La China Iron: una utopía en el siglo XIX

La novela de Gabriela Cabezón Cámara “Las aventuras de la China Iron” interviene sobre uno de los relatos fundantes no sólo de nuestra literatura, sino de nuestra simbología nacional. Aquí, una lectura de esa intervención: pensar este texto más en la órbita de la construcción de otro mundo posible que en la de la revisitación del pasado construido. Pensar el destino, que es el deseo, que puede ser el futuro.

 

Por Juan Mattio

El Siglo XIX como resto diurno

Se trata de pensar la novela como una ensoñación diurna y de ver cómo funcionan los desplazamientos y las condensaciones en su interior, lo mismo que podríamos analizar un sueño: diferenciando el resto diurno de los sentidos latentes.

Y se trata también de pensar que hay rastros del inconsciente político que pueden ser detectados o relevados en los textos narrativos. Y que esas ficciones son escenario para que -en palabras de Fredric Jameson- “los grupos de una colectividad dada examinen con inquietud su destino y lo exploren con esperanza o temor”.

Desde esta perspectiva creo que Las aventuras de la China Iron contiene las líneas principales de la literatura argentina del siglo XIX -esas que van del Martín Fierro al Facundo y de la excursión a los Ranqueles de Mansilla a los relatos de viajeros como es el caso de Hudson- como un imaginario que sirve, acá, para pensar el contorno de una ausencia: ¿dónde está la palabra de las mujeres en esas literaturas?

Podríamos pensar que la escena inicial ya condensa el conflicto. Martín Fierro es arrastrado por el ejército a defender la frontera nacional y su esposa queda así liberada de la vida horrible y brutal que él le ofrecía. Ella, temiendo el regreso, inicia un viaje donde obtendrá lo que José Hernández le había negado: un nombre. Se trata, desde ahora, de la China Josefina Star Iron. Y de su compañera de viaje, la inglesa Elizabeth -Liz- quien trae consigo el imaginario de Europa, de la modernidad, de la industria, de la máquina.

Una viene de la ciudad, la otra del campo. Pero ¿A dónde van juntas? La decisión es adentrarse en el desierto -ese espacio mítico de la literatura argentina- para reclamar unas tierras que pertenecen a la inglesa.

El desierto argentino fue fijado en la palabra literaria y en la palabra política, en la palabra militar y en la palabra científica. De todas ellas, la que más interesa para esta lectura, es la de Manuel Puig al resumir el argumento de su primera novela, La traición de Rita Hayworth: “El paisaje de La Pampa, que en realidad es la ausencia de todo paisaje, resulta una pantalla en blanco donde cada uno proyecta las fantasías que quiere. Ahí un chico que no puede aceptar la realidad por sentirla hostil cambia los términos y toma como realidad a la ficción, ya sea la ficción del cine o la que le dicta su propia imaginación”.

La condición de posibilidad para el relato es ese escenario de la fantasía donde la China Iron y Liz proyectarán sus ensoñaciones. Pero imaginar un mundo nuevo -distinto a la Pampa pero también a Londres- necesita de nuevas subjetividades: cuerpos distintos, identidades distintas, amores distintos.

Mark Fisher propone pensar que no todo lo producido bajo el capitalismo pertenece al capitalismo, que “hay deseos y procesos que el capitalismo hace surgir y de los que se alimenta, pero que no puede contener”. En el fondo creo que estamos hablando de aquello que la italiana Tizziana Terranova llama “modos de existencia postcapistalistas”. Porque el amor entre esas dos mujeres, su viaje, su destino, sus próximos compañeros y compañeras de aventuras, están pensadas en clave de futuro y no de pasado.

Entre los relatos orales que Liz comparte con la China Iron y las peripecias del viaje, aparecen los nuevos deseos y las nuevas preguntas que esos deseos traen. De alguna forma estas mujeres se preparan para vivir la utopía que imaginan. Ellas saben que no alcanza con construir la fantasía: hay que modificarse una misma para habitar el futuro.

El siglo XIX se vuelve así resto diurno y aparece el sentido latente del relato: ¿se puede imaginar el fin de las relaciones sociales que conocemos? Fredric Jameson ya habló de esta dificultad de nuestro tiempo para pensar sociedades -y formas de asociación- distintas a las que conocemos. El impulso utópico de la novela que escribió Garbiela Cabezón Cámara está en esas breves iluminaciones de un futuro posible aunque esté situado en el pasado.

Una novela de ciencia ficción

En este punto, si Las aventuras de la China Iron está conectada a la poesía gauchesca, no parece menos conectada a la novela de ciencia ficción La mano izquierda de la oscuridad que Ursula Le Guin publicó en 1969. Que el mundo de Le Guin se sitúe en el futuro es, para esta lectura, sólo un problema técnico que corresponde a las expectativas del género con el que está trabajando. Es, si se quiere, el resto diurno de su novela.

Lo que importa es cómo funcionan y se comportan los elementos de ese universo ficcional. Gethen es un planeta habitado por hermafroditas que sólo una vez al mes -por pocos días y en etapa de celo- adquieren un sexo definido. Ese sexo no es siempre el mismo, de modo que la misma persona puede ser padre de unos hijos y madre de otros. La pregunta de Le Guin parece ser: ¿qué realidad social se construiría en torno a este dispositivo biológico?

