María Teresa Andruetto: “La literatura siempre es un desvío de lo consagrado”

Por Mariano Cervini

Sonámbula entrevistó a María Teresa Andruetto. La escritora cordobesa habló de sus inicios, los géneros literarios, las lecturas que frecuenta y los desvíos que la llevaron a estar en el camino artístico de una búsqueda constante.

 

-Siempre escribiste para un abanico de lectores muy grande…

-Es verdad. Esa cuestión se relaciona con uno de mis intereses principales en la literatura que es el desafío por las formas, por los públicos, por los géneros. En parte escribo como una provocación a mí misma; a ver si puedo componer un personaje que nunca hice o un cuento que se salga de lo cotidiano de mi escritura. Intento encontrar a la palabra en todas sus maneras. Muchos creen que escribo solamente para jóvenes o niños y no es así. Me considero una escritora a secas, a la que le gusta probarse en diferentes zonas. Esto también involucra géneros y públicos variados.

-¿Creés en los géneros?

-Sería ridículo negarlos. Están a la vista de cualquiera. El tema es para qué están. Los géneros fueron hechos para romperse. Cuando escribo me interesa ir a los bordes; forzarlos. Existe una tensión permanente entre la obediencia a las formas y su ruptura. Lo que considero interesante en un escritor es ir desde las formas clásicas hacia un inevitable rompimiento. Hay una relación de la literatura con lo social que provoca una u otra respuesta en ese permanente diálogo. Me interesa forzar el lenguaje. Creo mucho en esa frase del poeta Néstor Perlongher que dijo alguna vez que la escritura es desvío.

-¿De qué se desvía un escritor?

-Si es bueno, siempre se desvía de lo habitual, lo consolidado, lo ya impuesto. Se desvía de lo consagrado. El escritor debe encaminar y forzar ese desvío hacia lo desconocido. De esta forma la literatura no se agota; se renueva en ese afán exploratorio, en ese camino del lenguaje.

-Hay un poema de Juarroz que dice que las palabras son como palancas pero que los escritores aún no han encontrado su punto de apoyo…

-Eso es maravilloso. Si uno escribe de esa manera, se vacía un poco de certezas para dar lugar a algo inesperado que sólo aparece al momento de escribir. Es una sorpresa para uno mismo.

-¿Cómo fue tu primer desvío en la literatura?

-Yo diría que mi primer desvío fue hacia la literatura. Desde chica fui  una lectora muy intensa, primero muy desprolija y luego más sistemática. Estudié Letras y en mis aspiraciones no estaba ser escritora, sino profesora en la universidad, investigadora, algo así. Me recibí en el 75, luego vino el golpe y no pude dar clases en esos años. Hice trabajos muy precarios para subsistir. La escritura fue un desvío hacia dónde ir a reconfortarme a mí misma.

-¿Empezaste de muy chica?

-Empecé de muy joven pero nunca en el deseo de ser escritora. Eso estaba bastante lejos de mi entorno, de mi realidad. Recién empezó a suceder a mis 28 años, en un desvío de la vida. A esa edad tuve un problema de salud muy importante. Me diagnosticaron un cáncer de cuello de útero y tuve que estar en un período de convalecencia prolongado. No podía hacer esfuerzos físicos. Estaba en un lugar del noroeste en La Rioja y unas tías abuelas de mi hija me cuidaban. En aquel momento empecé a escribir una novela. Fue un inicio mezclado con un momento de espera y un recreo de lo cotidiano. Ya escribiendo esa novela empecé a desear lectores e imaginar que eso podía publicarse alguna vez. Después no fue tan fácil. Pasaron diez años hasta que se publicó esa primer novela. La mandé a concurso y gané el Premio Municipal Luis de Tejeda. Salió publicada ahí en una edición pequeña. Luego comencé a ofrecer lo que había escrito en ese período de diez años, que era mucho, y salieron los cuentos con temática juvenil que hoy conforman Había una VezHuellas en la Arena y El Anillo Encantado. Son varios libros pero en realidad eran todos cuentos sueltos de una determinada época relacionados con el género maravilloso.

-¿El mercado te fue llevando hacia ese género llamado “juvenil”? Porque mucho de los cuentos que nombrás podrían entenderse como cuentos para adultos…

-Ninguno de ellos los escribí pensando en que iban a ser leídos por jóvenes o chicos. Hay una necesidad del mercado de encasillarte en un nicho. Uno es ensayista, poeta, escritor para chicos, para grandes, es así… También la difusión en aquella época en la provincia de Córdoba era diferente. Había pocas editoriales, no existía el mundo virtual. Por suerte esas cosas fueron cambiando.

-Hablando del camino y los desvíos, ¿Vos sabés para dónde vas?

-Me parece que me desvío de algo que el otro espera de mí. No quiero dar más de lo mismo. En cada proyecto de escritura nunca sé hacia donde voy. Picasso decía “yo no busco, encuentro”. En líneas generales tengo una visión hacia dónde ir, en el caso de una búsqueda más general como escritora. El no encasillamiento, el sentirme y defender un lugar de escritora sin adjetivos: ni para niños, ni para grandes. El deseo está presente en desviar hacia lo inesperado de mi misma; vivir en ese estado de búsqueda permanente.

-¿La búsqueda estética es parte de ese desvío? ¿Cuáles son tus influencias?

