La escuela como casa, la casa como escuela

Por Priscila D’Astolfo y Ariel Adler

El aislamiento obligatorio derivado de la epidemia de coronavirus tuvo múltiples consecuencias en la vida de todxs, pero probablemente una de las transformaciones más radicales de la cotidianeidad pase por la suspensión de las clases presenciales y su reemplazo por las virtuales. Como llevan adelante lxs docentes este cambio que implica más trabajo fuera de horario, malabares para resolver las carencias tecnológicas, estrés, agotamiento y una violenta transformación del espacio hogareño en lugar de trabajo.

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La lluvia golpea como pelotitas de tenis en la chapa. Extraño las tormentas de Buenos Aires. Miro el celular. La alarma debería sonar en una hora. No me puedo dormir. Me da miedo el posible corte de luz. Las mañanas ya no son tan claras como al comienzo del otoño. Cargo la pava con agua, abro una ventana y el frío helado que entra me obliga a cerrarla. El pasto todavía tiene esquirlas de escarcha. Subo la estufa y busco un sweater. La netbook que me entregaron cuando estudiaba en el profesorado en Buenos Aires, es un mueble más de la decoración mínima de la casa. Las paredes son fínisimas, parecen de cartón y de la obra de enfrente se escucha la repetida cumbia mañanera. En la pantalla de la netbook aparece el mismo cartel azul con letras blancas. Otra vez. Ya son cinco las veces que tengo que sacarle la batería y volver a ponerla para intentar encenderla. En el grupo de whatsapp de profesores todos hablan de los virus que metió zoom, de que se apagan las computadoras y los celulares, de los posibles hackers infiltrados que pueden aparecer desnudos en las clases. Uno de los profesores, quizás el más antiguo en la docencia, dice que está preocupado por su hija. A su esposa, también docente, le hackearon la clase y las imágenes pornográficas pulularon entre los adolescentes. Madres y padres histéricos saturaron con mensajes y vibraciones el celular de su pareja y de los directivos de la escuela.

Suena el teléfono. Abro los mensajes. La directora me pregunta si estoy ahí. Le digo que sí. Quemé la yerba en el primer mate. Mierda. Ya es la hora y no tengo tiempo para cambiarla. Leo: quiere confirmar si leí su mensaje de la noche anterior. Era domingo y no quise responder. Estaba cocinando. Nos informó que al día siguiente -es decir hoy- es el cumpleaños de Fermín y la mamá pidió EXCLUSIVAMENTE (así, en mayúsculas) que no empezáramos las clases sin saludarlo. Me olvido del gas y corro a apagarlo. Me siento. La netbook se demora. Le respondo quedate tranquila y de paso le aviso de la situación. Tranqui, me dice, como si pudiera estar tranquila con la presión que metieron desde el primer día: que estemos listos para las clases, que son tres horas por día, no es mucho, que prestemos atención a lo que piden los chicos, que activemos la cámara, que los dejemos hablar, que subamos la tarea todos los días, que seamos flexibles (este concepto lo habrán leído en algún libro de autoayuda o en algún artículo de un diario porque les encanta usarlo).

Escucho el inicio de Windows. Intento calmarme. Abro los documentos del día (si los abro en clase se tilda la máquina y otra vez volver a empezar).

Los chicos y chicas van entrando a la “sala”. Se abren ventanas cada vez más chicas con sus caras y la de sus padres y madres (dicen que necesitan ayudarlos, que solos no pueden). Aparece el cumpleañero con la madre atrás y un alfajor penetrado por una velita. Abre la caja de fósforos como si ya supiera lo que se viene y la enciende. Feliz cumpleaños, Fermín. ¿Cómo la estás pasando? Encerrado y sin regalos, me dice. La madre pone cara de asco y le palmea la espalda. Hace una seña a cámara y casi por inercia comenzamos a cantarle el feliz cumpleaños. Él sonríe. Lo interrumpe Nati que pregunta qué libro vamos a usar hoy. El de ciencias naturales, le digo. Profe, esperá que se lo pido a mí mamá, dicen al unísono unos diez chicos. Vuelven entusiasmados y veo cómo Fermín se come una mitad del alfajor. La otra la mastica su madre que ya está sentada a su lado (la escuela había pedido por mail a padres y madres que dejaran solos a sus hijos e hijas en las clases, pero quizás no le llegó). Les digo que ya pasaron diez minutos y que no tenemos mucho tiempo. Se abren los libros, comparto pantalla, la clase transcurre, el audio se corta. Profe, no te escucho bien.

