Mercado esperanza

Por Santiago Somonte / Fotografía: Vicky Cuomo

La segunda publicación del dossier “Escrituras de #Cuarentena, una crítica política de la cultura y la lucha de clases”, una iniciativa conjunta de las revistas Sonámbula y La Luna con gatillo, es un análisis de Santiago Somonte sobre la importancia de la designación de un referente de la UTT en el Mercado Central. A lo largo de toda esta semana iremos compartiendo artículos de ambas revistas con distintos acercamientos a la pandemia mundial desde la cultura.

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Una pandemia inusitada se esparce como algoritmos infinitos, con velocidad inaudita por los confines del planisferio. Cualquier hipótesis, cualquier proyección, se enfrasca en un camino sinuoso, sin señales claras y con un tendal de muerte, que llega desde lugares que ayer nomás, mirábamos como sitios con cierta “estabilidad”. Y es cierto, pues. En esta Abya Yala sangrante, aplastada por cinco siglos de opresión colonialista todo pende de un hilo, o de madejas tambaleantes, para ser compasivxs. Porque gobiernos al margen, la salud, la economía, el sistema es hiperdeficiente. En esta pandemia sólo tracciona, a pura voluntad y amor, la vocación de profesionales, voluntarixs de todo tipo y laburantes que sostienen este presente incierto. También hubo un par de reflejos rápidos, aparentemente a tiempo, de quienes llevan las riendas.

Entonces, hay que evadirse un rato de la catarata de información que vuela por guasap, redes y correrías sórdidas. Y ante el miedo omnipresente, porque la globalización no permite esquivar tamaño desastre histórico, el pánico toma la escena. La ineptitud u omisión de la clase política de los países más poderosos como gendarmes del nuevo-viejo orden mundial, empeora el panorama. Pero, ¿qué rol tenemos nosotrxs?. Ese amplio nosotrxs que malabarea desde hace tiempo entre laburos formales, militancias diversas, contradicciones lógicas y un montón de cosas que tenemos pendientes.

De ese bagaje variopinto, en esos pequeños submundos, emerge la construcción colectiva: la solidaridad, la empatía, la interacción voluntaria. Articulada por decenas de organizaciones que nacieron antes de la crisis del 2001 y aguantaron el menemato; herederxs de aquellos fuegos de las décadas anteriores y de cientos de espacios que surgieron recientemente en un enclave nacional más que diverso. Así, la economía social, el cooperativismo, los movimientos barriales, articulan sobre la marcha, improvisan, activan, despliegan solidaridad. Del otro lado, siempre enfrente, las presiones empresariales en la segunda parte de la cuarentena, afloran con su natural capacidad destructiva, con su inercia de ambición.

El recorrido de UTT, la Unión de Trabajadores de la Tierra, es una muestra de toda esa conjunción: el sentido comunitario contra los embates de los especuladores de siempre. Más de diez años de lucha, de visibilizar una realidad tapada por los grandes medios y sus aliados-socios que se han autotitulado en afiatada sintonía como “el campo”. Sobre las periferias de las ciudades, en las márgenes de la economía formal y la rutina marcada por patrones y horarios, surge a diario otra realidad, que ahora propone y dispone; toma protagonismo y a la vez precisa de soluciones urgentes, en las villas y los caseríos.

En plena pandemia, el gobierno nacional le confió a Nahuel Levaggi, referente nacional de la UTT, la presidencia del Mercado Central. Enorme desafío ante una economía inflacionaria, regida por una decena de supermercadistas y la inefable cadena de intermediarios. “Fueron tomados muchos de los planteos que veníamos haciendo históricamente. Para nuestra organización representa un claro apoyo al modelo de producción, comercialización y consumo que proponemos. La primer medida fue fortalecer y poner en funcionamiento un protocolo sanitario para cuidar la salud de todo la comunidad del mercado, para quienes trabajan y quienes transitan diariamente: extremamos tareas de limpieza y desinfección, cambiamos sistemas internos de circulación…”, cuenta Nahuel a la distancia prudencial a la que obligan la pandemia y el aluvión de notas que lo ocupan más de la cuenta, a partir de su designación al frente de uno de los mercados más grandes de Sudamérica, territorio hostil y símbolo de los vaivenes económicos que atraviesan la alimentación básica del área metropolitana de Buenos Aires, un conglomerado de más de quince millones de personas que directa o indirectamente invierte allí una porción de sus salarios.