Este invento de la sexualidad getheniana fue pensado por la autora de esta manera: “Einstein dispara un rayo de luz por un ascensor en marcha, Schrödinger mete un gato en una caja. No hay ascensor, ni gato, ni caja. El experimento se realiza, la cuestión se plantea, en la mente”.

Es la variación experimental lo que permite a La mano izquierda de la oscuridad -como a Las aventuras de la China Iron– oponerse a las fantasías dominantes de la publicidad y la cultura de masas. Porque la representación de un mundo y un tiempo radicalmente distintos abren preguntas a este mundo y a este tiempo.

Y en Gethen también hay un desierto, aunque es polar. De hecho el primer nombre con que la humanidad conoció ese planeta fue Invierno. Y en ese desierto dos viajeros, un visitante y un getheniano, inician un viaje -que supone el aprendizaje necesario- para generar su propia realidad utópica.

Ese desierto polar y este desierto argentino están en relación porque son paisajes experimentales donde el conflicto social se atenúa en la medida que la presencia del Otro disminuye. Es lo que Jameson llamó “reducción del mundo”. No desaparece el peligro porque los otros todavía están al acecho, pero ahora como amenaza inminente y no como presencia. Y en esa soledad los viajeros construyen un nuevo sentido para sí mismos, para el viaje y para el propio desierto.

La pampa engendra cyborg

Pero esta transformación no significa cambiar un determinismo por otro. Una de las formas del conservadurismo de izquierda es la de suponer que se puede conocer la forma exacta que tendrá el futuro. Y esta novela no da respuestas sino que abre preguntas dirigidas a pensar nuevas identidades que permitan nuevas formas de asociación.

En este punto creo justo ponerla en relación al Manifiesto Cyborg que Donna Haraway publicó en 1983. Ahí se piensan  las identidades -políticas, de género- son siempre estratégicas y buscan aportar a una resistencia colectiva.

Por eso los viajeros del desierto -los de Le Guin, los de Cabezón Cámara- son un poco cyborgs. Están, en primer lugar, atravesados por las mismas preguntas: qué es lo humano, qué es lo natural, qué es lo artificial. Pero también porque no piden -como la criatura del Dr. Frankestein pidió a su padre- una pareja heterosexual para reconstruir el equilibrio perdido. En ese sentido, otra vez Haraway parece indicar el camino: los cyborgs, dice, tienen un sentido natural de asociación, de grupo, de vida en común.

Así –explica en su “Manifiesto”– el mito de mi ciborg trata de fronteras transgredidas, de fusiones poderosas y de posibilidades peligrosas que gentes progresistas pueden explorar cómo parte de un necesario trabajo político”. Y más adelante: “La necesidad de unidad de la gente que trata de resistir la intensificación universal del dominio no ha sido nunca tan aguda como ahora. Pero una desviación ligeramente perversa en la perspectiva podría permitimos luchar mejor por significados, así como por otras formas de poder y de placer en las sociedades tecnológicas”.

La novela de Gabriela Cabezón Cámara maneja un imaginario del siglo XIX pero no es una novela-museo. No se trata acá de identificar citas o referencias literarias. La novela se plantea como una reflexión sobre cómo podríamos pensarnos para resistir y combatir el sistema de dominio. Cerca del final, cuando la China Iron y Liz arman su propia comunidad con otros disidentes (indios, gauchos), se dirá: “Nosotros mismos vivimos también así: yo, en la casa que ya es nuestra con Kauka, pero puedo dormir y amanecer en cualquier otra, donde me sorprenda el cansancio, donde me rinda el sueño por la noche; si no es al lado de mi guerrera puede ser al lado de Liz que me recibe con sus curries y sus cuentos muchas tardes y muchas noches me retiene en su cama, en el de Rosa que les enseña a los mitã a domar caballos a puro don o en el de Fierro, con mis hijos y los suyos y esto de escribir que se no ha dado: duermo con mis amores”.

Lo que las viajeras encuentran en el final es, podríamos decir, una alternativa a lo que Fisher -siguiendo a Deleuze y Guatrari- consideraban “la principal institución de reterritorialización capitalista: la familia como una estructura trascendental (mamá-papá-yo) asegura provisionalmente la identidad en medio y contra las tendencias delicuescentes del capital, su propensión a derretir todas las certezas preexistentes”.

Pero no se trata sólo de una transformación en el amor, también es un cambio en la forma de circulación del poder: “Tenemos, también, una planta que no queremos mucho pero que cuidamos porque necesitamos: masticamos sus hojas en los tiempos malos, todo el día y toda la noche. Son los tiempos de los jefes y las jefas, siempre tenemos algunos, también se rotan y mayormente no hacen nada, pero en tiempos de crisis mandan y hay que aguantarlos hasta que pase”.

Ese es el final del recorrido: un nuevo sistema de asociación es posible. Por eso creo que hay que prestar especial atención a la única interrupción del viaje. Se trata del encuentro con el fortín -que es nada menos que una estancia- y dónde su coronel/estanciero es el mismo José Hernández. Esta aparición entre Desierto y Tierra Adentro, permite pensar el discurso del Estado y del progreso, del político y del militar, el discurso del macho, precisamente como una interrupción en la fantasía utópica. Si se logra superar ese momento con astucia, si se logra llegar Tierra Adentro, habrá un lugar para fundar la utopía. Y ese es el territorio que esta novela anda buscando.