Memoria de lecturas y apropiación de libros

Por Hernán Fernando Tenorio

Un recorrido autobiográfico de lecturas, en una relación no tan determinada por el afán de posesión del objeto libro sino por la apropiación de esos contenidos deseados, para lo que casi cualquier estrategia, más o menos ilegal, puede ser considerada. Una defensa de la lectura a cualquier precio a través de las cíclicas crisis nacionales que tornan al libro una mercancía de lujo.

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“Los libros no son solamente estructuras de sentido;
además son mercancías producidas por editoriales
para ser vendidas a un precio en el mercado”.
Terry Eagleton

“La cultura es algo que se hurta, que se roba, algo de lo que uno
se apropia, algo que uno acomoda a su manera”.
Michèle Petit

“Si uno lee con atención El juguete rabioso, encuentra la historia de una relación totalmente transgresiva con la cultura: el robo de libros en la biblioteca de una escuela es una metáfora casi perfecta de su acceso a la cultura. La novela no narra otra cosa que el carácter delictivo de ese acceso…”.
Ricardo Piglia

“…la consigna central sería que todo libro editado, como los periódicos,
sea digitalizado y puesto en Internet cuando aparece, para que pueda ser leído y usado por cualquiera que pueda acceder libremente”.
Josefina Ludmer

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No recuerdo exactamente cómo comenzó mi relación con los libros. Recuerdo sí que en mi casa casi no había. Los libros eran un bien de ostentación que mis padres no se podían dar el lujo de comprar. No tenían dinero para eso, como para otras tantas cosas. Había en mi hogar un diccionario enciclopédico, creo que un Océano Uno, donde yo buscaba imágenes y nombres de animales y lugares. Con el tiempo y la escuela, aparecerían otros libros en casa pero nunca configurarían una biblioteca. La casa más cercana que conocí de niño fue la de mi tía Noemí.

Cuando tenía siete años comencé a asistir, creo que porque ya iba mi hermano, a los talleres (teóricos y prácticos) de dibujo y pintura del profesor Mirko Franta. Unos años después, en 1988, gané allí, en el Instituto de Arte Gualam (así se llamaba el lugar), un libro por mejor promedio. El libro en cuestión era el Cantar de Mío Cid. Tenía nueve años y recuerdo que me enojé un poco por recibir ese libro tan extraño, escrito en un castellano incomprensible. Seguramente, aunque ya no lo recuerdo, abrí la primera página y leí: “De los sos ojos tan fuertemientre llorando, / tornava la cabeça i estávalos catando…”. En fin, ¿cómo me iba a gustar eso? Con el tiempo, lo leí dos veces: en la escuela secundaria y en el profesorado, donde, por fin, logré quererlo un poco.

Por suerte para mí, para esa misma época mi tía (la de la biblioteca) me regaló Supervivencia en el mar, de la colección Elige tu propia aventura. Estos libros eran maravillosos, venían ilustrados y tenían un olor muy particular que volví a experimentar exactamente recién, cuando lo saqué de mi biblioteca, es un olor que no encontré en ningún otro. De épocas tan remotas solo conservo estos dos libros.

Con el correr del tiempo aparecieron otros títulos importantes. Uno que me iba a marcar para siempre fue El extranjero de Camus. Unos amigos me lo recomendaron y prestaron porque en él se basaba la canción “Killing an arab”, de The Cure. Creo que por aquel entonces todavía no había comprado un solo libro. A todos accedía por préstamos o regalos de familiares y amigos. Leí también La metamorfosis, de Kafka; Así habló Zaratustra, de Nietzsche (de la biblioteca de la tía) y El túnel, de Sábato, que compró mi hermano Ariel (también porque lo había leído Robert Smith aunque -según decían- no le había gustado). Unas vacaciones encontré en la casa de mi abuela, en Chascomús, Doce cuentos peregrinos,de García Márquez (creo que ya había leído Crónica de una muerte anunciada en la escuela) y otros que así fui sumando a mis lecturas: La madre, de Gorki (este me lo prestó Luis, mi jefe en una panadería donde trabajaba los fines de semana); El hombre ilustrado, de Bradbury; El muro, de Sartre; Temor y temblor, de Kierkegaard, etc.

