Más que Peluca, tesoro

Por Marcelo Simonetti / Foto Sebastián Molina

Marcelo Simonetti, histórico seguidor de Pequeña Orquesta Reincidentes y actual fan de Acorazado Potemkin, leyó y recomienda emocionado Peluca, el libro que recopila las letras con las que Juan Pablo Fernández alimentó la mística de ambas bandas.

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“¡Venga soda, venga menta y hielo! Que éste vaso se eleva por lo que ya no seré. Y un premio: en sólo una noche gastarse todas esas joyas verdes en brindar por lo que soy”. Así termina la letra de Tesoro, una letra de Juan Pablo para Pequeña Orquesta Reincidentes que tiene 20 años. Y yo creo que de eso se trata ésta hermosa edición de sus letras a la que se anima Contemporánea. De balance.

Hay un viejo tironeo acerca de si la letra de una canción es literatura. En Peluca podemos disfrutar un bello y contundente prólogo del poeta Yaki Setton que deja a Juan Pablo en ese pelotón de artistas que a fuerza de trabajo y sensibilidad traspasan todas las categorías.

Podría elegir hacer una reseña de Peluca jugando a que es un libro que me cayó en las manos y no sé de que se trata. Podría hablar de la perseverancia que es una suerte de ética del autor en escribir siempre en primera persona a lo largo de los años para evitar juzgar al otro, ese “pudor” que siempre mantiene. Podría hablar de esa persistencia de la historia personal que es siempre parte de un entorno social en cada una de las historias que canta, que dice, que escribe. Pero no sería justo.

Si el libro funciona como balance y como resumen de 25 años de carrera entonces ésta debe ser más una crónica de cómo éstos textos y su autor me han acompañado en los mejores y peores momentos de mi vida. Como a veces le digo a Juan: no me debes nada, yo siempre te voy a estar debiendo.

Veía entre el 94 y el 96 a Reincidentes en La Luna por ejemplo, junto a Credo. Las entradas salían cinco pesos y el vaso de vino, que era de plástico, salía dos pesos. Pero yo ganaba 400 mangos en el banco donde recién había empezado a laburar y tenía 350 pesos de alquiler así que llevábamos el cartón de vino en la mochila. Había salido un EP que se llamaba Tarde, y al año siguiente un disco en vivo de canciones largas, letras largas. La escena trajeada, infelizmente prolija de oficinista y la música partera de futuros e impensados crossover, me hacían besar el post punk y la canción caveana, pero también el tango y aromas de candombe y folklore. Reincidentes no entraba en ninguna escena y nosotros tampoco. Los seguíamos unas 30 personas. Buscábamos las influencias en las letras. Los escuchábamos cantar y jugábamos a adivinar que integrante la había escrito.

Los textos de Juan ya eran literatura. De una melancolía que nunca (o casi) era metafísica o reventada. Era arltiana, mundana, hija de la derrota diaria. Un proletkult porteño que aún le dura. Había dos que eran las que más me hablaban al oído. Lo que no podía procesar en mi vida personal, Juan me lo contaba. Escribía por mí como en una ouija.

“Vals De Dos finales” era una piña en el mentón («El chofer – traidor – /cambió nuestro recorrido/por el viaje sin vuelta/a la última morada./Yo miro a mi lado a mi padre/pero está borracho/y se le traba la lengua/tratando de explicar lo irremediable/se perdona todo antes que ser un perdedor…«).

Mi viejo se había muerto hacía un par de años y ésta canción funcionaba como un ajuste de cuentas, un ordenador de lo que yo ya no podía decir y nunca había podido. Me apropiaba de la historia que Juan cantaba al principio de “Nuestros Años Felices” y convertía en literatura mi propia historia. Entonces llegaba a mi casa del laburo (un departamento chiquito apenas iluminado donde tenía un colchón, una mesa de luz con una tele encima, un equipo de música, cds y libros) y ponía el disco que me desarmaba y me volvía a armar. En el medio del disco había otra que me acompañaba casi a diario: “El Plato Del Día” (Buen día silla. Buen día oficina/A ver como hago hoy para creerme los pesos que gano/callando los nervios de los que nos ponen precio…). Ese oficinista en estado de desgracia era yo. Leía y releía la letra del booklet y me preguntaba como hacía para encajar todo eso en la melodía, y como hacía para que la historia que contaba se mezclara tanto con la mía.

