“La muerte sin brújula”, un cuento de Kike Ferrari

Imagen: Malena Q

Si uno de los modos profundos de narrar el capitalismo desde la ficción fue el género policial, observar sus modulaciones dio la pauta del posicionamiento de una sociedad frente al sistema, el orden jurídico, aquello que es considerado delito y las formas consolidadas del crimen organizado –aun, y sobre todo, aquel amparado y/o encarnado por el Estado. El rol de la Policía es, entonces, una clave.

En la Argentina de posdictadura el género presenta, como señaló Carlos Gamerro en su decálogo (“Notas para una redefinición del género policial argentino”, 2006)), características singulares que evidencian la criminalidad de esa institución, sobradamente conocida, repudiada y denunciada por la mayor parte de la sociedad. Si bien ya Borges (“Nuestro pobre individualismo”, 1952) había subrayado la relación de distancia en Argentina hacia los representantes del Estado –y, como contraparte, de cercanía/ identificación/ empatía hacia aquellos señalados como criminales por el orden jurídico impuesto en 1853-, otra vuelta de tuerca dada en la posdictadura coloca a dichos representantes directamente en el lugar del criminal. El correlato es una realidad que lo constata día a día: el último en ocupar ese rol está siendo Noceti, jefe de Gabinete del Ministerio de Seguridad que dirige Patricia Bullrich cuya cabeza la sociedad pide en las calles.

¿Cómo narrar entonces a un comisario que actúe en contra del crimen? Hace falta retroceder en el tiempo hasta Borges y más allá: en “La muerte y la brújula” (un cuento que, en palabras de su autor, “pese a los nombres alemanes o escandinavos, ocurre en un Buenos Aires de sueños”), el solitario detective paga con su vida el arrojo de obrar contra el crimen. En “La muerte sin brújula”, sin embargo, las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios serán esta vez esenciales: Lönnrot, extraviado en sus propias conjeturas, dará la clave de una Policía narrada desde el futuro hacia ese pasado, cuya criminalidad no pasó aún por la acción genocida sino por la precedente omisión que la hace cómplice.

Kike Ferrari (Buenos Aires, 1972) escribe el género en Punto ciego (2015, en coautoría con Juan Mattio), Nadie es inocente (2014), Que de lejos parecen moscas (2011), Lo que no fue (2009), Entonces sólo la noche (2008), Operación Bukowski (2004), libros premiados, traducidos y celebrados por los lectores. Aquí, reescribe un cuento policial célebre redoblando aquella apuesta con la mirada de este presente.

Curaduría y notas: Lali Destéfanis


 

La muerte sin brújula

 

Ahora está muerto y con él
cuánta memoria se apaga
J. L. Borges

 

אפס

Tome asiento, agente Rìgh. Ahora que ya terminamos con la parte formal me gustaría contarle algo, para que entienda dónde va a trabajar.

De los casos en los que me tocó participar en todos estos años en servicio, el más –cómo decirlo, ¿significativo?, no, no es esa la palabra; tampoco importante–, digamos, el que nos permitió demostrar cuál es la forma correcta de manejar una investigación –y por eso se lo cuento, a modo de bienvenida– fue el del robo fallido que terminó con el asesinato de la quinta de Triste-le-Roy.

Es cierto que no impedimos el último crimen, pero también es cierto que lo anticipamos y que la serie no habría existido si todos se hubieran limitado a la línea de investigación policial en vez de perder el tiempo en la lectura de antiguallas. Y que, aunque hayamos tenido que romper algunas reglas éticas y legales para hacerlo –este trabajo a veces así lo exige, Rìgh, y es mejor que lo aprenda pronto–, fuimos nosotros los que descubrimos el modus operandi del asesino. Y quienes lo atrapamos.

