leyó el primer libro de relatos de Candelaria Ramales, publicado por Editorial Indómita Luz, y disfrutó con sus constantes maldades, con todas esas pequeñas venganzas cotidianas a las que lxs débiles muchas veces recurrimos para no ceder del todo, para resistir, para reivindicar al menos el derecho a la ironía, a la burla y al desprecio hacia los verdaderos malos del mundo.

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Me gustaría hacer una pequeña reivindicación de la maldad. Porque Candelaria Ramales pone en sus relatos pequeñas dosis de maldad Una chica, por ejemplo, que mira con placer morir cucarachas. Una atropellada que disfruta yendo en ambulancia y que el tránsito se rompa en su nombre. Otra que disfruta robando libros.

Personajes con falta de empatía hacia lo obvio: niños, gatitos, ancianos. Y con una extraña predilección por los bichos, porque estos cuentos están poblados de piojos, alacranes, ratas, todas esas pequeñísimas bestias cotidianas. Ese corrimiento del sentido común, ese ir hacia los elementos olvidados y repulsivos que nos rodean, ese fustigar las buenas intenciones por hipócritas, está entre los procedimientos centrales de La alegría de los santos. No sólo volver extraño el mundo, sino volver extrañas nuestras “buenas conciencias” y nuestra corrección política.   

Muchos de los personajes de este libro mienten. Lo hacen con método y con disciplina. Lo hacen con alegría. Reconstruyen la experiencia que han vivido en los relatos. La modifican, la alteran, la enaltecen. Como si Candelaria hubiera ubicado a la mentira en la prehistoria de la literatura. Como si la mentira fuera un antepasado generoso de la ficción. Como si la vida debiera, de una u otra manera, ser pasada por los relatos para tener sentido.

Una narradora dice “Yo escribo todo sobre ellos en forma de venganza”. Ellxs son lxs abogadxs que nos avisan que hay que dejar el departamento donde vivimos o lxs maestrxs que nos avisan que van a expulsar a nuestrxs hijxs de las escuelas, ellxs son lxs que hacen que la vida sea difícil, pesada, lenta. Y de ellxs se venga la escritura de Candelaria.

Este libro también narra las pequeñas correlaciones de fuerzas en las que vivimos. La inquilina que resiste como puede la venta del departamento que alguien heredó. La empleada que se sustrae de la disciplina laboral. La deudora que esquiva a sus acreedores. Cada relación esconde una pequeña jerarquía y cada jerarquía se esconde dentro del lenguaje, entre mentiras y sobrentendidos, donde nadie dice toda la verdad, y cada quien arma sus estrategias de supervivencia.

Pienso que en un mundo hostil no se puede sobrevivir sin estas pequeñas dosis de maldad. Es necesario desarmar el monopolio de la maldad que hacen lxs poderosxs (lxs grandes y lxs pequeñxs poderosxs) y reivindicar las microscópicas maldades de lxs débiles. Creo que si estamos atrapadxs en vidas insulares, faltxs de dinero y de amor, asustadxs y solxs, no es posible andar repartiendo bendiciones. Los cuentos de este libro son el reverso de la fábula bíblica donde Cristo enseña a ofrecer la otra mejilla. Acá nadie cree en futuras redenciones. Como en las canciones de Tom Waits, las personas que habitan los cuentos de La alegría de los santos, sabe que lo único que queda es aguantar.  

Y esa dosis de maldad es, también, el reverso de un cariño por lxs rarxs, lxs abandonadxs, lxs solitarixs. La niña que lleva el gato muerto a la escuela, la mujer que vive en una pensión rodeada de santos, el profesor alemán que enseña violín y que apenas puede pronunciar el castellano. Candelaria busca entender las profundas razones de lxs rarxs y eso es algo más que un acto de clemencia, es también una reivindicación de nuestra propia rareza.

Hace unos días veía una conferencia de Kurt Vonnegut y pensé en este libro, no sólo porque Vonnegut tiene el mismo respeto por el humor que Candelaria, sino porque decía, más o menos, que vivimos existencias donde no podemos saber ya cuáles son las buenas noticias y cuáles son las malas. Los personajes de La alegría de los santos funcionan de esa manera, desconcertadxs, sin saber si son felices o personas tristes. Sin saber qué esperar de la vida.

Narrar el desconcierto es una tarea ardua, se necesita coraje para escapar a los lugares comunes. Las epifanías son pequeñas y llegan de lugares inesperados. Nunca están donde deberían estar. No hay epifanía en una ceremonia de ayahuasca, con preguntas filosóficas y sabiduría ancestral, pero podemos encontrarla en una trabajadora que aprende a burlar las cámaras de seguridad que instalaron los patrones o en una familia que toma sol en el patio de la casa.

Por último, querría decir algo sobre el uso del lenguaje. Porque es cierto, Candelaria es una etnóloga, tiene una curiosidad insaciable por las cosas y los eventos del mundo. Una de sus narradoras dice, por ejemplo: “Los lugares que descubro como nuevos me causan una emoción irrenunciable”. Pero tal vez no es solo eso, tal vez su curiosidad central está conectada al lenguaje, a las palabras que nombran el mundo: “La palabra inmueble se estrelló en medio de mi pecho. Me sonó como algo parecido a una caja hueca de cartón. Me rehúso por completo; mi departamento está tan lleno como una casa”.

Una hipótesis de Steiner dice que la literatura devino una práctica extraterritorial, que ya no hay una relación inmediata entre lengua nacional y ficción. Lxs escritorxs migran, se desplazan, y esos movimientos afectan su uso del idioma. Ya no tenemos -si es cierto que alguna vez tuvimos, y yo creo que no- una lengua pura, atada a los confines de un territorio. Lo que hay es un uso alterado, modificado por la experiencia, que construye nuevas sintaxis y nuevos sentidos en las palabras. Elx extranjerx es quien mejor entiende la condición extraña de la palabra.

Gombrowicz, varado por 24 años en Argentina, quería echar a todos lxs poetas de su lengua materna para ver si entonces podían seguir haciendo poesía. Nombrar las cosas de este mundo es un hecho fantástico, que aprendemos a olvidar demasiado pronto. La lengua de este libro está hecha de retazos, entonaciones mexicanas que conviven con entonaciones porteñas. Un idioma que no puede localizarse y que por eso mismo pone en evidencia que toda lengua está fuera de lugar, esforzándose con suerte dispar por nombrar el mundo.

Creo que esa es la tradición de Bolaño que escribía entre Chile, México y España. Lo contrario de la lengua que defendía Lugones como espíritu de la Nación. Estas voces son también una expresión de lxs débiles y de lxs solitarixs. De las relaciones de fuerza en cada vínculo. De las pequeñísimas bestias cotidianas. 

Candelaria nos devuelve al placer de una lengua extraña. Algo que nos pertenece y, al mismo tiempo, nos es del todo ajeno. Y en ese placer dan ganas de quedarse, de seguir escuchando historia tras historia, porque como dice una de sus narradoras: “Me esforcé en comprender que cada uno se echa a perder con el placer que quiere”.

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