“Negro” (¿Acaso no ves? ¿Acaso no ves?/que feo que suda en la calle/la trampa del hambre…) sonaba obligadamente casi siempre al final de cada show de la Pequeña Orquesta desde antes de que cambien su nombre. Era el que más queríamos. Iba a ser parte de ¿Que sois ahora? y creo que después del siguiente, pero en el estudio nunca quedaba como en vivo. La letra es pariente de “Cruz”, pensaba yo. Tiene colores similares. Un par de años después de su estreno la seguían tocando. Me acuerdo de que cuando venían los viejos a cobrar la jubilación al banco en el 2001 y no había plata para pagarles en mi cabeza sonaba y sonaba. Y me acuerdo también que tenía casettes con shows que grababa del Club Del Vino y demás y que la noche en que De La Rua declaró el Estado de sitio yo estaba en Pompeya, me fui en auto por Avenida La Plata hasta Directorio y ya no se podía andar de la gente que había. Lo dejé y caminé como pude hasta la Plaza de Mayo. Yo usaba un discman y también un walkman para poder escuchar mis bootlegs. Cómo si fuera hoy, me acuerdo de que puse un show de ellos y que el mismo tema que en vivo me emocionaba y en el laburo recordaba con angustia, viendo el desastre ahí esa noche fue la banda de sonido de la ira hasta que todo se puso más espeso. Entonces guardé el walkman en la mochila y saqué el pañuelo.

Podría seguir. La Pequeña Orquesta nos dejó los textos más bellos y poéticos de la historia del “rock” de acá. Así como tengo los cds de ellos todos gastados, semidestruidos, también sus artes de tapa están todos ajados de leer y releer las letras con o sin música.

Cuando arrancó Potemkin me costó un poco la Mugre porque no era lo que esperaba. Sin embargo compré esa edición linda y limitada del disco para poder leer las letras. El booklet tenía más uso que el cd. Después de un tiempo empecé a abrazar a la banda o, mejor dicho, Acorazado me abrazó.

Como también nos abrazamos con una gran amiga que supo ser mi compañera una noche viéndolos tocar “La Mitad”. Cantábamos con toda la boca, toda la voz. “A veces cuando la escucho pienso en nosotros”. “¡Yo también, salame!”.

Cuando salió Labios De Río leía “El Rosarino” y me reía solo. Compartí la letra en las redes sociales y abundaban los comentarios: “¡Que bueno Marce! ¡Sos vos! ¿Es tuyo?”. Soy yo, pero no es mío.

Más arriba hablé de abrazarse. No es casual. Porque los textos de Juan te abrazan siempre, para reírse y para llorar. Para desplomarse y para saltar. Y para los que tenemos la suerte de conocerlo, sabemos que Juan es tan rico y te abraza tanto como sus versos.

Antes de la salida de Piel nos encontramos en la presentación de un libro de poesía donde él le había puesto música a algunos versos. Yo no andaba muy bien y estuvimos charlando un rato. Cuando nos despedimos esa noche hice éste garabato urgente que bien sirve para terminar la crónica:

Estaba buscando abrigo y fui a ver a un hermano regalar su arte y sus secretos, su dolor. Mi hermano cantó su pena y su pena me besó y ubiqué mis huesos en un costado entre la muchedumbre silenciosa y esperé.

Juntó las herramientas con las que talla su dolor y lo abracé.

Gente vino a dar su crédito y mi hermano hizo su reverencia y su auditorio le dijo que su arte era bello pero que era demasiado dolor. Que sí, les dijo. Que la tristeza es lo que sobra y que rebalsa. Que sí, le dijo mi hermano.

Mi hermano entonces previno austero pero seguro: lo que viene es peor. Agárrese fuerte doña o no lo escuche, no lo vea. Cierre los ojos y vaya que lo que viene es peor.

Miré agradecido a mi amigo como abrazándolo otra vez con mis pobres ojos y nos fuimos. Su guitarra, sus trastos, son su cuerpo más entrañable donde reposo aunque no esté. Nos fuimos él por acá, yo por allá, los dos por el mismo lado.

Los amores de éstos son los más lindos, los que rumiamos juntos tienen demonios y éstos la sobrevida entre los escombros.

Del resto no sabemos que sigue. Pero éstos que te sostuvieron, que te sostienen, son la constante. Lo que te salva del desbarranco que te persigue.

La de Juan es una poesía material y también colectiva. Llena de gente que viaja en tren, que va a la oficina, que hace trabajos pesados, que levanta cajas y enciende la casa. Con amores y desamores llenos de hombros, labios, panzas, espaldas, teléfonos, luces y lagartijas. Hasta la melancolía de sus versos es material. Aparece a través de los objetos, se tiñe en gestos. Pero esa sensibilidad que es desde hace 25 años parte de un teatro social y político no se queda sólo en la melancolía sino que la desborda empujando siempre. No se regodea. Es la melancolía de un corazón que bombea sangre en torrente hacia adelante. Como en “Umbral”, que cierra el último disco y también el libro:

No hay más dolor/en toda tribu se mata al que agoniza. /Decime por favor, /que somos los que afilan los cuchillos”.

Caminar/junto a vos/es la ilusión de que podemos atacar. /Ésta puerta es para mí. /Esta calle es para mí. /La ventana es para vos. /La ventana es para mí. / Esta puerta es para vos. /Esta calle es para vos. / Esta calle, esta calle… / Esta calle es para vos.”

La calle también es para vos, Juan. La que anduvimos juntos y la que tenemos por delante. La calle es nuestra.

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