La historia vuelve, la historia se repite

Por Leandro Alba

Leandro Alba nos trae otro relato en primera persona de lo que fue la enorme movilización contra la reforma previsional en el Congreso, el aguante contra el saqueo a los viejos y viejas en medio de las balas de goma, los gases lacrimógenos, el miedo y los recuerdos que empujan a la resistencia.

 

Rivadavia y Montevideo. 14 .30.

Las armas hablan con estruendos cerrados y huecos. Desde el Congreso hacen vibrar todo el inestable cemento porteño.

Blum.

Un buitre, de papel y cartón, salta sobre los viejos. “Jubilado, jubilado”, gritan los pibes que manejan el muñeco mientras simulan el ataque. Al lado, un tipo vende gaseosas, otro birras y un poco más allá otro liquida pines.

Mi grupo está cerca del bicho. Nos reímos cada vez que persigue a alguien. La gente necesita reírse.

Son robocops. Todos. Les cuesta dar un paso por la cantidad de cosas que tienen encima. Pero los dan.

Un, dos. Un, dos.

Avanzan al mismo tiempo. Las botas tienen un ritmo propio.

Olé, olé, olé, olé, oláaaaaa.

Blum.

Por una piza reprimís a tu mamá.

Blum.

Pienso, ahora, en ese ahora, que nunca escuché ese sonido en mi vida. Algo, una gota, un viento frío, helado, me recorre la espalda.

Acá no van a llegar, acá está tranquilo. Un pibe tranquiliza a su compañera. Ella no está asustada. Igual, él la besa y le repite que van a estar bien, que no pasa nada.

Blum.

Acá estamos bien, gorda.

Como a los naaaazis, les va a pasaaaaar.

Parece suspendida. Parece que no, que no va a caer a dos o tres metros tuyo. Parece que en el camino se va a perder, que se va a derretir en el aire y que esa lata anónima que echa un humo cobarde no te va hacer arder más de lo que ya ardes.

A dónde vayan los iremos a buscar.

Pero sí.

El golpe metálico contra el asfalto es la antesala de la corrida.

Tac, tac, tac.

Rebota y se pierde.

Te preguntas si vos también vas a perderte. Pero no es solo eso lo que te preguntas, porque hay algo que no entendés.

Vamos, gorda.

Macri, basura.

Te refugias en la multitud. Cantas fuerte.

Vos sos la dictadura.

No cantas. Gritas.

¿Qué hago acá?

Te joden los brazos.

Te joden las piernas.

Algo, una gota, un viento frío, helado, te recorre la espalda.

Blum.

Pero no hace mucho que estás parado.

Ni corriste todavía.

Es miedo.

Pero de algún lado te brotan los huevos. Sos vos el que ordena.

Compañeros, un paso a la vez y salimos todos.

Tranquilos.

No nos pisemos.

¿Qué hago mierda acá?

Te acordás de tu viejo. De tu vieja. Los querés abrazar donde estén.

Tac, tac, tac.

Están acá, boludo.

Te acordás de tu viejo. De tu vieja. Los querés abrazar donde estén.

Los ves de cerca. Les ves las arrugas, están grandes.

Blum.

Y los querés ver bien, porque están grandes.

Porque vos estás grande. Porque ahora los tenés que cuidar vos.

Ahora te toca cuidarlos a vos.

Macri, basura, vos sos la dictadura.

Blum.

Blum, blum.

La mitad del grupo se va para atrás.

Un dos, un dos.

Es involuntaria. Se escapa. Se escapa y es peor. Sale como si fuese un chorrito. Le siguen otras lágrimas. Te quema la boca. Después la nariz. Y más tarde hasta la garganta. Algunos hasta el pecho.

Querés escupir. El pecho te arde. El pecho te arde mucho antes que ese día, pensas. Querés escupir.

Te preguntas si estás llorando o es el gas. Pero no es eso sólo lo que te preguntas, porque hay algo que no entendés.

Blum.

Boludo, están acá.  Pero el bardo era allá. Están acá, boludo.

Un dos, un dos.

Mi compañero abre la mochila. Saca una remera y me la da. Tengo un par, usala. Mentira. Él se pone un barbijo que apenas le cubre la nariz. Le quiero decir que no, que la use él pero el asma. El asma.

Tac, tac, tac.

Blum.

Un paso. No corremos, un paso.

Un, dos. Un, dos.

Te preguntas dónde están tus compañeros.

Hago un royo con la remera. Me cubro la cara. Me tapo.