“El compromiso social de abastecimiento lo deben tener todos los sectores de la producción y comercialización agroalimentaria. Tienen que hacerse cargo del rol social que cumplen”, asegura. Para contrarrestar la suba de precios, se lanzaron una serie de artículos básicos, urgentes, con precios mayoristas. Entre medio se dispararon los costos de carne, verduras y lácteos en locales y grandes supermercados. ¿Cómo fijar precios ante el riesgo de un virus invisible, persianas de comercios que se bajan y millones de personas en un encrucijada vital? Si no laburan, no comen. Corta y sencilla ecuación ante cualquier versito neoliberaloide. “Fue un acuerdo de consenso y no de imposición. Se planteó en una reunión con operadores, a partir de la conciencia social que se había generado. Es un acuerdo histórico”.

A pesar del malestar general y los bolsillos que empiezan a flaquear por la inactividad laboral, la ecuación no es tan sencilla: el Mercado Central alquila los puestos pero los valores de cada producto se fijan desde cada uno de ellos, lo que dificulta el control. “Con mucha iniciativa se establecieron precios con cada uno de los operadores”, remarca Levaggi. En tanto, la incertidumbre y las medidas económicas marcan el pulso diario. No hay certeza del mañana, sugieren políticos, rosqueros de turno, opinólogos de todos los colores y periodistas-estrellas. Las jornadas se acortan en la vorágine imparable de marchas y contramarchas, atadas a precios regidos con logística reducida y una población con necesidades de aprovisionamiento desde un letargo producto del encierro hogareño, inverso al de quienes encaran de frente al virus.

En el interior de cada organización, ya sea social, política o no gubernamental hay necesidad de (re) organizarse, ser rápidos y expeditivxs. Todos los colectivos, cuando las urgencias arrecian, son la vanguardia ante situaciones desbordantes. ¿Cómo afrontaría esta realidad el gobierno nacional, provincial o barrial, sin aquellxs que están asistiendo a los sectores más desprotegidos, desde hace semanas? Los roles parecen intercambiarse y estos espacios comunitarios, en muchos casos autogestivos, con historias que se leen en este y otros medios compañeros, sostienen este presente. Las bases campesinas de la UTT son parte de ese entramado, muchas veces ninguneado en las consideraciones generales. Pero desde esas zonas postergadas llega la solidaridad: desde los verdurazos y las ollas populares a las donaciones recientes de frutas, verduras y alimentos.

“Lo primero que entendimos fue el estado de excepcionalidad que estamos viviendo, a partir de la emergencia de salud y el acceso a los alimentos. Hacer algo para garantizar el bienestar del pueblo se transformó en una cuestión de responsabilidad”, cuenta desde su casa-quinta-huerta en las afueras de La Plata, Rosalía Pellegrini, coordinadora de la Secretaría de Género de la organización y mujer todoterreno en tiempos de pandemia. La sucedión de detenciones arbitrarias a compañerxs es uno de los principales temas que la ocupan en estos días: salen de sus casas de zonas rurales en busca de alimentos y terminan durmiendo a la intemperie por la persecución policial, por agentes que les impiden regresar. La coordinación del funcionamiento de los almacenes de Capital Federal y Gran Buenos Aires, la recolección de plantas medicinales para diversos proyectos de la organización y la críanza de sus hijxs, ocupan el resto de su tiempo.

“Venimos hace muchísimos años denunciando la injusticia en la comercialización de lo que producimos, entonces la designación en el Mercado Central representa un desafío: ver si desde cierto lugar de la cadena que provee de frutas y verduras, podemos generar este cambio, que es en definitiva, la regulación de los precios con fines sociales, por el bien común. No dejamos de trabajar la tierra y seguimos realizando asambleas con los referentes de cada base. Lo que están ganando nuestros productores y productoras, no tiene nada que ver con lo que están cobrando supermercados y verdulerías”, remarca Pellegrini. Una asimetría que se intentará cambiar dentro del mercado, con una nave propia para la venta de alimentos de la agricultura familiar, y fuera de él, con la implementación de nuevas colonias agrícolas y estrategias par el acceso a la tierra, reclamo y motor de lucha de todos los movimientos campesinos de la historia argentina.

A través de las horas, se insiste desde estas líneas que también caducarán y la situación social se altera. Los contagios y muertes, las roscas y presiones para reactivar las actividades comerciales, aumentan. El futuro ya llegó, como lo presentíamos, pero no lo esperábamos. La voluntad dispar de aquel concepto discutido por sociólogos y filósofos, al que llaman sociedad, no funciona, evidentemente, en bloque. La heterogeneidad de su composición económica, los lazos que emparentan a las distintas sub-clases, si cabe el término, han evidenciado comportamientos identitarios de esperanza y solidaridad colectivizada, así como también, por otro lado, de fragmentación e individualismo, que se emparentan indirectamente con la imagen de pobres reprimiendo pobres, o de aposentadxs huyendo a lugares más peligrosos que un campo rodeado de frutos y animales, lejos de ciudades que escuchan un inquietante silencio.

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