Medio millón de Leias en las calles: Una no-crónica del #8M

Por Mariel Martínez  // Fotos de cuerpo de la nota: Magdalena Giménez

La Negra Mariel fue a la inmensa movilización por el Paro Internacional de Mujeres de este 8 de marzo y, más que contar lo que sucedió allí, de lo que algo puede verse por TV, aprovecha para pensar sobre su mecánico, el amor, la sororidad y la potencia de medio millón de princesas de la resistencia tomando las calles contra el capitalismo y el  patriarcado.

 

Para mí empezó antes por una circunstancia extraña. La circunstancia extraña es Ale, mi mecánico. Tengo una auto viejo y soy docente, así que las posibilidades de cambiarlo son nulas. Y soy mujer. Me educaron lejos de las preguntas alrededor de la mecánica y los motores, entonces ahora tengo que aprender todo de grande. Hasta la curiosidad por ese mundo de tuercas. Y ustedes saben lo importante que es para la curiosidad tener fuentes de conocimiento confiables. Y ustedes saben lo fundamental que es para la escasez de dinero tener un mecánico honesto. Bueno, Ale es todo eso.

Y es raro porque, por ejemplo, en una pared tiene una foto preciosa del Che Guevara (yo le regalé otra el año pasado), el hombre nuevo, hermoso está ahí Ernesto, y en la otra una colección de almanaques con mujeres desnudas o semidesnudas que llevan prendas diminutas  correspondientes a tal o cual equipo de fútbol. Se lo señalé, claro, pero lo que a mí me parecía contradictorio a él le parecía chistoso. Yo no sé si a ustedes les pasa, hermanas, pero las cosas más perversas a veces quedan escondidas atrás de un chiste, de un tono jocoso, de un “no te enojés, estoy jodiendo”, y entonces una queda ahí, bufando, y bue, material limpito para fortalecer el mito de la loca de mierda.

Parece que me estoy yendo por la tangente porque en realidad lo que quiero contar es la marcha de ayer. Pero yo vivo en un barrio en que las cosas son tan palpables que a veces contarlas de otra forma me parece ajeno. Me voy para atrás e intento resumir, de todas formas.  Hace poco más de un año, en una de mis tantas idas al taller, fui vestida con la ropa que me quedaba limpia. Una calza un poco colorida y una remera gastada. Total, es a dos cuadras. Dejé el auto y volví a casa. Audio de Ale. Decía el audio, algo así: “Ehh, negra, ehh, [risas de fondo] acá dicen los muchachos que [risas] ehh [más risas] que la próxima vez no te vengas así con esas calzas porque eh… porque no salís de acá”.

Yo no sé si Ale supo lo que yo sentí, porque yo tampoco pude explicarlo. Algo parecido al horror, creo. Al espanto. Entiendanmé: tengo treinta y cinco años y mucho más de veinte vividos en barrios en donde Ale hubiera sido un señorito inglés. Pero en ese mensaje me dolió todo. Las que se llevaron, las que mataron, las que volvieron vejadas, las que permanecen torturadas, mi adolescencia, mi infancia, mi vieja. Todo. No recuerdo bien qué le contesté, pero fue algo en relación a preguntarle si debía tomar ese audio como una amenaza de violación seguida de muerte o simplemente de secuestro.

Lo que sigue no es ni del todo interesante ni del todo aburrido. Ale me empezó a tomar como su fuente de consulta, así que tenemos un tráfico de saberes. Me preguntó en aquel momento por el 3 de junio. Por los Encuentros Nacionales de Mujeres (antes de cada uno llevo el auto al taller). Cuando me preguntó por Lucia Pérez y le conté, vi en su cara el horror. Me mostró las fotos de sus hijas. Su imagen de perfil del teléfono empezó a alternarse entre ellas y algún que otro dibujo con la consigna ni una menos. No sé.  Ale, en una punta privilegiada del patriarcado, está más hecho mierda que yo. Ojalá pueda. Ojalá pueda salirse, digo. Yo, de lo que estoy segura, es de que no voy a ser su docente. No es mi trabajo. Porque ¿vieron? los últimos días de la tele, digo. Cada conductor que, mamadera. “Si te enojás no vas a lograr nada, a los hombres hay que explicarles”. No, muchachos. No es nuestra función. No somos maestras ni queremos discípulos. Lo que el patriarcado hizo conmigo no tiene comparación alguna con lo que hizo con vos. Que también es un bajón, claro, pero fijate, manejalo, es tuyo. Organizate, reflexioná, peleá vos también. Pero no me endilgues una tarea más. Porque aparte de que el capital me paga menos por mi trabajo y de que luego me encargo de las responsabilidades reproductivas, ahora resulta que tengo que dar clases, gratis, acerca de qué es el feminismo. A mí, no sé a ustedes, me parece un poco un montón.

Trato de ir al punto y no me sale. Pucha. Bueno, es esto lo que quiero decir. Ale me preguntó, la semana pasada, qué es sororidad. Epa, no me la esperaba. Balbuceé un “solidaridad entre mujeres” que me pareció escaso, porque no es del todo eso. Busqué ejemplos, pero todos eran entendidos como simple amistad. Y con Ale me conformé con lo que hubiera llegado a él. Pero conmigo me quedé rara, con gusto a poco.