Porque la clave no estaba en el juramento de honor de un criminal –aunque éste fuera Red Scharlach, por mucho que le dijeran el Dandy–, ni en las interesantes –forzadamente interesantes le hubiera gustado decir a él– hipótesis de Erik Lönnrot. Se trataba, siempre se trata, de la comprensión de los crímenes reales que se cometen en el mundo real. Y Lönnrot era incapaz de ver o entender ese mundo porque, aunque creía tener algo de aventurero y hasta de tahúr, no pasaba de ser un razonador puro. Un intelectual. Ya saben, la rata de una biblioteca olvidada en el tiempo.

 

אחת

Pero empecemos por el principio: el primer crimen tuvo lugar el 3 de diciembre en el piso R del Hôtel de Nord. Ese mismo día se había alojado ahí –en la habitación de enfrente a la suite principal– el doctor Yarmolinsky, rabino y delegado de Podólskenel Congreso Talmúdico, que se realizaba por primera vez aquí,en Giftstad.

La suite principal estaba ocupada por el Gobernador de Galilea. Un tipo al que le gustaba hacerse llamar Tetrarca, que era título oficial de su cargo, aunque casi nadie, y nosotros menos que otros, le cumplía ese capricho. Imagínense: Tetraca; a quién se le ocurre.

Pero volvamos a Yarmolinsky. Por lo que pudimos reconstruir, al llegar a la habitación ordenó en el placard sus libros y la poca ropa que llevaba para después, casi a la medianoche –según declaró el chofer del Gobernador, que ocupaba la habitación de al lado–, apagar la luz.

A la mañana siguiente un periodista del periódico Yidishe Zeitung –el periódico judío de Giftstad– que al parecer tenía acordada una entrevista telefónica con Yarmolinsky, después de llamarlo con insistencia sin recibir respuesta, dio aviso a la gerencia del hotel. Eran apenas pasadas las once.

 

שניים

Llegamos a la escena del crimen cuarenta minutos después del mediodía. Ya estaban ahí el gerente, dos miembros del personal de seguridad del hotel, los primeros gendarmes y el periodista del periódico judío. En seguida se sumaron más periodistas, algunos fotógrafos, los forenses.

El cadáver estaba tirado en el suelo, cerca de la puerta, sin camisa, sobre un charco de sangre oscura. Tenía la barba y los ojos grises, un rictus de dolor en la cara contraída y en medio del pecho el corte que lo había matado.

Pasada media hora en el lugar de los hechos, cuando ya me había dado una idea aproximada de lo que había sucedido, prendí un cigarro, un tabaco cubano, parte del remanente que se quedaron los muchachos de la Brigada en el último allanamiento grande en Port dës-Bois.

– No hay que buscarle cinco patas al gato –dije mientras largaba humo de veinticinco drakmas–. Todos sabemos que el Gobernador de Galilea tiene una importante colección de zafiros y que viaja con ellos. Alguien, para robarlos, entró acá por error. Yarmolinsky se levantó y el ladrón tuvo que matarlo…

– Eso es posible, pero no interesante –me interrumpió, como era previsible, Lönnrot–.Usted replicará que la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante.

Siempre lo hacía: hablaba por él pero también por mí y de esa manera sus respuestas lo llevaban a la conclusión a la que quería llegar, sin importar qué tan equivocado estuviera. Le di otra pitada a mi tabaco.

– Yo le replicaré que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis. En la que usted ha improvisado, interviene copiosamente el azar.

“Copiosamente”, pensé, cómo se puede ser tan imbécil.

Hubiera podido decirle que el mundo en que vivimos está gobernado por la santísima trinidad del dinero, el caos y el azar. Explicarle, como a un niño tonto, que el hecho de que una investigación policial llegue a su resolución suele deberse en tercer término a la tortura, en segundo a la delación y en primer lugar a la pura timba. Lo que tendría que haber hecho, en realidad, era cerrarle la boca de una trompada y ponerme a trabajar. Pero todos sabíamos que Lönnrot tenía amigos influyentes en Avenida S’egrôb, así que no hice nada de eso y me limité a escucharlo.

