Por Lali Destéfanis

El miércoles 8 de noviembre se presenta una nueva función de Diarios del odio, la indagación escénica y musical creada por ORGIE-Organización Grupal de Investigaciones Escénicas, sobre el poemario de Roberto Jacoby y Syd Krochmalny, con dramaturgia y dirección de Silvio Lang. Ya pasó por los centros culturales Paco Urondo,  de la Memoria Haroldo Conti y por la Universidad Nacional de General Sarmiento (que la co-produce junto con el Centro de Investigaciones Artísticas), entre otros espacios de referencia cultural, histórica y simbólica de la ciudad de Buenos Aires.

Qué cosa fuera la maza sin cantera, se preguntaba el cantautor cubano por los años sesenta. Aquí nos gana el seseo y es la masa la que sí tiene cantera sólida: nada menos que las tribunas de lectores del periodismo mainstream. Ese amasijo de cuerdas y tendones se transforma en la escena en coro griego que esgrime un odio anónimo germinado en La Nación y Clarín online entre 2008 y 2015, del que nunca sabremos si esconde verdaderas subjetividades o es una apuesta del marketing político en clave duranbarbista: a juzgar por el refinamiento de esos llamados a la insolidaridad, y por los resultados electorales, es evidente que el discurso encarna.

Tuve ocasión de ver Diarios del odio tras una de las ágoras masivas a las que pusimos el cuerpo en Argentina, el pasado 10 de mayo, en ocasión del repudio masivo al “beneficio de 2X1” pedido por los criminales de lesa humanidad. A dos cuadras de la Plaza de Mayo de Buenos Aires, en el centro cultural perteneciente a la UBA que lleva el nombre de quien fue director de la carrera de Letras en los años setenta, Francisco ‘Paco’ Urondo (escritor y periodista desaparecido por el grupo hegemónico Partido de Estado-dictadura), pudimos concluir la histórica jornada con un trabajo artístico en diálogo absoluto con esas circunstancias. Qué mejor que nos ocurriera algo así: Diarios del Odio, que escenifica los textos-montaje de Roberto Jacoby y Syd Krochmalny tomados de los foros de los diarios de Mitre y de Magnetto-Noble, reponía esas voces cuya ausencia es el contrapunto de nuestras plazas, las que se manifiestan preferentemente en Plaza San Martín y a favor de la exención de impuestos a los terratenientes.

“Los fragmentos elegidos rastrean específicamente aquellos núcleos discursivos donde se produce la deshumanización de sectores enteros de la sociedad argentina. La construcción del otro como objeto del odio extremo busca definir a determinadas personas como un excedente social. Mierda, KK, basura, desperdicio, son algunas de las metáforas que convierten al otro en un excremento que el cuerpo social debe expulsar. Esta visión organicista de la sociedad también aparece cuando se utilizan los términos médicos como cáncer, infección o gangrena que han de ser extirpados. Sin embargo, todo odiante necesita de su objeto ya que define su identidad por relación con lo odiado. Así vemos que los comentaristas se perciben argentinos por relación al ‘bolita’, al ‘paragua’, al ‘perucho’. Se perciben blancos en tanto denigran a los que llaman negros, hombres en cuanto destituyen a la mujer, educados en la medida que estigmatizan a los ignorantes. Se sienten clases medias porque detestan a los pobres. Y siempre es posible imaginar a alguien más pobre. Estas observaciones no señalan nada nuevo. Incluso puede pensarse que los comentarios seleccionados de los diarios no son más que exabruptos anónimos. Es posible que no revistan mayor importancia, sin embargo no debe olvidarse que las masacres fueron precedidas por elaboraciones discursivas deshumanizantes, que no fueron escuchadas en su momento: los discursos del odio no son meramente expresivos sino que son performativos de un posible, y en el caso argentino, un real genocidio”, dicen Jacoby y Krochmalny acerca del poemario.

El teatro es el vehículo ideal para responder a ese anonimato del odio, ya que opone caras y cuerpos en presencia a esa virtualidad de la furia de esta nueva subjetividad fascista argentina constituida por la hegemonía mediática: “Es un concierto de pop evangélico. Y mientras transcurre, como si fuera un videoclip, hay una coreografía que va mutando”, dice su director. “Estamos ontologizados en el macrismo, todos. El macrismo es más allá de Macri. Es un modo de vida contemporáneo, de subjetivación ciudadana. En ORGIE hay una idea de eso: de cierta ambivalencia, de no sobredeterminar de antemano una posición ideológica, de tratar de comprender cómo funciona eso. Y qué de eso, que reduce nuestra capacidad de vida, estalla en nosotros”, analiza Lang, integrante del colectivo Escena Política, feminista y agitador queer.

Se trata de una experiencia excepcional, trabajada intensamente por los autores, por el grupo de actores y por la esclarecida puesta y dirección. Con la cloaca del lenguaje – xenofóbica, clasista, misógina, homofóbica, travestofóbica-, con esas lenguas del odio de tan larga data en esta nación, también se puede transitar una experiencia brillante. Como dijo Horacio González en el coloquio sobre lenguaje y violencia que dio cierre a aquella función, “asistimos a una misa de herejes”.

Próximo 8 de noviembre en el Centro Cultural Caras y Caretas, Sarmiento 2037.