A pesar de todo, los libros siguieron siendo bienes de lujo para mí, y creo que lo siguen siendo, pero fui implementando distintos métodos de apropiación de esos bienes culturales. Al terminar el siglo XX, ya estaba estudiando Letras en la UBA y fue en esa época cuando empecé a armar mi propia biblioteca. Con el 1 a 1 y la apertura de importaciones, las librerías de Corrientes desbordaban de saldos, sobre todo de clásicos universales de ediciones españolas pero también ediciones de autores argentinos (algunos contemporáneos), que editaba, por ejemplo, Planeta para La Nación. Los sábados a la mañana salíamos de expedición con Gabriel, un compañero de la facultad, a revolver bateas. Podías comprar libros por una ganga. También comencé a buscar las rarezas que pedían en la carrera, que a veces había que buscar en la Feria del libro porque en esas fechas los libreros y las editoriales desabastecían los locales para obligarte a ir a la Rural. Uno de esos títulos que conseguí en el shopping de los libros fue El erotismo, de Bataille, en la edición de TusQuets. Por primera vez (ya tenía trabajo de lunes a viernes), invertía mi dinero en libros.

No quiero olvidar acá uno de los primeros hechos casi delictivos en los que incurrí para conseguir libros: comprar las fotocopias del CEFyL. Por ejemplo, La literatura nazi en América, de Bolaño, o Moriás lejos, de Pacheco (ambos agotados por aquel entonces). Todavía guardo unas cinco cajas de fotocopias que reuní de la UBA y del Joaquín (donde finalmente terminé mis estudios). Recuerdo que a fin de año en Puán tiraban stock de fotocopias. Eso sí, tenías que ir a revolver antes de que pasara un cartonero y se los llevara.  

Pero este texto no quiere ser una crónica detallada de mi vida de lector, sino un recorrido por las formas y estrategias que fui elaborando para conseguir libros, para que no se agotara mi deseo de lectura más allá de la necesidad de dinero, porque está claro que los libros no escapan a la lógica del mercado en este mundo capitalista donde, después de todo, también son mercancías.

Con la crisis del 2001, las librerías aprovecharon todo el stock de importados que habían reunido durante años, pero los precios ya no eran los mismos y poco se podía comprar con un sueldo en patacones y lecops. Comenzó entonces el canje en las ferias, sobre todo en la de parque Rivadavia, donde podías canjear libros o comprar alguno a buen precio. Si eras ducho, o habías aprendido algo de los saqueos, en el revoltijo podías manotear uno sin que te viera el fumado que atendía el puesto. También de esta época hay que recordar las ferias independientes de libros (F.L.I.A.), donde se podían comprar o canjear ediciones muy baratas de libros, fanzines, plaquetas, etcétera, sobre todo de autores emergentes. 

Con la llegada y el acceso más masivo a internet, comenzó una buena época para leer, sobre todo, a autores contemporáneos. Internet fue como una extensión del mercado negro de la literatura, un lugar donde podías encontrar textos sin pagar por ello (claro que había que pagar o conseguir la conexión, igual que ahora). Muchas revistas online (por ejemplo, El interpretador), blogs,grupos, páginas (como Ciudad Seva, aunque más dedicada a los clásicos) difundían poesía y narrativa de calidad. Yo recuerdo que imprimía textos en el trabajo: cuentos de Tizón, de Rivera, de Osvaldo Lamborghini, alguno de Saer, poemas de Perlongher, Bellessi, Bignozzi, Giannuzzi y otros. También conocí escritores y poetas de muchos países, sobre todo de Latinoamérica, con los que podías hablar de literatura. Con algunos me reuní con el paso del tiempo y recibí, por supuesto, libros de regalo, como Os cem melhores poemas brasileiros do século, que me regaló Cicerón.      

Mi deseo de nuevos libros para consumir fue tan grande que comencé a implementar métodos menos lícitos para conseguirlos. Como mi sueldo no alcanzaba, se me ocurrieron otras estrategias, incluyendo el robo, claro, pero también la idea de buscar trabajos donde estuviera cerca de ellos y me fuera fácil conseguirlos, aunque sea de prestado. De esas experiencias recuerdo un trabajo breve de bibliotecario en una escuela privada, donde leí, por ejemplo, Memorias póstumas, del General Paz (fue de lo mejor que encontré entre tanta biblia y manuales de texto). Lo único importante era leer, más allá de poseer el objeto libro, la clave era tenerlo en mi poder el tiempo que durara su lectura.