– He aquí un rabino muerto. Yo preferiría una explicación puramente rabínica, no los imaginarios percances de un imaginario ladrón.

Era inútil intentar explicarle que en la hipótesis que él estaba improvisando intervenían factores más volátiles y menos reales que el azar. Como su propia imaginación y sus ganas. Que lo que teníamos ahí, pedazo de idiota, no era sólo un rabino muerto, sino un asesinato a metros –a un par de puertas de distancia– de una millonaria colección de zafiros. Y que yo, al revés que él, no prefería nada, pero sabía que si queríamos resolver aquello tendríamos que buscar una explicación real, es decir en la que estuvieran contemplados esos millones y no los imaginarios actos de un imaginario cazador de rabinos. Así que, como era inútil, imposté un poco mi malhumor y dije:

– No me interesan cuáles sean las explicaciones; me interesa la captura del hombre que apuñaló a este desconocido.

– No tan desconocido. Aquí están sus obras completas. – me corrigió y señaló en el placard una fila de libros. Aquella basura no podía importarme menos. Lo miré de una forma que él debe haber interpretado como cargada de temor o repulsión y me reí.

– Soy un pobre cristiano, Lönnrot. Llévese todos esos mamotretos, si quiere. No tengo tiempo que perder en supersticiones judías.

– Quizá este crimen pertenezca a la historia de las supersticiones judías– murmuró en respuesta.

– Como el cristianismo –se atrevió a completar el periodista del Yidische Zeitung. Se llamaba Ribak, era miope,ateo,un poco marxista y bastante tímido.

Me acerqué hasta quedar cerca de su oído y susurré:

– O el comunismo, ¿no, pibe?

Ribak, junto con el chofer, estaba a la cabeza en la lista de personas que debíamos interrogar a fondo. Y, para cuando llegara ese momento, era bueno que él supiera que lo conocíamos y por qué. No llegué a ver cómo encajaba el golpe porque uno de mis agentes me llamó.

– Mire, comisario– había encontrado en la máquina de escribir una hoja de papel con esta sentencia inconclusa:

La primera letra del Nombre ha sido articulada

Lönnrot se esforzó en demostrarme que contenía la risa. Para conformarlo, yo hice el esfuerzo de parecer molesto. Ordené que le hicieran un paquete con los libros del muerto y se los llevaran a su departamento. Sólo quería que se distrajera con alguna cosa y me dejara trabajar. Así nosotros, indiferentes a su paparruchada bibliófila y hebraísta, podríamos dedicarnos a la investigación policial donde esta tiene lugar: en la calle.

 

שלוש

Las primeras indagaciones –la descripción, el reconocimiento en las fotos de archivo– nos llevaron hasta Bahlyentóv, el Tuerto, miembro de la banda de la Rue de la Piété, un malviviente al que el chofer del Gobernador –según reconoció en declaración– había vendido cierta información sobre la movilidad operativa de su jefe.

Después de un intenso y prolongado interrogatorio en el que Bahlyentóv, pese a todo, se negó a delatar de ninguno de sus cómplices, nos dijo –las palabras siseando entre los dientes faltantes y las burbujas de sangre– que nada tenía que ver con la muerte del Rabino. Habían, es cierto, planificado robar los zafiros del Gobernador, pero la acción estaba planificada para la noche siguiente.

– Alguien se nos adelantó, no supo hacerlo. Por eso hay un muerto– completó.

– O alguno de los suyos los traicionó,Tuerto.

Sonrío con tristeza y con burla, con condescendencia, quizá –no puedo asegurarlo– con una pizca de piedad.

– Nadie que sepa lo que le conviene, comisario Treviranus. Si alguien nos traicionó, ustedes se van a enterar pronto –dijo.

En mis anotaciones subrayé esa frase dos veces.