Repito la consigna.

Profe, se congeló la pantalla. Espero que vuelva la conexión. Martín no escuchó.

Repito la consigna.

Seguimos con la clase. Vibra el celular. De nuevo la directora. Es un audio. No lo escucho. En eso, veo que se abre una nueva ventana. Es Nicolás. No le andaba internet y llegó tarde como ayer, anteayer y hace tres días. Profe, ¿qué están haciendo que recién llegué?

Repito la consigna.

El audio dice que Félix está muy atrasado y le cuesta mucho seguir las clases. Los papás pidieron que le dieras clases particulares fuera de tu horario ¿estás disponible? Respondo que Félix no se conecta a las clases y cuando lo hace se va antes. Me enojo, los auriculares no ayudan y subo el tono.

***

La alarma no suena. Me fastidio. Otra vez mediodía. Todas las mañanas son lo mismo. Me despiertan los gritos. Me quejo. No sirve. Dice que los auriculares no ayudan. ¿Preferís los parlantes? Claro que no, respondo. Pruebo un mate. La yerba flota, está helado. Pongo a calentar el agua. Mi computadora no está donde la dejé. Le preguntó si la usó. Es que la mía no anda, dice como si no supiera. Desde que la usa funciona más lento. No entiende. Me resigno. Le dejo el termo, el mate y me voy a la habitación. Abro un libro como para pasar el rato. Intento leer. Imposible. Las paredes parecen huecas cuando da clase. Salgo y le hago señas. Pone los ojos en blanco, se muerde los labios y levanta los hombros. Se queja.

***

Jazmín lee la página veintitrés del libro. La mamá se apoya sobre la silla y habla por teléfono. ¿Viste el celular que me quería comprar? Pausa. Bueno, en Estados Unidos está dieciocho mil pesos. ¿Sabés cuánto está acá? Pausa. ¡Treinta mil! Es una locura cómo suben los precios en este país. Algunos chicos se ríen y otros piden que Jazmín lea de nuevo. ¡Faa, es carísimo ese celular!, dice Ezequiel. Seguimos con la clase. Quedan veinte minutos y todavía no llegamos a leer los tres párrafos que tiene la página. Suena el celular. No lo miro. El mate está lleno. Chupo y está frío.

Alguien dejó abierto el micrófono. Preguntá si hoy van a dar tarea, se escucha a un padre decirle a su hijo. Me pregunta. Le digo que no y que por favor apague el micrófono así podemos seguir con la clase. Interrumpe la directora. A ver, chiquis, esto ya lo venimos hablando desde la primera clase, les dice. Respeten los turnos para hablar y cierren los micrófonos cuando no los usen. No se cierran los micrófonos, pienso. Les inhabilito la función para que no lo puedan hacer por su cuenta. Qué bueno sería tener un botón como ese en el aula. Se los digo y se ríen. Decido terminar la clase cinco minutos antes. No tengo tiempo entre ambas y me falta copiar lo que haremos en el próximo encuentro para los chicos que no tienen el libro. Antes de finalizar la “reunión”, habilito el chat y estallan los mensajes: chauuuu, asta la prosima, nos bemos, te keremos profe, te bamos a estraniar y un estruendo de olla se escucha desde mi cocina.

