Los libros de mi padre

Por Mariana Brito Olvera

Un buen amante de la literatura va reemplazando las viejas ediciones plagadas de problemas por valiosas reediciones críticas, con lo que los baqueteados tomos de Porrúa o Editores Mexicanos Unidos van dejando lugar en los estantes a flamantes Gredos, Hiperión o Trotta. ¿Pero qué hacer si esos tomos vergonzantes son lo único que nos queda de alguien?

 

Los amantes de la literatura son afectos a las ediciones críticas. Conforme su pasión aumenta aprenden a quererlas, a leer con aprecio las a veces excesivas notas al pie, a gozar en ellas la consignación de variantes o de referencias.
Lo confieso: yo he sido de ese tipo de personas. Busco cualquier oportunidad para husmear en librerías. Nada más feliz que encontrar una buena edición a precio de remate. Sí, me emocionan los Archivo, los Ayacucho, los Gredos, los Hiperión, los Trotta. Miro cómo poco a poco mi librero se llena de ellos.

A falta de más espacio, hace unos días tuve que depurar mi estante de libros para dar lugar a nuevas adquisiciones. Hasta el fondo de los anaqueles más elevados descansaban inmóviles aquellas ediciones de las que nos avergonzamos con el tiempo: Porrúa, Tomo, Editores Mexicanos Unidos. En esos libros hice la mayoría de mis lecturas de infancia y adolescencia. Un día descubrí lo malas que eran muchas de esas ediciones y con el recelo de quien siente que ha sido engañada, condené los libros a la parte trasera de las repisas y frente a éstos coloqué otros mejores que me hicieran olvidar mi pasado humillante.

Arrastré los libros fuera del librero, dispuesta a deshacerme de ellos como quien intenta borrar una huella delatora. Pero al pasarlos uno a uno entre mis manos, caí en la cuenta de que eran los libros dejados por él. Recuerdos muertos de mi padre casi analfabeto, de mi padre maquilador de ropa, de mi padre que quiso imaginar fábulas que no le habían tocado vivir. Los libros almacenan más historias de las que están escritas. Los Porrúa evocan la época en que comencé a amar la literatura porque parecía sencilla. Existe un placer enorme en leer una novela sin entender por qué nos ha gustado tanto. Años después empecé a indagar los motivos de mi pasión y me deleité entonces analizando la complejidad de las obras.

Mi padre me recuerda la literatura en su fascinación primigenia, indescifrable como la de los primeros seres humanos que miraron el cielo rebosante de astros y, sin preguntarse por qué, fueron dichosos.

Vuelvo a poner los viejos ejemplares en las repisas. A veces, lo único que nos queda de alguien son sus libros.

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