– Quiero una lista de los delincuentes con los que estuvo relacionado Bahlyentóv en los últimos años – le pedí más tarde a Mattheeosk, uno de mis hombres de confianza.

 

ארבעה

La otra línea de investigación tenía que ver con los zafiros. El Gobernador viajaba con ellos porque desconfiaba de quienes los tenían en guardia en su país, que pertenecían a la facción opuesta en la coalición de gobierno. La póliza de seguro de las piedras en viaje ascendía a cuatro millones trescientos mil liras europeas –aproximadamente setenta y seis millones de drakmas– y la había extendido la Makkoda Incorporate. Subrayé el nombre y debajo anoté “averiguar”.

Me distrajo del rutinario trabajo de la investigación preliminar, la aparición del Yidische Zeitung de esa semana. Cuando casi me había olvidado de ajustarle las tuercas a Ribak, ahí estaba: en la página central, a tres columnas explicando que mientras el investigador Erik Lönnrot dedicaba a estudiar los nombres de Dios para dar con el nombre del asesino y nosotros buscábamos en el bajo mundo de Giftstad, nadie parecía prestarle atención a la posibilidad de que –nada menos que en esta época, subrayaba– la muerte de un judío fuera un crimen antisemita. Pese a estar acostumbrado a que el periodismo quiera mezclarlo y complicarlo todo, mi estómago se llenó de bilis tanto y tan rápido como los bolsillos de un diputado del dinero de los contribuyentes. Sacudí la cabeza para espantar el moscardoneo de la suposición de Ribak y me repetí tres veces que no estábamos en Alemania. No estábamos en Alemania. No estábamos en Alemania.

–  Tráiganme a este bolche de mierda –ordené entonces, agitando las páginas–, quiero tener una charla con él.

Como  interrogatorio no fue productivo. Pero a partir de nuestra conversación las notas  del periódico judío fueron mucho menos –cómo decirlo– incisivas.

 

חמש

El segundo crimen ocurrió la noche del 3 de enero y ahí, donde otros creyeron ver una serie, nosotros encontramos la punta del ovillo que nos permitió resolver el caso.

En un baldío del extremo oeste de Giftstad fue hallado, envuelto en un poncho y con una puñalada abriéndole el pecho, el cadáver de Daniel Simón Azevedo, delincuente notorio y conocido, sobre todo en la zona norte. Había sido rompehuelgas, matón electoral, ladrón, estafador y, desde hacía unos años, informante nuestro.

Un pequeño charco de sangre bajo el cuerpo me llamó la atención. Ordené a uno de mis agentes que lo diera vuelta. El orificio en la nuca no dejaba dudas: pese a la notoria herida del pecho, la muerte le había llegado por un balazo –a quemarropa y a traición– de un calibre no mayor a 25. Pensé que Azevedo era el último espécimen de una raza: el guapo de puñal que nunca se había habituado a las armas de fuego. Así le fue, pensé también.

– Quién lo encontró.

–Yo, comisario –respondió una gendarme

– Cuente.

– Serían las cinco o las cinco y cuarto, venía recorriendo la zona con el caballo cuando vi el bulto. Pensé que era basura, la verdad. Lo que me llamó la atención fue la pintada –dijo, señalando una pared de rombos amarillo y rojos– y recién cuando me acerqué a leerla me di cuenta de que el bulto era un cuerpo, comisario. Entonces llamé a…

La dejé con la palabra en la boca y me acerqué a la pared escrita con tiza:

La segunda letra del Nombre ha sido articulada

Recordé las declaraciones del Tuerto. Mientras Lönnrot se regodeaba en sus hipótesis judías, llamé a mis dos hombres de mayor confianza.

– Quiero saber con quién estuvo trabajando Azevedo los últimos meses. Y lo quiero mañana antes del mediodía, ¿está claro?

Ahora era cuestión de esperar.