***

Me pongo a lavar. Otra cosa no queda. Se me cae una olla. Miro hacia la mesa. Se queja y no para de quejarse. Ya me tiene harto. Se corre los auriculares de las orejas y me dice «hacés ruido», moviendo la boca para que no la escuchen en el “aula”. Se me inflan los cachetes, me muerdo los labios. Una puteada al aire que ni escucha. Tiro los cubiertos en la bacha. Un poco más de ruido no le hace mal a nadie, pienso. Los dejo sucios. Que los lave ella. Veo que agranda los ojos. Voy a la habitación. El celular no prende. Desde que empezó la cuarentena empezó a fallarme y no pienso comprarme uno nuevo (aunque quisiera no se puede). Me levanto y abro la puerta. En puntas de pie paso por detrás de ella, le hago una seña para avisarle. Salgo al jardín. Riego las plantas. La helada ya cayó hace unas horas. El pasto tiene gotitas a montones como si fueran perlas. Pensaba sentarme en la reposera a leer pero entre la musiquita que ponen los de la obra, los martillazos que asustan de golpe y el frío, decido volver. Entro. Levanta los brazos y se queja. Parece que aparecí en la pantalla y los alumnos, desde sus casas, me vieron pasar. Me río aunque pienso que habría sido mejor si al menos me hubiera puesto un pantalón. Me tiro en la cama y espero.

***

Empieza la otra clase, les doy una actividad donde tienen que recorrer la casa durante dos minutos. Hay que convocarlos, dijeron los directivos en la reunión virtual que tuvimos hasta las nueve de la noche. Tenemos que lograr clases lúdicas y divertidas. Pienso en un juego, lo planifico. Me responden que trate no invadir mucho a las familias. Planifico otro. Buscan objetos. Según su material, cada objeto tiene un puntaje. Ejercitamos numeración. Llega un mensaje al grupo de docentes. Era Claudia. Se le apagó la computadora. La directora me pregunta si la puedo cubrir en la clase que sigue. Le recuerdo que en mi casa no llega internet y me voy a quedar sin datos.

Camila se une a la clase. Está en un auto. Saluda entusiasmada y con una sonrisa. Le pregunto si está viajando. Niega con la cabeza. Se levantó a las cinco para recorrer los catorce kilómetros que separan su casa de la ruta en donde está la antena de wifi. Hace frío y hay escarcha, sobre todo en el ripio. Me dice que no le importa. Le gusta ver cómo cambian de color los árboles en esta época. Cada vez están más rojos. El lago parece una pileta. Está más quieto que nunca. Además cuenta que extraña a sus compañeros y a mí.

Helena me escribe por privado al chat. Está triste porque la próxima semana le toca con la mamá. La noto preocupada. Ya vi esa mirada otras veces. Recuerdo cuando la encontré llorando en el recreo porque se habían peleado. Me pidió que no le contara a nadie. Qué lindo es abrazarte palito, me dijo haciendo referencia a mi delgadez. Nos reímos.

Vuelven, jugamos y contamos los puntos. Los anotamos en una pantalla compartida. Le pregunto a Augusto cuál es su puntaje y no responde. Salí, le grita al papá, estoy estudiando. Acá, Agus en clase, dice el hombre riéndose mientras filma la pantalla con el celular. Debe creer que no lo escucho, imagino.

Es el turno de Francisco. Le pregunto qué objetos encontró. No responde. Se le habrá ido la conexión. Le doy la palabra a Felipe que tiene la mano levantada hace diez minutos y prendió el micrófono tres veces. Yo, yo, yo, lo escucho gritar.

Vuelvo a Francisco, no responde. Busco en las ventanas para ver si está. Su pantalla aparece en negro. Apagó la cámara. Lo llamo una vez más. ¡Fran, te están hablando!, se escucha a la mamá. Ahí voy, responde. Prende la cámara y habla mientras come una torta frita.

***

Me queda poco para terminar la novela y ya arranco con los apuntes para la universidad. Suena la alarma, remolonea hasta que suena por tercera vez, dale, le digo, se despierta de la siesta, mira la hora en el celular, se sienta, abre la netbook, suena la musiquita de Windows. ¿A esta hora?, le pregunto. Tengo reunión, me dice. Ah, claro, reunión. Resulta que a la escuela se le ocurrió poner un horario amable con su equipo docente, sobre todo para la gente con la cual comparten la casa. Se los cita a las siete, cosa que alrededor de las nueve, nueve y media terminen. Genial, digo en voz alta. Hola equipo, ¿cómo están?, se escucha por los parlantes. Se olvidó los auriculares. Los busco. Murmura que no los necesita. Le aprietan las orejas todo el día. Ahora no, dice. Debo intentar no hacer ruido en la habitación. Me pego una ducha. Demoro un rato por si esta vez terminan antes y me ayuda con la cena. Espío por la puerta con el toallón anudado a la cintura (esta vez no quiero pasar vergüenza) y muchas gracias equipo por la flexibilidad y el compromiso, ahora queríamos hablar de…, escucho y cierro la puerta. Me acuerdo de una canción, quiero escucharla. Ah, no, está en reunión. Agarro unas cebollas. Las pico. Se me nubla la vista. Ya son las nueve, dice el celular.

