Mi 1º de Mayo con trabajadorxs de la economía popular

Por Guadalupe Santana

Crónica de Guada Santana del acto convocado por los trabajadores de la economía popular para conmemorar el 1º de Mayo y avanzar en la fundación de un sindicato propio, el SUTEP. Una pintura de uno de los diversos actos de lucha que se vivieron en la Ciudad de Buenos Aires, que convocó a más de 150 mil personas. Marcha de Constitución al Monumento al Trabajo, patys, cantitos, lluvia y emoción feminista.

 

Mi 1º de mayo, a decir verdad, empezó el viernes 27 a la tarde, cuando me despedí de mis compas de la oficina con un “¡Feliz día el martes!”. Es nuestro ritual, cada víspera de 1º de mayo, nos abrazamos y saludamos con un beso, incluso con aquellos con quienes más discuto todos los días. Yo no sé si ellos sabrán lo que significa para mí, que intento ser delegada sindical, que me saluden tan efusivamente por esa fecha. Sospecho que sí. 

Había estado esperando el fin de semana largo del 1º de mayo con mucha ansiedad desde hacía varias semanas.

La fecha siempre tuvo un significado importante para mí, para mi familia, y empezó a tenerla aún más hace unos diez años, cuando entré a trabajar donde aún lo hago, en blanco, con obra social y con vacaciones, después de una larga trayectoria de trabajos precarizados y en negro, y de haber sido humillada por muchos empleadores.

Esta vez, además, era fin de semana largo con un feriado puente (que después nos enteramos que no era tan feriado sino “día no laborable”) y la cierto es que cada cosa que le arrancamos a este gobierno de patrones para devolverlo a nuestras vidas, es una victoria plebeya que hay que festejar.

Por si fuera poco, el 1º de mayo es el cumpleaños del club de mis amores, fundado en esa fecha por socialistas en honor a los Mártires de Chicago. Mi Chaca querido cumplió 112. Y decir Chaca es recordar inevitablemente a mi abuelo Leo. De sus brazos colgando del alambrado en Villa Maipú, una mañana gris y otoñal de domingo contra Rafaela, hace más de veinte años. Mi viejo cuenta que siempre se ubicaba en el mismo lugar y misma posición para ver los partidos y que cuando la cosa se ponía áspera y empezaban a volar cascotes, se negaba a irse. Le decía: “no pasa nada, enseguida se calman los muchachos”.

Pero el motivo que más ansiosa me ponía este 1º era que los compañeros y compañeras de la economía popular lanzaban su sindicato único y lo festejaban en la calle. Festejar, claro, es una forma de decir. La están pasando mal. La estamos pasando mal. Despidos, suspensiones, tarifazos. Los y las que somos afortunados y tenemos paritarias, las vemos cerrarse muy por debajo de la inflación y ya estamos pensando cómo recortar más nuestros gastos cotidianos. En este contexto, la organización es supervivencia.

Con estas memorias y ansiedades, propias y compartidas, revoloteándome y con el cosquilleo de las noches previas a los grandes días, me fui a dormir el lunes “no laborable”.  Me puse el despertador para tener tiempo de ducharme, tomar unos mates y ojear los diarios antes de salir de casa. Por la ventana se veía que la mañana estaba gris y fresca, y el barrio bastante desolado. Una típica mañana otoñal, como la de ese domingo de 1996 en el Chaca-Rafaela con el abuelo Leo. El diario decía que no estaba previsto lluvia pero igual me puse el piloto.

Salí temprano porque quería llegar con tiempo. La cita era en Constitución y no conozco mucho ese barrio. Me crié en San Martín y siempre trabajé y viví por el centro de la ciudad. Además, soy bastante pajuerana y suelo perderme así que cuando voy a lugares que no frecuento, me tomo mi tiempo.

Caminé hasta la estación de subte Rosas. Una señora que salía saludó con un “feliz día” a un trabajador vestido con el típico mameluco azul. Después fue hasta la boletería y repitió el saludo a la boletera, que estaba detrás del blíndex. La boletera abrió la puerta y se abrazaron. Estaba distraída mirándolas cuando me crucé con el verdulero del chino de mi cuadra. Quise saludarlo con el mismo entusiasmo de la señora pero no me vio, se pisaba la cara de dormido, pobre.

