La imagen en la punta de la lengua

Por Natalia Amendolaro

Natalia Amendolaro nos envía un texto que toma como disparadores fragmentos poéticos de Juan Gelman, Olivero Girondo y Silvia Castro para tratar de acercarse a los mágicos paisajes del sur del país y a las sensaciones que evocan. Las palabras, además, se ponen en juego con las ilustraciones de la artista visual Miss Roady.

 

Esta narración es parte del proyecto «Afuera las Palabras», que genera acciones creativas conjuntas, destinadas a liberar al texto de los libros y dejarlo salir a jugar con todas las formas de arte. Lo que sigue es el resultado del trabajo colaborativo con la artista visual Miss Roady.

 

“Se sienta a la mesa y escribe
«con este poema no tomarás el poder» dice
«con estos versos no harás la Revolución» dice
«ni con miles de versos harás la Revolución» dice”

 

Sin embargo, junta un par de papeles sueltos, un anotador con la espiral abollada, un lápiz con buena punta, y sale. A las pocas cuadras ya tiene los oídos llenos de música. Avanza en línea recta, meditando la posibilidad de descalzarse ante la inminente inestabilidad del suelo. El aire frío le va irritando los ojos. Suelta un par de lágrimas huérfanas que, con el dorso de la mano, se unta en las mejillas. Sabe que va a demorar unos minutos en encontrar el lugar adecuado. Que la playa esté vacía no significa que cualquier sitio sirva para estar.

 

 

 

 

“no hay nadie
todo es lejos y cerca
nadie llega tarde
todo es nadie viniendo
nadie de pie
nadie derrumbado
nadie jamás ya nadie
entre peces que se pudren para nadie”

 

 

 

 

 

El silencio es tan ecléctico que, prestando un gramo de atención, se pueden oír, en la violencia que ejerce el viento sobre el lago, los rumores del mar. Hiperconectividad, mezcla dulce y salada, la orgía de los elementos, abusando de una lascivia liberada que el humano llamaría pecado y en ellos es solo erosión. Las terminales de arena bañadas en agua espumosa, la fricción de unos pies ya descalzos que pisan suave para no incrustarse el origen del planeta en la piel.

 

 “¿Me extravié en la fiebre?
¿Detrás de las sonrisas?
¿Entre los alfileres?
¿En la duda?
¿En el rezo?
¿En medio de la herrumbre?
¿Asomado a la angustia,
al engaño,
a lo verde?…”

 

No, no se ha perdido. Esta absorto en sentir la vibración del suelo, en seguir la dirección del viento, en sorber las gotas heladas que se emancipan de su nariz endurecida por el frío. Persigue una sensación que busca encontrar pronto. El marco perfecto para permitirse caer, sentarse en postura de indio, estacionar las pestañas sobre sus pómulos, y estar. Seguir la línea de una palabra que arrastre una frase y se hunda en otra, para dibujar un Malebolgue natural, que torture las almas de los conservadores. Se acuclilla, prueba la calidad del suelo, empieza a descender y, segundos antes de rozar con los glúteos el sedimento, extrae de su bolsillo lápiz y papel.

 

 

 

“Para salir a flote
la carne de contar
nos une los dedos
la cuenta regresiva
es un movimiento
de la palma en el agua
el impulso se toma el tiempo
entre una brazada
y otra
¿cómo será el agua que no una?
para nadar me alcanzan
los dedos de tu mano
y lo que viene con ella.”

 

 

 

A-lo-lejos es un tramo corto. La distancia entre la orilla y el cordón montañoso que lo envuelve todo y todo, contenido, se refugia y se distiende, se relaja. El espejo vivo refleja el cielo, al tiempo que éste se sonroja al verse y duda entre cubrirse o abrirse por completo a la desnudez insolente de sus astros. Anochece temprano, piensa, y se mueve un poco para hacer pozo bajo sí y que el hueso dulce deje de sentirse presionado. Hay curvas en el horizonte, trazos redondeados, suavizados con la mano de quien se deja tocar por el espíritu ancestral de la tierra. Las mira, las recorre con los dedos, acaricia la música que alguna vez le enseñaron a escuchar con la oreja pegada a un caracol. Susurra fonemas que no llegan, aún, a palabras.

 

“Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, se despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean(…)”

 

Se mezclan, persona y valle; piel y agua; el sol que agrieta con fuerza el cielo, exhalando sus últimos rayos; los dedos que mueven el lápiz, haciendo abanico; el viento que levanta las hojas de entre sus muslos, pero las devuelve pronto, asqueado de toda empresa humana. Se esfuma el hombre, dejando un leve aroma orgánico, una estela de calor rojizo, opacado por la violencia del anochecer. Queda huérfana una mano, un lápiz, las líneas curvas del espectro y el poema que declara invencible a la naturaleza, a pesar de todo cuanto se intente para destruirla.

 

“«con este poema no tomarás el poder» dice
«con estos versos no harás la Revolución» dice
«ni con miles de versos harás la Revolución» dice
se sienta a la mesa y escribe.”

 


-Los fragmentos de poemas citados son de «Confianzas», de Juan Gelman; «¿Dónde?» y «Poema 12», de Oliverio Girondo, y «Pisagua» y «Castor», de Silvia Castro.

 

-Delfina Caminiti es diseñadora gráfica graduada en la Universidad de Buenos Aires, pero cuando se trata de su proyecto como artista, se deja llevar por las líneas que construyen su recorrido creativo. Su fuente de inspiración es la naturaleza y, como ferviente consumidora de productos digitales, su experimentación surge de la intervención de sus propias fotografías, que evidencian el contraste entre los distintos lenguajes de un mismo universo, el propio. Sus obras son firmadas bajo el nombre de Miss Roady, haciendo referencia a su camino y descubrimiento como artista desde el año 2016.

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