 

שש

El tercer –cómo llamarlo, agente, sin faltar a la verdad– acto de nuestro drama sucedió en pleno carnaval, el 3 de febrero. Cerca de la una de la mañana sonó el teléfono de mi oficina. Una voz gutural –desdibujada por el ruido de fondo de las cornetas y los silbidos– me ofreció información sobre las ejecuciones de Yarmolinsky y Azevedo.

– Pero tenemos que hablar de dinero, comisario… –estaba diciendo el tipo, que se había presentado como Ginzberg (o Ginsburg, no entendí bien), cuando la comunicación se cortó.

Podía ser una broma, claro, sobre todo en la noche de carnaval. Pero cuando un caso se está enfriando cualquier pista es una pista. Así que hice rastrear la llamada y media hora después nos acercamos al Liverpool House, una taberna de la Rue de Toulon –en la zona cambalache del lado este de Giftstad, en la que conviven el cosmorama y la lechería, el burdel y los vendedores de biblias– propiedad de Black Finnegan,un ex criminal irlandés.

– Ustedes saben que yo estoy afuera de todo, no entiendo por qué me…

– No estamos acá para complicarle la vida –traté de tranquilizarlo–, necesitamos hacer unas preguntas, eso es todo.

– Su sola presencia, y la de su gente, me complica, comisario Treviranus. A mis clientes no les gusta la Policía.

– Hagamos esto rápido, entonces, así podemos irnos. Hace poco más de media hora recibí un llamado desde su teléfono, ¿quién puede haberlo hecho?

– El último en usar el teléfono fue Gryphius, uno de los inquilinos. Alquila una de las habitaciones de arriba –señaló con su mano enorme y curtida los altos del bar– desde hace unos ocho días.

– ¿Y dónde está ahora ese inquilino, señor Finnegan?

– No lo sé, comisario. Lo vi salir con unos amigos apenas antes de que ustedes llegaran.

– ¿Qué más me puede contar del tal Gryphius?

– A ver… –hizo una pausa, teatral, como si quisiera demostrar que estaba pensando– Está a acá desde hace ocho días…

– Eso ya lo dijo, Finnegan –mi voz sonó amenazante porque en mis palabras temblaba una amenaza.

– Está bien, comisario, está bien. Es un hombre altura regular, rasgos afilados, tiene una barba abundante y gris, anda siempre con un  traje negro bastante venido a menos. Como no lo conocía le pedí por el alquiler de la pieza un poco más de lo que suelo cobrar y me pagó en seguida. En estos días casi nunca salió. Suele cenar y almorzar en su cuarto; apenas si lo vimos acá abajo.

– ¿Entonces?

– Hace un rato apareció por el bar y me pidió el teléfono. Lo hice pasar a mi oficina. Mientras hablaba vinieron a buscarlo dos tipos y subieron a su habitación. Un cuarto de hora después lo vi salir, tambaleante, como todo el mundo esta noche, abrazado a sus dos amigos.

– ¿Y cómo sabe que eran sus amigos?, ¿los conocía?

– Es carnaval, comisario, no sé si los conocía porque no pude verles las caras: llevaban máscaras –mostró una sonrisa filosa el irlandés– pero, ¿usted suele abrazar a sus enemigos?

– No te pongas gallito, Black, o voy a dejar a dos de mis hombres de uniforme apostados en la puerta de tu roñosa taberna hasta que el tal Gryphius vuelva, ¿qué te parecería eso?

“Eso” le borró la sonrisa de la cara.

A continuación interrogamos a algunos clientes y pudimos armar la siguiente secuencia: mientras Gryphius hablaba por teléfono un cupé cerrado se detuvo frente al Liverpool. Del cupé bajaron dos petisos fornidos, notoriamente borrachos, con disfraces de arlequines a rombos amarillos, rojos y verdes. El cochero, que llevaba una máscara de oso, no se movió de su puesto. Entraron en el escritorio de Finnegan haciendo sonar unas cornetas, abrazaron a Gryphius –que  aunque pareció reconocerlos los saludó con frialdad–, intercambiaron unas palabras en yidish y subieron al cuarto. Quince minutos después bajaron los tres. Parecían muy felices. Gryphius iba en el medio de los arlequines. Dos veces tropezó, tan borracho ya como los otros, y las dos veces los petisos disfrazados de colores lo sujetaron. Salieron del bar, subieron al cupé. Ya en el estribo, uno de los arlequines hizo en una de las pizarras de la recova un dibujo grosero y escribió, con letra apurada, una sentencia. Después desaparecieron en la noche.

