Cuando miramos hacia atrás, encontramos que las mujeres escritoras fueron realmente excepcionales en la historia de la literatura tanto occidental como oriental. Algunas, tímida u osadamente, travistieron su nombre para presentar sus literaturas en sociedad. Sin embargo, retratadas sí estuvieron siempre, ya sea integrando grupos o individualizadas como enemigas, aliadas, laderas e incluso protagonistas. Pero ¿cuál fue la traza que nos trajo hasta este siglo XXI en que pudimos arrancarnos las plumas de ‘harpía’ que nos habían echado por el cuerpo, y usarlas para escribir sin parar, y reconfigurar nuestras representaciones con voces propias, y ser leídas sin etiqueta de género? Mariel Martínez nos lo irá contando en este espacio.

Este texto va a comenzar afirmando algo que hoy resulta tan obvio, que es difícil pensar cómo no lo fue -así de obvio, así de masivo- hace apenas algunos años, y es esto:  para las mujeres el feminismo no sólo ayuda, sino que termina siendo fundamental. Acá, en mi barrio, por ejemplo, empezó a ser cosa de vida. Porque antes, cuando éramos chicas, no escuchábamos ni que mi cuerpo mi decisión, ni que ni una menos, ni que esto o aquello es violencia de género. Y ahora nos cuesta y -nos gusta- creerlo, pero se dice. En el barrio, se escucha. A veces son enunciados poco mediados por la reflexión, a veces se dice una cosa y después se hace otra, a veces todo es tremendamente contradictorio. Pero hay una cosa innegable: el feminismo y su capacidad de pensar a las mujeres en clave simbólica, llegó, por ejemplo, a este barrio de un rincón del oeste del conurbano. Algunas otras categorías del universo teórico de la política ni siquiera asoman en el horizonte de mujeres que no tuvieron quizás en su vida el tiempo y los espacios para pensarse a sí mismas, pero sí se empieza a escuchar hablar del machismo, del patriarcado, de la opresión de género. Esto quiere decir: vamos bien. Y también quiere decir, entre muchas otras cosas, qué bueno que hay tanta tela para cortar. Porque el problema de la desigualdad que el feminismo combate desborda por todos lados, por todas las esferas de la actividad humana.

La literaria, por ejemplo. ¿O qué? ¿O nos pensábamos que el temita de “víbora”, “bruja”, “harpía”, “zorra” estaba sólo en el repollo del sentido común? No señor, no señora. Acá hay mucha tela, una tela preciosa llena de historias en las que no sólo somos las malas (y las buenas, princesitas) sino también los monstruos, las hechiceras, las peligrosas. Los “cuidate querido, que esa chica es una bruja”. Los “se juntan entre dos o tres y se matan, si son un nido de víboras”. Los “no te acerques a esa mina, que es una harpía”. Son enunciados, estos, que no salen de la nada. Hay relatos, bellos y terribles, detrás, ficciones que nos realizaron durante siglos. Y hay también nuevos relatos que los desarman, que los recortan y que arman otros nuevos. Hay todo eso en la literatura. Este espacio de escritura será una invitación a pensar desde ahí. Desde lo que puede, lo que urge pensarse, también en el universo de la ficción.

Medusas y sirenitas
Como espacio no de representación sino de mediación, de cruce, de deformación o de reinvención de lo real, de los griegos para acá, en la literatura no nos viene yendo del todo bien. Las sirenas que burló Ulises son quizás las mujeres pescadas más conocidas, y este relato que las tiene como coprotagonistas, su aventura más famosa. Pero hay más señoritas peces haciendo maldades alrededor de relatos clásicos o mitológicos de otras culturas del mundo: nadando por aguas dulces, llorando perlas, casi siempre hermosas y asesinas.  Las versiones que las hacen medio pájaro en lugar de medio pez las emparentan con las harpías y se nos abre aquí todo el abanico de las malas mujeres con alas. No deberíamos olvidar toda la gama de las víboras, mujeres de lengua bífida, de las cuales sea quizás Medusa la más famosa, aunque alguna que otra viborita medieval le haga sombra. Otro tema largo: las cruzas con felinos y canes. Y el más jugoso: las brujas, quemadas y ahogadas por siglos, de las que tanta historia y literatura hemos heredado.

Así parece que es. Cada construcción simbólica que recibimos a través de tal o cual palabrita usada con violencia o dicha cariñosamente (“no te enojés, si sos mi brujita”) tiene por allí, dando vueltas, su correlato literario. Qué tremendo y qué divertido. Cuánto para leer y cuánto para desarmar: figuras que sobrevivieron siglos y siglos porque las condiciones materiales y sociales y porque, digámoslo también, algunas son elementos de una bellísima literatura.  Será parte de una misma tarea también la de irles al cruce, repensarlas, tomarlas como lo que ya son, parte de nuestro imaginario, para pensar nuevas formas de hacerlas funcionar.

Monstruo mío
Pero hete aquí que tengo una buena noticia: hay gente a lo que esto ya se le ocurrió. Y empezó a pensar lo bello de la monstruosidad femenina, y logró con ello armar relatos poderosos.  Pienso rápido en algunos ejemplos, casi como notas para recordarme por dónde bucear.

Manuel Puig, el enorme. A mediados de la década del 70 escribió una novela maravillosa: El beso de la mujer araña. Posiblemente la hayan leído. La relación que establecen los personajes de Luis Alberto Molina y Valentín Arregui en una cárcel de la dictadura está mediada por el cine de Hollywood. En estos relatos desfilan la mujer pantera, la mujer zombi y otras mujeres relacionadas a una maldad que no pueden controlar. Molina, que quiere ser mujer, que se enamora de un hombre (Valentín), es la última de la serie: la mujer araña que enreda a los hombres en sus redes. Hay una historia de amor y libertad en relación a lo monstruoso, a lo fuera de lugar, que vale la pena poner a hacer jugar con las monstruitas heredadas.

También podemos leer más acá. Hay un cuento de estos años, perturbador, de una narradora también perturbadora: Mariana Enríquez. El cuento se llama “Las cosas que perdimos en el fuego” (y da título al libro). La historia parte de un marco terrible pero real: los hombres queman a las mujeres, así que las mujeres empiezan a quemarse solitas, antes de que lo hagan ellos. Hay que darles alguna vuelta a las monstruas estas que salen de las hogueras vivas, transformadas en reptiles con la piel marcada por el fuego.

O pienso también en la poesía, en Susy Shock recitando en versos su ser monstruo con una teta obscena y un pene erecto, reivindicando su bella monstruosidad frente a lo normal- a lo moral-, frente a tanta regularidad.

Habrá que ver, habrá que pensar por dónde. La buena noticia es que hay con qué. Tenemos plumas afiebradas, lectoras prestas y experiencias que movilizan. Quizás haya que ir por ahí, armar relatos que no nieguen nuestras peligrosidades sino que las perciban novedosas, inquietantes, seductoras. Tarea por armarse. Acá, en este espacio, seremos lectoras de la tarea hecha. Y amantes de las monstruas por rehacer.

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