La promesa de volver a vivir

Por Marcelo Simonetti

Una reflexión de Marcelo Simonetti, apoyado en Los vivos y la muerte, del austríaco Jean Ziegler, sobre esta forma de transitar una prolongada cuarentena en la que parece que sólo estamos vivos para producir. Y eso no es vida.

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Zizek estaba contento porque decía que la pandemia iba a hacer desplomar al capitalismo. Pero, como siempre, está equivocado. El capitalismo se acomoda en principio discursiva, moral y éticamente (después sufriremos aún más lo que ya sufrimos el drama de los números) para ponerle el disfraz de policía al vecino, para hacer jugar a los desesperados al sexo virtual y para patear la pelota para adelante, mientras te pone a hacer eso que te dice que es para lo único que vivís: producir.

En el medio hay chisporroteos que a veces devienen en crisis. Aunque los empresarios y los políticos que administran el Estado siempre son socios, en casos como éste puede haber conflicto. Mientras unos necesitan que nosotros salgamos a seguir aumentando sus cuentas bancarias sin importar el número de muertes, los otros necesitan que esto no se desmadre. Porque los empresarios no pagarían el costo de la andanada de muertos sino que el descrédito sería para sus socios administradores del Estado. No son nuestras vidas las que están en juego ahí, sino la billetera de uno y la imagen y permanencia del otro.

Hace unos días terminé de leer un libro del sociólogo Jean Ziegler. Se llama“Los vivos y lamuerte” y es de 1976. Ahí el suizo elabora una crítica comparativa de la relación con la muerte en las culturas africanas y la que impera en el sistema capitalista occidental desde sus comienzos. El autor escribió el libro en una época en la que el socialismo parecía estar a la vuelta de la esquina. Quizás por eso en el final se baña en licores de un futuro que no fue, que no es. Pero, en lo que hace a la investigación científica, el libro es muy útil para problematizar este presente de desarticulación humana y aislamiento.

Una de las tesis centrales del libro se propone problematizar cuál es el eje de la vida en la sociedad capitalista y la forma en que, al organizar la vida en torno a la producción y al servicio de una pequeña porción de la sociedad, vamos formando una conciencia moral separada de todo aquello que no sea la utilidad para esa función predominante.

La relación con los muertos en otras culturas es fluida. La muerte, un hecho natural, aceptado y celebrado por el conjunto de la comunidad. Se crea en la reencarnación, en la vida en otro plano o en la nada, siempre la relación con la muerte se da en un plano de aceptación y de pasaje natural y necesario.

En cambio, en sociedades como la nuestra el ritual del duelo es cada vez más acotado y, una vez que morimos, nuestros seres queridos a los pocos días ya tienen volver a cumplir la función para la que están en el mundo: producir.

En el período en el que nos toca estar vivos, la relación con la muerte es nula. La negación es la estrella. La muerte es un tabú. Siempre es una sorpresa. Mientras que en otras culturas dialogan con los muertos y los invocan a lo largo de todo el recorrido vital, en las sociedades capitalistas el muerto es borrado de la faz de a Tierra a poco de haber dejado de existir.

Para Ziegler, la medicina, en tanto ciencia al servicio del capital, es la columna vertebral de esa política de negación de la muerte. El médico, a quien llama “tanatócrata”, es el encargado de evitar que el sujeto muera. A toda costa. Y en esa carrera el sujeto se convierte en objeto del médico y de todo el aparato de “represión hospitalaria”. No importan las condiciones en que se encuentre y no importa tampoco la opinión del paciente. Lo que importa es que viva. Para lograrlo, se apoya en instrumentos auxiliares como las enfermeras y las concepciones morales de los familiares del enfermo.

Si éste “se salva”, el tanatócrata y el sistema consideran que han ganado, aunque el paciente no pueda besar, llorar, reír o volver a hacer nunca más todas esas cosas que son parte de la vida. Las condiciones del sujeto no importan.