Mis previsiones de tiempo no fueron necesarias porque enseguida me encontré con mis compañeros y compañeras en Plaza Constitución. Me tocó llevar uno de los palos de la bandera, cosas que pasan cuando llegás temprano. El viento dificultó un poco la tarea pero cuando un compañero vino a relevarme, me liberé para hacer mis observaciones de rutina: localizar la cabecera y el cierre de la columna, ver las banderas e insignias, contabilizar las organizaciones presentes, hacer el cálculo de asistentes en general y de nuestra organización en particular (nunca me sale pero no dejo de intentar), alguna impresión mental de balance, etc. Luego, volví a mi lugar y reanudé las conversaciones que me habían quedado truncas durante el arrastre de la bandera.

Marchamos con los compañeros y compañeras de la CTEP que habían venido de muchos lugares del conurbano, principalmente. Noté que muchos eran jovencitos.

Al doblar por Paseo Colón, en sentido a Independencia, el viento trajo el perfume del chori, el paty y la cebollita salteada que activaron mi reloj biológico: “es entrado el mediodía”. A fuerza de marcha y marcha, nuestros menús callejeros no tienen nada que envidarle al restó más gourmet.

Nos ubicamos sobre Paseo Colón, bordeados por una fila de parrillitas. En el escenario, armado sobre Paseo e Independencia, a metros del Monumento al Trabajo, el presentador arengaba: “Uuuuunidad, de los trabajadores, y al que no le gusta, se jode, se jode”. Arrastraba la “u” de manera graciosa, creo que en ese momento pocos cantábamos porque nos divertía más escucharlo.

Enseguida llegaron las columnas de Barrios de Pie y de la Corriente Clasista y Combativa y empezaron a hablar compañeros y compañeras de todas las organizaciones presentes. La primera  fue Jackie Flores, después otra compañera, luego otra. “Qué bien que están hablando las compañeras”, pensé. Y justo en eso, una dijo: “¡Porque somos las trabajadoras las que salimos al frente!”. Por supuesto que nosotras sabemos eso, lo hemos visto en el barrio, allá por 2001, lo vimos en nuestras casas y lo vemos ahora. Ayer como hoy, las mujeres salían a buscar cómo parar la olla, muchas porque quedaron solas al frente del hogar, otras porque el don no conseguía laburo o porque laburaba pero con eso no alcanzaba. Pero la diferencia es que antes las compañeras no lo decían en un escenario y ahora sí. Y no es una sola, son muchas. Y ahí pienso que el inmenso movimiento de mujeres que estamos viviendo es así de poderoso por lo profundas de sus raíces. Es por eso que no lo va a poder parar nadie y a más de uno se le aflojan las medias de pensarlo. Se le aflojan, por ejemplo, a los señores grandotes que están sentados en los sillones de la central obrera más grande a la que los movimientos le están pidiendo reconocimiento. La CGT es ese baluarte que, como todo lo que apasionante de este ispa, nos despierta los sentimientos más encontrados. Gracias a ella tenemos lo que aún tenemos y también por ella estamos perdiéndolo.

“Qué despelote harían estas doñas aguerridas ahí adentro”, pienso y me río sola. Le enseñarían a más de uno cuántos pares son tres botas y que no hay nadie mejor que ellas para hablar de trabajo. Porque tenemos la costumbre de trabajar para sobrevivir, porque el derecho al trabajo pervive en nuestra memoria colectiva como el derecho principal, porque no queremos que nadie nos regale nada. Somos dignos y dignas porque trabajamos, y porque somos dignos y dignas, exigimos que se respete nuestro derecho al laburo.

Mientras pienso eso y el acto va terminando, la lluvia, que se estuvo aguantando todo el mediodía como en ese Chaca-Rafaela, empieza a soltarse. Cae la llovizna y una piba que atiende un puestito de choris, grita y ríe mirando al cielo: “Nooo, por favor”. Y, mientras desconcentramos, pienso: ¡Qué lindo sería que fuera feriado para vos también, piba!

 

Fotos: Portada de la web de CTEP Argentina, foto 2 del FB de CTEP San Martín,  fotos 3 y 4 del FB de FM Riachuelo.

 

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