En estos días estuve leyendo el nuevo libro de María Moreno. Se llama Oración y es eso, parece, por ahora. Un larga, hermosa oración a la memoria de la belleza de María Victoria Walsh. Leo en las primeras páginas: “¿Qué significa sororidad? No se trata de `uniones homosexuales con instintos cortados en su fin`, como definía Freud al vínculo civilizador entre varones que dio madera a la Iglesia y al Ejército. No es la pregunta por la propia femineidad lo que lleva a las mujeres a las otras mujeres, tampoco la homosexualidad (…), es un sentimiento sin nombre, de ahí el efecto que suscita. No tiene aún historia, ni ha sido coagulado por el lenguaje. Imposible de blanquear de erotismo por el mero hecho de que no hace jugar la genitalidad, ni de reducir a un lesbianismo tasado por un falocentrismo exhausto. Y si busca el regazo y no el pubis, no niega que allí debajo hay un idéntico sexo de mujer”.

Eso es. Eso. Al punto, como siempre, María Moreno. Pero yo no sé cómo explicarle esto a Ale. En realidad, no sé cómo explicárselo a nadie sin contar cosas de mí, de la gente que amo. Sin decir, por ejemplo: tuve una semana de mierda. Estoy en unos días de mierda, a veces pasa, a veces toca, y ahí ando, desorientada, armada como Don Quijote y angustiada como Sancho. No sé cómo decirlo sin contar, por ejemplo: Laura me escribe cada día para saber cómo estoy, Marina me hace un curso de teoría feminista con ejemplos chistosos y me los manda por audio, Martha me espera con cenas aunque la deje plantada cada vez, Caro me mira y no me dice nada pero me acaricia el pelo y cuando hace eso a mí me ayuda a llorar. No sé cómo definirlo sin contar cómo Denis me ceba mate y prueba consejo tras consejo hasta que encuentra uno que me sirve. No sé cómo hacer para que otro entienda lo que me pasa cuando Vicki me abraza y me dice que no sabe del todo cómo estoy, que hace mucho no nos vemos, pero que me ama, que cada día me ama.

 

Es difícil. Quizás también por eso sea tan difícil entender lo que pasa en el movimiento de mujeres, incluso para los varones más predispuestos. La pregunta de si los hombres paraban o no, si marchaban o no, ocupó parte de los días previos a la movilización. A mí me parece bien que se pregunten cosas. Capaz las preguntas más complejas sean otras. No sé, por ejemplo, por qué ellos no se saben amar. Vaya a saber. Quizás un día ellos también organicen sus listas de preguntas. Ale tiene un montón, habría que sumarlo.

Y la marcha de ayer, bueno, lo que saben, lo que vieron. Medio millón de personas.  La mayoría, personas mujeres.  Yo llegué a las cuatro de la tarde a Plaza de Mayo y arribé a Congreso recién a las nueve de la noche. Así de mucha era la gente que había. Mucha como para tardar cinco horas en hacer poco más de 10 cuadras. Una demora hermosa. Llena de pañuelos verdes. Plagada de mujeres con el torso desnudo (pero no como las que Ale tiene en la pared), entre nosotras, ahí, seguras de que pueden ser libres en nuestra ronda, en nuestra columna, porque ahí nos cuidamos y nos encantamos, nos parecemos bellísimas. A mí Laura me pintó los labios de violeta y me controló todo el rato porque sabe que tiendo a ir sacándome el labial con la lengua. Flor me iba tirando chistes y chismes desde el cordón de seguridad. Llegó Luz, que en realidad estaba buscando la columna de las trabajadoras del arte, pero me vio y se quedó conmigo y fue una hora de recuperar sonrisas, hace tanto que queremos juntarnos, “pero siempre nos junta la calle” dice Luz y me sonríe con los ojos, tiene unos ojos enormes Luz, debe ser por eso que en su poesía se ve el mundo.

A media tarde avenida de Mayo estaba inundada de brillos. Que las pinturitas y el colorido vayan transformándose en un clásico me gusta. Mucho. Yo iba como todas, perlita, brillantina, labial. Y el asfalto brillaba, plagado de ese cotillón corporal de luciérnagas. Laura me dice esto es hermoso. Y yo le digo que sí, y que tengo la sensación de que estoy como caminado sobre estrellas. Como si fuera la vía láctea, le digo, como si estuviésemos caminado por las espirales de una galaxia.  Me parece una gran ocurrencia, me vuelvo pensando en ella. Cuando desconcentramos y mientras busco a mis amigas para juntarnos un rato, a estar, a mirarnos entre nosotras porque de qué otra forma puede terminar el día, me cruzo a una adolescente que supo ser mi alumna, con pelo rosa y remera de la princesa Leia. Leia Skywalker, Leia caminante del cielo. Y me acuerdo de eso de la galaxia, de ir caminando sobre las estrellas y pienso que sí, que claro, que ahora entendí. Somos las princesas de la resistencia.  Resistencia a este sistema mundial de dominación que se llama capitalismo y que se llama patriarcado. A su expresión local, igual de mierda. A su internalización subjetiva. Somos la promesa de otra cosa. De otra forma. Somos la rabia y la esperanza caminando sobre estrellas.

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