Nunca robé un libro a alguien que me lo había prestado, tampoco robé libros de bibliotecas públicas o populares pero, aunque nunca me asocié a una, aproveché todos los libros que pude obtener en préstamo. De esas bibliotecas tomé prestados: Obra completa, de Viel Temperley; La ciudad ausente, de Piglia; Ceros de la lengua, de Cignoni; El hombre duplicado, de Saramago; Ese manco Paz, de Rivera; Cuentos completos (1957-2000), de Saer; El tilo, de Aira; La oscuridad es otro sol, de Orozco; Beber en rojo y Cuentos completos, de Laiseca; El gallo blanco, de Tizón; Indios, ejército y frontera,de Viñas y muchos, muchísimos más…

En una oportunidad organizamos un concurso literario en mi trabajo, ya que la que era mi  jefa tenía contacto con una editorial que donaría los libros de premio. Hice, como me dijeron, un listado de títulos del catálogo y puse, sin que nadie se diera cuenta, unos de más para mí; después de todo, yo iba a tener que ir a buscarlos y cargar la caja hasta el conurbano.

Algunos libros que robé en mi vida: La razón de mi vida, de Eva Perón, El oscuro, de Daniel Moyano; Turistas, de Hebe Uhart; Otro río que pasa, un siglo de poesía argentina contemporánea, de Bajo la luna. Algunos que encontré en la calle o por ahí (otra forma de obtenerlos sin dinero): Cuentos, de Tolstoi; Popol vuh, en la traducción que hicieron González de Mendoza y Miguel Ángel Asturias; “El paso infernal”, condensación de un episodio de The Reivers, de Faulkner, junto a otros episodios, de Selecciones; Doktor Faustus, de Thomas Mann…

Hoy en día los libros son mercancías carísimas. En Buenos Aires se habla de la crisis del libro, que no es otra cosa que el efecto que produce la crisis económica en el sector editorial. Este año cayó en mis manos e-reader, un lector electrónico de libros (Kindle), y se produjo un milagro. Hasta hace poco me había negado a entrar en el mundo de los libros digitales. Mi amigo Martín me hablaba maravillas de él, pero yo me mostraba conservador: “Como el papel no hay, el objeto libro es único”. Ahora puedo asegurar que me equivocaba. Tener un libro electrónico es muchísimo más económico y tiene también algo de ilegal, porque sepan que no hay que pagar a Amazon u otros comerciantes de internet para conseguir buenos títulos. Existen muchas páginas (como es el caso de Epublibre) para descargar libros clásicos y contemporáneos. Casi todo se puede conseguir y lo que no está ya va a estar (hay una página que te avisa por mail cuando se publica un libro de un autor que te interesa). En los últimos meses descargué unos 2500 libros, es decir, más de la cantidad que reuní en toda mi vida en papel y poseo en mi biblioteca.

Mi deseo siempre estuvo en leer y no, ahora me doy cuenta más claramente, en la posesión del objeto manufacturado, en la mercancía que produce el capital. En nuestra cultura existe un fetichismo del objeto libro, como lo hay respecto de cualquier otra mercancía, aunque el libro no es tan sólo una mercancía porque posee un contenido simbólico. Si me pongo a pensar, puedo decir que leí libros destartalados, con tapa dura, de tapa blanda, sin tapa, fotocopiados, nuevos, usados, con las hojas rotas, amarillas, estudié en el profesorado La Ilíada, de Homero, en una edición malísima de Tor que compré en Parque Rivadavia a dos mangos… En fin, ninguna característica estética del objeto me detuvo a la hora de apropiarme del contenido.    

Finalmente, quiero agradecer, de todo corazón, a todas aquellas personas, instituciones, páginas web… que me han prestado y/o regalado libros, es decir, que me han permitido acceder a lecturas que de otra manera no hubiera podido realizar. Gracias a ustedes ya he perdido la cuenta de los libros que he leído en mi vida. No creo ver el día en que todas las personas del mundo podamos acceder de manera libre y gratuita a aquellos bienes culturales que queramos consumir, pero mientras tanto hay que apropiárselos como se pueda.