Por Dolores Reyes

En un futuro cercano, una sociedad basada en el robo y violación del cuerpo de las mujeres encuentra su fundamentación en dos libros: el primero es la Biblia, el segundo ha sido destruido.

Margaret Atwood, autora de la novela distópica El cuento de la criada en la que se basa la exitosa serie de HBO, coloca pequeños fragmentos de estos textos que van sirviendo como jalones para llegar a esta distopía patriarcal llamada Gilead, asentada en lo que fuera Boston, en un Estados Unidos desintegrado y postapocalíptico:

“Y viendo Raquel que no daba hijos a Jacob, tuvo envidia de su hermana y dijo a Jacob: ‘Dame hijos o me moriré’. Y Jacob se enojó con Raquel y le dijo: ‘¿Soy yo, en lugar de tu Dios, quien te niega el fruto de tu vientre?’ Y ella dijo: ‘He aquí mi sierva Bilha, únete a ella y parirá sobre mis rodillas, y yo también tendré hijos de ella’. (Génesis, 30:1-3)

En lo más oprimido de este nuevo ordenamiento social encontramos a Las Criadas, que han sido despojadas de todo: trabajo, familia, historia personal y hasta de su propio nombre. Ninguna está cumpliendo la función reproductora de la sociedad por voluntad propia, sino como el resultado de un adiestramiento brutal a manos de las Tías, mujeres que predican la Biblia picana en mano. La doctrina es oral, forma mucho más efectiva para tatuar reglas en la memoria. Las Tías no dudan en arrancar ojos al menor signo de rebeldía o aplicar descargas eléctricas en el cuerpo de sus criadas. Buscan volver dóciles y temerosos los mismos cuerpos en los que esperan se produzca el “milagro” de la fecundación. No se necesitan dos ojos para parir un niño sano. Una vez que la Criada está lista su función, es asignada por el régimen a la casa de un comandante, en un barrio fuertemente militarizado y controlado por Ojos, espías que el régimen tiene en el interior de las familias. Las Criadas no pueden deambular a solas por Gilead y deben salir de a pares, para que cada una espíe a la otra. El lugar de la clase fértil es el interior del hogar.

Dentro de estas casas encontramos sirviendo a las Martas, estamento servicial de trabajo doméstico, sirvientas no aptas para la reproducción, que miran despectivamente a las Criadas. Las esclavas domésticas se piensan como superiores a las esclavas sexuales. Como señala Despentes, en su ya célebre teoría King Kong, en la estratificación del trabajo el componente sexual es rechazado por las mujeres de todas las clases.

El segundo libro, que actualiza los preceptos arcaicos de la Biblia en una sociedad que debido a la anticoncepción, la promiscuidad y el aborto ha recibido el castigo de la infertilidad, ya no existe. Todas las copias del libro que la esposa del Comandante Fred escribió antes de la conformación de Gilead han corrido el destino de sus congéneres en la famosa Farenheit 451, de Ray Bradbury. Pero aquí son sólo las mujeres las que carecen del derecho a la lectoescritura. El comandante Fred, en la intimidad de su estudio, posee una amplia biblioteca; mientras que su mujer, ideóloga de Gilead, ya no puede realizar estas prácticas. Toda mujer carece de obra más allá de sus hijos, función natural y obligatoria para cualquier extremismo religioso.

Atwood llama a su género literario ficción especulativa y esta categoría nos permite pensar proximidades respecto de la circulación social de los cuerpos. En la Grecia clásica eran considerados ántropos los hombres libres y las únicas mujeres que podían circular solas por la polis eran las mayores, las que ya no menstruaban. Hombre, en tanto varón, andrós. La juventud y la fertilidad restringen la libertad de circulación de las mujeres en la mayoría de las sociedades conocidas. Pero en Gilead la vigilancia Criada-Criada va poco a poco quebrándose, Offred (Of Fred, propiedad del comandante Fred al que sirve) va a encontrar a una par en la criada Ofgled. Y con la solidaridad de clase nace, capítulo a capítulo, la resistencia.

Del murmullo a la voz 

“Contando, más que escribiendo, porque no tengo con qué escribir y, de todos modos, escribir está prohibido”.

La voz de Offred es la que cuenta la historia desde el comienzo: “Una silla, una mesa, una lámpara. Una ventana con cortinas blancas y un cristal inastillable. Pero no temen que nos escapemos. Una criada no llegaría demasiado lejos”. Esa voz es cautiva, presa en una suerte de cuarto de servicio en la mansión del comandante Fred y deberá recorrer un camino que va desde las pequeñas salidas junto a Ofgled y los primeros rumores de resistencia hasta el descubrimiento de la escritura. Primero en las paredes, en trazos grabados para ser vistos sólo por una igual. “Nulite de bastardes carborundorum”, repite la sentencia que debe ser descifrada, como si fuese un juego de secretos y compañía en ausencia, hasta llegar al contundente “No dejes que los bastardos te jodan”. Luego vendrá el tráfico de cartas por medio de una amiga del pasado.

Pero recordar ese pasado también está prohibido, ya que el robo de identidades es la piedra fundamental de Gilead. Las Criadas son despojadas tanto de su nombre como de su orientación sexual -las lesbianas fértiles serán objeto de un ensañamiento especial- y los niños que produzcan también serán apropiados por la casta gobernante luego del período de lactancia. Sin embargo, todo el brutal aparato represor de este mundo distópico es, en este punto, más compasivo que la última dictadura militar argentina. En varias entrevistas Atwood manifiesta que el robo y apropiación de bebés durante el terrorismo de Estado en nuestro país ha nutrido su texto.

Esta estrategia de violencia física y simbólica requiere de una infantilización de la mujer, con la excusa de la protección. Hay que proteger a las débiles. No olvidemos que los antiguos territorios coloniales de África se llamaban protectorados y cuál fue el desarrollo histórico de esos territorios “protegidos”. Cuando el territorio se trata de nuestro cuerpo, la protección también implica sumisión y control. Al respecto, señala Despentes: “Si no avanzamos hacia la incógnita que es la revolución de los géneros, sabemos exactamente hacia qué retrocedemos. Un estado todopoderoso que nos infantiliza, interviene en todas nuestras decisiones por nuestro propio bien, que -con el pretexto de protegernos mejor- nos mantiene en la infancia, la ignorancia, el miedo a la sanción, a la exclusión”.

Ante el intento negación de las historias y deseos personales como prerrequisito de la dominación, las cartas actúan como testimonio de la acumulación de recuerdos y repiten “Yo soy”, una y otra vez. Es este “Yo soy” el que permite retomar las identidades que los poderosos no pudieron aniquilar del todo y que posibilita el nacimiento de una cofradía, de una hermandad de mujeres que será decisiva.