Entrevista: Pedro Perucca.

Sonámbula dialogó al dramaturgo y maestro de dramaturgos Mauricio Kartun, continuando con una serie de entrevistas en las que nos proponemos profundizar la siempre compleja relación entre política y cultura. Charlamos sobre qué significa ser un escritor de izquierda y ser coherente con ello, acerca del rol del intelectual en el campo teatral y lo sanador del trabajo con las ideas. También sobre la ignorancia de una clase política que se lleva mal con lo simbólico y busca réditos inmediatos cuando la apuesta del artista siempre es a largo plazo.

-Los escritores que se asumen de izquierda (en términos extremadamente amplios para abarcar identidades y tradiciones muy amplias que van de Rodolfo Walsh a Bertolt Brecht, por ejemplo) siempre se han visto enfrentados al problema de cómo se conectan la práctica política con la práctica literaria. Y las respuestas ensayadas son múltiples. ¿Cómo pensás vos este vínculo?

-Si la conexión es espontanea porqué  debería ser un problema. La escritura al fin y al cabo es  una forma analógica del pensamiento. Pensamos escribiendo. No escribimos lo pensado, eso sería facilongo y artificial. Ahí se ha entrampado siempre la izquierda dogmática: el viejo papo del compromiso que produjo tanta escritura olvidable. Ser de una idea supondría serlo, no proclamarlo. Quiero decir ser consecuente en el cotidiano con tus ideas, no con las instituciones. Si tu vida supone un acto de solidaridad vital básico: dar, compartir, vivir cooperativo, repartir la guita de un laburo en partes iguales, ayudar, entonces sos ese.  Si no las ideas serían puro ornamento. Y aquello que sos inevitablemente va a aparecer en lo que escribas. Aunque no escribas nada que tenga que ver con la política. Y cuando te lo imponés patinás. Uno de los poetas que más admiro es González Tuñón, pero leo por ejemplo algunas cosas suyas escritas reglamentariamente para el PC en los 60 y su chatura me estruja las tripas. El único lugar capaz de sintetizar literatura y política es el imaginario. Es el río que arrastra y mezcla cosas de las dos orillas. Y es buchón, delata enseguida la impostura. Solo se trata de ser lo mismo en las dos márgenes del río.

-Nos interesa también pensar el concepto de intelectual que siempre es una figura discutida para el campo popular, sobre la cual recaen sospechas y a veces también esperanzas. ¿Cuál es tu posición en este tema? ¿Tiene alguna vigencia la idea de intelectual? ¿Cuáles serían sus funciones específicas?

-Trabajar en el campo de las ideas te pone inevitablemente en ese campo, o al menos los otros suelen ponerte allí. Y es un campo hermoso, necesario y socialmente sanador me animo a decir. Lidiar con las ideas. Pero -hablando del campo que transito- con los artistas hay siempre un malentendido: si tus obras son inteligentes la gente supone que  vos lo sos, que si tus obras le explican algo vos deberías ser capaz de hacerlo también fuera de tus obras. Heiner Müller decía aquello de que las obras son siempre más inteligentes que el autor y es brutalmente así nomás. Puede que mis obras tengan atributo intelectual, pero en principio son ellas no yo. Yo las escribí entre otras cosas para entender aquello que ahora entiende el público. El rol de artista como intelectual suele ser equívoco. Los artistas estamos en el campo de las ideas pero en principio nuestro contacto con ellas suele estar siempre mediado.  Buscar al intelectual más allá del medio muchas veces es decepcionante.

-El problema de la representación tiene una doble vía. En primer lugar está la cuestión de la representación que la literatura o el teatro pueden hacer de la política, de determinadas discusiones políticas. En cuanto a ésto, ¿por dónde te parece más interesante buscar esa representación? ¿En los hechos que se narra, en el lenguaje, en la forma…?

-Tal como vos lo observás: siempre la política fue representada a través del mensaje, y siempre el medio a la vez se evidenció como político. En mi caso suelo disfrutar de aquellas representaciones que encuentran la síntesis de la dupla.

-En cuanto a la otra vía de representación: ¿Cómo son representados la literatura o el teatro -o son imaginados- desde el campo político? ¿Cómo crees que se percibe, por ejemplo, el teatro o la práctica teatral desde el campo popular? Y para ver la mirada desde el otro lado del mostrador: ¿Cómo se lo ve desde el Estado, qué construcciones se van imponiendo, qué discurso oficial respecto del teatro?

-El arte es como el aire, lo consumís sin gran conciencia salvo que te falte. Y esto en cualquier campo social. Sacamos la cabeza afuera de nuestros tópicos gracias a la ventanilla del arte. Es una cuestión de supervivencia. Y en la necesidad cada clase social recurre a lo que tiene a mano para generarlo y consumirlo. Al artista lo hace el público, lo fabrica a la medida de sus necesidades. El teatro suele pertenecer  un sector porque ese sector lo tiene y lo estimula para mantener la canilla habilitada.  La función del estado es la de proveer esas tomas -esos enchufes-, en nuevas geografías para airear todo lo posible. Poner a disposición esas experiencias saludables.

La experiencia de las orquestas populares juveniles en los barrios es un ejemplo. Poné una sala teatral digna en un barrio, sostenela con paciencia y recursos durante algunos años, ofrece lenguaje y el teatro anida solo. Hacé talleres de escritura y la escritura anida sola. El problema es justamente la clase política y su ignorancia. La política de todos los signos suele ser muy bruta en eso de entender al arte, a su función y  a los artistas. Suele haber una consideración banal, vulgar, del arte como zona ornamental, o de entretenimiento. O peor: como una mera tradición. Y de los artistas como bocones a los que hay que tirarles una galletitas zoológico como a los monos, para que hagan lo suyo y no hinchen las bolas. Se llevan mal con lo simbólico los tipos. Y necesitan rédito político inmediato cuando lo nuestro es siempre a largo plazo. Es una lucha eterna.

-Una de las formas de encarar el problema del arte y lo social fue pensarlo a partir del campo de la producción. Cuando hablamos con escritores aparecía el problema de que en muchos casos el escritor no se imagina como trabajador, no se autoidentifica como un productor desde ese lugar. ¿Cómo se ve esto desde el teatro?

-Es parte de la paradoja de ser artista. Y es bueno que sea así porque es parte del singular mecanismo de la producción artística. Fijate, el artista en su hacer configura siempre una especie de módica opinión antisistema: como el objetivo está en la obra y no en la ecuación inversión rédito, suele invertir siempre más tiempo, más angustia y más guita que lo que el objeto devuelve en su rentabilidad. Yo jodo siempre con que al único que me resulta difícil explicarle lo que hago es al contador que me hace las declaraciones juradas.

La curiosa paradoja de la cultura en el arte es que es contracultural. Y lo interesante es como los artistas buscan, encuentran o fabrican nuevos nichos, nuevas pequeñas fuentes de recursos alternativos que son los que módicamente administramos. La economía del artista, salvo pocas excepciones es justamente alternativa. Pero eso es también parte de la energía de su creación. Bichos exóticos en el capitalismo, y equivalentes, de todas las épocas.

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