-Leo mucho. Releo. Trato de estar más o menos al día. Tengo un registro muy amplio de la literatura argentina, sobre todo en narrativa y poesía. También algunos ensayos sobre el lenguaje. Ranciere me gusta mucho y otros que están en filo de lo filosófico-psicológico como Francois Cheng con su mirada sobre la escritura china, el silencio, el vacío. Intento ir por distinto lugares.

-Qué raro que un escritor lea a lingüistas…

-Sí. Quiero cruzar por distintas zonas, sin especializarme en nada. A Quignard lo leo bastante. También a Pierre Bourdieu. Algo del lenguaje me interesa mucho, relacionado con la sociedad en que vivimos. Te podría decir libros que me han impactado que por ahí no tienen nada que ver con la escritura, por ejemplo un libro que se llama “Regreso a Reims”, del sociólogo Didier Eriborn. No lo leo como leería un filósofo, leo desviado; de un modo irreverente. Las lecturas me impregnan y cuando escribo todo se pone en acto. Como decía Macedonio Fernández: no es con ideas que uno escribe, sino con palabras. Me interesa mirar las vidas en sus fisuras, en sus grietas; auscultar esas vidas posibles y ver por qué hacen lo que hacen.

-Macedonio era famoso por su desorden a la hora de escribir. ¿Sos ordenada o seguís sus pasos?

-Macedonio podía hacer eso porque eso lo constituía como personaje. Baudelaire podía vivir en los márgenes porque todos lo veían por las calles de París. Hoy vivimos épocas diferentes. Podría decirse que tengo un orden dentro de mi desorden. En una época anotaba muchas cosas. Ahora anoto poco, porque en realidad todo el tiempo me aparecen cosas que podrían ser para la escritura. Sólo llegan algunas a la escritura. También la memoria hace su selección ahí. Alguna imagen que persiste por mucho tiempo en mi memoria seguramente termine en lo que escribo. Es uno mismo que opera en esa decantación. Más que anotar hago esbozos. Estoy muy entregada a lo que la vida trae. Cuando algo me entusiasma mucho avanzo y lo termino. Tampoco soy de escribir todos los días, ni tengo una rutina de tantas páginas por día. Puedo pasar muchos días sin escribir ficción o poesía. Escribo de día, por la mañana, generalmente después del desayuno. Tengo que estar tomada por eso. Hay algo que empieza perturbándome y arranco con una imagen. Si me entusiasmo soy muy trabajadora, no como una cuestión ligada a la disciplina, sino a lo que aparece en mi mente. Tampoco creo que el mundo se muera si no escribo (risas).

-Se te ve desordenada en tu desorden…

 

-Sí; (risas). No me esfuerzo. Nunca consideré que tenía que ser una escritora. A veces no sé cómo escribí lo que escribí. Cuando empecé a escribir ficción estuve diez años sin editar, es decir, sin lectores. No siempre una escritura se sostiene sin lectores. En mi caso se sostuvo. Quiere decir que el deseo de escribir era muy fuerte para mí; siempre lo fue.

 

-¿Te considerás una escritora que trabaja con imágenes?

-Claro. Para mí escribir era como ir al cine. Me iba haciendo una película mental. Soy una escritora muy visual y auditiva. Chejov decía: “todo lo que escribimos debe poder verse”. Yo creo que es así. Veo pasar los personajes, la historia. Si no los veo, vuelvo. Veo la escena sucediendo ante mí como si fuera una película. Nunca es abstracto el personaje. Puede que no se diga como son los brazos, los ojos, el pelo, puede que no se diga nada, pero yo lo veo.

-Tu último libro tiene un título muy interesante…

No a mucha gente le gusta esta tranquilidad. Así se titula uno de los cuentos. Es una frase de un escritor irlandés, de un párrafo que encontré. Remite a esa tranquilidad aparente de circunstancias en las que parece que no pasa nada, pero en verdad están pasando muchas cosas. Ese cuento fue el penúltimo de todos los que escribí para el libro. Cuando lo terminé, supe que tenía el título y el libro. Porque estos personajes se callan cosas. Hay una vida sórdida por debajo de lo que hacen o dicen. Son vidas como en sordina. Historias ligadas a interrupciones, fracasos, culpas; cosas que pudieron haber sucedido y no. También trabajo con una cuestión ligada a la rigidez de los personajes. Sus valores y condicionamientos no los han dejado vivir más cerca de sus deseos. Eso es lo más importante en la vida de las personas. Vivir lo más próximo a nuestro modo de ser y de sentir. Es una tarea difícil en la vida, por eso el libro tiene adelante una frase de una poeta norteamericana llamada Marie Oliver que dice: “ Y ahora dime que vas a hacer con tu única, salvaje, preciosa vida”

-Vos que escribís de hace tanto. ¿Qué le dirías a alguien que quiere seguir tu desvío?

-Le diría varias cosas. Sobre todo que se entrene en mirar con hondura y principalmente que se vacíe de preconceptos. Todos estamos muy llenos de prejuicios. Cuando uno escribe los prejuicios aparecen y uno debe luchar contra ellos. Todos los preconceptos que nos habitan, existen para darnos una cierta comodidad en el vivir. De todo eso uno tiene que estar vaciándose para poder mirar al otro en su humanidad, a veces tan en desacuerdo con la nuestra.

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