Fuimos hasta la recova. Ahí, junto al dibujo del pene gigante,la sentencia, previsible, decía:

La última de las letras del Nombre ha sido articulada

– Claro, cómo no –dije para mí mismo mientras encendía un tabaco; me dirigí a mis ayudantes–. Vamos a revisar la habitación. Aodanneich, conmigo; Mattheeosk, traiga a los testigos que nos falta interrogar, que me esperen en el pasillo.

La habitación era pequeña y bastante austera. Sobre la cama encontramos dos mudas de ropa; junto a la misma, en el suelo, una mancha de sangre con del tamaño de un doblón de oro y la forma aproximada de una estrella de David; en los rincones, botellas de cerveza vacías y restos de cigarrillos húngaros marca Tiszta; en el armario, dos camisas blancas, muy usadas, y un libro en latín –“Philologus hebraeograecus” de un tal Leusden– con varias notas manuscritas. No había que ser un genio para saber que aquello iba a interesar a Lönnrot, así que lo mandé a llamar. Llegó enseguida y se puso a leer con el sombrero todavía puesto, lo que me permitió seguir los interrogatorios sin su pedante intromisión. Fue un largo par de horas: más escuchaba y menos me cerraba la historia del secuestro.

Ya despuntaba el sol cuando los cuatro salimos del Liverpool House. Las serpentinas crujían bajo nuestros pasos como billetes recién salidos del banco. Cuando llegamos a la parte de la recova donde estaba garabateada la frase, mandé a los agentes Aodanneich y Mattheeosk a descansar.

– ¿Y si no fuera más que un simulacro? –dije después, pensando en voz alta.

Me arrepentí enseguida. Erik Lönnrot usó su más repugnante sonrisa de sabelotodo, abrió el libro que habíamos encontrado en la habitación, carraspeó un par de veces y luego leyó:

Dies Judaeorum incipit a solis occasu usque ad solis occasum diei sequentis –hizo una de sus habituales pausas teatrales y agregó– Eso quiere decir: El día hebreo empieza al anochecer y dura hasta el siguiente anochecer.

Le pregunté con ironía si ese era el dato más valioso que había conseguido de esa noche. Algo me respondió –nunca supo quedarse callado– pero no lo escuché. Tenía cosas importantes en las que pensar y ni el cansancio ni Lönnrot me ayudaban a hacerlo con claridad.

 

שבע

La tarde siguiente diarios y periódicos se refirieron al caso. Dos pasquines de extrema derecha –La Cruz de la Espada y El Mártir– se regodeaban con los hechos, aunque el segundo se quejaba de la lentitud de “un pogrom clandestino y frugal, que ha necesitado tres meses para eliminar tres judíos”. En las páginas del  periódico judío, en cambio, –contradiciendo lo que habían publicado un mes atrás y demostrando lo útil que había resultado nuestra conversación con el joven Ribak– negaban la posibilidad de que se tratara de un complot antisemita. Pero nada de eso llamó demasiado mi atención; lo realmente importante lo encontré en El Heraldo: la declaración de un conocido pistolero del sur de Giftstad culpando a la negligencia policial –y la mía en particular– por la sucesión de crímenes. Y prometiendo que él nunca permitiría que en su distrito pasara nada como eso.

– Mattheeosk, tráigame las listas de Azevedo y  Bahlyentóv.