***

Pablo come un brownie que aprendió a hacer en estos días de cuarentena y me dice que cuando volvamos a la escuela me va a llevar uno ya que amo el chocolate. Se ríe, me río.

En la clase anterior Renata mostró los alfajores de maicena que hizo con su papá y nos pasó la receta.

Les pregunto cómo están, responden que bien, excepto Marcos que se durmió a las tres de la mañana. Cansado, responde. Le pregunté por qué. Nos cuenta que estaba nervioso y tenía miedo. No podía dormir. Se le bajaban las pestañas cada vez que aparecía en pantalla. Le pregunto si quiere ir a descansar. Me dice que no. Tiene ganas de estar en la clase porque se aburre en su casa.  Es la última clase que tienen conmigo. Todavía les queda la tarde. Pobres, pienso. Marcos cabecea pero responde cuando le digo cosas. Les pregunto si alguien más se siente así. Si quieren comentar qué les pasa. Al  principio pensé que eran vacaciones, me dice Nahuel, pero me di cuenta que es peor que estar en la escuela. Yo me siento cansada y suspira Isabella. Me levanto muy temprano y estoy todo el día con la Tablet esperando las clases. Les habilito los micrófonos. Los escucho. A veces comento cosas. Me preguntan cómo estoy y si me siento sola. Irrumpe en la clase la directora. Bueno, seño, chicos, ya está. Vamos terminando. Qué bueno que podemos hablar de esto pero ya queda poco tiempo de clase. No le gustó que hablara de cómo se sienten. Quería que trabajara únicamente los contenidos curriculares.

El día anterior Mila me contó en el chat que estaba triste por estar fuera del país y no poder volver a su casa. Hay que tener cuidado con las palabras que usamos, dijeron en la reunión. Trato de ayudarla. Me cuido con las palabras aunque no sé qué decir. Siento un pitido en el oído. Me corro los auriculares. Me cuesta entender lo que dicen. Los acomodo otra vez. Me vuelve a sonar y los dejo de un solo lado. La computadora se traba, se congela el Zoom. Se me apaga. No prende, como los días anteriores. Le aviso a la directora. Me contesta rápido y mal. No le digo nada. Me manda un audio pidiéndome perdón por su respuesta. Su hija estaba enferma y tenía mucho trabajo por hacer. No pasa nada, le digo. Aprovecho para avisarle que me estoy quedando sin datos y quizás no pueda seguir la clase. Me pide que llame a la empresa y compre un pack de datos. ¡Quedate tranquila, el colegio te lo paga! Como si buscara entenderme.

Llamo. Me atiende una máquina. Quedate en casa, me dice, como si pudiera hacer otra cosa. Me da opciones, aprieto cuatro, uno y cinco. Me atienden. Me enumeran las posibilidades que tengo con mi plan, no me alcanza, ¿hay otra opción? Pregunto.

Se corta.

Vuelvo a llamar. Cuando por fin me atienden.

Se corta.

Intento una vez más. Me pasan con un sector especial para ver qué podemos hacer con mi situación. Dejo en alta voz la música. Mi compañero me pide que la baje. Tengo que hacer cosas, le comento, mientras llamo. Cuarenta y cinco minutos después.

Se corta.

Me pongo nerviosa. Me quedan dos gigas y necesito tres para la clase. Mando un mensaje al grupo de mi familia, que está en Buenos Aires. Me comparten datos. Se preocupan. Mi mamá me llama. No puedo, estoy trabajando, le escribo. No pasa nada, son para el trabajo, ma. La tranquilizo.

Hablo con la empresa, después de media hora de música. Me regalan gigas por única vez. Ya tengo para las clases.