Desde éstos planteos de Ziegler me puse a pensar la reclusión que estamos viviendo. La mayoría de nosotros ya volvió a producir. Nuestra razón de ser está vivita y coleando. Para eso estamos vivos. Respiramos.

Los “tanatócratas” del COVID, que ya no son sólo unos señores de guardapolvo que sonríen impersonalmente sino todo un aparato que apunta a convencernos de la importancia de seguir vivos para producir, nos vigilan para que no hagamos trampa. Nos cuidan respecto de nuestras tentaciones de hacer trampa. Hacen equilibrio con los números, acá y en todo el mundo, para ver cuánta muerte podemos soportar sin que se dañe su imagen, sin que estallen los que están peor y todos sigamos sirviendo para lo que estamos en el mundo. Vamos al trabajo y volvemos a casa. Otra cosa no, porque tenemos que preservarnos. Para mañana poder ir nuevamente de casa al trabajo y del trabajo a casa. Lo importante sí. Lo otro no es importante.

El problema es que a mis cuarenta y cinco años me las arreglé para querer mucho a mucha gente. Y a esa gente me gusta besarla, abrazarla, tocarla. Me las arreglé para acomodarme en una vida un poco alejada de determinada convencionalidad. Yo quiero hasta a mis penas. Quiero hasta a mis dolores. Y no acepto que la vida sea seguir respirando por un tiempo indefinido y que mi existencia se alargue todo lo que ésta legión de tanatócratas decida para seguir produciendo, privado de todo lo demás.

Con esto no digo que voy a salir mañana como éstos simpáticos republicanos descerebrados que marcharon esta semana reclamando por su derecho de ir al gimnasio o al shopping. Tampoco abono a ninguna de las teorías conspiracionistas que sospechan de alguna liga del mal detrás de la pandemia.

No es que reclame una mayor libertad para que podamos salir todos al muere. Solo digo que para permanecer así, cuidándome para poder producir, respirando para poder seguir trabajando, prefiero morirme. En fin, que si me quedo en casa, si me aguanto y salgo sólo para producir, es por la promesa de que voy a volver a vivir.

No acepto que en éstos dos meses haya vivido. No estuve vivo. No estoy vivo en casa escribiendo esto. No vivo cuando voy a trabajar todos los días para ver un desfile de decenas de desconocidos que vienen a pelear por dos pesos que les permitan comer. Si para todo el entramado social, moral y político debo seguir respirando para hacer esto único que me permiten hacer, entonces déjenme decirles que para mí eso no alcanza.

Mi vida siempre empezó al salir de ese lugar donde voy a vender una cantidad de horas de mi día a cambio de un dinero. Y eso es justamente lo que no estoy pudiendo hacer ahora.

No sé cuánto durará esto, pero a mí no me llenan unos abrazos en las redes, unas charlas por teléfono con mis queridos y queridas, una promesa de libertad quien sabe cuándo.

Eso que Ziegler decía de la vida que gira alrededor de nuestra utilidad como productores se vuelve más descarnadamente cierto con el aislamiento.

Pero yo me niego sentirme vivo así y me niego a darme por vencido. Si la vida es esto que estamos pasando y lo que hay que preservar es ese letrero grande y lleno de luces de colores que titilan “Trabajar y cuidarse”, entonces la rechazo. No hay tanatócrata que valga. No me sirve. No me interesa ni aunque sea tan larga como la historia del mundo.

Por eso prefiero decir que a mi vida la dejé en suspenso y que no estoy muerto ni estoy vivo. Que los tanatócratas me tienen cautivo con la promesa de que la pausa termine un día. Y que cuando salga volarán las rondas de vasos y llegarán los abrazos y las risas. Los saltos y los besos. Las caricias. Las conspiraciones. Las charlas hasta cualquier hora, conscientes e inconscientes. Digo que me tienen cautivo para volver a vivir en un futuro en el que producir sea solo el pretexto, el vehículo de la vida.

Hoy estoy en pausa con la promesa de volver a verme en los ojos de los que quiero, sin policías ni tanatócratas que nos den el alto o nos den la talla.

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