Ahí estaba. La única triple coincidencia. Resaltaba en rojo como su propio nombre. Ya sabía quién. Todavía me faltaba saber por qué. Pero sólo era cuestión de poner manos a la obra y esperar. Al igual que a Lönnrot, al criminal lo perdería su arrogancia.

– Quiero que lo sigan donde vaya –dije señalando el nombre en El Heraldo–. Elija a dos hombres y hagan turnos de ocho horas. Hablen también con la gente de la Comisaría de la Zona Sur. Quiero un informe diario.

– Sí, señor comisario.

– Ya lo tenemos, Mattheeosk.

 

שמונה

Pasaron los días y la fecha se aproximaba como una amenaza. La noche del primero de marzo, cuando ya empezaba a ganarme la ansiedad, recibí un sobre sellado a mi nombre. Lo abrí. Contenía un plano de Giftstad arrancado de un Baedeker sobre el que había dibujado en tinta roja un triángulo, acompañado de una carta –firmada por un tal Baruj Spinoza– que anunciaba que el tercer día de marzo no habría un nuevo crimen.

“La pinturería del Oeste, la taberna de la Rue de Toulon y el Hôtel du Nord” –explicaba la carta– “son los vértices perfectos de un triángulo equilátero y místico”.

– Parece un argumento del señor Lönnrot, ¿no cree señor comisario? –me preguntó el agente  Aodanneich.

Eso era. Tenía que ser.

– Tráigame todo los que tengamos de Red Scharlach y su banda,  Aodanneich.

Trabajamos un buen rato antes de encontrarlo, pero ahí estaba: hacía tres años, en un garito de la Rue de Toulon, Lönnrot había arrestado y hecho encarcelar al hermano de nuestro sospechoso. El mismo Scharlach había logrado huir a último momento, con un tiro en el vientre, rescatado por sus secuaces.

– Escúcheme bien, Aodanneich, quiero que se comunique con Mattheeosk y le diga que ajusten la vigilancia, después lleve este sobre al imbécil de Lönnrot y, sin que él lo note, quédese apostado frente a su casa. Arme una vigilancia de 24 horas. Quiero que me informen si hay cualquier movimiento extraño –vi la preocupación en su rostro y pensé que no era para menos: su compañero llevaba casi un mes de vigilancia continua–. No se preocupe, Aodanneich, que no van a ser más que uno o dos días.

– Lo que usted ordene, señor comisario.

 

תשע

La llamada de Lönnrot llegó a la tarde del día siguiente.

– Quiero agradecerle ese triángulo equilátero que me mandó anoche. Me ha permitido resolver el problema. Mañana viernes los criminales estarán en la cárcel. Puede quedarse tranquilo.

– Entonces, ¿no planean un cuarto crimen? –pregunté tratando de disimular la emoción en la voz.

– Precisamente porque planean un cuarto crimen, podemos estar tranquilos

Veinte minutos después el teléfono volvía a sonar. Era, por supuesto, Aodanneich.

– Está en la estación de trenes de Ferrocarriles Australes. Sacó un pasaje hasta la estación de cargas de Triste-le-Roy.

– Perfecto. No lo pierda de vista. Nos vemos ahí.

Llegué con los refuerzos en un automóvil policial minutos antes que el tren. Desde una prudente distancia operativa vi bajar a Lönnrot y poco después a Aodanneich. Era una de esas tardes que parecen amaneceres de aire húmedo y frío. Lönnrot echó a andar por el campo y lo seguimos a un par de centenares de metros, agazapados para no ser vistos. Vimos perros, un furgón en una vía muerta, el horizonte, un caballo del color de una moneda gastada que tomaba agua sucia de un charco. Vimos llegar a Lönnrot hasta una quinta abandonada y rodearla.