El celular se apaga.

Busco el cargador, no lo encuentro. Cuando se enciende siete mensajes y un audio de cuatro minutos de uno de mis compañeros contándome de sus dramas familiares.

Vibra el celular. Mensaje de la directora. Otra vez nueve de la noche. Profe, no me llegaron los trabajos de hoy ¿Te podés fijar? Tienen que salir hoy sí o sí, es nuestro compromiso con los padres. Dejo la comida en el horno, abro la computadora. Pucha, me olvidé de hacerlos. Los armo con el formato que pidieron al principio. Me olvido que ese formato era el de dos semanas atrás. Vuelvo a hacerlos con el nuevo formato que enviaron por mail el fin de semana a la noche. Guardo el archivo. Me olvido de ponerle la fecha y el grado. Lo guardo otra vez, lo mando y ¡se me quemaron las verduras! Me quejo, protesto. Mi compañero permanece callado. Siento que murmura algo pero no lo escucho.

***

“Una persona por auto”, anunció el intendente. Se quejan los que toman taxi, los que deben ser llevados al hospital, a comprar o a entregar pedidos. Un día para los documentos pares, otro para los impares, dice el hombre por la radio. Hoy te toca, me dice con los auriculares puestos. Le devuelvo una sonrisa irónica. Debo ir yo, como siempre. Mi trabajo no cuenta, mis lecturas tampoco. El tiempo de silencio en la casa es preciado y me lo quitan. A unos diez kilómetros me espera el primer almacén. Me pongo un pañuelo para taparme la boca. Me pica todo. Intento no rascarme. Imposible. Unas veinte personas en la fila. Espero, me rasco con el codo, con los nudillos. Ya perdí, corona, digo para adentro. El pañuelo se afloja, lo levanto. Guardo todo en el auto y miro la hora. Tres horas  y media de soledad comprando. Hubiera entregado el trabajo o terminado la novela, pienso. O no, quizás tenía reunión. Vuelvo, el sol cae sobre el lago. Quisiera ir a la playa, tocar el agua. La policía te saca y te multa, me dijo una amiga. Los álamos están amarillos, los ciruelos rojos, el agua planchada. Abro el portoncito de madera, se me clavan espinas de las rosas del vecino. Puteo (nadie me escucha). Entro. Está usando mi computadora. La suya no arranca, me dice.

***

Se suman clases de Música y Teatro, nos cuentan contentos los directivos. Dicen que tendrán un módulo por semana cada uno pero que nosotros tenemos que estar igual para cumplir el horario. Les recuerdo que se me van a acabar los datos. Me dicen que igual trate de estar por las dudas. Por cuáles dudas, pienso. No sé ni cómo agarrar una guitarra.

El profesor termina su clase, me quedan quince minutos para la mía. Les explico la tarea para trabajar en la clase siguiente. Son pocos, les dejo que tengan el micrófono prendido. Una mamá grita. Me tienen podrida. Este colegio de mierda nos va a terminar estresando a todos. La puta madre, dejen de mandar tarea. Le cuento a la directora al terminar. Nos quedamos hablando. Ya pasó media hora desde que terminé las clases y todavía tengo que mandar los trabajos con lo realizado en el día y la tarea detallada. Media hora más, calculo. Me llaman de la administración de la escuela para ver cómo puedo hacer para mejorar mi conexión a internet porque algunos padres están diciendo que te escuchan cortado, me comenta. No tengo forma, le digo. Uso los datos de mi celular y es la única manera que tengo para acceder todos los días a las clases. No hay ninguna empresa en Bariloche que me provea internet y la que hay sale muy cara la instalación de la antena ¡Está en dólares! Bueno, me dice, ¿no te alcanza con el ítem de material didáctico que pagamos todos los meses para instalarla? Porque esto lo tenemos que mejorar.

Hoy es el día en el que me toca ir a comprar por mi número de DNI. Pucha. Se me hizo tarde y mi compañero me debe estar esperando afuera. Todo cierra a las seis. Escucho una puteada. Es él que acaba de apagar el motor del auto. Llega con las bolsas vacías en los brazos y ¡me estaba cagando de frío!, protesta. Entra. Pega un portazo.

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