Por más que sobre mi cuello cuelgue una credencial que dice que soy periodista, ahora, en ese ahora, para ellos, soy un violento, un encapuchado. Otro indignado; un anónimo, un pedazo de masa olvidada en el tacho de los recortes, un número que no cierra.

Blum.

Llegamos a la esquina. El eco de las balas quedó atrás.

Te preguntás dónde están tus compañeros. Te preguntás cómo están. Pero no es sólo eso lo que te preguntas. Porque hay algo que no entendés.

Entre la multitud, aparece otro amigo. Nos descubrimos la cara. Lo abrazo tanto.

Cómo estás. Bien. Vos. Bien, bien. Los vine a buscar, vamos, vamos al bar.

Antes vamos a buscar a mi viejo, dice uno. Vamos.

El viejo está parado en una esquina y parece un espectador ajeno. Pero no. Es uno más. Tal vez está tratando de entender. Tal vez está recordando.

Hace unos meses le rebotaron la jubilación. Ahora no sabe qué carajo va a pasar, dice.

Mi amigo espera que su viejo se adelante para contarme que durante 14 años fue taxista.

Te acordás de tu viejo. De tu vieja. Los querés abrazar donde estén.

Cuenta que el viejo se las bancó todas ahí arriba, que siempre laburó mucho.

Los ves de cerca. Le ves las arrugas, están grandes.

Qué tengo que hacer yo, me dice, tengo que hacer algo.

Te acordás de tu viejo. De tu vieja. Los querés abrazar donde estén.

Los ves de cerca. Le ves las arrugas, están grandes.

Y los querés ver bien, porque están grandes.

Porque vos estás grande. Porque ahora los tenés que cuidar vos.

Ahora te toca cuidarlos a vos.

Yo no me voy a quedar mirando la tele en casa viendo cómo lo cagan, me dice.

Llegamos al bar.

Las motos negras escupen balas anónimas a cada paso. Ya nadie tira piedras,  nadie los interpela.

(Nadie somos nosotros).

Adentro del bar se escuchan las corridas, el ronroneo de los móviles cazando, los gritos de las presas.

Blum, blum.

Un dos, un dos.

Nos sentamos los cuatro en una mesa. El viejo está preocupada por su otra hija. Mi amigo le manda mensajes y nada. No contesta mi hermana, dice, al pasar.

Blum.

Ahí respondió, viejo. Dice que está bien. Que se están reagrupando para volver a Congreso.

Mi amigo me dice que hay que acompañar al viejo a la parada de bondi, que tiene que volver. Y volvemos.

Ahora, en este ahora, mientras escribo, mientras recuerdo, pienso que es ahí cuando el viejo da en la clave.

Cuenta que durante 14 años fue taxista, que hace unos meses le rebotaron la jubilación. Que se las bancó todas ahí arriba, dice, que siempre laburó mucho y que ahora no sabe qué carajo va a pasar.

Dice que la gente se cansa.

Tomamos algo frío. Salimos. A la calle. Otra vez.

Hijo de puta, hijo de puta.

El viejo sigue hablando.

Pasa que el 2001 está fresco y estos tipos no lo ven, o no lo quieren ver, no sé, pero el tema, pibe, es que la gente se cansa, se cansa de todo esto, ¿sabés por qué?, porque ya lo pasó, ya lo vivió.

Ohhhhhh, que se vayan todos.

Está fresco porque los pibes que murieron esa vez, vuelven, todo vuelve. Porque así empezó. Y se repite, una y otra vez la historia se repite. Y estos tipos también volvieron, porque nunca se fueron, porque siempre estuvieron ahí.

Que no quede ni uno solo.

Un dos, un dos.

Pienso ahora, en ese ahora, mientras hacemos equilibrio entre las piedras, y en este ahora, mientras hago equilibro entre las palabras. Pienso, cuando escribo,  y repito, y vuelvo a preguntarme, aunque no es solo eso lo que me pregunto, porque hay algo que todavía no entiendo, ni en ese ahora ni en este: ¿qué carajo les hicimos?

Despedimos al viejo.

Mi amigo me pregunta si buscamos a su hermana. No tengo que decirle que sí.

Volvemos, le digo.

Volvemos.

La historia vuelve.

La historia se repite.

Rivadavia y Montevideo. 18.30

Las armas hablan con estruendos cerrados y huecos. Desde el Congreso hacen vibrar todo el inestable cemento porteño.

Blum.