– ¿Qué hacemos, señor comisario? – preguntó Aodanneich

Le ordené a uno de los agentes que venía con nosotros que lo siguiera. No me asombró cuando al cabo de unos minutos vi reaparecer a Lönnrot y más atrás al agente, acompañado por Mattheeosk. Mientras Lönnrot metía la mano entre los barrotes del portón y lo abría con un chirrido, Mattheeosk se acercó a nosotros.

– Está adentro con dos hombres armados, comisario.

– ¿Pudo ver qué tan grande es el lugar?

– Varias habitaciones, distribuidas en dos pisos y un mirador. Ahí arriba está Scharlach con su gente.

– Perfecto. Estén listos. Cuando Lönnrot esté dentro de la casa vamos a cruzar la reja y acercarnos con cuidado. Pero recién cuando se oiga el disparo vamos a intervenir.

Mis subalternos me miraron con interrogación –pero recuerde esto Rìgh– nadie preguntó nada: somos policías.

Tal como les había dicho, dejamos que Lönnrot ingresara y subiera las escaleras. Cuando vimos que lo cómplices de Scharlach –dos petisos fornidos– salían de la casa y después de la quinta hasta alejarse por el campo, nos acercamos un poco más. Sabíamos que en el mirador sólo quedaban los protagonistas.

Entre las hojas de los eucaliptos, la brisa nos traía retazos de una conversación que confirmaba mis conjeturas.

Red Scharlach había planificado el robo de los zafiros junto a un grupo de delincuentes entre los que estaba Azevedo, quien los traicionó e intentó el robo un día antes. Sin conocer el lugar y sin apoyo, Azevedo se había perdido en los pasillos del hotel y confundió la habitación de Yarmolinsky con la del Gobernador. Éste amenazó activar la alarma y Azevedo lo apuñaló. La frase que después encontramos en la máquina fue lo último que el doctor  y rabino había llegado a escribir.

Con sumo sigilo entramos en la casa.

Todo hubiera terminado ahí, pero unos días después Red Scharlach había leído la nota del periódico judío en la que se decía que Lönnrot buscaba en los escritos de Yarmolinsky la clave de su muerte. Entonces se propuso a darle al hombre que había metido preso a su hermano la clase de investigación rabínica que imaginó, acertadamente, éste andaría buscando. Tuvo que dejar pasar un mes para cobrarse la traición de Azevedo pero la aprovechó para dejar escrito lo de la Segunda Letra del Nombre.

Cruzamos un patio y una galería y después otro patio.

El 3 de febrero llamó a la comisaría haciéndose pasar por el delator Ginsburg o Ginzberg. Fue, como supuse esa misma noche, un simulacro. Él mismo, Scharlach, era también el misterioso Gryphius. Uno de sus cómplices, disfrazado de arlequín, garabateó la frase cuando culminaba el supuesto secuestro.

Nos apostamos al pie de la escalera caracol que daba al mirador de donde nos llegaba la voz monótona y enfurecida de Scharlach que explicaba cómo, por último, la noche anterior había mandado el sobre con el mapa para asegurarse que, siguiendo no entendí qué rebuscada teoría –del tretagamón o tretamagatón o tetragrámaton, algo así– Lönnrot llegara hasta esta quinta abandonada en el sur de Giftstad.

– Preparados –dije.

– En su laberinto sobran tres líneas –se escuchó por última vez la voz de Erik Lönnrot.

– Listos.

– Para la próxima vez que lo mate le prometo ese laberinto –respondió Red Scharlach, alias el Dandy.

–Ahora.

Con el ruido de los tres disparos amortiguando el de nuestros pasos en la escalera espiral, subimos al mirador.

– ¡Quieto! ¡Policía!

Todas nuestras armas apuntaban a Scharlach quien dejó caer la suya y nos recibió con las manos en alto, una sombra de complicidad sobre la mueca resignada del jugador que entiende que le tocó perder. Después, mirándome, murmuró una palabra que prefiero no recordar, mientras mis hombres lo esposaban, a unos pocos pasos del cadáver –todavía caliente– de Erik Lönnrot.

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